lunes, 23 de abril de 2018

LA SANTIDAD



  


NO, amigo lector, Syllabus no va a reabrir sus puertas, pierde cuidado. Ya dijimos en nuestra despedida que no estábamos en condiciones de ocuparnos como es debido de nuestro blog, ni nos sobran ganas para ello. Pero sucede que unas palabras de Monseñor Lefebvre, muy oportunas ahora que Francisco ha sacado un documento sobre la santidad,  nos movieron a desear comunicarlas, y, de paso, ante el hartazgo que nos producen demasiadas cosas, aprovechar para decir algunas palabras, como una forma de demostrar que, aunque nos cueste, seguimos respirando, y estamos vivos y no queremos dejar de hacer un mínimo aporte a la causa de Cristo Rey por este medio, pues la impiedad, la apostasía, la confusión y, sobre todo, la retirada de los buenos, avanza. Quienes estamos en la Resistencia (Benedictinos de la Santa Cruz, Dominicos de Avrillé, SAJM, etc.), a mucha honra hemos venido a ser los nuevos parias, los nuevos marginados, los nuevos leprosos o dignos de ser ignorados de la familia católica: despreciados por la Neo-FSSPX, odiados por los sedevacantistas, ignorados por los conservadores y línea-media, y, por supuesto, calculadamente dejados al margen con desprecio como simples fanáticos y rígidos retrógrados por los modernistas romanos, con todo ello sentimos crecer el reconocimiento hacia Nuestro Señor y renovamos nuestra adhesión filial hacia Mons. Lefebvre. Tú querido lector juzgarás si esta entrada te sirve. Nosotros al final decidimos dejarle la palabra a ese hombre de Dios a quien todos le debemos que la Tradición continúe, alguien que hoy está siendo arteramente traicionado por muchos de sus (malos) hijos.

Dijimos que hay cosas que producen hartazgo:

