Páginas

viernes, 20 de junio de 2014

LA CORRUPCIÓN DE LA CARIDAD, SÍNTOMA DEL ANTICRISTO – POR FEDERICO MIHURA SEEBER





"MUCHOS ANTICRISTOS HAN APARECIDO"
1ª Juan 2,18


Según Federico Mihura Seeber
Tomado de su obra El Anticristo, pág 84 y sigs.
Selección y resumen de Horacio Bojorge.


La Caridad ha sufrido en la modernidad, en sí misma, una amputación o inversión idéntica a la versión falsificada de Cristo en lo dogmático. 
La Caridad ha sido “cortada” de la Trascendencia, es decir, de la relación “vertical” al Padre [...]  Nada, nada puede identificar mejor la acción del Anticristo en nuestro tiempo, que esta tergiversación del Mensaje de Cristo,
esta corrupción de la enseñanza de la primacía del Amor, vuelta contra los Mandatos del Padre y convertida en agente de la mayor perversión del hombre que la historia haya conocido.

"1.- el Anticristo es lo contrario de Cristo, por la inversión de Cristo […]. Siendo Cristo, en su naturaleza humana, el dechado de toda virtud y justicia, su contrario sería el dechado de toda perversión moral.

2.- A lo que me refiero ahora es a lo que ya sugerí: a que la “inversión” de Cristo es la causa de la demonización de lo humano, de la ruina moral o abolición del hombre.

3.- Lo que quiero decir con “inversión” de la doctrina moral del cristianismo es una perversión de la misma. No es su rechazo [como en Nietzsche y otros autores anticristianos], sino una asunción desviada y perversa. Por ello mismo debe ser considerada nominalmente “cristiana”. Es una herejía cristiana.  [Como toda herejía] al negar una parte de la doctrina ortodoxa, corrompe al todo. Lo cual puede servir de descargo [a Nietzsche y otro impugnadores del hecho cristiano], pues lo que tenían a la vista era, ya, esta versión degradada del cristianismo “reblandecido”.

4.- [Esta herejía contra la caridad corrompe a toda] la doctrina moral del cristianismo. En ella, el centro de este ataque herético ha consistido en la perversión-inversión de la doctrina de la Caridad. Se trata, sin duda, de un ataque al alma de la moral cristiana. Porque la Caridad es esa alma. Y su inversión equivale a una inversión de Cristo mismo, consumada en nombre de Cristo. Por eso la considero prototípica de la acción del Anti-Cristo.

5.- La perversión de la doctrina moral cristiana que ha operado como causa de la corrupción moral de Occidente –y, por Occidente, del mundo entero–, radica en la adulteración de la doctrina central de la Caridad. Y distingo también en ello dos aspectos. La alteración de la Caridad en sí misma, por un lado, y la de su relación con el resto de las virtudes, por el otro.

6.- Considerada en sí misma, es evidente que un sucedáneo falsificado de la Caridad cristiana está en el centro de la cultura moral del Occidente moderno. No creo necesario extenderme en el tema de las distintas versiones nominales que esta caridad falsificada ha asumido en las doctrinas morales de la modernidad. Pero es un tópico entre los autores cristianos ortodoxos, que las consignas masónicas extendidas a partir de la Revolución, “Libertad, Igualdad, Fraternidad”, representan ideas fuerza (“ideas cristianas vueltas locas”, como las llama Chesterton) tributarias del espíritu evangélico pero profundamente alteradas por el inmanentismo filosófico de base. Por mi parte, considero que todas estas adulteraciones –más sus anexas: pacifismo, tolerancia, universalismo, comunismo– radican, como en su fuente motivacional, en la adulteración de la virtud de la Caridad.

7.- Como centro de la estructura moral del Occidente cristiano, la Caridad ha sufrido en la modernidad, en sí misma, una amputación o inversión idéntica a la que he atribuido a la versión falsificada de Cristo en lo dogmático. La Caridad ha sido “cortada” de la Trascendencia, es decir, de la relación “vertical” al Padre. Con lo cual ha quedado corrompida en su misma esencia de virtud teologal, tal como era para el cristianismo ortodoxo. En éste, el mandato de amor que le es propio, se dirigía primordialmente a Dios-Padre. Sólo a partir de allí se hacía extensivo, “horizontalmente”, a los hermanos. La “nueva” caridad en cambio, inmanentizada, suprime desde luego aquella orientación primera y fundante, para dirigirse exclusivamente a los hombres. Esto es el “fraternalismo”, o la “filantropía”, en los que la masonería centrara su ideario, y que hoy se ha hecho extensivo al total de la humanidad civilizada, y penetrado en la propia Iglesia. Que tales “valores” constituyen una versión degradada de la caridad cristiana, lo prueba el hecho de su  impronta universalista. Porque, en efecto, un mandato de amor humano universal está ausente en toda moral o cultura que no haya estado impregnada por la moral evangélica [Nota 86: Exceptuando el estoicismo romano, de inspiración universalista, aunque de fuente filosófica y no religiosa.]

