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viernes, 5 de abril de 2013

LA CARIDAD DE LOS PRIMEROS CRISTIANOS…Y NOSOTROS





Tenían presente el horizonte deseado, aunque no frente a sus ojos. En ese horizonte estaba el cielo, y en ese cielo su destino cabe Dios, en Dios. Confesaban la verdad sin temor, y tampoco temían derramar su amor por el prójimo, en especial los más cercanos, los otros cristianos, los otros cristos como ellos que compartían el dolor de esta vida. El horizonte se presentaba oscuro en el mundo, pero luminoso en el alba prometida pues tenían en sus manos la victoria de la fe. Sabían dar porque no se olvidaban de que habían recibido. Fe, Esperanza y Caridad eran tres pero una sola cosa indivisible, como la Trinidad de Dios. Creían, esperaban y amaban. Eran verdaderos cristianos. Y por eso los perseguían y mataban. El mundo no era para ellos, los que amaban el mundo no los toleraban.

Hay palabras que nos invitan a reflexionar sobre nosotros mismos en estos tiempos oscuros que vivimos. Decimos oscuros no tanto porque nos rodeen las tinieblas, sino porque nosotros no somos capaces de ver. Se nos habla ahora mucho de la pobreza, de la caridad y de la humildad, y se lo hace con hipocresía y engaño. Nosotros, en cambio, no hablamos de la pobreza y de la caridad. Pero no porque las deseamos y practicamos, sino porque las olvidamos. Indiferentes en nuestras ocupaciones mundanas o en nuestras ocupaciones celestes, y ocupados en ver lo que los otros hacen o dejan de hacer, ¿podemos pensar en esas cosas? Nuestra caridad, como nuestra fe, no tiene reemplazantes. El prójimo, tampoco. Si no amamos al prójimo, a quien vemos, ¿cómo amar a Dios, a quien no vemos? El problema es que dejamos de ver al prójimo, para ocuparnos de “grandes cosas”. Y el problema del que no ve es que no comprende. Y aún peor: no desea comprender. Quizá muchos terminen diciéndose entre sí: “Vagábamos en las tinieblas y creíamos caminar en la luz” (como escribió Alberto Rougés en carta a Juan Alfonso Carrizo).

He aquí un texto para recordar en estos tiempos confusos que parecen devastar todo vestigio de sincera y gratuita caridad cristiana, unas palabras de los primeros tiempos, cuando nuestros hermanos en Cristo mostraban este amor en concreto:

“La multitud de los fieles tenía un mismo corazón y una misma alma, y ninguno decía ser suya propia cosa alguna de las que poseía, sino que tenían todas las cosas en común. Y con gran fortaleza los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús y gracia abundante sobre todos ellos. Porque no había entre ellos persona pobre, pues todos cuantos poseían campos o casas, los vendían, traían el precio de las cosas vendidas, y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se distribuía a cada uno según la necesidad que tenía”.
(Los Hechos de los Apóstoles, IV, 32-35).

También se dice algo parecido en este otro pasaje:

“Vendían sus posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno. Todos los días perseveraban unánimemente en el Templo, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios, y amados de todo el pueblo; y cada día añadía el Señor a la unidad los que se salvaban”.
(Los Hechos de los Apóstoles, II, 45-47).

