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domingo, 27 de octubre de 2013

SERMÓN EN LA FIESTA DE CRISTO REY - R.P. RENÉ TRINCADO



Esta fiesta puede parecer un anacronismo sin sentido, porque es verdad que Cristo es Rey, pero también es verdad que Cristo ha sido destronado. N. Señor debe reinar sobre almas, familias y Estados, pero los hombres le han dicho no queremos que éste reine sobre nosotros, como los malos súbditos de la parábola de las minas. Los liberales han destronado a Cristo.

El Papa León XIII dijo: es incalculable el número de almas que se condenan a causa de las condiciones que los principios del Derecho liberal imponen a los pueblos. Estas palabras fueron dichas a fines del s. XIX. ¿Qué pensar del siglo XX? Y ni hablar de nuestro siglo.

Esta fiesta fue instituida por Pío XI en 1925, en plena lucha entre la Iglesia y la masonería, esa maldita bestia promotora del liberalismo. Y el satánico liberalismo triunfó con el Concilio Vaticano II, en el que la jerarquía se rindió a los falsos principios liberales, los hizo suyos, y los enseña desde entonces en el Nombre de Cristo. Los pastores se convierten en lobos: la Jerarquía liberal de la Iglesia enseña la mentira en Nombre de la Verdad que es N. S. Jesucristo. Los Papas, desde Juan XIII en adelante, los Obispos y los Sacerdotes, se hacen envenenadores de las almas.

Algunas de esas mentiras masónico-diabólicas, algunos de esos falsos principios son: la separación de Iglesia y Estado, la libertad religiosa, el democratismo y la soberanía popular, la doctrina de los llamados “derechos humanos”. Todas estas falaces doctrinas nacieron en el secreto de las oscuras logias y ahora son difundidas no sólo desde las tribunas de los políticos, sino también desde todos los púlpitos y desde la misma sede de Pedro.

Por eso, ante la evidencia de la victoria del liberalismo sobre los derechos reales de Cristo, podemos preguntarnos si vale la pena seguir hablando de la realeza social de N. S. Jesucristo. La respuesta, junto con la explicación de la actual derrota, pueden ser encontradas en la Sagrada Escritura, especialmente en el salmo 2:

¿Por qué se amotinan las gentes -dice el salmo- y las naciones traman planes vanos? Esto se cumple hoy al pie de la letra y más claramente que nunca. El instigador de esta rebelión es el diablo, de quien dice el Espíritu Santo en Jeremías: desde los siglos quebraste mi yugo, rompiste mi cadena y dijiste: no te serviré. Non serviam. No te serviré, sino que seré libre. Esta idea diabólica de libertad como independencia de Dios es la esencia del liberalismo. Dice Santo Tomás de Aquino que el diablo intenta desde el principio apartar al hombre de la obediencia a Dios, bajo el pretexto de la libertad (ST III c. 8 a. 7), pero no es sino hasta el siglo XIX que el demonio logra inspirar a la humanidad un sistema de pensamiento que exalta la libertad hasta el grado de ponerla en el lugar de Dios. Eso es el liberalismo: la idolatría de la diosa libertad. Se amotinan las gentes: vivimos en un motín permanente, en “estado de revolución”. La Revolución Francesa, la violenta demolición del antiguo orden cristiano y su sustitución por el orden -o, mejor dicho, desorden- liberal, comenzó en 1789, pero no ha terminado. El Card. Ratzinger dijo, en cierta ocasión, que el concilio Vaticano II “fue un 1789 en la Iglesia”.

Sigue el salmo diciendo: Se alzan los reyes de la tierra y los príncipes se confabulan unidos contra Dios y contra su Ungido, esto es, contra Cristo, pues Cristo significa ungido. Todos los poderosos del mundo, liberales de izquierdas y de derechas; los Caifás, los Herodes, y los Pilatos de todos los tiempos y del presente: por sobre sus diferencias, los une la común oposición a Cristo: todos son liberales.

Siguiente versículo: Rompamos sus ataduras y arrojemos de nosotros su yugo. ¡Fuera ataduras, fuera yugos! ¡Libertad! ¡Libertad! Grito de guerra éste que les enseña su padre el demonio. Los sediciosos o revolucionarios, los sodomitas y, en general, los grandes criminales, son llamados “hijos del diablo” en la Biblia. Rompamos sus ataduras: los vínculos de la fe y de la caridad. Arrojemos de nosotros su yugo: la moral verdadera, los deberes del cristiano y la misma Cruz de Cristo (“porque mi yugo es suave y mi carga ligera”). Sin embargo, estas ataduras y este yugo son lo que nos une a Dios y salva nuestras almas.

Pero Dios se ríe, se burla de ellos. A su tiempo les hablará en su ira, continúa el salmo. Debemos tener ánimo, porque aunque reconocemos la derrota actual y pasajera de los derechos soberanos de Cristo, también tenemos certeza absoluta -causada por la fe divina- en cuanto a la victoria final y total de Cristo sobre todos sus enemigos.

Termina el salmo diciendo: Bienaventurados todos los que se refugian en Él. Estas palabras señalan cuál debe ser nuestra actitud: ningún olvido de los derechos que Cristo tiene como Rey de todo y de todos; ninguna transacción o acuerdo traidor con el enemigo: el demonio y su liberalismo, sino resistir contra todo y contra todos refugiándonos en la fe verdadera y en las verdades de siempre,  manteniéndonos firmes e intransigentes en nuestro puesto de combate en esta guerra, aunque el territorio esté arrasado y copado por el enemigo; para lo cual, ante todo, debemos procurar que Cristo reine allí donde está en nuestras manos hacer que reine y no sea destronado jamás: en nuestras almas. Someternos totalmente a Dios, obedecer siempre a su voluntad: eso es ser antiliberal convencido y militante; católico cabal, resuelto y combatiente. Si no hacemos esto, hay una mentira en nosotros, una cierta hipocresía, y terminaremos más o menos liberales.

Y para que Cristo reine en nuestras almas, estimados fieles, debemos recurrir a 3 medios principales: cumplir los mandamientos, frecuentar los sacramentos y orar, y en particular rezar el santo Rosario, porque Nuestra Señora ha prometido en Fátima: al final, mi Corazón Inmaculado triunfará. Y cuando triunfe el Corazón de nuestra Madre, triunfará el Corazón sacratísimo del Rey nuestro y de todos y de todo, el Corazón de Nuestro Señor Jesucristo.