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viernes, 11 de marzo de 2016

SOBRE LA ORACIÓN - SAN BERNARDO





San Bernardo, el “Doctor Melifluo y el último de los Padres, mas no inferior a ellos", según palabras de Pío XII, hijo de una fami­lia de santos, a los 25 años es nombrado fun­dador y abad de Claraval, reforma la Orden del Císter y funda numerosos monasterios, siendo casi un millar los monjes que se consagraron a Dios bajo sus manos. Pero su influencia trasciende al Císter y llega a toda la Iglesia corrigiendo a reyes, emperadores y hasta incluso al Papa. Mas la posteridad lo conocerá principalmente como el gran amante de Nuestra Señora, a la que amaba con ternísimo afecto y a la que le compuso sin­gulares y devotos libros.


Fragmentos de la carta de San Bernardo al Papa Eugenio en la que le suplica no se deje absorber totalmente por las ocupaciones de tal modo que vaya a descuidar la oración.

1.Tengo miedo, te lo confieso, de que en medio de tus ocupaciones, que son tantas, por no poder esperar que lleguen nunca a su fin, acabes por endurecerte tú mismo y lentamente pierdas la sensibilidad de un dolor tan justificado y saludable.

Sustráete de las ocupaciones al menos algún tiempo. Cual­quier cosa menos permitirte que te arrastren y te lleven a donde tú no quieras. ¿Quieres saber a dónde? A la dureza del corazón...

¡Hasta este extremo pueden llevarte esas malditas ocupacio­nes si, tal como empezaste, siguen absorbiéndote por entero sin reservarte nada para ti mismo! Pierdes el tiempo; y si me permi­tes que sea para ti otro Jetró, te diría que te agotas en un trabajo insensato, con unas ocupaciones que no son sino tormento del espíritu, enervamiento del alma y pérdida de la gracia. El fruto de tantos afanes, ¿no se reducirá a puras telas de araña?

Yo te preguntaría: ¿Qué es eso de estar desde la mañana hasta la noche presidiendo juicios y escuchando a litigantes?... Un día le pasa a otro sus pleitos y la noche lega a la noche su maldad; y sin respiro alguno no sacas un momento para orar... Gran virtud, por cierto, la paciencia. Pero en este caso no me gustaría que la tuvieras tú. Hay ocasiones en que es preferible saber impacientarse. No consiste la paciencia en consentir que te degraden hasta la esclavitud, cuando puedes mantenerte libre. Y no quisiera que pasara inadvertida para ti esa servidumbre en la que día a día te estás hundiendo sin darte cuenta. ¿Puede haber algo más servil o indigno de un Sumo Pontífice como des­vivirse por estos negocios, no digo ya cada día, sino en todo momento? Así, ¿qué tiempo puede quedarnos para orar?

Me dirás: ¿Qué puedo hacer? —Abstenerte de tantas ocupa­ciones.

Escucha mi reprensión y mis consejos: Si toda tu vida y tu saber lo dedicas a las actividades y no te reservas nada de tiempo para la oración y consideración, acaso, ¿podría felicitarte? —No; por eso no te felicito...

Si tienes ilusión en ser todo para todos, imitando al que se hizo “todo para todos” (1 Cor. 9, 22), alabo tu bondad, a condición de que sea plena. Pero, ¿cómo puede ser plena esa bondad si te excluyes de ella a ti mismo? Tú también eres un ser humano. Luego, para que sea total y plena tu bondad, su seno, que abarca a todos los hombres, debe acogerte también a ti. De lo contrario, ¿de qué te sirve —de acuerdo con la palabra del Señor— ganar­los a todos si te pierdes a ti mismo? (Consideratione ad Eugenium Papam).


2.Es normal que me desvele y me inquiete por vosotros, al veros en tanta miseria y envueltos en tantos peligros. Nosotros mismos, como sabemos, llevamos la trampa. Doquier vayamos, llevamos con nosotros a nuestro propio enemigo, nuestro pro­pio cuerpo: la carne, nacida y nutrida en el pecado; demasiado corrompida en su origen y mucho más viciada por las malas cos­tumbres. Por eso lucha tan cruelmente contra el espíritu; mur­mura con tanta frecuencia y no soporta la disciplina; sugiere lo malo y no se somete a la razón ni le asusta temor alguno.

