martes, 28 de febrero de 2017

LA TRAICIÓN DE LA FSSPX – II





“Para todo sacerdote que quiera permanecer católico, es un deber estricto separarse de esta iglesia conciliar mientras ella no regrese a la tradición del magisterio de la iglesia y de la fe católica”.

Mons. Lefebvre, "Itinerario Espiritual", 1991.



“Aborreced lo que es malo, apegaos a lo que es bueno” (“Odientes malum, adhaeréntes bono” Rom. 12, 9). Como indica frecuentemente la palabra divina (v. gr. Sal.1, Sal. 100, Sal. 14,4), y los santos ("No resistir al error es aprobarlo, no defender la verdad, es sofocarla”, S. Pío X) para seguir el buen camino debemos separarnos del mal, odiando el error –no al que yerra- con todas nuestras fuerzas. Es una condición necesaria. No se puede pactar con el error, no se puede encontrar bueno lo que es malo. No podemos apegarnos verdaderamente a lo bueno sin separarnos de lo malo y de aquellos que están en el campo enemigo. Sin embargo, la Fraternidad pretende conciliar el bien y el mal, la verdad y el error, la fe católica y el modernismo, sometiéndose a autoridades que, contrario a lo que dice San Pablo, “aborrecen lo que es bueno y se apegan a lo que es malo”. ¿Cómo –dirá un iluso- reconocer a la Fraternidad no es apegarse a lo bueno? No, en absoluto. Porque las autoridades romanas no aceptan la Tradición, la misa tradicional, el juramento antimodernista ni las encíclicas de los papas anteriores que condenan el liberalismo y el modernismo del Vaticano II. Ni aceptan esto ni –lo manifiestan de mil modos diferentes- tampoco están dispuestos a aceptarlo. Los modernistas no se apartan un ápice de sus principios nefastos, porque la permisión de pequeños grupos que rezan la misa tradicional no pone en peligro ni su falsa religión ni su poder. Esta medida que se dispone a tomar Roma es una concesión para una “reservación de indios” que han declinado continuar peleando. Por el contrario, la advertencia de Mons. Lefebvre es gravísima como para no tenerla en cuenta. Como se ha visto en los diferentes grupos “Ecclesia Dei”, ellos se han vuelto poco a poco cada vez más liberales. Dejando de combatir por el reinado de Cristo, ¿qué es lo que les resta de católicos? ¿Una adhesión estética a la misa? ¿La defensa de la vida? Mas ¿hasta dónde se han vuelto cómplices, con sus silencios, del avance de la impiedad modernista? ¿Y cómo y cuándo ha de terminar su caída? 

Los modernistas niegan a Nuestro Señor, rechazan a Nuestro Señor, ponen a Nuestro Señor en pie de igualdad con los ídolos de las falsas religiones. Ellos abrazan a los que desprecian a Nuestro Señor. Y ahora hay que escuchar que los neofraternitarios hablen de la misericordia y bondad de quien no se arrodilla ante Nuestro Señor para adorarlo, de quien oculta su cruz para no “ofender” a los judíos, de quien se arrodilla para hacerse “bendecir” por los herejes protestantes, de quien reivindica al diabólico heresiarca Lutero. Ellos van a abrazar ahora a quienes tienen otra fe, una fe que no es la nuestra. Una fe que está expresada en la nueva misa. ¿Quieren hacer la “experiencia de la Tradición”? Hacer la experiencia de la Tradición es “aborrecer lo que es malo, apegados a lo bueno”. ¿Y van a combatir a aquellos que ahora los “reconocen”? ¿Le piden licencia al enemigo para combatirlo? ¿David le pidió la honda y la espada a Goliat? ¿Se hizo amigo de éste y lo llenó de elogios para luego “criticarlo”? ¿En serio quiere creer la Neofraternidad que va a acontecer esto? ¿En serio quiere hacernos creer que es el David de la historia, que va a cortar la cabeza al gigante? ¿A la traición va a agregar la hipocresía?

