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martes, 7 de marzo de 2017

ANTEPRÓLOGO A LA SUMA TEÓLÓGICA DE SANTO TOMÁS DE AQUINO – PADRE LEONARDO CASTELLANI









ANTEPROLOGO (1)

I. – RAZÓN DE ESTE TRABAJO

Viajando por nuestro país nombré una vez a Tomás de Aquino; y un compañero de tren me preguntó con toda seriedad si ese Aquino era de Corrientes. Porque, en efecto, Aquino es apellido correntino.

Se podía responder que no con una sonrisa. Pero también se puede responder con más profundidad aunque con menos sencillez: «Si señor, Tomás de Aquino es de Corrientes. No está en las listas del Senador Vidal. Pero fue uno de los maestros de San Martín y del Sargento Cabral».

Tomás de Aquino es de toda la Cristiandad entera, aun en sus rincones mesopotámicos, y sobre todo de esta cristiandad latina a que tenemos el honor y el riesgo de pertenecer. El Senador Vidal, como todo correntino, debe tener mucho de tomista sin saberlo, porque nadie puede sustraerse a una tradición secular. A través de la Orden de Predicadores, de las otras órdenes religiosas, de la Jerarquía católica, del clero secular y de los conquistadores, la Suma Teológica del Aquinense se instiló en el Nuevo Continente inspirando costumbres, leyes, actos de gobierno, hábitos mentales y maneras de hablar. «Es increíble la cantidad de latín que hay incluso en el lunfardo de un reo de la Boca y en la lengua turfística de un sportsman de Palermo» ha dicho Eugenio D’Ors (El Debate, Madrid, 20 de junio de 1934).

Esa lengua latina que impregna como un mantillo húmedo las raíces de nuestro romance castellano –y sin cuyo conocimiento al menos en las élites intelectuales nuestra lengua degenera necesariamente– fue rechazada de la enseñanza por los hombres del 84 sin que se pueda asignar para ese fenómeno hoy día ninguna razón perceptible; puesto que en esto no imitaron según su costumbre, ni a Francia ni a los Estados Unidos. De modo que la Summa del de Aquino, que está más honda en nuestra nacionalidad que los mismos Aquinos de Corrientes, fue sustraída en su texto original hace 60 años a la incipiente alta cultura argentina. ¡Y así le ha ido a ella desde entonces! Y ahora hay que traducirla como se pueda a la lengua vulgar. Paciencia. No hay mal que por bien no venga. Puede ser que sirva como instrumento de comunicación hispano-americana.

«He aquí que de nuevo en 1944 –escribe la revista Moctezuma, de Méjico– van saliendo de las prensas argentinas los volúmenes poderosos de su obra magna en lengua de Castilla». En otros tiempos, cuando Occidente era Cristiandad, un occidental que no supiera latín era considerado un primitivo. Hoy, que se nos ha quebrado en pedazos la herencia de muchas generaciones… nos parece primitivo el que sabe latín; progresista el que posee una radio Philco y un Ford V 8.

«La Suma Teológica fue una de las más poderosas contribuciones a la culminación de la unidad occidental. Unidad que era idea antes de ser hecho. Cuando todo Occidente –desde Oxford a Mesina y desde Salamanca a Nuremberg– estudiaba la Suma sin pensar que Tomás era fraile o italiano o escribía en latín, existían valores superiores a esos instintos carniceros que nos encierran hoy en fronteras de montes o de ríos, de lenguas o de razas, para odiar o explotar más cómodamente a los que viven al otro lado…».