A ella se le une y ayuda la astucia de la serpiente, y se sirve de ella para atacarnos. Su deseo, su empeño y su propósito es la perdición de las almas. Trama continuamente la maldad, instiga los deseos de la carne, alimenta el fuego de la concupiscencia con sugestiones ponzoñosas, inflama los movimientos ilícitos, prepara las ocasiones de pecar y no cesa de tentar el corazón del hombre...

Pero, ¿qué aprovecha indicar los peligros, si no se da un con­suelo ni se expone un remedio? Vivimos en gran peligro en una lucha sin cuartel contra nuestro huésped. Con el agravante de que nosotros somos peregrinos y él ciudadano. Él está en su patria, mientras nosotros somos desterrados y peregrinos. Tenemos con él una gran desventaja. ¿Quiénes somos nosotros y con qué fortaleza contamos para poder resistir a tantas tenta­ciones? Pero esto es precisamente lo que pretende el Señor, que al palpar así nuestra flaqueza nos demos cuenta de nuestra inca­pacidad, y acudamos con toda humildad a su misericordia, con­vencidos que no tenemos otro auxilio que nos pueda valer. Por eso os pido, hermanos, que tengáis siempre a mano el refugio inexpugnable de la oración...

3. Fuerte es el poder del infierno, pero la oración es más fuerte que todos los demonios. En la dulce quietud de la oración es donde se adquieren las fuerzas necesarias para hacer frente a los enemigos y practicar las virtudes...

Siempre que hablo de la oración, me parece oír en vuestro corazón ciertas palabras inspiradas en criterios humanos. Las he oído más de una vez y también yo las he experimentado alguna vez en mi corazón. ¿Cómo se explica que aunque no dejemos de orar no notamos el fruto de la oración? Como entramos, así sali­mos. Nadie nos responde, nadie nos da nada, parece que traba­jamos en balde. Sin embargo, ¿qué nos dice la fe? “Cualquier cosa que pidáis en vuestra oración, creed que os la han concedido, y la obten­dréis'' (Mc. 11, 24).

4. Hermanos, no despreciéis vuestra oración, pues, os digo de verdad que no la tiene en poco Aquel a quien se hace. Antes de que salga de vuestra boca, la manda escribir en su libro. Y una de dos cosas podemos esperar sin ningún género de duda: que nos dará lo que le pedimos, u otra gracia mejor si El la cree más conveniente... La oración nunca es infructuosa. (Serm. 5.)

5. Cuando vayas a hacer oración, debes pensar como el profeta cuando decía: “Voy a entrar en el maravilloso tabernáculo y en la casa de Dios” (Sal. 41, 5). Realmente, durante la oración nos conviene entrar en la corte celeste, esa corte en la que el Rey de los reyes está sentado en un trono de estrellas, rodeado de la multitud inefable e incontable de los espíritus bienaventurados, de los que habla Daniel, diciendo: Miles y miles le servían, y miríadas de miríadas estaban a sus órdenes (Dan. 7, 10).

6. ¿Con qué reverencia, temor y humildad no deberá acer­carse, pues, este pobre renacuajo que sale a rastras de su charca? ¿Con qué actitud de temblor, súplica y humildad, y con qué cui­dado y atención de todo su ser no se presentará este miserable hombrecillo ante la majestad gloriosa, en presencia de los ánge­les y en medio de la asamblea y compañía de los santos?

Todas las acciones nos exigen gran atención; pero sobre todo la oración. Como nos dice nuestra Regla, en todo momento y lugar nos mira el Señor, pero muy particularmente en la ora­ción. Es cierto que siempre estamos bajo su mirada; pero en ese momento nos presentamos y acercamos nosotros mismos para hablar directamente con Dios...