Pongo un espejo y no reconozco lo que somos nosotros al mirar a aquellos primeros cristianos, miro hacia lo que somos en la Fraternidad y no encuentro esa hermandad sino en el nombre, apenas en el nombre. Nos jactamos de la integridad de nuestra fe, de la unción de nuestros venerables sacramentos, de nuestras nuevas iglesias, y luego regresamos a nuestra exclusiva y miserable condición sin haber reconocido en los hermanos sus necesidades, sus carencias, sus desdichas. Nos vamos a charlatanear o nos volvemos al hogar sin haber reconocido la pobreza o el dolor en quien Cristo nos puso a nuestro lado. Creemos ser una comunidad, pero sólo somos conocidos que no se conocen, peatones que se cruzan sin verse, extraños que no se comprenden, dispuestos a conservar nuestra gran independencia dentro de este mundo al que nos negamos a repudiar. A veces nos parecemos a los amigos de Job, con nuestro aire de suficiencia. Tenemos nuestras aficiones y gustos bien dispuestos, nuestras malas costumbres y nuestro miserable ego, imposibles de sacrificar, excepto en la diatriba apasionada de la politiquería, la crítica inútil o el acomodo a una rutina religiosa sin interioridad. Y luego dejamos de hablar cuando debemos hacerlo, de dar testimonio con la palabra y con los hechos. Nuestro ideal no es la santidad, sino el cumplimiento del precepto y la agradable vida social que no significa otra cosa que la evasión de ese ideal que preferimos lo tomen en serio los sacerdotes y los religiosos. Y quizás ellos no lo tomen en serio porque nosotros ni siquiera se lo recordamos con nuestra propia vida. Y así la caridad se enfría y la fe se resquebraja y la palabra se debilita y ya ni siquiera queda la proclamación de la palabra recta, santa y viril de quienes deben públicamente declararla.

Dijo San Jerónimo: “¿De qué sirve revestir los muros con piedras preciosas, si Cristo se muere de hambre en la persona del pobre?”. Hay quienes en sus necesidades recurren con mayor fruto –o menor desventura- a quienes ni siquiera son católicos que a aquellos que se supone son sus hermanos en el lazo más fuerte del espíritu. Creemos que somos cristianos, ¿pero lo somos? Dispersos en nuestra propia e importantísima “realización”, olvidamos que no somos del mundo ni tenemos aquí nuestra patria. Pero poco a poco, sutilmente, sin arrebatos, el liberalismo ha ido penetrando en nuestros hábitos, y luego, en nuestra mente. ¿Son conscientes las autoridades de la Fraternidad de esto, o más bien lo han permitido silenciosamente, por no saber ver? ¿Son capaces de ver el liberalismo y la tibieza que se expande entre los fieles, tal vez debido a la falta de vigilancia de los sacerdotes, perdidos en un aburguesamiento sutil? ¿Se darán cuenta de cuántas ovejas se han salido silenciosamente del corral, ninguna de las cuales los pastores a imitación del “Buen Pastor” han ido a buscar o tan siquiera intentado comprender por qué ya no están? La falta de caridad –en primer lugar para con Dios y el amor de su Sabiduría- le abrió la puerta a la sabiduría mundana, a la especulación vanidosa y a los cálculos políticos y conveniencias personales, tras lo cual aparecieron la debilidad de la fe, la ceguera doctrinal, el lenguaje ambiguo, la tibieza, la intolerancia en la práctica y la tolerancia del error. No es sorprendente lo que está ocurriendo hoy con la Fraternidad. Lo que tal vez puede sorprender es que sean tan pocos los que lo vean o se animen a decirlo. Pero es necesario que así suceda. El espíritu puramente exterior, espíritu cerrado, de partido, se volvió sobre sí mismo, haciendo de lo que debía ser un medio, un fin. El espíritu del fariseo empezó a ocuparse del pobre publicano, del modo que ya sabemos. Pero nosotros ¿hemos visto al publicano?

Desde los tiempos apostólicos, lo sabemos, la fe y la caridad se han ido enfriando y diluyendo cada vez más. Dolorosamente lo comprobamos. Pero ese descenso nos permite entender mejor que a medida que los tiempos se parecen más a cuando la religión enferma del fariseísmo cerró sus ojos, y para no ver a Nuestro Señor lo mató,  de igual modo el pequeño rebaño de Nuestro Señor se verá fortalecido en su Fe, su Esperanza y su Caridad, en la medida en que menos cosas lo aten a este mundo que hiede a muerte. Entonces se sabrá que la fe custodiada sin descanso y el dolor plenamente asumido en la verdadera caridad habrá sido la más fuerte arma de unión con Cristo y los hermanos, y entonces la esperanzada victoria de los desdichados estará cerca, sobre un horizonte oscuro a punto de ser claro.