II. – LO QUE ES EL AUTOR

Santo Tomás de Aquino es un milagro de la Providencia, nacido para llenar una misión intelectual que había de extenderse a todos los siglos, y prevenido ende para ella con dones tan extraordinarios de natura y de gracia que a los que tienen la dicha de conocerlo aparece como una gran montaña del mundo moral. Esa especie de gran Ángel sereno y activo, con sangre de reyes y cuerpo robusto de guerrero teutón que enseñó en Colonia, Paris y Nápoles, el triángulo de la Cristiandad Trescientesca, y recorrió en mula o a pie todos sus caminos, con los ojos grandes abiertos sobre todas las cosas y todos los libros, sorbiendo el alma y la entraña viva de los libros y las cosas, infatigable devorador del «ser», que es el alimento insaciable de la inteligencia, la vida más vida que hay en nosotros… Una imagen alegórica de la misión intelectual de Santo Tomás en el mundo, realmente hermosa, fue diseñada en forma de Auto sacramental o Misterio por el poeta Enrique Gheón (2), traducido hace poco al castellano por J. del Rey y J. Mejía con el nombre de La Gloria de Tomás de Aquino.

Pondremos aquí sólo un cuadro sinóptico de su vida y otro de sus obras para comodidad de nuestro lector de la Summa.


III. – LO QUE ES LA OBRA

El espíritu de ciencia y de inteligencia para la sabiduría de las cosas divinas que el Verbo prometió a la Iglesia, se derramó en los primeros siglos en la obra varia y tumultuosa de los Santos Padres, brotada primero de la polémica con los herejes y rebalsada luego en caudalosos remansos doctrinales. La Edad Media heredó esa enorme masa de ciencia sacra, que incluía la ciencia profana (no profanada aún en aquel entonces) y que tenía como fermentos poderosos las reliquias de la filosofía pagana y la ardiente contradicción de la contemporánea especulación mahometana y judía. San Agustín, Aristóteles, Averroes, y Salomón Maimónides simbolizan el momento intelectual de la Alta Edad Media. De aquesa masa que por momentos parecía corrompiéndose más que fermentando (y de ahí los anatemas a Aristóteles y a los estudios racionales de prelados más celosos que sapientes) había que hacer pan de palabra divina a los pequeñuelos. Aquella gente a la vez infantil y gigantesca, llena de fuerza y de candor, aquel Moyen Age énorme et dé1icat emprendió fervientemente la tarea. Fue el tiempo de las Sentencias y de las Sumas.

El doctor Juan P. Ramos ha explicado entre nosotros en tres doctas conferencias el alma, el mecanismo vital y el método tan natural como profundo de la Universidad medieval. La flor de esa Universidad es la Summa del Aquinense.



Tanto la Iglesia como la Monarquía necesitaban «letrados», que conociesen éstos la Escritura, aquéllos el Derecho Romano. Por tanto, ni el Rey hacía magistrados, ni el Papa Obispos y curas, por regla general, sino al que acreditase ciencia profana o sacra: no se daban puestos sino a quien fuese un letrado– tipo humano especial cuya lamentable degeneración conocemos hoy día con el nombre de intelectual–. Un Juan de Salisbury (Johannes Parvus) salía de la Universidad con un enorme volumen titulado Polycráticus, se lo mandaba con una dedicatoria al Rey de Romanos, y a vuelta de chasque le venia el nombramiento de Arzobispo de Chartres.

Ni la Iglesia ni el Rey soñaban no obstante en «monopolizar» la enseñanza y fabricar ellos los «Letrados»: al letrado lo fabrica el Sabio, y su propia vocación y total dedicación a las letras. Les convenía que hubiese sabios en sus reinos y que nadie los estorbase, al contrario. Como esos reyes sabían bien su oficio de Rey, sabían honrar como se debe a los que sabían bien su oficio de Sabios; y así Luis IX rogaba a su mesa al fraile fornido y moreno, que no hablaba más que latín y napolitano, y que se abstraía durante la comida y dando de pronto un puñetazo en la mesa gritaba: Esto es definitivo contra los Maniqueos; sobre lo cual el Rey sonriente mandaba traer al punto vitela y tinta para anotar el topado argumento decisivo. El rey veía en el fraile un ministro de Dios; y el fraile veía claramente en el rey la espada de Dios. Dichosos los puros de corazón porque ellos verán «en» Dios.

