lunes, 12 de noviembre de 2012

NUESTRAS RELACIONES CON ROMA DESPUÉS DE LA ENTREVISTA CON EL CARDENAL RATZINGER



 
Lo que interesa a todos ustedes es conocer mis impresiones después de la entrevis­ta con el Cardenal Ratzinger el 14 de julio último. Lamentablemente debo decir que ROMA HA PERDIDO LA FE, ROMA ESTA EN LA APOSTASIA. Estas no son palabras en el aire, es la verdad: ROMA ESTA EN LA APOSTASIA.
Uno no puede tener más confianza con esa gente, ya que ellos abandonan la Iglesia. Esto es seguro.
No es fácil trazar rápidamente el cuadro de toda una situación. Así se lo he dicho en pocas palabras al Cardenal. Le dije:

“VEA, EMINENCIA: AUN SI USTED NOS ACUERDA UN OBISPO, AUN SI USTED NOS CONSIENTE UNA CIERTA AUTONOMÍA EN RELACIÓN A LOS OBISPOS, AUN SI USTED NOS ACUERDA EL USO DE LA LITUR­GIA DE 1962 Y EL CONTINUAR CON NUESTROS SEMINARIOS Y LA FRATERNIDAD COMO LO ESTAMOS HACIENDO AHORA, NOSOTROS NO PODREMOS COLABORAR. ES IMPOSIBLE.
PARA NOSOTROS, NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO ES TODA NUES­TRA VIDA. LA IGLESIA ES NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, ES SU ES­POSA MÍSTICA. EL SACERDOTE ES OTRO CRISTO Y SU MISA ES EL SACRIFICIO Y EL TRIUNFO DE JESUCRISTO POR LA CRUZ. EN ECÔNE Y EN NUESTROS OTROS SEMINARIAS APRENDEMOS A AMAR A CRISTO, A TENDER TODOS NUESTROS ESFUERZOS HACIA EL REINO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO. EL OBJETIVO DE NUES­TRO APOSTOLADO ES EL REINO DE NUESTRO SEÑOR. ESTO ES LO QUE NOSOTROS SOMOS. USTEDES HACEN LO CONTRARIO USTED ACABA DE DECIRME QUE LA SOCIEDAD NO DEBE NI PUEDE SER CRISTIANA, QUE ESTA CONTRA SU NATURALEZA. USTED HA QUEDRIDO DEMOSTRARME QUE NUESTRO SEÑOR NO DEBE NI PUE­DE REINAR EN LAS SOCIEDADES. HA QUERIDO PROBARME QUÉ LA CONCIENCIA HUMANA ES LIBRE EN RELACIÓN A NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO. HAY QUE DEJAR EN LIBERTAD A LOS HOMBRES Y, SE­GÚN SU EXPRESIÓN, UN ESPACIO SOCIAL AUTÓNOMO. ESTO ES LA DESCRISTIANIZACION. NOSOTROS NO PODEMOS COMPREN­DERNOS. NO ESTAMOS CON LA DESCRISTIANIZACION. ES TODO. NOSOTROS NO PODEMOS, ENTONCES, ENTENDERNOS”.

Esto es, en resumen, lo que le dije al Cardenal y nos vemos obligados a constatar que nosotros no podemos seguirlos.

