miércoles, 11 de junio de 2014

LITERARIAS


EL NEGADOR
(Cuento)



Por FLAVIO MATEOS




Confíteor Deo omnipoténti...”

Al mismo tiempo que el Padre Wilton decía estas palabras, inclinando su gastada espalda ante el improvisado altar de su departamento de Fullwall Cross en Londres, la Dra. Samantha Pffister, a cargo del juzgado de Manheim, y a instancias del Supremo Tribunal Europeo (STE), firmaba la sentencia que condenaba al convicto cura a pagar una multa no apelable de €300.000. De no hacerlo le esperaba un destino inexorable: la cárcel. Su falta era del público conocimiento: seguir negando la existencia de las manzanas blancas de Sísive.

-Existen las manzanas blancas –decía no sin cierto aire provocador el avejentado cura-, y las manzanas doradas y plateadas...en los árboles de Navidad. No en la naturaleza, no en los árboles. Por lo menos no hay evidencias convincentes que me lleven a creer en ellas.

La pertinacia del sacerdote, que con sufragar la primera de las varias multas que le fueran impuestas, se habría evitado todo el descrédito y el acoso mediático que complicaban su vida allí por donde anduviese, no tenía parangón.
Algunos decían que era parte de su herencia genética; otros, que solo buscaba notoriedad; unos pocos, que no podía negar la realidad. Pero, ¿qué era la realidad?
Cualquier escolar, incluso de los menos destacados, conocía, pues no había descuido de sus mayores en la materia, que las manzanas blancas, originarias de Sísive, eran tan reales como la existencia de alguien llamado Napoleón Bonaparte, de un país llamado Dinamarca, la formación de hielos en la Antártida, el desembarco de Normandía o los elefantes africanos. No podía entenderse, entonces, tamaña obcecación en el cura británico.
Tan evidente era la existencia de las manzanas blancas, tan indiscutible, tan real, que millones de personas habían sufrido la persecución y la muerte por afirmarlo. ¿No fue precisamente para evitar que volviera a surgir otro Hiller –quien varias décadas atrás había perseguido con odio satánico a los sisivitas- que se había promulgado la Ley Mundial Contra la Negación de las Manzanas Blancas? ¿No habían declarado las Naciones Unidas el Día Mundial de las Manzanas Blancas, para recuerdo perenne de que aquella barbarie no podía repetirse nunca más? ¿No había monumentos conmemorativos de las Manzanas Blancas en las principales ciudades alrededor del mundo? ¿No había innúmeros libros y películas dedicados a recordar las Manzanas Blancas de Nínive? El mismo papa Cecilio I (muy discutido, por cierto, por los wiltonianos y otros grupos de extrema derecha, algunos de los cuales incluso llegaban a tildarlo de “antipapa”), el mismo papa, a instancias seguramente del papa emérito Francisco, llegó a decir, con su habitual desenfado: “Así como un compatriota de nuestro papa emérito, el astro del fútbol Diego Maradona, dijo una vez que ‘La pelota no se mancha’, yo digo hoy a quien quiera escucharme: ‘La manzana no se mancha’. Los sufrimientos que padeció el pueblo sisivita son un oprobio de toda la humanidad, también de la Iglesia. Nuestros hermanos sisivitas tienen toda nuestra simpatía, apoyo y comprensión”.
El descrédito y repudio hacia el Padre Wilton había llegado hasta involucrar a sus propios cofrades, a partir de una entrevista televisiva que dio la vuelta al mundo. Allí, se recordará, el cura había afirmado, tal vez sin medir las consecuencias de sus palabras: “Las manzanas no son blancas, sino blanqueadas. Blanqueadas por manos humanas. Hay investigaciones de expertos que han analizado los árboles de Sísive. La realidad es lo que hace Dios. Dios hace manzanos que dan manzanas rojas, manzanas verdes...amarillas, tal vez. Pero no hace manzanas blancas. Esas manzanas blancas como la leche...no, eso no es posible. Eso no es la realidad. Dos y dos son cuatro, no son tres, o cinco, o seis millones...Yo no niego que en Sísive haya manzanas. Las hay. Tal vez sean buenas, no lo sé, no las he probado. Pero, ¿blancas? Por favor, esas son manzanas hollywoodenses, como las navidades blancas de Bing Crosby... ”
Sin hacerse esperar, el superior del cura Wilton en su congregación, Monseñor Femais, tuvo que salir a poner las cosas en claro, ante tan escandalosas declaraciones. El obispo políglota, del que algunos detractores afirmaban que hablaba seis idiomas y en todos era ambiguo, se mostró aquella vez la mar de perspicuo: “Son declaraciones desafortunadas que no compartimos en absoluto. El Padre Wilton tendrá que afrontar las consecuencias. Nuestra congregación no quiere saber nada con él”. Poco después, el cura Wilton cayó en el ostracismo, siendo expulsado de la sede donde residía y, finalmente, de la congregación, condenado a andar errante por diversos países, donde algunos buenos samaritanos –monjes y fieles católicos reaccionarios, sobre todo- le daban cordial acogida.