Así pues en el Barrio Latino, sobre la colina de Santa Genoveva, a la orilla izquierda del Sena, se aglomeraba y bullía el mundo pintoresco de los maestros de toda laya en medio del hormigueo de los estudiantes de todo pelo y pueblo, sobre los cuales el Rey había puesto una especie de intelectual Sub-Rey, un Sabio entre los Sabios, que tenía el poder de azotar y hasta de imponer poena cápitis a los suyos; poder este último que no usó casi nunca.  Studium Generale! Universitas Studiorum! Era toda una institución, que tenía su fuerza propia y privativa, que podía hacer temblar a los poderosos del dinero y de la espada, incluso de la espada espiritual, y que ocupaba una tercera parte de los pensamientos del Rey y del Papa, aunque no les gravaba para nada la Hacienda ni el Tesoro. Hoy día es al revés: la Universidad gasta mucho y puede poco, su luz es más sin fuerza que la luna; y entre nosotros su pobre luz prestada parece más bien a ratos el resplandor fosforescente que brota de los cadáveres.

Pedro el Lombardo, que recitaba todos los Santos Padres y sabía el hebreo como un rabino, poseía un galpón cualquiera, o un patio abovedado. Se sentaba en un sillón frailero puesto encima de dos arneses, mientras los discípulos se amontonaban en taburetes y los más pobres en montones de paja, algunos tirados pecho a tierra con la nariz en los papeles, escribiendo como demonios, mientras en la puerta se agolpaban de pie caballeros y nobles y algunas veces asomaba discretamente un obispo extranjero; y en el silencio profundo donde reinaba la voz chillona del Maestro de las Sentencias había novecientos alumnos. Si el Maestro se volvía a tomar un manuscrito, surgía un rumor espeso como el suspiro de un monstruo, un cuchicheo como el de la lluvia; pero mirando él a su público, ni la menor palabra se escapaba, pues los mancebos sabían bien lo que son 25 colas de gato y el Lombardo no sabía de bromas. Un día en medio de la lectio llegó un faraute con una bula del Papa refrendada por el Rey y el fornido lombardo dejó su asiento de dos arneses por la silla archiepiscopal de París, que en aquel tiempo era como ser Vice-Papa.

Por la mañana la lectio, por la tarde la disputatio, los dos ejercicios escolares fundamentales que menciona Santo Tomás en su Prólogo.

Lectio (pr. léccio) significa lectura. En aquel tiempo no había imprenta, los libros eran pocos, la memoria humana era mayor; y quizá también (hablando en general) la inteligencia. Los maestros tenían libros, que eran sus instrumentos, su capital y su tesoro; Santo Tomás dijo una vez que daría la ciudad de París por un manuscrito del Crisóstomo. El Maestro se sentaba en alto, y empezaba simplemente a leer su libro, el De Trinitate de San Agustín. Pausadamente. Todo. Tanto el texto como las notas marginales suyas, deteniéndose a momentos para añadir otra nota o hacer una observación exegética; y los discípulos «¡copiaban todo!». ¡Qué memorismo!, diría una maestra normal de hoy. Ese era el tipo general de enseñanza. Pero Pedro el Lombardo había inaugurado una enseñanza más compendiosa y nerviosa: en vez de leer el texto patrístico entero había coleccionado las sentencias más notables, los dichos capitales que contenían o rozaban un dogma, o que encerraban herejías aparentes, contradicciones, antinomias, aporías, problemas. Como un albatros sobre el mar, su memoria inmensa cernía sobre los escritos patrísticos buscando el pejerrey del punto duro. Y así la lectura se convertía en preparación inmediata de lo que era lo esencial de la enseñanza medieval (y de toda enseñanza propiamente filosófica), a saber, la disputatio.





Por la tarde, uno de los mejores alumnos se sentaba al lado del Maestro y proponía en voz resonante una Quaestio disputata; por ejemplo:

Si Adán no pecara¿la virginidad religiosa sería siempre preferible al estado conyugal?