1) La Tradición de “medio pelo” (en graciosa y exacta expresión que usa Antonio Caponnetto para definir la santidad predicada por Francisco en su nueva exhortación apostólica), sí, una Tradición que pretende vivir sin ser molestada dentro de las murallas de los pérfidos modernistas, en convivencia pacífica con el maldito concilio Vaticano II y los liberales que le echan incienso, una tradición sin riesgos, dialogante, temerosa, tibia, aburguesada y a la vez orgullosa de sí misma: allí encontramos a los conservadores, la línea-media y los grupos Ecclesia Dei (llámense IBP, IVE, ICR, FSP, Le Barrou, Campos, etc., todos ellos benedictólatras o ratzingerianos, en mayor o menor medida, y desde luego, “sanjuanpablistas”) a quien ahora se suma la FSSPX, que bien puede ser llamada Neo-FSSPX: en estos tiempos de café descafeinado y cerveza sin alcohol, se ofrece ahora una versión “deslefebvrizada” de la FSSPX, más preocupada de sus aspectos estéticos que del combate de la fe: véase el último Cor Unum donde en medio de estos tiempos calamitosos Mons. Fellay se la pasa hablando de “colores y tipografías” para cumplir con la política de branding corporativo que construye y vende una imagen comercial de la empresa…perdón, de la congregación religiosa, bien emperifollada y con los apliques y afeites necesarios para no escandalizar a los jerarcas romanos y al mundo entero, satisfaciendo ampliamente sus apetencias de agradar. Su única preocupación es que los dejen “ser como son”: pronto los veremos cantar a coro “Let it be” de Los Beatles, mientras del otro lado Francisco les responde “All you need is love”, endulzado sus oídos con tan pringosa melodía. ¡Qué maravilla! Sumémosle, ya que ponemos la atención sobre esta “tradición light”, una entrevista radial al anémico y pueril P. Trejo, Superior del distrito Sudamérica de la Neo-FSSPX, portavoz de la nueva y amistosa Fraternidad de plásticas sonrisas. El Padre Castellani, que no llegó a ver toda la amplitud de la tormenta desatada por el Vaticano II como sí la vio y analizó Mons. Lefebvre, llegó a decir sin embargo, en 1967, o sea, ¡hace 51 años!, lo siguiente: “Ciertamente, la crisis actual de la Iglesia tiene un carácter que no han tenido las otras: es absolutamente total: total en extensión, cubre todo el mundo; total en intensidad, pues la herejía naturalística (o el "aloguismo", como la llamó Belloc) es la herejía más radical que ha existido y puede existir: falsifica todos los dogmas del Cristianismo, vaciándolos de su contenido sobrenatural, y poniendo en su lugar la adoración sacrílega del Hombre; que sabemos será la doctrina del Anticristo. Todos estos Congresos, Reuniones, Asambleas que estamos viendo son enteramente arreligiosos; naturalísticos: quieren salvar al hombre o a las naciones sin Dios; a lo más le silban a Dios como a un perrito para que venga a apoyarlos. Y no. Sin Dios pueden perder a los hombres pero no pueden salvarlos” (Sermón Domingo tercero de Pascua, Domingueras prédicas I). Pero en la entrevista el P. Trejo, supuesto discípulo o hijo espiritual tanto de Mons. Lefebvre como del P. Castellani (puesto que es argentino), simplemente define la crisis de la Iglesia como una “crisis de adolescencia”, como cuando el nene deja de mirar a su papá y su mamá y se fija en los de afuera. ¡Pobre nene! Y llega a decir que Mons. Lefebvre quiso guardar la seguridad de la fe que predicaron los papas “desde San Pedro que fue el primero, hasta el actual reinante Jorge Mario Bergoglio” (sic). Ni una palabra del liberalismo, del modernismo, del fariseísmo, de la apostasía, de los destructores de la Iglesia, del Vaticano II, de la masonería, nada del combate de Mons. Lefebvre por Cristo Rey, nada de nada de nada. El aniñado Padre Trejo verdaderamente exaspera como podría hacerlo cualquier cura modernista, tipo Guillermo Marcó o Rafi Braun.                                                                         

Por último y más reciente, el artículo del valeroso P. Simoulin, el águila tímida (como se autodefine), que nos enseña a no temer a los avestruces (sic) modernistas. Otro que disminuye la gravedad de la crisis y subestima a los modernistas, llegando a hacer de los peores enemigos de Cristo unos simpáticos animalitos. Ah, las águilas acuerdistas de Menzingen vuelan tan alto y ven tan pequeños a los “avestruces” que sólo debemos seguir creyendo y refugiarnos “en la gracia de la Fraternidad y de sus superiores, en la confianza en el Espíritu Santo, que podrá guiar los trabajos de nuestro Capítulo General en fidelidad a nuestros padres”. Como una especie de Juan el Apokaleta de “Cartoon Network”, Simoulin pretende evitar todo “susto” a sus lectores, y muy lejos de llegar a mentar la Mujer con alas de águila perseguida por el Dragón, prefiere la más simpática imagen de las águilas menzingenianas apenas molestadas por los cacareos de los avestruces conciliares. A nosotros, después de leer el artículo del P. Simoulin, se nos da por pensar más bien en la historia de Caperucita roja y el lobo…En fin, suele decirse: “Dime aquello de que presumes y te diré de lo que careces”. El P. Simoulin acusa a la resistencia interna en la FSSPX de tener miedo a un acuerdo o al acercamiento con Roma, cosa que los “águilas” y “aguiluchos” que la dirigen, no tendrían. ¿Cuál es en realidad el miedo que los mueve? ¿El miedo al “cisma”? ¿El miedo a seguir combatiendo siendo defenestrados, perseguidos, quizás excomulgados? (Ya lo dijimos una vez: todo esto empezó cuando se aceptó el “levantamiento de las excomuniones”, que eran las medallas que Dios les dio, obtenidas en la guerra contra los modernistas, gracias a Mons. Lefebvre: ellos devolvieron las medallas y cancelaron el combate). Amigo lector, el artículo del P. Simoulin da vergüenza ajena, y no recordamos uno tan pobre salido de las plumas (o los plumíferos) de la Fraternidad. Presunción, orgullo, voluntarismo y falta de inteligencia, todo en uno.