8.-  Ahora bien, más allá de la referida inversión de la caridad en sí misma, quiero destacar aquí la incidencia de dicha alteración sobre el orden ético total. O sea, su relación con las demás virtudes. Porque es aquí  donde, a mi entender, radica la causa de la especial condición de la ética moderna, que culmina hoy en la des-estructuración moral, y a la que considero como una “ruina” terminal e irreversible, una “abolición del hombre”.
El “gozne” donde se articula el influjo de esta caridad pervertida sobre la entera moralidad, es el de la relación de la misma con la Ley.                           

9.-  Como es bien sabido, el mensaje evangélico (la Buena Nueva) introdujo una connotación decisiva sobre el orden moral, consistente en la afirmación de la primacía del Amor sobre la Ley. Con esto, Cristo no innovó, porque eso mismo estaba prescripto en el Antiguo Testamento (Lc. 10, 26).
Se limitó a refrendarlo, como Sumo Profeta e Hijo de Dios que era, en el ambiente de una cultura moral que lo había echado al olvido, a favor de un demencial rigor legalista. Fue, precisamente, al tiempo de Su Venida que dicho legalismo había alcanzado su máxima extremosidad, sobre todo en la secta de los fariseos.
En éstos, la observancia de la Ley, exhibida como signo de santidad, había arribado a extremos de minuciosidad o casuismo que la convertían en impedimento para alcanzar la verdadera justicia.
El legalismo se convertía así, por la malicia humana, en obstáculo para el logro de los fines de la Ley. [Nota 87: Este fin es la Justicia como integridad moral, y supone una asunción o “encarnación” de la Ley en la subjetividad (ver más adelante, la Justicia Legal). Por su parte, el “rigorismo” legal suple aquella integración sincera, por la multiplicación al infinito de las prescripciones legales y el “exteriorismo”.]

10.- Esta circunstancia histórica, la desviación legalista, frente a la cual el Señor encarece la primacía del amor –ignorada o acallada por quienes hoy apelan a ella–, explica el hecho de que nunca Nuestro Señor, en sus repetidos encomios sobre la Caridad, haya eludido, y ni siquiera atenuado, la exigencia del cumplimiento de los mandatos de la Ley para el logro de la justificación y del mismo ingreso al Reino. Muy al contrario, si el Señor encarece las exigencias del Amor, también encarece severamente los mandatos de la Ley.
Así en Mt. 5, 18: “Ni una iota ni un tilde de la Ley dejará de cumplirse [...] si vuestra justicia no supera a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” [Nota 88: Y en muchísimos otros lugares, donde Cristo –el dulce Cristo– se muestra como un rigurosísimo celador de la Ley, condenando en los fariseos, no siempre lo que predicaban, sino el no practicar lo que predicaban. Ver Mt. 23, 3]
Del mismo modo, los apóstoles enfrentados a un recrudecimiento del rigor legalista entre los sectores judaizantes de la nueva Iglesia, se cuidaron muy bien de menospreciar la necesidad de la Ley, al tiempo que  recalcaban la supremacía de la Gracia para obtener la justificación [Nota 89: Cfr., entre otros, S. Pablo, Ad Rom. 7. ]
No podría ser de otro modo, ya que la Ley, tanto como el Amor, proceden de la misma fuente: Dios. El que por amor ha creado al hombre, es el  mismo que por la Ley provee a su justificación, orientándolo en el uso de su libertad.

11.-  Y es que la ley es la norma operativa que se sigue de la esencia de la creatura racional. Es el dictamen que la razón enuncia respecto de “lo debido” y “lo vitando” para un ser racional; quien, por serlo, es libre de actuar una cosa o la otra. Libertad y ley son términos correlativos, que se fundan en la racionalidad. Así pues, el orden legal pertenece a la esencia del hombre en tanto hombre, es decir, en tanto que animal racional y libre.

