martes, 28 de febrero de 2017

LA ILUSIÓN LIBERAL DE LA FSSPX






“Cierto es, el Liberalismo anuncia lo contrario. La lámpara, dice, brillará más, y es entonces cuando ella atravesará las tinieblas. Desde el momento en que seamos católicos de matices, católicos modera­dos, en fin, para decirlo con una sola palabra, cató­licos modernos, de inmediato convertiremos al mun­do. En esto, los católicos liberales son inagotables. Esta ilusión, que acarician tiernamente, consuela su espíritu de los desfallecimientos del corazón, y la elocuencia que despliegan revela muy bien las violencias del apetito y la fuerza de la pasión de Esaú por las lentejas. Desgraciadamente, el cuadro seductor de las conquistas que la religión deberá hacer mediante el concurso del espíritu liberal, se halla dañado por un recuerdo difícil de olvidar.

Al comienzo del Evangelio de San Mateo, el Ten­tador se aproxima a Jesús retirado en el desierto, y advirtiendo que el hambre atormenta al Divino Maestro, le dice: “Haz que estas piedras se convier­tan en pan”. Jesús le responde: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Entonces el Tentador lo transporta al pináculo del Templo y le dice: “Si eres el Hijo de Dios échate de aquí abajo, pues escrito está: Que te ha encomendado a sus ángeles, los cuales te lle­varán en sus manos, para que tu pie no tropiece con alguna piedra”. Jesús le respondió: “También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios”. El Tentador hace entonces su último esfuerzo, y entrega su se­creto: transporta al Salvador a un monte muy em­pinado, y mediante una visión, le muestra todos los reinos del mundo y su gloria, diciéndole: “Todas esas cosas te daré si, postrándote delante de mí me adorares”. Jesús le respondió: “Apártate, Satanás; porque está escrito: Adorarás al Señor Dios tuyo, y a Él solo servirás”. Con esto le dejó el diablo, y he aquí que los ángeles se acercaron y Le servían (Mat. 4, 3-11).

El liberalismo renueva esta escena: la Iglesia es pobre, tiene hambre; pero si la Iglesia se hace liberal, será rica, y las piedras se convertirán en pan. Pero el hambre que atormenta a la Iglesia, el mismo que atormentaba a Jesús, es la caridad. La Iglesia tiene hambre por alimentar a las almas que languidecen en el error. El pan que ella quiere distribuirles, el pan que las hará fuertes, es la palabra salida de la boca de Dios, es la Verdad. El liberalismo le dice: Si sois de Dios, si tenéis la palabra de Dios, ningún riesgo correréis en abandonar el pináculo del Tem­plo: echaos abajo, id hacia la muchedumbre que no llega ya a vos, despojaos de aquello que en vos a ella no agrada, decidle las palabras que le gusta escu­char, y la reconquistaréis; total, Dios está con vos. Mas las palabras que a la muchedumbre le gusta escu­char, no son precisamente las palabras salidas de la boca de Dios, y siempre está prohibido tentar al Señor.

Finalmente, el liberalismo hace su última tenta­tiva: Yo tengo el mundo, y os daré el mundo si. . .

Y pone siempre la misma condición: Si cadens adoraveris me. Descended, caed, prosternaos ante la igualdad de los que no tienen Dios, y seguid a las gentes de bien que propondré a vuestra conducta después que hayan jurado no franquear jamás el umbral de una casa de oración. Entonces veréis có­mo el mundo os honrará y os escuchará, y cómo Jerusalén renaceréis más bella que nunca.

El rey de la nada —decía san Gregorio VII— promete llenar de presentes nuestras manos. De esta manera, príncipes de la tierra que ni siquiera están seguros por un día, osan hablar al Vicario de Jesucristo, y le proponen: “Nosotros os daremos el poder, el honor, los bienes todos de la tierra, si reconocéis nuestra supremacía, si hacéis de nosotros vuestro Dios; si, prosternándoos a nuestros pies, nos adoráis”.

¡Cuántas veces ha sido intentada esta seducción! A los Papas que persiguió, Federico de Alemania les prometía un vasto progreso de la Fe; Cavour creyó engañar a Pío IX con este espejismo; el Parlamento de Florencia, al mismo tiempo que multiplicaba las injurias y las depredaciones, abrigaba las mismas intenciones, mezcla de burla y estupidez. Las condiciones puestas por ellos no varían: salir del campo de Israel, abandonar esa estéril fortaleza de Roma, hacer oídos sordos a las enseñanzas de esta Arca santa que no omite nunca oráculos nuevos; en fin, prosternarse, adorar al Príncipe de la Mentira y creerle sólo a él”.



Louis Veuillot. La ilusión liberal. Editorial Nuevo Orden, Buenos Aires, 1965.