Respondo que no; porque San Pablo (2Cor, 5) al recomendarla dice: propter instantem necesitatem y San Agustín, en el De bono pudicitiae, dice que la oblación del cuerpo sexual no es posible sin la gracia sanante ni sería meritoria sino como reacción heroica contra la tiranía de la actual concupiscencia. Por lo cual el Divino Maestro decía:  Sedhoc non omnes capiunt.

Entonces se levantaba uno del coro y con voz no menos juvenil trompeteaba en latín macarrónico:

Veniâ Reverendi Moderatoris cunctorumque adstantiumcontra thesim in quâ tenes:

Si Adam non pecasset, etc…, sic arguo:

¡Virginitas esset quandocumque preferenda castitate conjugali!

Porque: el mayor sacrificio que se ofrecía a Dios en la Antigua Ley era el holocausto, por el cual se destruye completamente un animal limpio. Ahora bien, el hombre es mortal en cuanto al cuerpo, y, sin embargo, todo su Yo, cuerpo y alma, elementos inseparables, tienden con toda su fuerza a la inmortalidad; y así el cuerpo animado tiende con fuerza enorme a la inmortalidad por la progenie, inmortalidad carnal de la especie y no del individuo, débil sustituto natural de la sobrenatural resurrección de la carne. El mayor sacrificio que el hombre hace a Dios es su vida, consta por Jo. XV, 13; pero por el voto de castidad el hombre se mata en cierto modo, renunciando a esa inmortalidad carnal del amor humano. Luego, en cualquier caso, aun en el estado de natura íntegra, la virginidad por motivo religioso hubiera sido estado superior al casto matrimonio, como el holocausto del cordero es acto de religión superior a su recto uso.

El sostenedor repetía la objeción reducida a tres limpios silogismos; otro arguyente y otro y otro se levantaban a romper lanzas. La muchachada aplaudía, se reía y gritaba, el Gran Bedel se las veía negras con su campanilla. Los italianos corregían a gritos los errores de gramática, los españoles pateaban y se atusaban las nacientes perillas, los ingleses decían flemáticamente , ¡hear! ¡ hear!, los tudescos, que se ponían siempre juntos en un rincón, rubios y grandotes, eran famosos por sus carcajadas. Los gordos bedeles circulaban todos colorados entre las filas con sus temibles varas de mimbre; y parecían barriles de aceite echados al mar, se hacía calma súbita donde pasaban, porque el día de Disputatio Menstrua cualquier bedel tenía potestad de infligir una «sala», y una «sala» era cosa seria. Sobre un cartapacio de piel de cabra el Maestro anotaba tranquilamente en medio de la batahola el resumen de las objeciones.

Entonces se levantaba el sustentante y en pausado latín y clara prosa daba su razón fundamental, probatio, la prueba de su tesis. Y después, tomando una a una las objeciones, concedía la mayor, transaba la menor, distinguía la menor subsunta, y por ende contradistinguía el consecuente o bien negaba la consecuencia. El entusiasmo ardía de nuevo y se trababan diálogos vivísimos mechados de interjecciones en todos los “dialectos” de la Grande Europa; y cuando después del solemne resumen y conclusión hechos por el Cancelario la multicolor escolaresca se volcaba como un torrente sobre el Quai Saint Michel y la Place de Sorbon, era seguro que la lista de tesis o «cuestiones disputadas» había sido vuelta y revuelta en todos sentidos y el entendimiento se había tendido al máximo, como las fuerzas y destreza de un caballero en el torneo.