12. El hombre está, pues, sujeto a la ley, aún en el supuesto de que su naturaleza fuera inocente. Aunque no hubiera habido pecado original, existiría la ley. Pero lo que ha modificado el tipo de imperio de la ley sobre el hombre ha sido, precisamente, el Pecado.
A partir de él, la ley ha pasado a ser, para el hombre, penosa y dura. Porque el pecado ha introducido una tendencia a la conducta contraria a la ley, violatoria de la ley, o “transgresora”. La ley se ha hecho coactiva y violenta porque, siendo el dictamen racional sobre la conducta, enfrenta a una voluntad inclinada contra la razón [Nota 90: Lo violento” es lo que contraviene una tendencia natural. Y así la Ley es violenta, no porque contradiga a la naturaleza originaria, sino a la tendencia depravada, que se ha hecho con-natural al hombre después del Primer Pecado. Ver cita siguiente, de S. Pablo.]

13.- Esta condición pecadora del hombre en relación con la Ley explica dos cosas. Por un lado, el hecho de que en la historia común de los pueblos gentiles, su acceso a la condición legal –es decir política– pese a su efecto perfectivo, se acompañaba siempre de un conflicto fatal, dada la rebeldía del súbdito que se justificaba a sí misma por la injusticia y el error de las leyes. Pero en el pueblo elegido fue distinto.
Supuesta la inerrancia y santidad del Legislador, la rebeldía del súbdito tomaba el atajo de la obediencia fingida. En este caso, el cumplimiento de los mandatos legales no trascendió de una observancia meramente exterior, sin que el sujeto adhiriera a la intención de la Ley, con un compromiso vital. En ambos casos se denota la misma intención pecaminosa: eludir el mandato legal.

14.-  De este modo, el legalismo judaico se revelaba, no sólo tremendamente duro para los observantes, sino ineficaz para el cumplimiento de los fines de la Ley. El fin –o “intención”– de la ley, no es otro que la plenitud moral de la naturaleza humana. La ley no puede ser mala en sí misma, porque es la “guía” que orienta al hombre a su perfección. Sólo que es dura, dura y coactiva; pero esto, sólo porque el hombre es malo. Mejor dicho, está “maleado” en su inclinación, desde el pecado  original [Nota 91: “Porque sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy carnal, vendido por esclavo al pecado. Porque no sé lo que hago; pues no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco,  eso hago. Si, pues, hago lo que no quiero, reconozco que la Ley es buena [...] Porque me deleito en la Ley de Dios según el hombre interior, pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente y me encadena a la ley del pecado” (Rom. 7, 14 ss.) Y estas palabras del Apóstol hacen eco a lo que es una constatación común en todos los hombres y en todas las culturas: la rebeldía interior a seguir los dictados de lo que se sabe bueno. “Veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor” (“Video meliora proboque, deteriora sequor”, Ovidio, Metamorfosis, 7).]

15.-  En este contexto de una Humanidad pecadora, para la cual aquello que fue pensado para su plenitud (la Ley) se había convertido en un pesado fardo de cumplimiento casi imposible, incide la Buena Nueva cristiana, que reitera la primacía del Amor sobre la Ley. Se entiende, sin embargo, que “supremacía” no equivale a abolición, sino al contrario: “No he venido a abrogar la Ley [...] he venido a consumarla” (Mt. 5, 17). Las directivas de la ley deben cumplirse, son el marco de conducta para un ser de naturaleza racional. Si su cumplimiento se ha hecho prácticamente imposible, la “culpa” no es de la ley, sino del hombre, que se inclina al mal desde el pecado.

16.-  Pero lo que el hombre no puede por las obras de su naturaleza “maleada”, lo puede por el Amor. Ésta es la enseñanza moral de Cristo, que se resume en estas palabras: “El que ama, ha cumplido toda la Ley” (Rom. 13, 8) [Nota 92: O, en S. Pablo: “el amor es la plenitud de la Ley” (Rom. 13, 10). Y, aun, este efecto  del amor haciendo eficaz a la Ley, es lo aludido en el texto que completa al anterior, de Rom. 7: “pero siento otra ley en mis miembros que repugna a la ley de mi mente y me encadena al pecado [...] ¡Desdichado de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias a Dios, por Jesucristo nuestro Señor”. “Pues lo que a la Ley era imposible [...] Dios, enviando a su propio Hijo [...] condenó el pecado en la carne, para que la justicia de la Ley se cumpliese en nosotros” (ibid, 8).]

17.-  Sin embargo, es preciso establecer de qué “Amor” se está hablando. Porque no se está hablando del amor o de “los amores” humanos. Todos éstos, a fuer de naturales, han quedado maleados por la inclinación pecaminosa de la naturaleza. El Amor del que se habla, el amor al que Cristo se refiere al refrendar su supremacía sobre la Ley, no es un amor “humano”. Es el Amor Divino. Es el Amor de Dios [Nota 93: “Amor de Dios” tiene dos sentidos, y ambos se aplican: “de Dios”, en cuanto tiene a
Dios por objeto; y “de Dios”, en cuanto que procede de Él.]