El 30 de marzo de 1994 decía el hoy gran acuerdista P. Schmidberger (las negritas son nuestras): “El gran dolor de su vida [de Mons. Lefebvre] fue ver a la Iglesia invadida por todos los errores del Concilio Vaticano II —al que muchas veces llamaba su “tercera guerra mundial”—, sus puestos principales ocupados por los enemigos, y que los Papas conciliares y posconciliares se apartaban de las enseñanzas de sus predecesores. Fue también para él una gran tristeza ver en ruinas el sacerdocio católico, cómo se difundía la libertad religiosa y cómo los estados católicos se iban secularizando en nombre de esta misma libertad proclamada por el Concilio.
Pero él no cedió. Al contrario, su curso sobre las Actas del Magisterio es una ilustración única de su declaración del 21 de noviembre de 1974, que empieza así: «Nos adherimos con todo nuestro corazón y con toda nuestra alma a la Roma Católica, guardiana de la fe católica y de las tradiciones necesarias para mantenerla, a la Roma eterna, maestra de sabiduría y verdad. Nos negamos y siempre nos hemos negado a seguir a la Roma de tendencia neomodernista y neoprotestante que se ha manifestado claramente en el Concilio Vaticano II, y después del Concilio en todas las reformas que provienen de él».

Mons. Lefebvre no cedió. Aunque asediado y a punto de caer en la trampa de los modernistas, se mantuvo firme hasta el final y no se puso bajo el poder de los enemigos de la fe católica. Salvó a la Tradición. Ratificó en los hechos aquella declaración de 1974. La Fraternidad misma decía claramente cosas como ésta: "El ser asociados públicamente a la sanción que fulmina a los seis obispos católicos, defensores de la fe en su integridad y en su totalidad, sería para nosotros una distinción de honor y un signo de ortodoxia delante de los fieles. Estos, en efecto, tienen absoluto derecho de saber que los sacerdotes a los cuales se dirigen no están en comunión con una iglesia falsificada, evolutiva, pentecostal, y sincretista" (Declaración del 6 de julio de 1988, las negritas son nuestras). Si los obispos y sacerdotes de la Fraternidad no escuchan y obedecen e imitan a Mons. Lefebvre, gloriosamente “excomulgado” por los masones y modernistas, y, en cambio, se someten a, como ellos mismos decían, “una iglesia  falsificada, evolutiva, pentecostal y sincretista”, habrán consumado una traición, en la medida en que conozcan tales palabras y las hayan hecho suyas. Es parte de su deber la fidelidad al fundador y los motivos que lo llevaron a crear la congregación, la cual nació en estado de guerra permanente contra los enemigos de la Iglesia y la fe católica (“Para muchos la institución es intocable, incluso si ya no se conforma al fin para el que ha sido instituida” decía Mons. Lefebvre de los liberales romanos en “Itinerario espiritual”)...La guerra no se termina hasta que uno de los dos bandos cae vencido. Firmar un armisticio (de eso se trata el ponerse bajo el poder de los modernistas) no es señal de astucia para continuar el combate, sino bajar la guardia, arriar las banderas, dejar de resistir al enemigo. Decía Mons. Lefebvre: “No se tendrá jamás la última palabra de la lucha de los buenos y de los malvados a través de los acontecimientos de la historia, mientras no se la refiera a la lucha personal e irreductible, por siempre jamás, entre Satanás y Jesucristo. ¿Qué deber se impone a todo hombre en presencia de esta lucha fundamental e irreductible entre los dos jefes opuestos de la humanidad? El de no pactar jamás, sea en lo que sea, con lo que proviene de Satanás y de sus satélites, y ponerse bajo el estandarte de Jesucristo, para permanecer siempre en él, y en él combatir valientemente (“Itinerario espiritual”, las negritas son nuestras).

Hay solo dos banderas bajo las cuales combatir: “la una de Christo, summo capitán y Señor nuestro; la otra de Lucifer, mortal enemigo de nuestra humana natura” (San Ignacio, “Ejercicios Espirituales”). ¿Cuál es la bandera que portan Francisco y los conciliares modernistas romanos? ¿Ellos van a favorecer el combate de la Fraternidad por el reinado social de Cristo, o por el contrario lo van a constreñir y obstaculizar? Nuestro Señor “estaba cada día enseñando en el templo… acabada la predicación, porque no había quien lo rescibiese en Hierusalem, se volvía a Bethania” (S. Ignacio, ídem). Una religión falsificada tenían los fariseos en Jerusalén, como la tienen hoy los jerarcas en Roma. Por eso N.S. no podía quedarse allí. Pero la Fraternidad aspira, desea, y está a punto de quedarse en Roma, a la vera de Francisco y los modernistas, que de ese modo “domesticarán” a los otrora irreductibles tradicionalistas. Perdida la prudencia y el discernimiento de espíritus, el orgullo dominó a los mandos superiores de la Fraternidad, por el asiduo contacto mediante el diálogo con los conciliares romanos.

