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sábado, 29 de agosto de 2015

ABOMINABLE



El supuesto Papa Francisco, destructor de la fe católica y
promotor del Nuevo Orden Mundial judaico.



Decía Juan a Herodes: No te es lícito tener por mujer a la esposa de tu hermano” (Mc. 6, 18)


Francisco le desea a una escritora lesbiana de libros que corrompen a los niños que “siga su proficua actividad”, la invitó a “seguir su actividad al servicio de las jóvenes generaciones y de la difusión de los auténticos valores humanos y cristianos” y se despidió con la bendición apostólica “para toda la familia” de la escritora (“casada” con otra mujer).


El Misterio de iniquidad va en aumento cada día que pasa, con un Francisco que sigue superando la impiedad y el error  excretados por la jerarquía surgida desde los años ’60 y el revolucionario Vaticano II, caballo de Troya de la satánica Masonería. Ahora la “Iglesia” ya no sólo no condena los errores, no sólo dialoga con los enemigos para “aprender” de ellos, sino que además aprueba, bendice y promueve toda clase de perversión, corrupción, herejía e inmoralidad. Eso sí, de manera ambigua y en nombre de la “misericordia”. A través de gestos y sonrisas amistosas. En nombre del diálogo y la “cultura del encuentro”. Para Francisco y sus secuaces es más grave la “crisis ecológica” que la tiranía sodomítica y la destrucción de la familia.


Maria Silvia Fiengo y Francesca Pardi, las responsables
 de la editorial “infantil”  en su “boda”.


Lo primero que han dicho en Roma sobre la carta enviada por el Vaticano con la bendición de Francisco a la escritora lesbiana de cuentos infantiles homosexuales, es que la carta era privada y no para ser publicada. ¡Ah, hay que desviar la atención! ¡El delito es dar a conocer algo privado! ¿No les recuerda la carta de los tres obispos a Mons. Fellay del 2012, que cuando se dio a conocer –confirmando de ese modo la traición del Superior General de la FSSPX- se desvió la atención hacia el hecho de que era una carta privada, no destinada a publicarse? Ah, y es de estos “misericordiosos” romanos de quien se busca la aceptación y el sello de “catolicidad”. Y a esta falsa y corrompida “misericordia”  a la que se destinará un año especial, es a la que llamó a adherir Mons. Fellay –eso sí, con reservas y discernimiento (¡!).  “No hay que hacer de los errores del Vaticano II super herejías”, “no hay que temer el reclamar con toda justicia, por parte de las autoridades de la santa Iglesia, el ser reconocidos y considerados como católicos”, “el soberano pontífice que, siempre dejando la puerta abierta a la inmoralidad, no toma posición en este debate (¿?)(Palabras de Mons. Fellay, subrayado nuestro).


Las dos “esposas” y “madres” con uno de sus libros.


Hay allí cobardía para no condenar la aberración que está instalada en Roma y combatirla como es un deber. Y decimos combatirla con la acción católica de rechazar la mentira y el error y mencionar a sus autores, de despreciar el mundo, de sostener la fe íntegra, pero a la vez de hacer obras de caridad, porque no es cuestión de hacer como ciertos “vivos” que mentan el Apocalipsis para mejor cruzarse de brazos y, afirmando que todos están errados y equivocados y perdidos, ellos –los pocos sabios que hay en el mundo- se presentan como los nuevos profetas que, sin embargo, nada arriesgan ni mensaje alguno han recibido, pues simplemente se ocultan detrás de la inmunidad de la Internet para sembrar más confusión y desorden a los que ya hay. Sí, estamos ante la perspectiva del Gran Castigo que reclama la Impiedad ocupando los más altos puestos que debería ocupar la Santidad. Pero la religión no es sólo “preservarse de la corrupción de este siglo” (Sant. 1,27) sino también “visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones” (Id.). Es decir, que si hay que rechazar a los que corrompen la fe (Gál. 1,8), debemos evitar que esta fe se corrompa al no acompañarla de buenas obras. Y mientras haya algo que hacer, se lo debe hacer, además de alzar la voz para denunciar la maldad y el error que buscan imponerse a nuestro alrededor.

Hablé de tus mandamientos en presencia de los reyes sin rubor y medité en tus mandamientos, que mucho he amado”, dice el Introito de la Misa de la degollación de San Juan Bautista. Francisco parece haber sepultado los mandamientos (o haberlos cambiado por los de la ONU), mientras que Mons. Fellay, dominado por el rubor (para decirlo con el salmista), prefiere mencionar en sus tibias reconvenciones a algún subalterno de aquel, y no al Jefe mismo de la secta conciliar. ¡Y eso que está fuera de su estructura oficial en tanto subordinado! ¿O será que ya realizó un pacto secreto y no nos enteramos? Cierto, Mons Fellay es un Juez romano…

El modernismo es la cloaca colectora de todas las herejías, y como tal, sin nada que se lo impida, no puede dejar de diseminar su pudrición  por todo el orbe. Pero está llegando a unos extremos que probablemente sus lejanos mentores sesentistas nunca imaginaron, aunque contribuyeron a este lodazal infecto que clama venganza al cielo. Quien alce la voz tendrá que correr la suerte –literal o figurada, mortal o mediática- que corrió el Precursor glorioso San Juan el Bautista. No hay otro camino para enfrentar tamañas impiedades que el testimonio absoluto antiliberal, y por eso verdaderamente libre, de afirmar la Verdad, fortalecidos por la cruz salvadora, única esperanza nuestra, única y suficiente arma que nos queda a los cristianos para no claudicar, junto con el Santo Rosario, a la espera del triunfo del Corazón Inmaculado y la Segunda Gloriosa Venida de Jesucristo. Recemos pues con entera confianza el Rosario y el triunfo cristiano llegará.


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