por Antonio Caponnetto
El siguiente artículo forma parte del libro de reciente aparición: Francisco.
Antología. Significativas declaraciones de personalidades del mundo católico
sobre el actual pontificado (Buenos Aires, Santiago Apóstol, 2015).
NOTA
SYLLABUS: Quizás convenga acotar al interesante artículo del Dr. Caponnetto,
que no deberían dejar de notarse dos omisiones que nos parecen pueden completar
el mismo, pues de otro modo ciertas cosas que se eluden tornan más extemporáneo
al personaje analizado, como si no se tratase en verdad de la cereza del postre
de la conspiración anticristiana de muy larga data. La primera es que no se
menciona en absoluto al concilio Vaticano II, la gran revolución en la Iglesia
de la que es hijo absoluto Jorge Mario Bergoglio. El resto de su conformación
caracterológica se lo da su pertenencia a un determinado medio geográfico donde
la politiquería de la “viveza criolla” le permitió trepar posiciones con un
éxito notable. Del mismo modo el confrontar las doctrinas de Benedicto XVI y de
Francisco como si fueran opuestas, es otro error en que recaen algunos, cuando
ciertamente el mismo Ratzinger ha sido otro hijo de la herejía modernista,
dispuesto a aplicar a rajatabla el maldito concilio. Así es que los anteriores
pontífices han sido precursores de quien lo único que está haciendo es llevar
hasta las últimas consecuencias la falsificación de la Iglesia comenzada por el
Vaticano II. Es claro que las notorias diferencias se deben a que Ratzinger y
demás vivieron la Iglesia pre-conciliar y algo por lo menos en su juventud
absorbieron de los restos de la Tradición católica, mientras que Bergoglio sería
el primer Papa (en caso de que lo sea) que nunca ha celebrado la Misa
tradicional, pues se ha formado completamente en la neo-religión de esa
enfermedad llamada Modernismo. Esto lo hace absolutamente idóneo para su
trabajo destructivo, a diferencia de sus predecesores que podían conservar
algún apego nostálgico o reparo en cuanto a cuestiones sobre todo de moral, lo
cual les valió la crítica de los más progresistas en la iglesia conciliar. Esto
con Francisco no ocurre pues parece no tener límites. Su propio comportamiento
careciente de toda seriedad y compostura hacen pensar en una impostura
formidable, como no hubo nunca antes.
Lo
segundo que se quiere decir tiene que ver con la mención que se hace en el
artículo de aquella huida de Roma de Pedro, en el año 64, nuevamente por temor,
y la aparición de Nuestro Señor en el camino, con el inolvidable diálogo que
recuerda la poesía y la pintura admirablemente, tras lo cual Pedro dio media
vuelta y regresó determinado a aceptar el martirio. Y decimos que no podemos
dejar de considerar que ha habido otra huida, quizás quepa decir semi-huida,
recientemente, por parte de Pedro. Nos referimos a Benedicto XVI, que huyó pero
decidió quedarse en Roma, en gesto nunca visto en la historia de la Iglesia.
Por lo cual no es aventurado, ni mucho menos, sostener la hipótesis de un papa
verdadero en Roma y un papa falso o anti-papa en Roma. Sobre todo teniendo en
cuenta que la aceptación de Francisco no es unánime, sino que la controversia,
las sospechas, las conjeturas, las investigaciones de muchísimos católicos en
todo el mundo se dirigen en ese sentido, lo cual la presencia de otro papa en
Roma no deja de acrecentar. Por lo tanto esta situación inédita en la historia
merece ser considerada como parte del misterio de iniquidad que no estamos en
condiciones de sondear en su profundidad, pero que no se debe soslayar, pues
algún motivo tiene Dios para permitir tal insólita situación que desconcierta.
Por supuesto, Dios tiene la última palabra.
------------------------------------
La escena, no por muy conocida, deja de causarnos asombro y sobresalto. Nos la
cuenta San Mateo en el capítulo dieciséis de su Evangelio.
Ya estaba Jesús en Cesárea de Filipo, cerca del Mar de Galilea y al pie del
monte Hermón. Ya había multiplicado panes y peces, y había rebautizado al
pescador Simón llamándolo Pedro, ofreciéndole a la par la jefatura visible de
la Iglesia y las llaves del Reino (Mt.XVI,13-20). Los grandes manantiales que
alimentan al río Jordán hacían llegar su música, como un laúd inmenso con
encordados de agua.
De pronto, el Señor anuncia su inminente pasión, y los muchos sufrimientos y
suplicios que el trance le acarreará. El relato, por cierto, debió ser
estremecedor e hiriente. Tanto, que movido por un impulso entre oscuro e insondable,
mezcla de cielo y de azufre, Pedro lo aparta de la escena a Jesús, lo conmina a
retirar lo dicho, asegurándole que nada malo de cuanto anuncia podrá sucederle
a Él.
La respuesta y la reacción de Cristo ha pasado a la historia, y no debemos
olvidarla jamás: “¡Quítateme de delante, Satanás! ¡Un estorbo eres para Mí,
porque no sientes las cosas de Dios sino la de los hombres” (Mt.XVI, 22-23). Y
abruptamente le cortó la palabra y le clavó la vista.
No le han faltado exégetas a este párrafo crucial –que vuelve a aparecer en
Marcos VIII, 33- y comparando traducciones de reconocidas ediciones católicas
de la Sagrada Biblia, concuerdan los principales intérpretes en que el verbo
utilizado por el Señor para ordenarle a Pedro que se retirara de su vista es el
mismo que utilizó en los exorcismos y en las duras tentaciones del desierto[1] .
Con lo que queda abierta la posibilidad de que, en aquellas aciagas horas de
prueba, el mismísimo Satanás hubiera podido apoderarse, siquiera fugazmente,
del noble y rudo corazón de Pedro.
Monseñor
Straubinger sostiene que Pedro no llegó a comprender entonces la verdadera
misión mesiánica del Maestro, estando su amor en un estadio meramente
sentimental. Emocionalismo de pescador hidalgo cuanto rústico, al que le
faltaba aún la purificación del entendimiento que le traería el Paráclito con
su fuego vivificador. Y un severo cargo le agrega: le faltó espiritu
sobrenatural, de allí la airada pero justiciera admonición de
Jesucristo, llamándolo con la crudeza con que lo llamó [2].