Es la Apostasía

Porque esto es la apostasía. Ellos no creen más en la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, Quien debe reinar. ¿Por qué? Porque nuestra concepción del Reino de Nuestro Señor Jesucristo va contra la libertad religiosa y contra el ecumenismo.
La libertad religiosa y el ecumenismo se tocan, al punto que uno puede decir que es la misma cosa. En efecto, si la sociedad es cristiana, si Nuestro Señor Jesucristo reina sobre ella, ¿cómo vamos a poder estar bien con los judíos, con los protestantes, los musulmanes, los budistas? No se podrá más continuar con el ecumenismo.
Si se le quiere dar a Nuestro Señor Jesucristo, con su Cruz, el lugar que le es debido De lo contrario escondamos la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, escondamos a Nuestro Señor; no hablemos más de Nuestro Señor Jesucristo en la sociedad. El no tiene lugar en la sociedad multi-religiosa, pluralista, etc. ESTO NO ES POSIBLE.
Dar la libertad a la persona humana en esto es al mismo tiempo descristianizarla. Ella no es libre, ya que la persona debe creer; si no, está condenada; es Nuestro Señor Jesucristo quien lo ha dicho. ¿Esto es cierto o no es cierto?
“La libertad de conciencia, el espacio social autónomo”, son sus grandes pala­bras. ¿Qué quiere decir ésto? ¿Espacio social autónomo para todos los sen­timientos religiosos y las ideas religiosas que el hombre puede con­cebir en su conciencia? pregunto.
Detrás de esto está la moralidad que se deriva, no es solamente cuestión de ideas, hay una inmoralidad que aflora. ¿Hasta dónde se extiende el espacio social autónomo? Hasta el orden público.
“Si el orden público no es perturbado los hombres son libres, la sociedad no tie­ne nada que ver”. Esto es lo que el Cardenal Ratzinger me ha dicho el 14 de julio. Y esto es inconcebible. El ha comenzado por esto mismo. Quiso probarme con esto que el Estado no debería tener religión... y esto es por su misma naturaleza.
Pero Eminencia, le he dicho, hay quince siglos de Iglesia que se inscriben en contra de lo que usted dice”.
“¿Qué era entonces la consagración de los reyes y príncipes, sino la súplica dirigi­da a Dios para pedirle el Don de la Fe Católica, la fuerza de guardar la Fe Católica en sus países, de esparcir las costumbres y las virtudes cristianas, de defender la Igle­sia contra sus enemigos, etc.? ¡Esta era toda la significación de la consagración de los reyes!... Se le daba la espada ¿Para qué?, para defender el reino contra los enemi­gos de la Fe”.

Quince siglos. Un período anormal.

¡Un período anormal que dura quince siglos!
Nosotros nos aferramos al Evangelio. Es fácil decir: ESTO ES ABSOLUTA­MENTE FALSO sin más; como si San Pablo no hubiera dicho: “opportet Illum regnare” —es necesario que El reine—!
Todo es para el Reino de Nuestro Señor Jesucristo, o bien no hay más Evange­lio.
En estas condiciones, ¿cómo querrían Ustedes que pudiéramos entendernos con personas que razonan de esa forma?
Evidentemente, ellos han estado un poco alarmados por el sermón que yo pronun­cié el 29 de junio. El Cardenal me habló de él. En consecuencia él lo ha leído o escu­chado un cassette.
Me pregunto: “¿COMO SE COMPRENDE QUE USTED ENCUENTRE QUE NUESTRA RES­PUESTA A LAS OBJECIONES QUE USTED HA ENVIADO EN RELACIÓN A LA LIBERTAD RELIGIOSA SEA MAS GRAVE QUE ASÍS? ¡USTED DI­CE QUE ESTO ES MAS PELIGROSO QUE ASÍS!”.
Evidentemente, le respondí. Siempre es más grave adherir a un principio que realizar un simple acto. Son los principios los que están al comienzo de todos los actos.
Por esto, partiendo de un principio, como el del liberalismo y el de la libertad religiosa, ustedes han sido llevados a reclamar la laicización de los Estados, y así el resto.
El principio es en consecuencia mucho más grave que el acto; sin embargo, lo que ha pasado en Asís es extremadamente grave, ya que es una apostasía. Si bien, no es un principio, es el resultado de un principio.
Sin embargo el 28 de julio, el Cardenal Ratzinger me envió una carta para hacer­me proposiciones supuestamente concretas.

Todo dependerá de un Cardenal visitador.

Siempre pedí que Roma nos enviara un visitador; si fuera posible alguien que viniera a ver, a darse cuenta; que viniera a hablar y a constatar lo que nosotros hace­mos pero sin formular juicios, sin tomar decisiones. Pero ellos no quieren eso. Quieren enviarnos un visitador pero con la condición de que él disponga de poderes muy importantes para constreñirnos a seguirlos. Esto es inadmisible.
Nos quieren dar un Obispo, dejarnos la libertad de practicar la Liturgia de 1962 (los Cuatro Libros Litúrgicos de 1962). Quieren concedernos una cierta autonomía.
Lo cual puede juzgárselo por la lectura de los siguientes extractos de esa carta:

• “... La Santa Sede está dispuesta a conceder a la Fraternidad su justa autono­mía y a garantizarle la continuidad de la Liturgia según los Libros Litúrgicos vigen­tes en la Iglesia en 1962...”
• “... El derecho de formar seminaristas en los seminarios propios según el carisma particular de la Fraternidad”.
• “... La Ordenación Sacerdotal de los candidatos al sacerdocio bajo la respon­sabilidad —que hasta nueva decisión— asumirá el Cardenal visitador...”
Para la Ordenación de Sacerdotes nosotros no podríamos decir nada, ni el Supe­rior General, ni yo mismo ni nadie, ni el Superior del Seminario. El Cardenal visitador tomará la responsabilidad.
• “...Esperando la aprobación de la estructura jurídica definitiva de la Frater­nidad, el Cardenal visitador se erigirá como garante de la ortodoxia de la enseñanza en los Seminarios...”
¿Cuál ortodoxia? ¿La que ellos enseñan? No es posible.
• “... la del Espíritu eclesial y de la unidad con la Santa Sede”.

