martes, 5 de diciembre de 2017

VIDAS DE PRELADOS ILUSTRES




Mons. Bernard Fellay:


“El capitán del Titanic”.
(Vox populi)


“Había un señor suizo llamado Bernardo, que un día, hace muchos años, fue nombrado capitán de un barco. Bernardo asumió muy contento la tarea, y al principio parecía que eso colmaba su vida. Pero, además, Bernardo era un gran coleccionista de sellos postales, un acreditado experto en filatelia. Su colección filatélica era verdaderamente impresionante: sellos de todas las épocas y de todo el mundo, de todos los temas y de todos los colores, conformaban su preciada colección. Su habilidad diplomática, su semblante perennemente sonriente, su vasto conocimiento de idiomas, le habían permitido obtener contactos y amistades internacionales que le ayudaban a acrecentar cada vez más su voluminosa colección. Menzingen albergaba sus preciados archivos celosamente guardados. Pero, a pesar de todo ello, Bernardo no estaba satisfecho. ¿Y por qué Bernardo no estaba satisfecho? Porque a su colección le faltaba la estampilla que más deseaba, la estampilla de sus sueños, la estampilla por la cual suspiraba y que hasta ahora nunca había podido conseguir: la exótica estampilla “Católico”, que otorga la Sede Conciliar Romana.

Pese a sus ingentes esfuerzos diplomáticos, a sus múltiples contactos en la sede Conciliar, a sus negociaciones y plegarias, Bernardo seguía sin poder obtener el soñado sello. Bernardo empezaba a perder la paciencia, y con ella la sonrisa. Entonces tomó una decisión drástica, una decisión fundamental que cambiaría para siempre su vida y las de todos los que iban con él en la nave llamada “FSSPX”: alteró el rumbo del barco, dirigiendo ahora el mismo hacia la Sede Conciliar Romana, para tratar él personalmente de conseguir el valioso sello. Pensaba además Bernardo que cuando Francisco, el opulento dueño del sello, viera llegar hacia él tan imponente buque, sin dudas estaría impresionado, y Bernardo podría negociar en condiciones más ventajosas.

En vano algunos tripulantes le advirtieron que él dirigía el barco hacia aguas peligrosas. Fue inútil todo intento de hacerle ver los informes que indicaban que se dirigía hacia una zona de icebergs. Fueron infructuosos los informes relativos al taimado Francisco. Bernardo no escuchaba. Peor aún, Bernardo echó por la borda a los que se oponían al nuevo rumbo del barco. Otros que notaron que toda advertencia era rechazada, decidieron tomar los botes y abandonar al capitán Bernardo. Éste, como una especie de Capitán Ahab obsesionado con su ballena blanca, Moby Dick, se aislaba cada vez más en su frenesí, no teniendo otra idea en la cabeza que ésta: el sello “Católico” de la Sede Conciliar Romana. Todas las tardes abría los álbumes de su colección de estampillas, y notaba un hueco, un pequeño pero gigante hueco que le indicaba la ausencia de su querido y tan buscado sello. Presa de la frustración, un día arrojó sus cientos de miles de estampillas por la borda. Entonces, en ese momento, llegó un radiomensaje que le hizo saltar las lágrimas de sus enternecidos ojos: Francisco, el pródigo mandamás que poseía la estampilla, le daba la esperanza de llegar a obtenerla. Para eso lo invitaba a adentrarse más con el barco, hacia la costa de la Sede Conciliar Romana. Bernardo, emocionado, mandó a darle velocidad máxima al barco. La euforia le hizo decir para sí, como un nuevo Di Caprio: “¡Soy el rey del mundo!”.

Entonces se escuchó un ruido en la parte lateral del barco. Algo así como una rasgadura. El buque se deslizó un tanto hacia la izquierda. Pero nadie se animó a decir nada. Bernardo dijo: “Que los músicos toquen y que la gente baile. Este barco es inhundible”. “Además, -agregó para reforzar su pensamiento- tenemos a Francisco de nuestro lado”. Decía esto mientras guardaba en sus bolsillos una estampilla que la Sede Conciliar le había gentilmente enviado de regalo para su colección, la cual rezaba: “500 años de la Reforma”.

Luego empezaron a sonar los violines. Y Bernardo, mientras sus ojos miraban al vacío, volvió a sonreír.”

(Relato recogido por Lothar Gómez, en su obra “Historias desconocidas contadas por un filatélico”, Ed. Los Andes, 2014)