18.- Es el Amor infundido en nosotros por el Espíritu Santo. No pertenece a la naturaleza. Es un don “sobreañadido” a la naturaleza, gratuito. Que el hombre no puede actuar por sí mismo, sino sólo pedir, y, una vez recibido, colaborar acompañando su moción. Éste es el Amor que la Iglesia, para no inducir en confusiones con algún amor humano, siempre llamó “Caridad”.
Sólo este Amor puede entenderse que se sobreponga a la Ley. Porque es el Amor que “cumple toda la Ley”, ya que es amor al mismísimo Autor de la Ley.

19.- Bajo la Caridad, el cumplimiento de la Ley se ha hecho posible. Más aún, se ha hecho “fácil”: “Mi yugo es suave, y mi carga liviana” [Nota 94: Sin duda, ello es así para el que ama. Pero en sí mismo, este amor, el amor de Caridad, no es fácil. Es, en realidad, imposible al hombre pecador por sus propias fuerzas. Está dicho: Dios lo da. Pero, del lado del hombre, presupone una violencia mucho más dura que todos los cumplimientos legales: la methanoia o conversión del corazón. La “circuncisión del corazón” o, como dice más fuerte Castellani, el degüello del corazón.]
Porque la conducta de quien cumple, por amor, los mandatos de la Ley, es la propia del hijo, el cual obedece a la voluntad del padre por amor al padre, y no como el esclavo, que cumple la voluntad del amo coaccionado por el temor. Y así también es libre, como que es hijo y no esclavo. El tema de la libertad de los cristianos bajo la Caridad, enfrentada a la esclavitud de los judíos bajo la Ley, es recurrente en la enseñanza de los apóstoles, frente a los conatos de retorno al viejo legalismo judaico en las primeras comunidades.
Ésta es la doctrina que señala la primacía de la Caridad sobre la Ley, tal como salió, incorrupta, de los labios de Cristo. Ella se acompaña del reconocimiento de la ineludibilidad en el cumplimiento de los preceptos de la Ley, a la que no invalida sino que, al contrario, confirma y hace eficaz [Nota 95: Hay que decir, sin embargo, que esto de “hacer cumplible” a la Ley, no es el fin primario de la Caridad. Su fin primordial es, sencillamente, el amor a Dios por sí mismo. Pero de ese amor resulta la perfección ética por el cumplimiento de la Ley. Porque Dios nos quiere perfectos, como Él es perfecto: “Sed perfectos como vuestro Padre es perfecto” (Mt. 4, 48; I Pe. 1, 16).]

20.- Si me he detenido en estas reflexiones sobre la doctrina auténtica de la Caridad en relación con la Ley, es porque, como he dicho, de la corrupción de la misma ha resultado la extrema perversión moral de la naturaleza humana que hoy vivimos. Expresaré sintéticamente lo que quiero decir, para después desarrollarlo.

21.- La corrupción de la Caridad –una Caridad prostituida– ha sido la causa de la perversión del alma del Occidente ex cristiano, porque de la afirmación de su primacía sobre la Ley se ha pasado aviesamente a la de su oposición a la Ley. Se la constituyó, así, en el alma de la Anomia moral. “Corruptio optimi, pessima”. La vulneración de la cabeza, o corona, de la excelsa moral cristiana, ha arrastrado en su corrupción a la más profunda degradación moral del hombre. Obra maestra, ésta, del Demonio y de su vicario en la tierra, el Anticristo.
La perversión de la virtud señera del cristianismo ha conducido a la frustración del Plan de Dios sobre el hombre, al hombre “demonizado”.

22.-  Me aboco, pues, al análisis de esto mismo. Al “cómo” de esta inducción de corrupción ética total, por medio de la caridad pervertida.
Empecemos por considerar que la Caridad, en la óptica de la doctrina ortodoxa, es “cabeza” de todo el orden ético. Es virtud “señera”. Lidera a todas las virtudes.

23.-  Hay un texto en el que Santo Tomás completa, desde la perspectiva sobrenatural, la concepción ética natural de Aristóteles: es el de la Summa Theologiæ, II-II q. 58. Allí el Aquinate “analoga” la función de la Caridad en el orden de las virtudes con la que Aristóteles atribuye, en la Ética Nicomaquea (1.V, 1129b 19), a la Justicia legal.
En la visión ético-filosófica, puramente natural, del Filósofo, es la Justicia Legal la virtud suprema y “líder” de todas las virtudes. Es una virtud “general”, porque siendo en sí misma una virtud específica, mueve por imperio a todas las demás virtudes, ordenándolas al bien común. Del mismo modo que la Caridad –completa Santo Tomás– ordena a todas las virtudes al bien divino.