¿Qué nos queda entonces? ¡No nos resta más que cerrar los Seminarios!
Ustedes piensen, que la ortodoxia, el espíritu eclesial, la unidad con la Santa Se­de, ellos van a traducirlo por: ¡SÍGANNOS!
No será difícil para el Cardenal visitador pedirles a los seminaristas: “Escuchen, ahora las cosas van a arreglarse entre la Fraternidad y la Santa Sede y en consecuen­cia, habrá relaciones normales entre los Obispos y la Fraternidad, en donde haya Prioratos. Evidentemente ustedes tendrán la autorización de decir la Misa de San Pío V, pero si su Obispo los invita a concelebrar con él para la Fiesta Patronal de la dió­cesis, con la nueva misa, seguramente ustedes no podrán rechazarlo...” ¡Ah, no, yo no digo la nueva misa! “Entonces mi querido amigo, usted esperará para su ordena­ción”.
Esto no es complicado.
Luego:
“Yo espero que estén de acuerdo en aceptar el Concilio en su totalidad”.
¡Ah no, NO la libertad religiosa, eso no es posible!
“Entonces, mi querido amigo, usted tendrá que esperar también para su ordena­ción”.
No es posible.
Está claro que esto no es aceptable. En lugar de dirigirse a mí para pedirme una firma en nombre de toda la Fraternidad, el Cardenal visitador se dirigirá a los candida­tos al Sacerdocio para escudriñarlos. Para la ortodoxia de la enseñanza en los Semina­rios, él verificará en los Seminarios. El podrá interrogar a todos los seminaristas pa­ra ver lo que cada uno de ellos piensa. De antemano se nos impondrán las pautas, los límites. En definitiva, todo se hará sin nosotros; nosotros no mandaríamos y eso no es posible.
El Cardenal Oddi me ha telefoneado diciéndome: “Espero que usted aceptará la proposición de la Santa Sede”.
Le respondí: “Ciertamente no. No será un Cardenal el que vendrá como visita­dor y que tendrá todos los poderes. ¡Por quiénes nos toman? Eso no es posible. Nosotros quisiéramos un visitador y más aún si se trata de Vuestra Eminencia. Noso­tros lo recibiríamos con mucha simpatía...”
“El, rió... ¡Claro! —dijo— no pienso que les envíen al Cardenal Garrone...”[1]
Me insistió mucho, sobre todo: “Acepte, acepte, hay que aceptar". Ustedes lo co­nocen, él se expresa en forma clara. No es del sur de Italia pero tampoco es del nor­te.
Era él quien me decía: “Pero Monseñor firme, firme; después usted hará lo que quiera”.
Entonces, con un Cardenal como éste ¿qué podemos especar?
Lo veo aquí en medio de nosotros, paseándose con los seminaristas y diciendo: “¡Pero ustedes exageran las dificultades, ustedes toman del Concilio lo que ustedes quieran!, no hay que tomarlo al pie de la leca... luego esto, luego aquello. Con res­pecto a la Liturgia, puesto que se les concede la Misa de San Pío V, ustedes pueden decir —aunque sea de vez en cuando— la nueva misa; no es herética, no es cismáti­ca; no hay que exagerar”.
Minimizar, minimizar, y, después al contrario, magnificar lo que la Santa Sede nos va a dar.
“... Hay que ponerse de acuerdo, ¿qué es lo que ustedes esperan?, ¡no hay que ser así engolfándose en posiciones categóricas!”
Entonces, en el curso de este período, el Cardenal visitador decidirá igualmente sobre la admisión de los seminaristas al sacerdocio, “teniendo en cuenta la opinión de sus Su­periores competentes”, está escrito con todas las de la ley pero no es seguro.
Luego, ellos están listos en Roma para enviar un Cardenal visitador con el ob­jetivo de encontrar una fórmula jurídica conforme al Derecho Canónico actualmente en vigor. Nosotros podríamos pedir evidentemente un Cardenal visitador sin pode­res. Yo no sé si ellos estarían de acuerdo; pero aún si ello nos fuera concedido yo ten­go mucho miedo que ese Cardenal visitador, por poco hábil que sea, se presente co­mo un conciliador y comience a influenciar los espíritus y a terminar por dividirnos, ¿por qué?, porque él se aferrará tanto a: “Roma, Roma y Roma; no hay peligro, no hay que tener miedo, hay que tener confianza”.
Dirán: ¿Por qué no? Oíros dirán: ¡Tengamos cuidado!... ¡¡Sabemos muy bien cómo esto aconteció en Fontgombaul!!... ¡¡Sabemos muy bien cómo pasó lo mismo con DOM AGUSTÍN!![2] ¡Sabemos muy bien como esto se dio entre los seminaris­tas que se fueron, aquéllos a los que les prometieron maravillas cuando fueran a Ro­ma... y luego: “vaya usted a su seminario y déjenos en paz con la Misa de San Pío V”. Esto es así en todas partes; lo sabemos bien. Ellos tienen siempre el mismo ob­jetivo: TERMINAR CON LA TRADICIÓN, ACABAR CON ESTA MISA DE SAN PIO V. Nos la dan un poquito a condición de que se acepte la otra; y después, muy suavemente nos llevan a la otra.
Es así como esto sucede y no hay ninguna razón para que no actúen de la misma manera con nosotros.

