martes, 6 de septiembre de 2016

EL ÚLTIMO LUGAR





“Lo que nadie envidia es el último lugar. Y este último lugar es lo único que no es vanidad y aflicción de espíritu…Sin embargo, “el hombre no es dueño de su camino”, y a veces comprobamos con sorpresa que estamos deseando lo que brilla. Entonces, coloquémonos humildemente entre los imperfectos, considerémonos almas pequeñas a las que Dios tiene que sostener a cada instante.
Cuando él nos ve profundamente convencidas de nuestra nada, nos tiende la mano; pero si seguimos tratando de hacer algo grande –aunque sea bajo pretexto de celo- Jesús nos deja solas”.

Santa Teresa del Niño Jesús



La Parábola del Último lugar (leída el Domingo próximo pasado) no deja de ser un permanente aviso y llamado a combatir la soberbia que nos lleva a buscar los mejores y privilegiados lugares, y en el caso de los católicos de la Tradición o Resistencia, con la “excusa” de poder realizar un mejor apostolado, de hacer valer un “derecho” o de “hacer más visible y destacada” la fe. Dijo Nuestro Señor de los Fariseos que “quieren tener los primeros puestos en los banquetes y en las sinagogas” (Mt. 23,6), porque aman el ser vistos y ser tenidos por los mejores, los más observantes y los más ejemplares. La situación no deja de repetirse en sus diferentes caracteres protagónicos y hasta en apariencia antagónicos entre sí, ya sea en disputas o en negociaciones y “diálogos cordiales” por el privilegio de ser quien más cerca se siente de la cabecera en el banquete. Veamos lo que ocurre en las filas de la Tradición católica.

1)Los líderes de la Neo-FSSPX, claman desde hace mucho tiempo y cada vez con mayor premura por lograr ubicación destacada y “reconocida” en el banquete conciliar. Habiendo sido gloriosamente expulsados de tal banquete –no del Banquete de Nuestro Señor- en tiempos de Mons. Lefebvre, posteriormente buscaron y aceptaron las negociaciones con los mayordomos liberales y modernistas, con objeto de obtener al fin un “buen lugar” en el banquete que preside el apóstata Francisco, que no Cristo, pues Éste en tal banquete es el mayor desplazado – Jesucristo es para los modernistas apenas “una articulación que está también en el Dios de Moisés y en el de Alá, en el Brahma, en el Buda, en el Tao, en todas las divinidades que son nada más que una, plasmada por la historia de los hombres que la piensan” (sic, ver  acá) y no el Rey de reyes y Señor de señores, único Camino de salvación, Verdad y Vida. Es así como neo-fraternitarios preparan sus mejores sonrisas comerciales para sentarse allí donde los que se exaltan a sí mismos comparten viandas envenenadas con quienes llevan las vestiduras manchadas por la herejía, la blasfemia y la impiedad. Los asientos están dispuestos, pero no serán ubicados en lugares de privilegio, sino en lugares deshonra y carestía espiritual. Los enemigos de Cristo no honran a los soldados de Cristo. Y quien rinde sus armas ante los enemigos de Cristo merece sólo el desprecio. El que se exalta a sí mismo será humillado.

2)Las congregaciones “Ecclesia Dei” o simplemente conservadoras o tradicionales que aceptaron principios liberales para ser tolerados por los herejes modernistas, ya consintieron hace mucho tiempo ser comensales de tal banquete. Si hay algunos platos que no son de su gusto ponen mala cara, pero su protesta no llega a variar el menú ni mucho menos hacer que los cocineros dejen a un lado el veneno con que elaboran y sazonan la comida. Algunos querían tener el “honor” de estar en ese lugar de privilegio, otros sumisos a una obediencia ciega los siguieron; sin embargo los modernistas los desprecian y ellos ya no pueden afirmarse en el último lugar, aquel de la verdad que resiste toda combinación con el error y la traición afirmándose en voz alta.

3)Algunos grupos de sedevacantistas y otros tradicionalistas que no se atreven a admitir tal su posición, se ensalzan a sí mismos adoptando una postura “dura” en su apariencia, barnizándose de un integrismo de espadas flamígeras que no se mezcla con “resistentes fláccidos, debiluchos o impotentes” a quienes gustan denigrar mediante mentiras y calumnias que alternan con beaterías y piedades de utilería. Ellos mismos se colocan a la cabeza de su banquete, publicitando orgullosamente su derecho a no obedecer a nadie pues nadie fiel queda en el mundo, excepto ellos. Pero, el que se exalta a sí mismo, será humillado.


4)También hay algunos sacerdotes en la llamada Resistencia que no aceptando ninguna formal estructura desean ser autónomos, independientes, únicos y   singulares. Estos también se ubican no en el último lugar, sino en el primero de un banquete unipersonal, pues ellos también desprecian la obediencia y se erigen orgullosamente en sus propios maestros y guías, ciegos que guían a otros  ciegos. El que se exalta a sí mismo, será humillado.