24.- Este paralelismo al que acude Santo Tomás es sumamente esclarecedor. La Caridad es “cabeza” y “líder” de todo el orden virtuoso en la nueva economía sobrenatural del amor. La Justicia Legal es, por su parte, “cabeza” y “líder” del orden virtuoso en el orden natural, ya que “ordena” –en los dos sentidos: “dispone” e “impera”– a todas las virtudes naturales al bien común. Pero su pauta o medida es la Ley, no el Amor, porque es por la Ley que los actos se ordenan al bien común.

25.-  Precisa determinarse, pues, cómo ha jugado, y cómo juega, la relación entre estas dos virtudes “líderes”, una del campo natural y la otra del sobrenatural o de la Gracia. Ambas son, por supuesto, virtudes, hábitos o “disposiciones operativas” que califican el alma del sujeto.
Pero la Caridad es un don. Un don recibido de lo Alto. La Justicia Legal, en cambio, se gesta por una dura labor humana. Una labor en la que el hombre se va adaptando, habituando su voluntad al cumplimiento de los dictámenes de la Ley. Porque tal es la Justicia: la voluntad permanente de cumplir lo debido, el “deber”. Y por eso es, esta Justicia, virtud “general”, pues requiere de las demás virtudes (fortaleza, templanza, etc.) para poder cumplir lo mandado; y por eso las impera. Y quien la posee se hace, sencillamente, justo, se “justifica”.

26.-  Pero la Caridad es, ella también, virtud “general”, en el sentido de acompañarse por las demás virtudes. Con esta diferencia sobre la Justicia Legal: que su “módulo” o medida no es la Ley, el dictamen racional, sino el Amor de Dios. Quien la posee, cumple lo debido, no por respeto a la Ley, sino por amor de Dios. Quien la posee se hace santo, se “santifica”.
¿Hay, acaso, conflicto entre estas dos virtudes “generales y líderes”? No. Porque no hay verdadera separación entre el orden natural y el orden de la Gracia. Este último implica al primero. El santo es, de necesidad, también justo. Cuando la Caridad inhiere en el alma, la misma Justicia Legal, y todo el orden virtuoso que la acompaña, queda sobre elevada, re-ordenada al amor de Dios. Y es por el amor de Dios que se empiezan a cumplir sus mandatos. Y el justo se hace santo.

27.- Pero debe entenderse que esta relación entre las dos virtudes trasciende la que sería una mera distinción y pacífica coexistencia entre los dos órdenes éticos, el natural y el sobrenatural. Es mucho más: hay verdadera unión, “matrimonio”, en el cual el primero, sin perder nada de su especificidad, queda sobreelevado y perfeccionado. Gratia non tollit naturam, Gratia perficit naturam.

28.-  Se entiende así cuál puede ser el efecto de una perturbación, en la “cabeza”, de un “matrimonio” así integrado, “coronado” por la Caridad.
Corruptio optimi pessima. O mejor: “por la cabeza se pudre el pez”.
La Caridad “inmanentizada”, el Amor “cortado” de su orientación prioritaria hacia Dios, Supremo Legislador, y volcado a la dirección “horizontalista” hacia los hombres, se convirtió en un dirimente para la violación de los mandatos legales.

29.- Así, por ser “cabeza” de todo el orden moral, la Caridad arrastró, en su corrupción, a todas las virtudes. Pero ello no sin antes haber destronado a la Justicia Legal, que era la que regía en su propio orden, el orden de la moralidad natural.
La caridad fue “catapultada” contra la Justicia legal. ¿Cómo? Convirtiéndose en dirimente del acatamiento a los mandatos legales, que es el objeto y fin de la Justicia legal, y a lo que sólo se accede a través de un duro trabajo perfectivo.

30.- Porque si la Caridad, como Amor de Dios  en primer lugar, había motivado con nueva fuerza el cumplimiento de los mandatos legales, al reconocerlo a Él como Sumo Legislador, ahora, como mero “amor del hombre”, como caridad horizontalizada, se convertía en cómplice de toda transgresión, y en condescendencia para toda dimisión del esfuerzo perfectivo. Se rompía, en suma, aquel matrimonio entre la Caridad y la Justicia legal, por el cual todo el orden moral natural quedaba sobreelevado y por cuyo medio el justo se hacía santo.