Sumisión total a la Santa Sede.

Nosotros somos ciertamente un bocado más grande y más duro de tragar. Pero el objetivo sigue siendo el mismo. Se nos seduce con la Liturgia, el Seminario según nuestro carisma, etc.... Pero se trata siempre de sumisión a la Santa Sede, unidad con la Santa Sede, espíritu eclesial. Está claro, ya que ellos lo repiten cuatro o cinco veces en la carta. Habiendo desde el principio un rechazo:
“La Santa Sede no puede conceder Auxiliares a la Fraternidad, sin que Ella sea dotada de una estructura jurídica adecuada y sin que sus relaciones con la misma Sede Apostólica sean bien conformadas con anticipación. En razón de la Institución Divina de la Iglesia, una tal situación jurídica comporta necesariamente reverencia y obedien­cia de parte de los Superiores y miembros de la Fraternidad hacia el Sucesor de Pedro, el Vicario de Cristo. En los límites de esta obediencia y en el cuadro de las normas canónicas, la Santa Sede está dispuesta a conceder.
Vemos enseguida el cuadro en el cual se nos quiere encerrar: personalmente no pienso que esto sea posible, ya que, verdaderamente, creo que nosotros tratamos con personas que no tienen más el espíritu católico. Esto es un misterio, un miste­rio inconcebible, increíble. Hay seguramente una clave en este misterio. ¿Cuándo se manifestará? ¿Cuándo sabremos nosotros qué hay detrás de todo esto? Yo no sé nada de ésto... Pero en todo caso hay algo. No se puede explicar de otra forma.

• ¡Que aquél que está sentado en la Cátedra de Pedro haya hecho Asís!, es inconcebi­ble;
• ¡Que aún haya enviado este año a Kyoto —Japón— al parlamento de las religio­nes, una delegación representante de la Iglesia Católica, es decir de Nuestro Señor Je­sucristo, y que éste representante del vicario de Cristo haya sido puesto en cuarto lu­gar entre los religiosos, sobrepasa la imaginación!

¿Creen ustedes que aquél que obra de esta manera y que acepta esto, cree todavía en la divinidad de Nuestro Señor? Eso no es posible. Y nadie protesta. Ningún Car­denal eleva la voz, todo el mundo se calla, la curia romana permanece muda; es la abominación. Nuestro Señor en medio de esos paganos (ya que los japoneses son pa­ganos que adoran dioses paganos, específicamente ídolos), y los adeptos de otras fal­sas religiones es semejante. ¡¡No, esto no es posible!!

La Jerarquía se aleja de la Iglesia.