Esta papilla mental poblada de emociones vaporosas, falta de celo por Nuestro Señor y un inmenso orgullo y temor de perder “la familia” que representa la Fraternidad San Pío X (con sus abundantes beneficios sociales, el prestigio corporativo y demás), se da también, desde luego, en muchos fieles, especialmente en los blogueros. Como dice el profesor John Senior “Los mejores de nosotros tendemos al sofisma cuando una verdad obvia contradice un deseo fuerte”. Ciertos de ellos ahora vienen a negar que existan “dos iglesias”, es decir, una Iglesia Católica Apostólica y Romana, y una iglesia conciliar ocupando la primera. Hasta en esto vienen a contradecir a Mons. Tissier de Mallerais, que habló largo y tendido sobre ello, como otros excelentes teólogos (véase acá, acá, y acá). Pero hoy predomina el desconocimiento, el prejuicio y, peor, el desinterés por conocer la verdad. Dicen en un blog fellaycista, en relación a los “millares de católicos del montón, de religión cómoda, en gran mayoría no han conocido la Tradición católica, y viven de buena fe lo que mal entienden como catolicidad. Y hasta hay quienes la conocieron, pero huyeron espantados por nuestras rigideces rayanas en las de los viejos fariseos” que “Nuestro apostolado debe ir en esa dirección: hacerles ver con suavidad y firmeza lo que hoy no ven”. Nos parece muy bien y estamos muy de acuerdo. Ya hace mucho tiempo los Dominicos de Avrillé daban un consejo “para aquellos que se llaman “tradicionalistas”. Un orgullo sutil amenaza a aquellos que han conservado o reencontrado la verdadera fe: el de mirar a los otros desde la altura. Más que nunca hay que recordar que la fe es un don de Dios que nosotros no hemos merecido y que podemos bien perder. Si Dios nos ha dado más, él será también más exigente. En cuanto a los otros, ellos podrían bien precedernos en el paraíso si Dios les da la gracia y los conduce” (Lettre des dominicains d’Avrillé Nº 6, Junio 1998). Pero, ¡ay!, dispuestos a aplicar ese remedio a los otros, los fellaycistas (o simples adherentes apasionados a la FSSPX, si prefieren) no miden con la misma vara y hacen acepción de personas. Y así cuando desde la Resistencia, algunos blogs, algunos buenos escritores, algunos buenos obispos escriben para esclarecerlos, e intentan con suavidad y firmeza (a veces con más firmeza que suavidad, pero siempre con caridad) hacerles ver lo que hoy no ven de lo que ocurre en la FSSPX, ¡ah!, ahí ellos cierran los ojos y los oídos, pero mantienen abiertas sus bocas para difamar, calumniar, o defenderse de lo que consideran un ataque personal, cuando de lo que se trata es de doctrina y de verdad. ¡Pobre verdad! Y así meten a todo el mundo que no concuerda con ellos, en la misma bolsa. ¡Cómo se engaña alguna gente! ¡Cómo confunden amigos y enemigos! Y todavía piensan que podrán hacer mejor ese trabajo bajo el gobierno de superiores modernistas en Roma. Cabe recordar lo que decía Blanc de Saint-Bonnet: “Creyendo llevar la fe al seno de las ideas liberales, algunos han perdido la propia”. No decimos que ya pasó pero sí está pasando, sin que lo adviertan. Su culpa será mayor pues han tenido muchas advertencias al respecto. ¿Habrán leído alguna vez al Padre Sardá y Salvany? Con los liberales debemos abstenernos de relaciones como de verdaderos peligros para nuestra salvación. Aquí tiene lugar de lleno la sentencia del Salvador: «el que ama el peligro perecerá en él». Rómpase el lazo peligroso aunque mucho cueste” (El liberalismo es pecado).