31.- Hay una expresión en San Agustín, cuya intelección ilustra perfectamente ambos influjos posibles de la Caridad, el sublimante y el corruptor. “Ama, y haz lo que quieras”, dice el Hiponense.
Pero el santo lo dice con un clarísimo sentido para el cristiano fiel. Porque allí significa,  en sentido ortodoxo, “si amas a Dios sobre todas las cosas... «lo que quieras» será lo que Dios quiere”.
O sea, el cumplimiento de Sus Mandatos, que lo son para tu verdadero bien. Porque Dios, que es Sumo Legislador, es también Padre, y por eso los ha establecido, para tu bien.

32.-Pero, ¿qué puede significar la máxima de San Agustín en un contexto en que la Caridad ha sido inmanentizada, perdiendo su orientación primaria a Dios? Lo que con toda seguridad sugiere al noventa por ciento de los cristianos de hoy día: que “si amas... no a Dios sobre todas las cosas sino, sencillamente, si «amas»... todo te está permitido, estás eximido del cumplimiento de los mandatos legales”. El “haz lo que quieras” significa, sencillamente, “sigue tu capricho, tu inclinación veleidosa”.

33.- Es necesario imponerse de la extrema gravedad a la que ha conducido, en el hombre occidental, este embate destructivo del “Amor” contra la Ley. De la Caridad contra la Justicia legal. Por lo pronto, percatarse de que esto se produce, y sólo puede producirse, en un contexto “cristiano”. Y que se trata de una total evicción del normativismo ético. De una entera Anomia moral, resultante de la interpretación perversa de la “primacía del Amor”.

34.- Ya me he referido a las notas que caracterizan al especial tipo de corrupción moral del hombre actual, “posmoderno”. No se trata de una maldad mayor o menor que el de otras épocas o culturas. En todo tiempo y lugar, los hombres han sido más o menos malos y buenos, pero, por la existencia de la ley, tenían conciencia de serlo. Acá hay algo más, acá hay una diferencia cualitativa. El hombre de la cultura actual es un hombre moralmente des-estructurado. Desaparecida la pauta de la ley moral, ha desaparecido la conciencia de pecado y de la gravedad de la conducta. Este hombre-sin-ley es por eso también un hombre sin “esqueleto” y sin “nervio”: es el hombre light. Y, por eso también, afectado  por una corrupción moral irreversible.

35.- Una metáfora ayudará a comprender este efecto de la evicción de la Ley sobre el ethos del hombre moderno. La Ley, así como su mera observancia, puede ser entendida como un módulo exterior al orden ético personal. En cuanto dictum racional que es en sí misma, la Ley permanece extrínseca a la voluntad y a las pasiones. A fuer de tal, es como el “tutor” del árbol en crecimiento, que impide su desvío. Pero el árbol, desarrollado bajo su tutelaje, se adapta a su direccionalidad y termina por asumirla. Al tiempo, puede ya prescindir de él. Porque la ha “interiorizado”. Así, el hombre tutelado por la Ley termina por encarnarla como hábito, como virtud. Tal es la virtud de la Justicia legal. Ya no es, la Ley, un mandato exterior: el ethos personal la ha asimilado, y el hombre se ha hecho, en cierto modo, la Ley [Nota 96: San Pablo y Aristóteles –Revelación y Naturaleza– coinciden en esto: para el justo no vigen las prescripciones legales. Pero sólo porque él es la Ley, se ha hecho la Ley. “Cuando los gentiles, guiados por la razón natural, sin Ley [se sobreentiende: sin la Ley del Sinaí], cumplen los preceptos de la Ley, ellos mismos [...] son para sí mismos Ley” (Rom. 2, 14). Y Aristóteles: “para hombres así no hay ley, pues ellos mismos son la ley” (autói gar eisi nómos), Pol., III, 1284a 14).]
De este modo, y siguiendo con la metáfora, si la Ley como dictum racional es tutora exterior del organismo ético, la Justicia legal, o Ley interiorizada como hábito, es el “esqueleto”, la “osatura” del organismo. El organismo no es sólo esqueleto, sin duda; es también carne y músculo.

36.- El hombre investido por la Justicia legal adapta los mandatos de la Ley
a las circunstancias: atempera, establece excepciones, etc. Todo esto es “carne”, parte blanda. Pero la carne está adherida al esqueleto. La justicia legal, que es voluntad permanente de adecuarse a los dictámenes de la Ley, es la que guía tales adaptaciones. La sumisión a la Ley no resulta invalidada por el hecho de adaptarse a las circunstancias de la existencia, cuando dicha “voluntad permanente” existe.