Pienso que cuanto más se avanza, es más abominable.
Siempre he rezado mucho para que Nuestro señor nos muestre el retorno de Ro­ma a la Tradición o, por el contrario, que se agrave el alejamiento de Roma de la Tra­dición a fin de que esto sea claro.
Para nosotros no es fácil tomar ahora decisiones en condiciones parecidas.
Así pues actualmente, es de más en más evidente —y esto mucho más que hace un año o dos— que la Jerarquía se aleja de manera ostensible de la Iglesia.
La respuesta que nosotros hemos recibido a las objeciones elevadas a propósito de la libertad religiosa, por su definición, es en sí misma una concepción que descris­tianiza la sociedad. No es simplemente una tolerancia de la sociedad pagana, que de­bería ser cristiana, sometida a Nuestro Señor. No, en lo sucesivo debemos enfrentar­nos a una nueva definición de la sociedad: por naturaleza la sociedad no es cristiana, ella no debe ser cristiana, ella no debe ser religiosa; y esto es increíble.
Pienso que podemos hablar de descristianización y que estas personas que ocupan Roma hoy son anticristos. No he dicho ante Cristos, he dicho anticristos, como lo describe San Juan en su Primera Carta: “Ya el Anticristo hace estragos en nuestro tiempo”. El Anticristo, los anticristos; ellos lo son, es absolutamente cierto.
Entonces, ante esta situación tal como nosotros la conocemos, no debemos preo­cuparnos por sus reacciones. Ellos están necesariamente contra nosotros. Yo le dije al Cardenal Ratzingen: “Nosotros estamos en todo por Cristo y ellos están contra Cristo. ¿Cómo quiere que podamos entendernos? Ellos nos condenan porque noso­tros no queremos seguirlos”.
Resumamos entonces situación. “Si usted hace Obispos, será excomulgado”. Sí, seré excomulgado. ¿Excomulgado por quién y por qué? Excomulgado por aque­llos que son anticristos, que no tienen más el espíritu católico. Y nosotros somos condenados ¿por qué?, porque queremos permanecer católicos. Esa es la verdadera ra­zón por la cual somos perseguidos; y es porque nosotros queremos permanecer cató­licos, porque queremos guardar la Misa católica y el Sacerdocio católico. Es a causa de esto que somos perseguidos.
Todos los curas que han sido echados de sus parroquias, los Sacredotes de Cam­pos —Brasil— ¿por qué son apartados y perseguidos? A causa de la Misa, la Misa antigua que es el triunfo de Nuestro Señor Jesucristo en la Cruz, quien reina por su Cruz. La Misa que es la manifestación del reino de Nuestro Señor Jesucristo sobre la sociedad, no solamente sobre los individuos y la familia, sino también sobre la sociedad —toda la sociedad reunida alrededor del Altar, proclamando la realeza de Nuestro Señor Jesucristo por su Cruz y por su Sacrificio. Esto no lo quieren más. Para los protestantes es una blasfemia. Entonces, para complacer a los protestantes, se ha descristinizado la Misa. Ella se torna una “asamblea”, una “eucaristía”, una “comida”, una “comunión”, una “participación”, un “compartir”, todo lo que uno quiera, pero no es más el Sacrificio de Nuestro Señor Jesucristo Redentor y Propicia­torio. Es terrible pensar en esta situación. Es un gran misterio.

Sí, hay quienes tiemblan.

Hay quienes trepidan un poco ante el pensamiento de que si hiciéramos Obispos, seríamos excomulgados... Pero, en fin... Hay que ubicarse en la situación tal cual es actualmente.
Se dirá: Ya que el Papa lo exige, hay que pedirle al Papa. Yo pedí Auxiliares. Me respondieron que no. No le podemos dar. ¿Por qué? ¿Cuál es la voluntad Papa al responder que no? ¿Cuál es el pensamiento? No quieren más la Tradición. La Tradición está perimida. Es necesario que la Fraternidad de Monseñor Lefebvre lo comprenda: la Tradición se terminó, no la queremos más. Entonces, que no vengan ahora a pedir­nos hacer Obispos que continuarán la Tradición.
Yo sé bien que los principios permanecen y que las circunstancias no pueden su­primir los principios. Es el Papa quien debe nombrar los Obispos, quien tiene juris­dicción sobre los Obispos. Es el Papa quien debe dar la misión canónica a los Obis­pos, por consiguiente la Apostolicidad, etc. Esto es absolutamente exacto. Se puede aportar un Libro entero de citas de Padres, Doctores, de Teólogos para probar esto. Es totalmente cierto, pero pienso que es necesario sin embargo distinguir entre los principios que permanecen y a los cuales debemos adherir, y luego la práctica que ha sido seguida en el curso de la historia. La realización de estos principios ha sido muy diferente. Lo es aún actualmente según se trate de los Orientales, de tal o cual Iglesia Oriental, Patriarcal; Ella entonces permanece muy distinta y era mucho más diversa todavía antiguamente, en los primeros siglos. Sí, entonces se dirá: aún si las circunstancias son tales, eso no los dispensa a ustedes. Uno no puede hacer nada con­tra el Papa.

Un Papa que destruye a la Iglesia.

