lunes, 17 de marzo de 2014

R.P. JEAN MICHEL FAURE: HERIRÁN AL PASTOR... SITUACIÓN ACTUAL DE LA FSSPX.-



SERMON DEL SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA – PADRE JEAN MICHEL FAURE

Bogotá, Marzo 16 de 2014

LA ROMA ETERNA CONDENA A LA ROMA NUEVA

“Este es mi Hijo muy amado, en quien he puesto toda mi complacencia, a El habéis de escuchar”.

En el Bautismo de Nuestro Señor por San Juan Bautista, la misma voz, desde el Cielo, había dicho las mismas palabras. Entonces al principio de la vida pública de Nuestro Señor y al fin también.  En aquella ocasión del bautismo a San Juan Bautista, los pontífices de Jerusalén le habían mandado preguntar: “Tú ¿qué dices te ti mismo?”  San Juan Bautista contestó “Yo soy, como lo anunció el profeta Isaías, la voz que clama en el desierto, para dar testimonio de Aquel que es la Luz y la Vida de los hombres”.

Hay un momento en la vida en el cual un hombre debe resumir la razón por la cual Dios lo ha puesto en la tierra.  Este hombre que era al mismo tiempo Dios, Nuestro Señor, en el momento crucial de ofrecer su Vida en sacrificio de expiación contestó al gobernador romano, Poncio Pilatos, “Para esto nací y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad.  Todo el que es de la Verdad, oye mi voz”  “Efectivamente Soy Rey”.  Nuestro Señor ha venido para establecer Su reinado.  Reinado universal y eterno.  Reino de la Verdad y de Vida, de santidad y de gracia, de justicia de amor y de paz; de paz en la verdad.

La autoridad, decía Mons. Lefebvre, es, en definitiva, una participación del Amor de Dios; amor que solo pide difundirse, orientar y ordenar los hombres hacia el bien divino, el bien infinito y eterno.  La autoridad,  por consiguiente, debe sancionar a los hombres que se oponen al Bien divino, que niegan a Dios la difusión de la caridad de Dios, al apartar a los hombres de la Fe, de la caridad, de la gracia y que luchan contra Dios.  Es el caso del anticlericalismo liberal, desde la Revolución Francesa, sobre todo desde el protestantismo.  Pero, también estas ideas, esta mentalidad liberal  [propagada]  a causa de la universidad, de las escuelas, de la prensa, de todo, hoy en día, de todos los medios de información; pero, eso empezó [hace…] en 1830, con el padre Lamennais; estos hombres liberales que se quieren liberar de Dios, de la autoridad de Dios, se han esforzado desde la Revolución Francesa, bajo el nombre, entonces, de “catolicismo liberal” de infiltrar la Iglesia, con sus herejías y sus hombres y poco a poco lo han logrado y han triunfado, como lo saben bien, en el Concilio Vaticano II.  La realidad de la crisis conciliar en la Iglesia, para Monseñor Lefebvre, la realidad y los principios sobre los cuales descansa su resistencia católica, principios que son silenciados hoy por los superiores de nuestra congregación, están resumidos en su famosa declaración de 1974, cuando nos encontramos con las primeras dificultades después de que el Seminario de Êcone contaba con unos 100 seminaristas, un gran éxito, en tres años apenas; entonces viendo que estaba al pie de la pared, por así decir, quiso enunciar esos principios. Y se trata de las dos Romas.  

Desde el Concilio hay dos Romas.  Por una parte, la Roma Eterna, eterna en su Fe, en sus dogmas, en el Santo Sacrificio de Nuestro Señor renovado en la Misa.   Y por otra parte, la Roma nueva, conciliar, sometida desde el Concilio Vaticano II a las ideas falsas y masónicas del mundo moderno, del nuevo orden mundial.  He aquí  un detalle, por casualidad seguramente, son las mismas iniciales que tienen en el nuevo orden de la Misa, N.O.M. “Novus Ordo Missae”,  y las del Nuevo Orden Mundial: N.O.M. que aparecen también en el billete de un dólar, en latín, claro, Nuevo Orden de los Siglos: “Novus Ordem Seculum”, como una cuerda alrededor de la pirámide masónica.