37.- A partir de la evicción del principio legal, a partir de la Anomia moral, el organismo de la moralidad humana ha quedado “des-huesado”, privado de esqueleto. Luego, privado de su estructura rígida –la Justicia legal–, el entero edificio de la moralidad ha colapsado. Ha desaparecido toda prestancia moral, todo temple. Esto es lo que caracteriza a la perversión moderna. Esto es lo que la hace, además, irreversible, o irrecuperable. El organismo privado de esqueleto no se puede reincorporar.

38.- El modelo del hombre “observante”, del hombre íntegro, ha quedado enteramente desacreditado en nuestra época. Más aún, denostado, como rémora inadmisible de “rigorismo”, de rigorismo “legalista”. ¿Y quién puede dudar de que esta condena al “legalismo” se inspira, más o menos lejanamente, en consignas “cristianas”? La corrupción de la Caridad comenzó, sin duda, en el mundo: en el mundo otrora informado por la moral evangélica. Se la llamó “fraternalismo”, “filantropía” y, en sus efectos morales, “tolerancia”.

39.- Pero, más recientemente, como para confirmar esta procedencia del cristianismo, la misma aberración ha sido acogida en la propia Iglesia de Cristo, desguarnecida de las defensas magisteriales. Porque en ella, en efecto, se estila apelar a la “primacía  del amor” para justificar cualquier violación de la Ley. Y no se trepida en emplear aviesamente las invectivas de Cristo contra los fariseos, que cerraban la puerta de los Cielos a sus prosélitos por exceso legalista. Ocultando el hecho evidente de que aquéllos hacían imposible, por su escrupulosidad, el cumplimiento de los fines de la Ley, mientras que, en el mundo que nos rodea, todo dictamen de orientación moral de la conducta –es decir, toda ley– ha quedado anulado.

40.-  Se “funcionaliza”, pues, a Cristo, contra la Ley. Su mensaje de Caridad, que por la primacía del amor de Dios hacía posible el cumplimiento de Sus Mandatos, es convertido en ocasión del total derrumbe del ethos humano, por un permisivismo integral.

41.-  Y, así, Cristo es hecho ocasión de pecado. “Bienaventurado aquél que no se escandalizare en mí”, dice Jesús en Mt. 11, 6. Es el escándalo, u ocasión de pecado, en el que Él mismo se podría convertir, por la malicia del escandalizado. Aunque la expresión del Señor se aplica a distintas situaciones, refiero aquí esta gravísima: tomar motivo de Su doctrina para inducir a pecado. Expresión similar usa San Pablo con el mismo sentido: “si buscando ser justificados por Cristo somos aún pecadores, ¿será que Cristo es ministro de pecado?” (Gal. 2, 17).

42.-  Nada, nada puede identificar mejor la acción del Anticristo en nuestro tiempo, que esta tergiversación del Mensaje de Cristo, esta corrupción de la enseñanza de la primacía del Amor, vuelta contra los Mandatos del Padre y convertida en agente de la mayor perversión del hombre que la historia haya conocido. Del más eficaz obstáculo al logro de la perfección ética del hombre. Del derrumbe, de la ruina de su organismo moral. De la abolición del hombre y, por ende, del fracaso del proyecto divino sobre él, objetivo último de Satanás.

43.- Sin embargo, la referida perversión de la Caridad, que conduce al desprecio de los mandamientos legales bajo el aval de un amor horizontalista, no es enteramente nueva en la historia del cristianismo. Sin llegar a los extremos que hoy conocemos, esa misma actitud vio la luz en los inicios de la Iglesia, bajo la forma de una de las primeras herejías. Fue la herejía de los “nicolaítas” también llamados “anti-nomistas”.
[Nota 97: Es sintomático que haya sido ésta una de las primeras herejías. Ello indica que se trata de una desviación “casi natural” de la moral cristiana. Y es igualmente sintomático que la misma rebrote hacia los finales, como signo de la acción del Anticristo. Porque dice Juan en los inicios: “Hijitos, ésta es la hora postrera, y como habéis oído que está para llegar el anticristo, os digo ahora que muchos se han hecho anticristos, por lo cual conocemos que ésta es la hora postrera” (I Jn. 2, 18).]

44.- Es decir, la herejía de los contradictores u opositores de la Ley. Esta oposición se justificaba, como la de hoy, en una aviesa interpretación de la primacía de la Caridad sobre la Ley. Ello daba motivo para el mayor libertinaje, con preferencia –como es de norma– en el campo de la conducta sexual. A ellos, o a los gérmenes de esta herejía, parece aludir San Pablo cuando, en su carta a los Gálatas, previene a los fieles: “Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; pero cuidado con tomar la libertad por pretexto para servir a la carne” (Gal. 2, 13).