El Padre Wilton, sin embargo, y un grupo no muy numeroso de seguidores, negaban todas estas prudentes declaraciones y llamados al orden de las autoridades establecidas, que podían hacerlos entrar en razón. Y aprovechándose de la benignidad de la Libertad de Prensa, redactaban libros y panfletos, y creaban sitios y blogs en Internet, a fin de expandir la duda y el descrédito de las manzanas blancas entre sus lectores. La gran prensa llamaba a estos grupos “Conspiracionistas”, pues veían detrás de todo hecho impactante, catastrófico o explosivo una ominosa y abominable red conspirativa a nivel global. En el tema de las Manzanas Blancas, por caso, veían estos una impostura que detrás escondía la sutil penetración de grupos y logias gnósticos, que imponían con astucia al resto de la población toda una simbología y modo de pensar malévolas. Y así la Manzana Blanca venía a identificar para los gnósticos la manzana del puro saber que la serpiente luciferina entregó a Adán, para que este iniciara un linaje que llevaría en los últimos tiempos al endiosamiento del hombre, liberado de Dios por el conocimiento y la técnica.
Habida cuenta de tales antecedentes, a nadie extrañó que el Padre Wilton se negara a saldar la última multa con que la justicia penaba su delito. Y esto no ocurría, claro está, debido a la falta de ofrecimientos que recibiera el cura para satisfacer el importe demandado, sino debido a su terquedad como de mil mulas. “Padre –le aconsejó un benefactor-, pague y se queda tranquilo”. “No es cuestión de dinero, sino de verdad”, fue la respuesta del sacerdote integrista.
Fue entonces cuando la ola que él mismo había ayudado a formar, se irguió con toda la impetuosidad que da la multitud a sus repulsas, que unánimes conformaron un mar embravecido, que vino a caer furioso sobre el cura tradicionalista. No sólo los primeros implicados, que eran los sisivitas, sino la opinión pública mundial, la dirigencia política, la clase empresarial, el gremialismo, la intelectualidad más reconocida, la jerarquia eclesiástica, los nuevo-católicos, y hasta fervientes y sospechosos extremistas del ala sedevacantista -pues por una u otra razón, ya nadie lo toleraba-, todos en conjunto y a coro fustigaron al veterano y, aparentemente, vencido sacerdote, con todo el peso de la realidad que le decía: “Un negador de las manzanas blancas no puede tolerarse. Es un insulto a los sisivitas y a quienes no lo son. Su presencia hace peligrar la vida del resto de los ciudadanos y aún de la misma democracia. Es preferible encerrar a un hombre, a que la sociedad entera se contagie”. Esto publicaba el destacado periódico “The Washington News”, citando las declaraciones del Presidente de la Liga Antidifamación de las Manzanas Blancas, cuando la detención del cura británico estaba a las puertas.
Y, en efecto, de acuerdo a lo previsto por la Ley, el Padre Wilton fue arrestado por la Interpol cuando bajaba de un avión en los Estados Unidos, y trasladado con celeridad y bajo las más estrictas normas de seguridad hacia Alemania, donde el imperio de los Derechos Humanos es muy celosamente custodiado.
Al entrar esposado a la sede tribunalicia de Manheim, rodeado de un cerco numeroso de agentes policiales que intentaba proteger al detenido de ser despedazado por un tropel de gente que rugía y reprobaba violentamente al Negador, el cura pudo ser visto, por quienes permanecían ajenos a esta apabullante multitud, mirando hacia arriba, acaso altivo para unos, mas con una extraña serenidad para otros. Entonces se le escuchó decir unas pocas palabras que sólo la prensa alternativa se ocupó de recoger y reproducir:

Me gloriaré en la promesa de Dios,
confiado en Dios, no temo.
¿Qué podrá contra mi un hombre de carne?”.

 Al día siguiente, ocurrió una cosa muy extraña lejos de allí.
Dentro de la llamada Gran Manzana, esto es, la ciudad de Nueva York, se encuentra el monumento más grande del mundo dedicado a “La Manzana Blanca de Sísive”, la “Great White Apple”. Se trata de una colosal escultura de piedra que por momentos hace olvidar la supina imponencia de las recordadas Torres Gemelas, que cerca de allí se elevaban al cielo hasta su trágica desaparición.
Pues bien: la Manzana Blanca de Sísive de Nueva York amaneció manchada en su parte superior, y hasta el día de hoy –han transcurrido ya seis semanas desde el hecho-, nadie ha podido quitar, pese a la variedad de instrumentos y productos de limpieza utilizados, el pequeño pero notorio lunar negro que, según los partidarios del Padre Wilton, simboliza la Victoria de la Verdad, a través de la resistencia de un hombre que sigue afirmando tenazmente, y a pesar de lo que el mundo diga en contrario, que dos y dos son cuatro, y que las manzanas blancas no existen.


A S.E.R. Mons. Williamson