Digamos también que uno de los mejores éxitos de Francisco ha sido el de unir en esta mediocridad pseudo-resistente a quienes debían estar separados pues son enemigos, queremos decir, los “lefebvristas” y los “tradiconciliares” (con los Burke, Schneider y Sarah a la cabeza). Como bien dice un sacerdote de la Fraternidad que aun resiste en el interior (aunque ha sido castigado, bien sûr), en un boletín que, aunque es difundido en el sitio web francés, es tolerado porque no se mete con los superiores liberales, pero permanece marginado y no tiene la difusión requerida, “entrar en el sistema Ecclesia Dei es ipso facto rechazar el concepto católico y “tradicional” de la Tradición, y es así a pesar de todas las declaraciones posteriores en sentido contrario (…) Aceptar ese Motu proprio, es hacer públicamente una profesión de fe pluralista. Es, pues, pasar al enemigo” (cit. en Le Sel de la terre nº 103, pág. 201). Así que ahora la Fraternidad busca la colaboración con quienes son –objetivamente- enemigos, porque del otro lado están los ultramodernistas. Resultado: debilitamiento de las convicciones, contagio liberal, espíritu dialoguista y negociador. Se acabó la intolerancia doctrinal y la denuncia firme del error y sus propagadores. Las medidas de “clemencia” de Francisco han logrado el ablandamiento requerido para producir la autodestrucción de la FSSPX. La “regularización” no será su muerte, sino su entierro. Como dice el mismo sacerdote citado: “Las medidas de clemencia están ahí para atenuar y hacer desaparecer la intolerancia de la verdad; finalmente, se trata de entrar en el sistema de la Iglesia conciliar donde, según el principio del pluralismo, cada uno respeta la opinión del otro”.

2) Un orgullo simétrico al de la FSSPX deslefebvrizada, es el de los sedevacantistas (también y desde mucho antes deslefebvrizados, aunque algunos  quieran apropiarse de Mons. Lefebvre y convertirlo en sedevacantista), que gracias a Bergoglio aparecen como hongos, y como hongos restan en sus sitiales de privilegios, sin moverse. Algunos hongos que están muy cercanos terminan agarrándose a patadas, especialmente en nuestro querido continente, por cuestión de cacicazgos o competencias de “lealtades”. Difícilmente tengan remedio, pues son consumados fariseos, que no aceptan el misterio que significa la actual situación de la Iglesia, porque todo debe estar claramente expuesto en sus cabezas, donde tienen por supuesto todas las respuestas. Son ruidosos y buscan pleitos, pues los mueve el mal espíritu y, como con los judíos, hay que saber precaverse contra ellos.

3) Hartazgo da el ver las renovadas “marchas por la vida” con globitos y sonrisitas, que parecen paseos de domingo, por supuesto con sus correspondientes videos promocionales filmados con sus indispensables drones (la mirada del águila tímida) para retratar a la multitud (hoy se trata de competir a ver quién pone más gente en la calle, no en ver quién lleva más cruces en la calle) y acompañados de música “épica” hollywoodense. En vez de procesiones y rogativas, de cruces y rosarios, de ayunos y penitencias, de públicas, viriles y notorias manifestaciones católicas, se hacen marchitas “lights” muy sonrientes y simpáticas, animadas por un temor de chocar y parecer “retrógrados” a la sociedad liberal democrática anticristiana. Todavía no se entiende que se trata de una guerra religiosa. ¿Por qué esta obsesión diabólica por al aborto? ¿Por qué tal empecinamiento de los hijos del Diablo contra las parturientas? Es un odio y una enemistad contra la Mujer Parturienta, esto es, la Iglesia que es perseguida por el Dragón, el diablo va contra la Santa Madre Iglesia y va contra la Madre de Dios, y desespera de ver que se acerca el tiempo del alumbramiento de su derrota total. He allí también porqué los satanistas y apóstatas que hay en el Vaticano promueven la sodomía, es otra manera de querer impedir o retrasar odiosamente su derrota, mediante la eliminación o el impedimento de que haya nuevos hijos para la Iglesia. Así es que si llega a la Argentina el aborto aprobado por el Congreso (esa banda de delincuentes gestados por la democacaracia o, en francés démocasserie) será un castigo por la gran apostasía, empezando por la desjerarquía de la Iglesia oficial, principales cómplices del actual estado de situación que clama al Cielo.