Monseñor Lefebvre se ve obligado a elegir entre dos obediencias: la falsa obediencia a la Nueva Roma Conciliar, a la Nueva Misa Protestante, a catecismos heréticos como el catecismo holandés, al Concilio Vaticano II; elegir, pues, entre esa nueva religión u obedecer a la Roma Eterna de 2000 años y 260 Papas que con su magisterio transmitieron durante veinte siglos la tradición divina e inmutable recibida de Nuestro Señor Jesucristo y de sus Apóstoles.  “A Él lo debéis escuchar” y esto hasta el fin del mundo.  Esa era la verdadera obediencia a la Fe, a la doctrina de los Apóstoles, a la Iglesia Apostólica, Católica y Romana, Una y la misma Iglesia, siempre la misma “Semper ídem”.

La Iglesia a lo largo de los siglos había sido siempre la Esposa fiel, siguiendo la orden de Nuestro Señor y seguirá hasta el fin del mundo, aun cuando que esté representada, como fue el caso, por ejemplo, en Japón durante dos siglos, por grupos de fieles pequeños grupos, lo anuncio Nuestro Señor “pequeña grey”. Nuestro Señor dijo a los Apóstoles, “Me ha sido dado todo poder en los cielos y la tierra.  Id pues, enseñad a las naciones todo, [todo] lo que Yo os he mandado, a todas las naciones y a todas las generaciones, hasta el fin del mundo”: eso es la Tradición.  Y también en ese momento Nuestro Señor ora por sus Apóstoles al Padre “Guárdalos del maligno, santifícalos por la Verdad” y lo repite enseguida “Yo mismo me santifico, para que ellos también sean santificados por la Verdad”. No se puede separar la santidad de la Verdad.  Cuando se examina el caso de un santo antes de canonizarlo, lo primero que se controla es su fidelidad a la verdad, a la Fe, a la doctrina, a lo largo de toda su vida.  Claro, eso muestra la invalidez evidente de la canonización que están preparando en Roma, de Juan Pablo II.

La Roma Eterna condena a la Roma Nueva.  La Roma nueva defiende viejos errores, viejas herejías, condenadas siempre por la Roma Eterna.  Y la Roma nueva se autodestruye.  Destruye el trabajo, la tradición transmitida por la Roma Eterna.  Según expresión misma de Pablo VI: después del Concilio “entró el humo de Satanás en la Iglesia”, por una rendija, por la fisura abierta en la Iglesia por el Concilio, que pretendía realizar la reconciliación de la Iglesia con el mundo moderno corrompido, para quien el hombre debe ser el centro de todo y la única preocupación, olvidándose de Dios.  Era la religión del hombre que se hace dios; es una religión de reemplazo, de sustitución, como lo es también el marxismo, la religión de la ciencia, del progreso y tantas otras religiones del hombre.  Cuando Dios está ausente, el hombre busca cualquier cosa para reemplazarlo, hasta las drogas, como lo sabemos demasiado.

La Roma Eterna condena a la Roma Nueva.  “Nosotros -dice Monseñor Lefebvre- preferimos obedecer a la Roma Eterna”, esa es la verdadera obediencia.  Para Monseñor Fellay, al contrario, no hay sino una sola Roma.  Le gusta esta declaración de Monseñor Lefebvre, pero él se queda hablando de la Roma Eterna y no habla mucho de la Roma nueva conciliar.  Si hay una sola Roma, una sola Iglesia, si no hay Iglesia Conciliar, entonces claro, hay que volver a la Iglesia, nos encontramos en una situación anormal, se habla de cisma, de sedevacantismo, etc.  Pero, si hay reconciliación con la Roma nueva ¿cómo no obedecerle?  Porque, no hay que soñar, una vez adentro, como ellos dicen, tendremos que obedecer como lo hacen todos, son cientos de sacerdotes, todos los ex tradicionalistas, sin excepción que se reconciliaron con la Roma nueva, obedecer empezando por callarse.

