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sábado, 2 de abril de 2016

REGLAS PARA LEER CON FRUTO LA SAGRADA ESCRITURA - P. SEVERIANO DEL PÁRAMO





1. Tomemos en nuestras manos la Biblia con amor, conforme escribe San Jerónimo en una de sus cartas: Ama las Santas Escri­turas y te amará la Sabiduría (Ef. 130 PL. 22, 1124). Además, ya que según San Pablo, toda la Escritura, inspirada por Dios, es útil para enseñar, convencer, corregir e instruir en la santidad (2 Tim. 3, 16-17), debemos leerla no para satisfacer nuestra curiosidad, sino para encontrar en ella el provecho de nuestra alma.

2. Antes de comenzar su lectura debemos dirigimos a Dios por medio de una corta y fervorosa oración a Jesucristo el cual es el único digno de abrirnos el divino libro y romper los sellos que le tienen como cerrado (Apoc. 5, 5 y 9).

3. Es necesario leer la Escritura con grande humildad y con entera sumisión a la Iglesia, la cual es la que recibió de Jesucristo este sagrado depósito, y la única que puede dar­nos la verdadera inteligencia de una manera infalible, como enseña el Concilio de Trento, siguiendo la tradición.

4. Jesucristo es el grande objeto que siem­pre hemos de tener presente en la lectura de la Santa Biblia, si queremos alcanzar su recto sentido, como dice San Agustín (In Ps. 96).

5. No siempre se guarda en la Escritura el orden de los tiempos; los Evangelistas y otros autores sagrados anticipan o posponen a veces la narración de un suceso, o hacen de él una recapitulación.


   6. Cuando Jesucristo, o los autores de los libros sagrados, citan algún otro lugar de la Escritura, especialmente de los Profetas, sucede algunas veces que se halla la cita con­forme a la sustancia o sentido de las palabras, mas no con lo material de éstas; y a veces se cita un solo profeta, aunque las palabras sean tomadas de varios.

7.Debe tenerse presente que Dios no nos ha dado las Santas Escrituras para hacernos físicos o matemáticos, etc.; sino para hacer nos buenos cristianos. Por eso, algunas expre­siones sobre el mundo físico que nos rodea, como sobre el movimiento del sol, no hay que entenderlas en riguroso sentido científico; expresan con ellas las apariencias externas de las cosas, como la significamos también nosotros al decir que el sol sale y se pone. Esta norma no ha de aplicarse a las narra­ciones históricas, en las cuales ha de creerse que el autor sagrado quiere contarnos la ver­dad, de no probarse por el contexto o por la tradición, que su propósito no fue contar historia verdadera, sino bajo su forma pro­poner una parábola o una alegoría, o darnos alguna enseñanza. Atendamos siempre en esta materia a lo que la Iglesia nos diga.

8. Finalmente, hay en el Antiguo Testa­mento ciertos pasajes, cuya lectura sorprende a muchas almas cristianas: tales son, sobre todo, aquellos en que se nos cuentan pecados gravísimos o enormes castigos que Dios en­viaba a su mismo pueblo. Para entender es­tos pasajes hay que advertir, en primer lugar, que la Escritura  nunca alaba las acciones pecaminosas; y si las cuenta lo hace para que conozcamos la miseria y debilidad hu­manas; la misericordia de Dios, dispuesta a perdonar los más atroces crímenes, o su jus­ticia castigándolos; y a veces también, como en el caso de David, para proponernos un ejemplo de penitencia. Los terribles castigos, que Dios descargaba a veces sobre su pue­blo, estaban bien merecidos por su infidelidad y dureza verdaderamente inconcebibles.

9. Téngase sobre todo en cuenta, que nos­otros, gracias a Jesucristo, que nos redimió, vivimos en un estado de mucha mayor per­fección que aquel en que vivieron los más santos Patriarcas y Profetas, y que sobre las costumbres y moral del pueblo judío hubie­ron de influir a veces los pueblos idólatras de que se veía rodeado; y así, páginas que ahora impresionan más o menos al pudor cristiano no producían el mismo efecto a aquellos para quienes fueron inmediatamente escritas. La rudeza y aspereza de costumbres de los pueblos primitivos explica, en parte, estas escenas que contrastan con la suavidad y dulzura de la Ley evangélica. Su lectura puede, por lo tanto, servirnos para apreciar y agradecer los bienes inmensos que Jesu­cristo trajo al mundo con su doctrina.