4) Cansa mucho el ver la superficialidad y pura exterioridad de las personas que no sólo es observable en la práctica religiosa, sino en la vida cotidiana. Parece que sobre todo los medios electrónicos y el apuro de la vida moderna ha llevado a todo el mundo a una insensibilidad respecto del prójimo, a una impenetrabilidad del corazón ajeno, lo cual no deja de ser una consecuencia de que cada vez se conoce menos a Nuestro Señor Jesucristo, ya no hay intimidad con su divino Corazón. Luego, ¿cómo comprender la delicadez del alma humana, cómo apreciar el dolor ajeno, si uno vive sumergido en sí mismo, en su acción cotidiana? No olvidemos que la mayor obra de Jesucristo no fue una obra de acción, sino de pasión. Pero eso es lo que más nos cuesta: aprender a padecer en paz, a llevar nuestra propia pasión y compadecer al otro en su pasión. ¡Vivimos en el mundo de la acción, de la velocidad, de la inmediatez! ¿Alguien deja obrar a Dios?

5) Francisco, nuestro tan conocido para los argentinos Jorge Mario Bergoglio, ha firmado una exhortación apostólica sobre la Santidad. Sin dudas él debe saber mucho de eso, ya que ha canonizado a varios papas liberales modernistas y se apresta a canonizar a Pablo VI… Pensamos que un santo es quien desea todo el tiempo adorar a Dios en espíritu y en verdad, pero ¿puede enseñarnos algo sobre la santidad quien reiteradamente se niega a hincarse de rodillas ante Dios, como podemos ver en muchos ejemplos, por caso la fotografía que reproducimos debajo?