Mons. Lefebvre hablaba claramente: “Es evidente que si muchos obispos hubieran actuado como Monseñor de Castro Mayer, obispo de Campos en Brasil, la Revolución ideológica dentro de la Iglesia habría podido ser limitada, pues no hay que tener miedo de afirmar que las autoridades romanas actuales, desde Juan XXIII y Pablo VI, se han hecho colaboradoras activas de la Masonería judía internacional y del socialismo mundial. Juan Pablo II es ante todo un político filo-comunista al servicio de un comunismo mundial con tinte religioso. Ataca abiertamente a todos los gobiernos anticomunistas y no aporta con sus viajes ninguna renovación católica” (“Itinerario espiritual”, las negritas son nuestras). ¿Qué dice en cambio Mons. Fellay de Francisco, el “papa de los judíos”? Es “…un Santo Padre comprensivo y bondadoso” (Entrevista a revista “Vida Nueva”), “tiene una preocupación por las almas, pero en particular las almas que son rechazadas. Las almas aisladas, las que son hechas a un lado, o despreciadas o que se encuentran en dificultad. Lo que él llama “las periferias existenciales”. ¿Se trata verdaderamente de la famosa oveja perdida? ¿Es que el papa Francisco deja de lado a las otras 99 y va a ocuparse de esa oveja perdida? Creo que eso es lo que él tiene en la cabeza. Digo, tal vez. No se puede dar una respuesta global. (En) todo lo que él ha dicho, vemos que tiene esa preocupación, una preocupación universal: los migrantes, los que están en prisión, que efectivamente son hombres abandonados por los otros. Es una gente que está en el dolor. Luego están los divorciados, gente que también está en aflicción. Luego estamos nosotros que también somos rechazados. Y finalmente estamos todos en la misma perspectiva. Y entonces él se va a ocupar de esas almas” (Entrevista a Radio Courtousie), “… es muy humano, le da mucha importancia a este tipo de consideraciones, y esto puede o podría explicar una cierta benevolencia de su parte. (…) está claro que el Papa Francisco desea dejarnos vivir y sobrevivir. Incluso ha dicho a todo el que desea escucharlo que nunca dañaría a la Fraternidad” (Entrevista a DICI), “Nos conoce de cerca. Y la manera que se comporta hacia nosotros nos hace pensar que es simpatía. Parece contradictorio, no puedo explicar más que eso. Realmente yo esperaba una condenación pero es lo contrario que está sucediendo. (…) Entonces, es difícil expresar esto, pero hay un vínculo cercano con el papa, ustedes no pueden imaginar el acceso que tenemos, el fácil acceso que tenemos con el papa. No lo usamos, a veces lo hacemos por estas cuestiones administrativas, pero tenemos acceso directo al papa” (Conferencia Ángelus Press).

Contra esta blandura concesiva hacia el papa modernista, decía en cambio Mons. Lefebvre: “El Papa actual y estos obispos ya no trasmiten a Nuestro Señor Jesucristo, sino una religiosidad sentimental, superficial, carismática, por la cual ya no pasa la verdadera gracia del Espíritu. Santo en su conjunto. Esta nueva religión no es la religión católica; es estéril, incapaz de santificar la sociedad y la familia” (“Itinerario espiritual”).

Finalizamos con un gran consejo de Mons. Lefebvre, que no podemos de ningún modo desdeñar, como advertencia urgente y necesaria para aquellos que se aprestan a convalidar por acción u omisión la gran traición a su obra:

Por encima de todo guardemos la fe, ya que por ella murió Nuestro Señor, por haber afirmado su divinidad; por ella murieron todos los mártires; por ella se santificaron todos los elegidos. Huyamos de quienes nos la hacen perder o la disminuyen” (Itinerario espiritual”).
 

Agustín Dominico