Pablo VI no quiso ver dónde estaba la rendija, la fisura por la cual había entrado el humo de Satanás en la Iglesia; Monseñor Lefebvre sí la vió: era la ruptura del concilio con la tradición; y Monseñor Fellay pretende convencernos que esta ruptura con la tradición es muy limitada, que hemos -¿quién? ¿Monseñor Lefebvre?-  que hemos exagerado los errores del concilio, que le hemos atribuido errores que en realidad no son del concilio.  Nuevo golpe maestro de Satanás.  Monseñor Lefebvre decía Satanás ha logrado realmente  un golpe maestro: hacer condenar a los que conservan la Fe católica, por aquellos mismos que tienen la misión de defender la Fe y propagarla.  Es decir por la autoridad, por la jerarquía y por el mismo Papa.  Y hoy, en la Fraternidad se expulsa a los que quieren seguir en la resistencia católica, lo que hemos empezado a hacer hace  más de 40 años.  Satanás también había logrado hacer condenar al Mesías por aquellos mismos que tenían la misión de designarlo como Mesías e Hijo de Dios, es decir por la autoridad religiosa, por la jerarquía religiosa, por los pontífices y sumos sacerdotes de la sinagoga.  Pero, lo que era entonces la verdadera religión, pues estas autoridades y el pueblo habían apostatado de esta religión, para transformarla en la religión de la hipocresía, de la soberbia, de la vanidad, de la suficiencia frente a Dios, pasando así del servicio al Dios vivo, al servicio del padre de la mentira, hasta transformarse en los verdugos de Dios, al gritar a Pilatos -que lo quería salvar- “¡Crucifícale, crucifícale!”. 