¿Contra el Papa? Pero contra un Papa que destruye la Iglesia, que es prácticamen­te un apóstata y que quiere hacernos apóstatas, yo pregunto: ¿qué hacer? ¿Hay que re­nunciar a la continuidad de esta obra de la Iglesia para complacer a aquél que no quie­re más de la tradición, que no quiere más que Nuestro Señor Jesucristo reine pública­mente, y que nos conduce a la apostasía? Eso yo le dije al Cardenal Ratzinger. —“El Papa es infalible, usted no puede levantarse así contra el Papa. Usted va a ser ex­comulgado”.
Le respondí:
Infalible, infalible, entendámonos; la infalibilidad es algo muy restringi­do. Pienso que no es contra la promesa de Nuestro Señor Jesucristo, que el Papa eventualmente pueda —por una Pastoral desordenada, una pastoral falsa— llevar a los católicos hacia la apostasía. Jamás ha sido dicho que el Papa no podría haber co­sas contrarias al bien de la Iglesia como está pasando ahora”.
El Papa practica una pastoral que lleva a los pueblos hacia la apostasía, eso es cla­ro y absolutamente cierto. Uno no puede imaginarse el mal que ha hecho Asís en las almas. Un mal incalculable aún entre los tradicionalistas. Muchos no creen más en la unicidad de la Religión. Ellos creen verdaderamente que todo el mundo puede salvarse por su religión, y esto, por culpa del Papa. Las personas han sido engaña­das por esta jornada de oración por la paz. Pienso entonces que era la primera vez que veíamos una cosa como esta: ¡Todas las religiones reunidas! ¡QUE CARIDAD! Se ha perdido en Roma la noción de la Verdad y de la Verdadera Religión.
El Cardenal Ratzinger me ha dicho:
— “Usted sabe, el Papa está un poco molesto por sus dibujos...”[3]
Seguro él los vio. Entonces le dije:
•   “Si ello puede ayudar a salvar su alma, ya habrá cumplido alguna función. Si él ha estado molesto, puede ser que le haya hecho reflexionar un poco y tal vez la razón por la cual ha hecho menos ruido por su reunión de Kyoto”.
Se ha hablado poco en los diarios, sin embargo ésta tuvo lugar. El Papa ha habla­do de ella durante la recitación del Ángelus en la Plaza de San Pedro. Ello pasó desa­percibido, pero esta reunión fue tan abominable como aquélla de Asís. Fue en reali­dad, la repetición.
Asís, ¡Dios sabe si de ella se ha hablado en el mundo entero! ¿Quién sabe si el Papa no ha reflexionado un poco y si nuestras advertencias, nuestras súplicas no han llegado a conmover al Santo Padre? No lo sé y no quiero dar más importancia de la que tiene lo que nosotros hacemos. En todo caso, es cierto que hubo una gran dife­rencia entre estas dos manifestaciones, al menos en la prensa y en la publicidad.

Obispos llamados en ayuda.

Sin duda, ellos se han preocupado en Roma. Noté bien que el Cardenal Ratzinger estaba alarmado por la eventualidad de una Consagración de Obispos. El ha debido alertar a todo el mundo... Y me pregunto si él no ha enviado copia de su carta a to­dos los Cardenales y a los Obispos. En efecto, recibí una carta de un Cardenal de Vietnam, a propósito de esta carta del Cardenal Ratzinger, y también una carta de Monse­ñor Mamie. Es muy caritativo Monseñor Mamie, tiene buen corazón. Me ha escri­to: “Monseñor, yo le renuevo la súplica que ya le hice hace diez años” (y me envía la copia de la carta que me dirigió en 1977 en momento de los grandes acontecimien­tos). En esa época me decía ya: “Sea humilde entonces, sea generoso, tenga un gran corazón. Remita todas sus obras a las manos del Papa. Es lo que usted puede hacer mejor. No esté aferrado a lo que hace. Déle todo a la Iglesia. Eso será un gran ges­to...” “Le renuevo esas proposiciones, Monseñor, reflexione por favor...”
“Deje entonces todas sus obras en manos del Santo Padre. Esté también seguro que pienso en usted. USTED TENDRÁ UNA VILLA A SU DISPOSICIÓN, US-; TED NO TENDRÁ APREMIOS MATERIALES HASTA EL FIN DE SUS DÍAS...”
Fíjense, voy a abandonarlos a ustedes mañana y me voy a ir a una villa no se adonde. ¡Hasta el fin de mis días yo seré mantenido por Monseñor Mamie!!!
¡Pero quizás antes enviaré una comisión para ver dónde se encuentra esa quinta!
Recibí también muchas cartas largas del académico Jean Guitton. El también ha recibido copia de la carta del Cardenal. Y el también me dice: “hay que aceptar..., pe­ro sin embargo vea la copia de la carta que yo envié al Cardenal Ratzinger”. Reco­nozcamos que él hace reflexiones bastante justas.
Escribe Jean Guitton al Cardenal Ratzinger
“Eminencia, vuestra carta está bien, pero ¿qué va a quedar de la autoridad de la Fraternidad?”
En efecto, no quedará gran cosa —agregamos nosotros—.
Aún los laicos están al corriente de todos nuestros asuntos. ¡Esto es bastante cu­rioso!
Y el señor Jean Guitton, le agrega:
“Presiento igualmente las dificultades que no dejarán de presentarse y es por lo que permito sugerirle algunas proposiciones y complementos que no vuelven a po­ner en cuestión la economía de su ofrecimiento y que deberían favorecer una acepta­ción de parte del fundador de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X:

1) Es evidente que todo gira alrededor de la misión que la Santa Sede considera confiar al Cardenal visitador. Así pues, la personalidad de este último jugará un papel determinante. Me parece que debería ser posible encontrar un acuerdo previo, al menos oficioso, con Monseñor Lefebvre, sobre la persona del Cardenal visitador. Por mi parte pienso en el Cardenal Siri, quien acaba de renunciar al gobierno de la diócesis de Génova, Lo conozco muy bien. Pienso que él no correrá riesgo de ser re­chazado por Monseñor Lefebvre. Considero igualmente al Cardenal Gagnon.

2) La misión confiada al Cardenal visitador en su relación con las funciones ejercidas en el seno de la Fraternidad por sus responsables, permanece, sobre ciertos puntos, ambiguo.

¿Quién tendrá el poder de ordenar los Sacerdotes? El texto habla de la ordenación de los Sacerdotes bajo su responsabilidad. ¿Cómo debe ser comprendido el poder de decisión del Cardenal visitador en lo que concierne a la admisión de los Seminaristas al Sacerdocio?, etc.... La opinión parece ser obligatoria, pero ¿debe él estar confor­me? Más generalmente, ¿qué poder es reconocido al Cardenal visitador durante el pe­ríodo transitorio, con relación a la autoridad de los Superiores de la Fraternidad? Y así, continuando. Convendría fijar “que la autoridad del visitador y la de los Superio­res de la Fraternidad, se ejerzan conjuntamente. Por último, la aceptación por Monse­ñor Lefebvre de las proposiciones de la Santa Sede, ¿no debería conllevar como coro­lario el levantamiento de las sanciones canónicas pronunciadas contra él? Un tal ges­to de mansedumbre tendría, sin discusión, un gran valor”.
Luego, el señor Guitton ve bien las dificultades.
Pero, a mi parecer, pienso que no tenemos trato con personas honestas. Esto es lo terrible.
En otros tiempos, cuando iba a Roma en mi calidad de Delegado Apostólico, tení­amos discusiones con personas honestas que querían el reino de Nuestro Señor, per­sonas que trabajaban para la salvación de las almas.
Ahora ellos no trabajan para la salvación de las almas, sino para la gloria huma­na de la Iglesia en el mundo. La gloria es puramente humana.
Esta reunión de todas las religiones, de todas las ideologías: el comunismo, los francmasones, los judíos... En estos días, el Papa irá a encontrarse nuevamente con los judíos en New york.
Esto es una gloria puramente humana, aún abominable, porque mezclar la Verdad con el error, la Virtud con el vicio, los enemigos de Nuestro Señor junto a los ami­gos de Nuestro Señor... ¡Esto es una abominación!
He ahí: quienes están ahora en Roma, no piensan más que en esto; no viven más que de esto. Y, para acrecentarlo: historias financieras vidriosas.
Cuando recordaba este tema con un Cardenal en Roma —buscando un poco cuál es el leit-motiv que tiene toda esa gente— él me dijo: “Monseñor, es esto...”, ha­ciendo el gesto tan conocido para designar el dinero. Podemos entonces imaginar to­do lo que puede suceder. He tenido la ocasión de decirlo a algunos que aún tienen du­das sobre Roma. Estoy íntimamente persuadido de que nosotros no sabemos la mi­tad de lo que sucede en Roma; y si ya estamos escandalizados por la mitad que cono­cemos, es necesario pensar en la otra mitad. Si conociéramos todo, estaríamos espan­tados. Verdaderamente nosotros tenemos tratos con una increíble mafia, ligada cierta­mente con la masonería.