De inmediato salieron en internet varios artículos críticos sobre esta exhortación apostólica, algunos muy buenos y agudos, no exentos de la ironía necesaria en estos casos (ver acá, acá y acá). Algunos, también, plantean los diversos mecanismos que podrían utilizarse para deponer a este Papa que intenta destruir la Iglesia. Nos parece bien, pero de lo que nadie se acuerda es de hablar de la debida penitencia y arrepentimiento que hay que tener, para tener a Dios propicio. Cuando en el Antiguo Testamento el pueblo de Dios prevaricaba, idolatraba, traicionaba, luego terminaba reconociendo sus faltas, su grave infidelidad, y hacía penitencia. Entonces Dios mostraba su excesiva misericordia de Padre. Véase por ejemplo un magnífico ejemplo en el Libro de Judith 4, 8-17. Dice Mons. Straubinger que “la oración y penitencia en común deberían ser imitadas, pues fueron la salvación de Israel cuando la patria estaba en peligro”. Claro que allí era el Sumo Sacerdote quien exhortaba al pueblo, en cambio hoy la sal ha perdido su sabor y ya no sala…Hay también quienes piensan que todos los males salieron del Vaticano II, cuando este fue en realidad un castigo por la infidelidad que desde hacía muchos había en los católicos. Una Iglesia sana nunca hubiera podido dar lugar a semejante concilio. ¿Quizás haya sido un castigo por no haber hecho la consagración de Rusia pedida por Ntra. Sra. en Fátima? Así que es algo muy fácil –como acostumbran hacer sobre todo los sedevacantistas, mas no solo ellos- poner todas las culpas en el concilio o en Francisco, y no ver que somos todos los católicos los que debemos arrepentimos por nuestra infidelidad, por nuestra falta de fervor, por nuestra falta de coraje, de celo por la verdad y de santidad. El 2 de diciembre de 1885, el Papa León XIII, sacaba su encíclica Quod auctoritate, donde él definía “los males del tiempo presente”, que 133 años después han crecido hasta lo inimaginable. Estos son:1) El delirio de opiniones.2) El debilitamiento de los caracteres. 3) El contagio de los peores ejemplos. 4) La influencia masónica. El Papa, para preparar el Jubileo que motivaba su encíclica, exhortaba sobre todo a la penitencia; hemos de destacar el siguiente párrafo: Comprenderéis empero, venerables Hermanos, que el deseado éxito de este asunto depende en gran parte de vuestro celo y diligencia, pues es necesario preparar conveniente y esmeradamente al pueblo para que reciba como es debido los frutos que se le ofrecen. Así, pues, vuestra caridad y sabiduría se encargará de confiar este asunto a sacerdotes escogidos, para que instruyan al pueblo con piadosos sermones acomodados a la comprensión dela mayoría del pueblo, y principalmente le exhorten a la penitencia que, según San Agustín, es “la pena cotidiana de los fieles humildes y virtuosos, por la cual herimos nuestros pechos diciendo: Perdónanos nuestras deudas”. No sin motivo citamos en primer lugar la penitencia, y la voluntaria mortificación corporal, que es parte de ella. Conocéis el carácter de nuestro siglo: gusta a los más vivir delicadamente y no obrar nada con virilidad y grandeza de alma. Estos, cayendo en otras muchas debilidades, fingen con frecuencia pretextos para quebrantar las saludables leyes de la Iglesia, alegando que se les impone una carga superior a sus fuerzas al mandarles abstenerse de cierto género de manjares, o ayunar unos pocos días al año. Enervados por esta costumbre, no es de maravillar que poco a poco se entreguen del todo a los insaciables apetitos. Por tanto, es preciso excitar a la templanza los ánimos decaídos o propensos a la molicie; por lo cual los predicadores del Jubileo, deben enseñar con diligencia y claridad al pueblo, que no sólo la ley Evangélica, sino la misma razón natural prescribe el deber que tiene cada uno de dominarse a sí propio y tener enfrenadas las pasiones, y que las culpas no pueden expiarse sino por la penitencia”.

En fin, a riesgo de que se nos acuse de “formar parte de redes de violencia verbal a través de internet”, como dice Francisco en su nuevo documento, en las cuales “se destroza la imagen ajena sin piedad” (¿pero acaso no es el mismo Bergoglio el que destruye su propia imagen sin piedad, a pesar de la incesante propaganda a favor que tiene?) diremos al respecto que las enseñanzas de Francisco no dejan de ser “delirio de opiniones” influidas por las ideas masónicas, que recibimos como castigo los cristianos, a la vez que como una gran prueba para nuestra fe. Y un estímulo para reforzar el combate.

Un interesante artículo sobre “un repetido recurso lingüístico de Francisco”, viene a coincidir con lo que ya en su tiempo habíamos advertido en Mons. Fellay. Se trata del uso del adversativo “pero”, usado por los bribones liberales (Sardá y Salvany y Romano Amerio nos habían hablado de ello), típica tramoya para hacer pasar la segunda parte de la afirmación en desmedro de la primera, quedando bien con unos y otros, sobre todo con los otros, los que desean someter la verdad y el bien.