El día anterior los apóstoles habían dado un hermoso ejemplo de colegialidad episcopal, el único que se ve en el Evangelio, según el Evangelio de San Mateo, entonces los discípulos todos, abandonando a Jesús, huyeron.  Nuestro Señor lo había anunciado al salir con ellos por la última vez hacia el Monte de los Olivos.  Entonces les dijo Jesús: “Todos vosotros os vais a escandalizar de Mí esta noche, porque está escrito por los profetas: heriré al Pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”.  En cuanto a Pedro le dijo: “Esta noche, antes que el gallo cante, tres veces me negarás”.  Nuestro Señor citó al profeta Zacarías que lo había anunciado poniendo estas palabras en boca del Padre Eterno: “Despierta espada contra mi pastor y contra el varón de mi compañía” - en este caso se trataba de Su Hijo. “Dice Yaveh, hiere al pastor y se dispersarán las ovejas”.  Aquí está la profecía de la muerte del Buen Pastor.   Y hoy en día la Iglesia vuelve, sigue los pasos de Nuestro Señor y está viviendo su Pasión y también el pastor aunque de otra manera está herido también y las ovejas se dispersan en medio de la confusión general; después de lo cual Zacarías anuncia la Pasión de la Iglesia precisamente y la grey en manos del mal pastor:  “Y díjome Yaveh: toma también el pertrecho de un pastor incrédulo, inmoral e insensato, necio, pues he aquí, dice Yaveh, que suscitaré en la tierra un mal pastor, que no cuidará de las ovejas que se pierden, que no buscará las descarriadas, ni curará las heridas, ni alimentará a las que están sanas.  Ay! del pastor inútil, que abandona el rebaño”.  ¿No es acaso lo que lamentamos desde el concilio?  Los pastores han abandonado el rebaño a los enemigos de la Iglesia y el rebaño se pierde, se va a las sectas, abandona la verdadera religión de Nuestro Señor, olvida la moral, la Ley de Dios.  Nuestro Señor no se cansó de prevenir a las almas  contra los malos pastores.   Cuando el pastor anda a través de los precipicios, es muy natural que el rebaño caiga en ellos.  Los papas conciliares llevan al rebaño a los precipicios del protestantismo: Misa protestante, catecismo protestante,  nueva religión ecuménica, dependencia protestante y la mayor parte del rebaño ha adoptado la nueva religión, fácil y cómoda, de la libertad para todo.  Pero, cuando el pastor se transforma en lobo toca desde luego, nos dice el gran liturgista Dom Guéranger, siglo XIX, quien restauró la liturgia en Francia y, se puede decir, en el mundo.  “Cuando el pastor se convierte en lobo, toca, desde luego, al rebaño, defenderse”.  Dice: “Por regla la doctrina desciende del Papa y de los obispos, al pueblo fiel y los súbditos no deben juzgar a sus jefes acerca de su fidelidad a la doctrina de la Fe, normalmente.  Mas, existe en el tesoro de la Revelación de Dios a los hombres, ciertos puntos esenciales de los que todo cristiano tiene el conocimiento necesario y la obligación de guardarlos cueste lo que cueste.  Es una cuestión de vida o muerte del alma, de la Fe, que, por consiguiente compromete nuestra salvación, nuestra eternidad.  Hubo en la historia de la Iglesia inmensas traiciones a la doctrina de la Fe, [tanto como de parte..] generalmente por presiones del emperador, de algunos pocos, dos Papas, sobre todo, y de muchos obispos como Nestorio o de la mayoría de los obispos que naufragaron en la Fe en tiempo del arrianismo.  Puede suceder que los pastores permanezcan en silencio o a veces sigan la corriente de la herejía general.  En ciertos casos en que la religión se vea comprometida.  Fue el caso, por ejemplo en nuestros días, de la última reunión interreligiosa de Asís por la cual monseñor Fellay no hizo más que reproducir un texto anterior de una anterior reunión de Asís del padre Schmidberger. Pero él no dijo palabra sobre esto.  “En estos casos los verdaderos fieles –dice dom Guéranger- son aquellos hombres y aquellas mujeres que en tales ocasiones sacan de su sólo bautismo, de su sólo instinto de la Fe, de su sentido de la Iglesia y de la Verdad la inspiración de una línea de conducta, a saber, resistir a una autoridad que no cumple con su misión, sino al contrario.  Y no los pusilánimes que, bajo el pretexto engañoso de sumisión, de obediencia a los poderes establecidos, a la autoridad religiosa, al superior esperan para correr contra el enemigo una orden, un programa que no necesitan recibir, lo reciben de su Fe, lo reciben del Espíritu Santo de Dios, de la tradición de la Iglesia bimilenaria, de todos los Papas, de todos los santos de la Iglesia.  No olvidemos: “el que está parado tema de no caer”; porque fueron muchos los que abandonaron el combate.  Los quince sacerdotes de la diócesis de Campos con su obispo, monseñor Rifan; los doscientos sacerdotes de la San Pedro, cuyos fundadores fueron mis compañeros en Êcone, lo mismo que los del Instituto del Buen Pastor; los monasterios de Barroux, de Flavigny, de Chérméré, del Oasis y tantos otros.  Hoy nuestros superiores nos están transformando en otra Fraternidad San Pedro.

“Santo Padre, -decía Santa Catalina de Siena- y podríamos añadir, los que le obedecen están tomando el camino de la perdición, Dios nos guarde de seguirlos”.  “Los cristianos fieles a la tradición, aunque sean reducidos a un puñado -nos dice San Atanasio, doctor de la Iglesia- ellos son la verdadera Iglesia de Jesucristo Nuestro Señor”.

 Ave María Purísima!