45.- Y que el tema del cumplimiento de la ley moral aparecía cuestionado por la nueva ley del amor, parece sugerido cuando el apóstol reafirma: “No os engañéis: ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros ni los invertidos, ni los sodomitas, ni los ladrones ni los avaros [...] poseerán el reino de Dios” (I Cor. 6, 9).

46.-  E, igualmente, Pedro parece referirse a los mismos herejes que, como
“falsos doctores”, “atraen a los deseos carnales a aquellos que apenas se habían apartado de los que viven en el error, prometiéndoles la libertad” (II Pe. 2, 19).

47.- Pero es quizás San Judas quien, con mayor evidencia, apunta al pretexto de la Caridad como agente de inmoralidad, cuando en su Epístola advierte sobre [algunos]“que disimuladamente se han introducido [...] que convierten en lascivia la gracia de Nuestro Dios. [Los cuales] son deshonra de nuestros ágapes” (Jud. 4 y 11).

48.- Todas las citas revelan la existencia, en el seno de la comunidad cristiana, de lo que parece ser un desvío casi natural en ella: tomar pretexto en la “libertad de los hijos de Dios” –es decir, del amor de Dios que nos hace hijos– para el libertinaje, despreciando los mandatos de la Ley.
Casi natural, digo, ya que hace eclosión desde los primeros pasos de la vida de la Iglesia. Allí fue, sin embargo, prontamente reprimida, como lo sugieren las advertencias apostólicas mencionadas, y como aparece refrendado en la visión profética del Apocalipsis, donde el “nicolaitismo” tiene el “privilegio” de ser la única herejía mencionada, y condenada por el Señor por boca de Juan.
En efecto, en la carta dirigida a la primera Iglesia, la de Éfeso, luego de algún reproche, se le dice: “tienes esto a tu favor: que aborreces las obras de los nicolaítas, como las aborrezco yo” (Ap. 2, 6).

49.- Porque interesa destacar esta condición inaugural, en la vida de la Iglesia, de esta herejía moral por la que la Caridad es esgrimida como dirimente de las observancias legales y vehículo de corrupción moral. El “nicolaitismo”, o “anti-nomismo”, representa el typo de lo que vemos madurar hoy, como antitypo, en las postrimerías del ciclo cristiano.

50.- Surgido con la joven Iglesia, al tiempo de un desarrollo incipiente de la doctrina, fue, sin embargo, allí, prontamente advertido y combatido por un Magisterio fiel y vigilante. Latente durante toda la historia posterior, y “encorsetado” por una doctrina inequívoca, vuelve a aflorar en nuestros días, coincidiendo con un manifiesto debilitamiento y deterioro de la doctrina ortodoxa, resultado del descuido de la autoridad magisterial.
Sin embargo, el “nuevo nicolaitismo” es muchísimo más grave que el antiguo.

51.- Para empezar, si el viejo podía ser denominado “anti-nomismo”, éste de hoy es, más bien, un “a-nomismo”. Quiero decir con ello que ya no se expresa como un desafío a la Ley, o como oposición a la Ley en cuanto blanco del ataque. Porque hoy la Ley, sencillamente, ha desaparecido, o tiende a desaparecer.

52.- La otra circunstancia que diferencia al viejo “nicolaitismo” del actual, es la que ya sugerí. El primero respondía a una situación de inmadurez de la doctrina católica. Como ocurrió en relación con todas las herejías, también en ésta el dogma fue madurando, a tenor de la respuesta ortodoxa por parte de un magisterio vigilante frente a las desviaciones.

53.-  Hoy, en cambio, la herejía rebrota en una situación de vetustez de la
Iglesia, cuyo magisterio se excusa de corregir o, peor aún, acompaña a la herejía y la alienta.

54.- Insensiblemente he derivado de la descripción de la situación moral en la sociedad mundana al análisis de su motivación en el seno de la Iglesia. Pero es porque la situación por la que atraviesa el Mundo bajo este aspecto es efecto –efecto deletéreo sobre la humanidad– de una herejía cristiana. Paradojalmente, y pese a sus protestas de ateísmo y de repudio de la tradición cristiana, el Mundo sigue siendo tributario del cristianismo. Tributario, claro que con esta connotación: heredero de la perversión del cristianismo.

55.- La tremenda abyección moral en la que ha caído el hombre occidental no hubiera sido posible en una civilización pagana que no hubiera conocido el Mensaje de Cristo. Porque ninguna civilización tal hubiera antepuesto el amor, a los mandatos de la ley. Lo cual, al tiempo que hace posible arribar a las cumbres más altas de la perfección humana, arriesga sepultar al hombre en la más abismal abyección.