Una santidad sin la gracia y sin la cruz, sin la vida contemplativa y sin verdadero heroísmo (que para el izquierdizante Bergoglio parece estar referido a las hazañas de los activistas sociales de la izquierda), es la que enseña la iglesia conciliar, contra la cual dejaremos la palabra a, primero, San Pío X, y luego a Mons. Lefebvre, que creemos sin dudas es un muy breve pero sustancioso aporte a la hora de pensar en definir la santidad, lejos de toda confusión y rebajamiento liberal. Pensemos también que si hay una manera de vencer tanta furia desatada del infierno, es a través de la santidad, eso es lo que quiere Dios de nosotros, y nos hará santos si de verdad lo deseamos y trabajamos con coraje por conseguirlo venciéndonos a nosotros mismos, pues como decía el Padre Michel Marie Philipon O.P.: “La santidad está reservada a los violentos, que todo lo sacrifican por el reino de Dios”.



San Pío X


“Mas, como nadie ignora, la santidad de la vida en tanto es fruto de nuestra voluntad, en cuanto es fortificada por Dios mediante el auxilio de la gracia; y Dios mismo nos ha provisto colmadamente para que no careciésemos jamás, si no queremos, del don de la gracia, lo cual logramos principalmente por el espíritu de oración. En efecto, entre la santidad y la oración existe dicha relación tan necesariamente que de ningún modo puede existir la una sin la otra. Por esto, muy conforme a la verdad es la frase de San Juan Crisóstomo: “Yo creo evidente para todos que es sencillamente imposible vivir en la virtud sin la defensa de la oración”; y San Agustín, agudamente, formula esta conclusión: “Verdaderamente sabe vivir bien quien sabe orar bien”.
(Exhortación Apostólica “Haerent Animo”-4 de agosto de 1908)



Mons. Lefebvre


  “La hora es de los héroes. Aquellos que quieren guardar su fe deben ser héroes. Ellos serán perseguidos, ellos serán contradichos. Es una historia de mártires”.
(Conferencia en Brest, 17 de enero de 1973).


“Si uno se pregunta en la Iglesia cuál es la señal, la marca de la santidad, yo pienso que podemos responder en verdad que las personas son más santas en la medida en que participan en la redención de Nuestro Señor Jesucristo, en la medida en que se asocian a la víctima que es Nuestro Señor Jesucristo para la redención del mundo y que, en consecuencia, toman parte como corredentores en la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo.
Es así que aquella que es la más santa después de Nuestro Señor Jesucristo, aquella que más ha participado en la corredención de Nuestro Señor Jesucristo, es la Santísima Virgen María. Ella es más grande, más elevada, más santa, más digna porque ella ha recibido en privilegio una participación en la obra de la redención de Nuestro Señor Jesucristo.  Del mismo modo los santos, mismo aquellos que no han sido sacerdotes, los santos, los santos han estado verdaderamente unidos a Nuestro Señor Jesucristo porque ellos han participado en la redención de Nuestro Señor en ellos mismos y por el apostolado que han realizado, por la oblación que ellos han hecho de sí mismos como víctimas, con Nuestro Señor Jesucristo sobre el madero de la cruz. He aquí lo que es en la santa Iglesia el signo de la verdadera santidad: unirse a Nuestro Señor Jesucristo como víctima para participar en la redención del mundo y en la redención de la humanidad toda entera.
Por consecuencia, mis muy queridos Hermanos, cada uno de vosotros puede, con la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, con la gracia del Buen Dios, vosotros podéis y debéis participar en la redención de Nuestro Señor Jesucristo. Vosotros debéis recibir gracias de Nuestro Señor Jesucristo para ser transformados en víctimas con Él, en unión con Él, sobre su cruz. Y vosotros no podéis serlo mejor que por la santa misa, la santa comunión, la santa Eucaristía: transformarse en víctimas para salvar las almas, para salvar la vuestra en principio, y luego para salvar todas las almas del mundo.
¡Qué bello ideal nos ha dejado Nuestro Señor! ¡Qué buen programa de santidad el Buen Dios quiere que nosotros realicemos acá durante los años que pasamos sobre la tierra!”.
(Toma de sotanas y órdenes menores en Munich, 4 de marzo de 1979).