Escribió San Bernardo: “Es verdad que nosotros estamos deseosos de ascender siempre, todos suspiramos por la exaltación. Y es que somos criaturas nobles y tenemos un alma grande, y por eso apetecemos, naturalmente, la grandeza. Pero ¡ay de nosotros si quisiéramos seguir a aquel que dijo: Yo me sentaré en el monte del Testamento a la parte del Aquilón! (Is. Cap. XIV) ¡Oh, miserable! ¿Quieres sentarte a la parte del Aquilón? Ese monte está helado, no te seguiremos a él; tú no tienes más que un deseo insaciable de poderío, tú no quieres sino gloriarte de tu pujanza. Sin embargo, ¡cuántos hasta el día de hoy siguen tus huellas sucias e infelices!, o lo que es más, ¡cuán pocos son los que se apartan de ellas y a quienes no domine el deseo de mandar! Mas ¿a quién seguís, oh miserables? ¿A quién seguís? ¿No es, por ventura, este el monte al cual subió el Angel y quedó convertido en demonio? Miradlo bien, que después de su caída, devorando la envidia a este espíritu perverso, y por eso perversamente solicito de derribar al hombre, le mostró otro monte semejante a aquél en el que había querido sentarse”.   (…) “No obstante, ¿qué haremos? Porque, por una parte, el ascender de la manera sobredicha no es conveniente, y por otra, nuestro apetito nos arrastra a subir. ¿Quién nos enseñará una saludable subida? ¿Quién, sino Aquél de quien leemos que porque descendió, por eso mismo subió? (Ef. Cap. IV). El es quien nos mostrará el camino por donde debemos subir, a fin de que no sigamos las huellas ni consejos de un falso conductor, o mejor dicho, de aquel seductor inicuo”. Y el mismo santo dice en otro lugar: “Por lo tanto, perseverad en el propósito que habéis comenzado, de subir a lo alto por medio de la humildad; porque este es el camino, y fuera de ella no hay otro. (…) ¡Oh, perversidad, oh, ambición la de los hijos de Adán, que siendo dificilísimo el subir y facilísimo el descender, ellos se elevan con tanta facilidad y se humillan con tanta dificultad! Siempre están prontos para recibir honores; siempre preparados para ocupar los puestos más altos de la jerarquía eclesiástica, cargos formidables aun a los hombros de los mismos ángeles. Mas si se trata de seguirte a ti, ¡oh mi Jesús! Apenas se halla quien sufra ser llevado en vuestro seguimiento, quien quiera ser conducido por la senda de tus mandamientos” (Ser. 4 de Asc. Dom.).

En efecto, “la ambición –afirma el mismo santo- es un mal sutil, un secreto veneno, una peste oculta. Ella es la autora del engaño, la madre de la hipocresía, la engendradora de la envidia. Ella es el origen de los vicios, el incentivo de todos los crímenes, la carcoma de las virtudes, la polilla de la santidad, la ceguera de los corazones” (Serm. 6 s. Psalm. Qui habitat). No otra cosa vemos en el panorama catastrófico de la Iglesia, que pretendidos “salvadores” como Mons. Fellay y sus adláteres pretenden “restaurar” recibiendo honores de parte de los más perniciosos enemigos de la fe católica (cfr. San Pío X, Pascendi), dando acogida a una anunciada “nueva estructura” que fungirá bajo la égida masónico-ecumenista del modernista Francisco. Para lo cual los otrora irreductibles lefebvristas no han hesitado en utilizar las armas del engaño, la persecución y la hipocresía, por una ambición suicida sostenida en una ilusión diabólica y el liberalismo que ha infectado a sus líderes y a una gran parte de sus miembros.

Contrario a esto, pensamos que la reciente fundación, sin aspavientos ni alardes publicitarios, sin agitación ni gestos histriónicos, sin ambigüedades diplomáticas ni balandronadas de barricada, de una congregación católica tradicional, antiliberal, ni acuerdista ni sedevacantista, que busca la formación de santos sacerdotes sin compromisos con el mundo y la iglesia conciliar, la Sociedad Sacerdotal de los Apóstoles de Jesús y María,  por parte de un antiguo, discreto, probado y fiel soldado de Cristo que comprendió mejor que nadie a Mons. Lefebvre, el obispo Mons. Faure, es un signo de esperanza y una actualidad de verdadera resistencia en la desolación espiritual manifestada por la caída de la emblemática FSSPX a manos del conciliarismo.  La Providencia divina no deja de suscitar las santas reacciones en su Iglesia contra la apostasía y el orgullo farisaicos, pero a cambio de la cruz que es la mayor honra para un verdadero cristiano, que ansía trabajar desde el último y despreciable lugar. Es allí cuando, al vernos Dios –como dice Santa Teresita- profundamente convencidos de nuestra nada, nos tiende la mano. Porque es “dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni pone el pie en el camino de los pecadores, ni entre los burladores toma asiento” (Salmo 1, 1), pues de ese modo y afirmado en la verdad, teniendo “su deleite en la Ley del Señor” (id.), tendrá la disposición del corazón que Dios acepta y ama, y entonces, sí, llegará su turno de ser exaltado en la gloria de Dios, pues si ocupó humildemente el último lugar, por eso mismo ocupó el primer lugar en el combate que comienza en sí mismo y continúa en las trincheras resistentes que no arrían las banderas. Entonces se verá nuevamente que “Los últimos serán primeros, y los primeros últimos” (Mt. 20,16).