Estamos bien ayudados en este terreno por “Sí Sí No No”, que nos esclarece so­bre la situación en Roma y que dice de esto, más aún que yo ¡lo que no es poco de­cir! Felicito al P. Du Chalard y sus colaboradores por los estudios que publican; es­tán bien hechos y bien apoyados sobre los textos de la Escritura, sobre la Teología. Son serenos, no polémicos. Son claros, muy netos. Todo ésto debe caer como Bue­nas y sólidas piedras en la Curia vaticana. Allí nada pueden decir en contra; lo sor­prendente es que lo soporten, como soportan también nuestras cartas. No pueden de­cir nada, ni responder nada. Es sorprendente. Cada vez que aparece “Sí No No”, de­biera haber alguna reacción en algún diario romano, para contradecir lo publicado. Pero no, allí no hay jamás nada. Ellos no pueden contradecir. ¡Esto es grave! Pienso que es necesario rezar.
Hay quienes preguntan: Monseñor, ¿cuándo haréis ésto? No lo sé. ¿A quiénes us­ted hará Obispos? Tampoco lo sé. Esto está aún en secreto. No sé nada de esto. Vere­mos. Dios nos inspirará en el momento en que sea necesario hacerlo, si todavía de­bo hacerlo. Se lo he pedido a Dios.
No estoy particularmente apegado a hacer estas Consagraciones Episcopales. Ya las he hecho. Fueron tres: Monseñor Guibert, Monseñor Dodds y Monseñor N’Dong. Si yo consagro Obispos, los consagraré con las mismas intenciones y las mismas disposiciones que consagré estos tres.
Seguramente, estos Obispos tenían un mandato romano. Esto es evidente. Pero pienso que, en las circunstancias actuales, se puede pensar en el mandato que dará el Papa cuando se convierta, o en el Papa que seguirá y que volverá a la Tradición. Por­que es imposible que Roma permanezca indefinidamente fuera de la Tradición.
Un día Dios permitirá el retorno con sus sucesores. Por el tomento ellos están en ruptura con sus predecesores. No aceptan más las Encíclicas desde Mirari Vos, hasta Humani Generis del Papa Pío XII. No quieren tomar en consideración estas En­cíclicas. No quieren tenerlas en cuenta. Ellos no están más dentro de la Iglesia Cató­lica.
El día en que el Papa vuelva a la Tradición, está claro que solo podrá apoyarse en la Fraternidad y en aquéllos que trabajan como la Fraternidad, quienes han conserva­do los mismos principios, quienes tienen los mismos pensamientos, en Católicos, en fin. Si el Papa quiere reconstruir la Iglesia ¿adónde encontrará apoyos? No deci­mos esto para alabarnos, sino que es imposible de otra manera. Esto es un hecho.
Por eso es que hay que tener confianza (Si Dios no quiere que yo haga Obispos, le he pedido que haga morir antes. Mi sepultura está lista y no estoy lejos de ir a Él. No es difícil para Dios hacerme morir antes; puedo ser asesinado; puedo tener un ac­cidente de auto; puedo tener no importa qué, una enfermedad cualquiera. Ya veremos. Entonces, es necesario rezar. Continuemos rezando).
Contemos con Nuestra Señora de Fátima. Creo que la peregrinación que hicimos a Fátima ha hecho mucho bien. Ha sido un consuelo para todos aquéllos que estuvie­ron presentes. Nos consagramos de nuevo a la Santísima Virgen y luego le consagra­mos Rusia y el mundo entero. (Entonces, que la Santísima Virgen quiera develarnos este Misterio, que se encuentra detrás de la situación que constatamos, pero del cual no conocemos la clave y esto para el bien de las almas, para que la Iglesia reencuen­tre su Tradición. No pedimos otra cosa para la Gloria de Dios).

Monseñor Marcel Lefebvre, Conferencia dada durante el retiro sacerdotal en Ecône, el 14 de septiembre de 1987.


[1] Fue uno de los 3 cardenales que partícipó en el proceso simulado para que se condenara a la fraternidad San Pío X.
[2] Abad de un monasterio en Francia que se plegó a la nueva misa con sus monjes. Abad de un monasterio en Francia que se plegó a la nueva misa con sus monjes.
[3] Diseños que se distribuyeron en Roma y otros lugares para hacer reflexionar a Juan Pablo II y a los católicos.