7. Así, pues, el que ora, ore como si hubiese sido elevado y puesto en presencia del que está sentado en un trono glorioso rodeado de ángeles fieles, y por encima de los hombres, esos desvalidos que ha levantado del polvo y esos pobres que ha alzado de la basura. Véase así, repito, y convencido que está ante el Señor de la majestad, diga con Abrahán: “Aunque soy polvo y ceniza, osaré hablar a mi Señor” (Gen., 18, 27). Y me atrevo a ello, Señor, fuente de misericordia, porque me lo mandas con tus preceptos y me lo enseña tu palabra. (Serm. 25.)

8. En este aspecto, creo que se requieren tres condiciones que deben impregnar profundamente la atención del que ora: qué pide, a quién se lo pide y quién lo pide.
A los que oren así, dice el Señor por Isaías: Antes que me llamen, Yo les responderé; aún estará hablando y ya les habré escuchado (Is., 65, 24).

El que pide debe tener en cuenta estos dos aspectos de Dios: su bondad y su majestad. Por su bondad quiere dar gratuita­mente, y por su majestad puede conceder cuanto se le pida. Y tampoco debe olvidar estas dos cosas: esté convencido que no recibirá nada por sus propios méritos, y confíe recibir de la misericordia divina todo cuanto pide. Cuando se dan todas estas condiciones, tal como las hemos explicado, entonces se puede hablar de un corazón puro, y quien ora con esta pureza e inten­ción de corazón, crea que será escuchado. Lo atestigua el após­tol Pedro: Dios no hace distinciones, sino que acepta al que le es fiel y obra rectamente (Hech. 10, 34-35). (Serm. 107.)

9. Todo pensamiento bueno procede de Dios. El consentimiento y la obra también, pero se dan sin nosotros.

Estas palabras no son mías, sino del Apóstol (2 Cor., 3, 5), que atribuía a Dios y no a su libre albedrío todos los pensamien­tos, deseos y obras buenas. Por consiguiente, si es Dios quien realiza en nosotros estas tres cosas, esto es, quien nos hace pen­sar, desear y obrar el bien, es evidente que lo primero lo hace sin nosotros, lo segundo con nosotros y lo tercero por nosotros.

Se anticipa a nosotros inspirándonos un buen pensamiento. Nos une a El por el consentimiento, cambiando incluso nuestros malos deseos. Y se convierte en el artífice interior de la obra que nosotros hacemos externamente, dándonos la facultad y facili­dad de dar el consentimiento.

Nosotros no podemos anticiparnos a nosotros mismos. Por ­lo tanto, Dios, ante quien nada es bueno, a nadie puede salvar si El no se anticipa con la gracia. El comienzo de nuestra salvación, sin duda alguna, viene de Dios. Y no por nosotros ni con noso­tros. El consentimiento y la realización tampoco proceden de nosotros, pero no se dan sin nosotros.

10. Sin la buena voluntad no son posibles ni el consentimiento ni las obras.
Por tanto, ni lo primero tiene mérito, porque no hacemos nada; ni tampoco lo último, pues muchas veces nos impulsa a ello un temor inútil o un disimulo reprensible. Sólo tiene méri­tos lo segundo. Muchas veces basta la buena voluntad. Y si ésta falta, todo lo demás es inútil. Repito que son inútiles, pero para quien las hace, no para quien las contempla. Según esto, de la intención nace el mérito. La acción sirve de ejemplo y el deseo que procede de ambas sólo sirve para excitarlas.

Guardémonos, pues, cuando sintamos todo esto dentro de nosotros, de atribuirlo a nuestra voluntad, que es muy débil. O de pensar que Dios está obligado a hacerlo, lo cual es absurdo. Sino sólo a su gracia, de la cual está lleno. Ella, la gracia, excita el libre albedrío con la semilla de los deseos; lo sana cambiando los senti­mientos: le da vigor guiándolo mientras actúa, y sigue atendién­dole para que no desmaye. Colabora con el libre albedrío de la siguiente forma: Primeramente se anticipa a él, y después lo acom­paña. Y se anticipa a él para que después pueda ser su colaborador. De este modo, lo que solamente comenzó la gracia, lo hacen después los dos. Avanza a la vez, no por separado. No uno antes y otros después, sino a un mismo tiempo. No hace una parte la gracia y otra el libre albedrío: cada uno lo hace todo en la misma y única obra. Los dos lo hacen todo. Todo se hace con el libre albedrío, y todo se hace por la gracia.

Creo haber complacido al lector, por no haberme apartado en nada de la doctrina del Apóstol, y en todos los puntos de mi expresión he usado sus mismas palabras. He expresado como él que no es del que quiere ni del que corre, sino de Dios, que tiene miseri­cordia (Mr. 9, 16).

Con estas expresiones no pretendo afirmar que se puede querer o correr en vano, sino que quien desea algo y corre tras ello no debe glorificarse de sí mismo, sino de aquel de quien recibe el querer y el correr. Por eso, añade: ¿qué tienes que no hayas recibido? (1 Cor. 4, 7).

Quien creó al que debía salvar, da también los medios para que se salve... Y como todo lo va realizando en nosotros el Espíritu divino, todo lo bueno que hacemos son dones de Dios. Pero como se rea­liza con nuestro consentimiento, también son méritos nuestros...

Pero si no tienes nada de ti mismo, ¿cómo puedes pretender la salvación? —Invocaré el nombre del Señor. Porque todos los que le invocan se salvarán (Hech. 2. 21).

El mismo nos dice: Sé de quién me he fiado, y estoy firmemente persuadido de que es poderoso para asegurar el encargo que me dio (1 Tm. 1, 12). Y confiando en el que hizo la promesa, podemos reclamar con confianza lo prometido...

Resumiendo: la voluntad divina se convierte así en ayuda, y es­ta ayuda hace merecer el premio. Por lo tanto, si el querer viene de Dios, también el premio. No hay duda que es Dios quien actúa en el querer y en el obrar de la buena voluntad. Dios es, pues, el autor del mérito. El hace que la buena voluntad se entregue a la obra y des­cubre la obra buena de la misma voluntad... (La Grac, y lib. alb.)

11.Y ¿cómo conseguirlo? —Me invocará y lo escucharé (Sal. 90, 1). He aquí una clara alianza de paz, un pacto de piedad, un acuerdo de misericordia y compasión.
No dice: “Porque fue digno, porque fue justo, porque es hombre de manos inocentes y de puro corazón; por eso lo libra­ré, lo protegeré y lo escucharé”. Si hablase así, ¿quién no des­confiaría? ¿Quién se atrevería a decir: “Tengo la conciencia pura”? ¡Oh, dulce ley, que establece el clamor de la oración como único mérito para ser escuchado! (Sm. 16).

12.Yo me siento manchado con tres clases de inmundicias: la concupiscencia de la carne, el deseo de la gloria terrena y el recuerdo de los pecados pasados. Me hallo combatido de los más diversos deseos y me siento incapaz de dominarlos con mis pro­pias fuerzas mientras estoy en este mundo y en este cuerpo mor­tal. El único remedio para tantas miserias es la oración. Como están los ojos de los esclavos fijos en las manos de sus señores, así están nuestros ojos en el Señor Dios nuestro, esperando su misericordia (Sal. 122, 2). Él es el único purísimo que puede sacar pureza de lo impuro, y para eliminar las huellas del pecado tenemos el remedio de la confesión que todo lo purifica. Oración y confe­sión son las dos medicinas que limpian el corazón (Sm. 1 Fiesta de Todos los Santos).

13.Quien sabe lo que debe hacer y no lo hace, está en pecado. Por tanto, sabiendo que en la oración se nos da la buena voluntad, cuando sepas lo que debes hacer, haz oración para ser capaz de realizarlo: ora con empeño y perseverancia, como aquel que pasaba la noche orando a Dios, y el Padre dará el buen espíritu a los que se lo piden (Sm. 4 en la Ascensión del Señor).

(Codesal. “Antología de textos sobre la oración”, Editorial Apostolado Mariano)