La discusión es absolutamente necesaria en filosofía, cuando menos como método didáctico (3) . Nadie puede enseñar «la filosofía», se puede enseñar a filosofar. Filosofar es ejercitar la propia razón sobre los primeros principios hacia las últimas razones de las cosas; y eso no es lo mismo que repetir de memoria los razonamientos de los filósofos puestos en fila, como pasa en muchas cátedras no muy lejos de aquí mismo. El argumento de autoridad tiene máximo peso en Teología, cuando se trata de la Autoridad Revelante; pero tiene el último lugar en filosofía, donde no basta el Autos hfael Maestro lo dijo, de los Pitagóricos. Algunos dicen que la polémica es indigna del filósofo; la polémica le será indigna, pero la crítica le es indispensable. El libro que para muchos es el pórtico de la filosofía moderna, la Primera Crítica de Kant, pese a su forma expositiva, es una discusión disimulada, donde los argumentos contrarios están implícitos o reducidos a antinomias o antítesis. Los 3.112 artículos de la Summa son discusiones en resumen. Habiendo usado ya el método expositivo en sus comentarios a Aristóteles y un método semipolémico en la Summa contra Gentes, el instinto poético del Santo Doctor designó calcar su «libro de texto» teológico sobre la práctica pedagógica de la disputatio, imitando la via inventionis de la verdad por el intelecto humano; al mismo tiempo que en la disposición de los artículos empleaba el camino analítico, la via expositionis.

Esta idea fue un hallazgo genial. Como él lo nota en su prólogo, la lectura comentada de los Padres era engorrosa por las repeticiones y confusa por la falta de orden lógico; mientras que la disputatio dejaba lagunas, y se enardecía sobre puntos de menor importancia. El Lombardo había tratado de combinarlas en un cuerpo de doctrina con su selección de Sentencias, que el mismo Tomás había comentado en una vasta obra de juventud, que fue preparación de la Suma (4)No era bastante. Dominando con su mente arquitectónica el boscaje de las “cuestiones cuodlibetales” que él reduce analíticamente a sus primeras raíces, y calcando después la exposición de ellas sobre la misma vida intelectual de la época, en forma de fingida disputa, la Summa surge como una inmensa catedral gótica : catedral que es simple en el centro, donde como en un Sagrario late la pregunta eterna del Santo: «¿Quién es Dios?»; inmensamente varia en la superficie, cubierta por la procesión de todas las criaturas.

Los que no pueden ver más que la superficie, se pueden perder en ella. Hipólito Taine, en unas páginas de increíble superficialidad, se escandaliza de la «inutilidad» de muchas cuestiones de la Suma, y no se arredra de emplear la palabra imbécil hablando de uno de los genios reconocidamente más grandes del Universo (5)El renovador de la moderna crítica literaria, el asombroso perito en libros, el implacable disecador de la Revolución Francesa, comete aquí un traspié de esos que los españoles no se sabe por qué llaman garrafales. Santo Tomás hubiera triunfado de él modestamente diciendo que justamente por ser un contemplador de lo concreto es inapto a filosofar, porque de lo concreto no hay ciencia sino a lo más una virtud intelectual inferior llamada perspicacia. Socrates et album non est vere ens neque vere unum!

Pero nosotros tenemos derecho a pedir más, no al pobre filósofo de L’Intelligence, pero al crítico literario de la Histoire de Ia Littérature Anglaise. Muchas de las cuestiones que él pone como ejemplo de inútiles y estúpidas y mancha con burla fácil de enciclopedista, representan problemas eternos de filosofía, debatidos hoy día con palabras más abstrusas y forma menos pintoresca, debatidos por Taine mismo. La cuestión que pusimos arriba sobre la virginidad y el matrimonio, que no está en la Suma pero sí en el Maestro de las Sentencias, tenemos una bibliografía de más de cien libros actuales sobre ella, desde Lutero, por Freud, hasta el monstruoso La chasteté perverse, de Boivenel, que la discuten con más encarnizamiento, y menos limpieza que antes. El mismo Taine la ha discutido sin darse cuenta; con la diferencia de los antiguos que aquéllos eran claros y la resolvían, y él es oscuro y encima no puede resolverla ni de lejos.

Es que la humildad de la ciencia antigua desconcierta a la ampulosidad del cientifismo moderno. No hay nada que se parezca más a lo simplón que lo simple; porque los extremos se tocan y la suprema sencillez del genio puede parecerse por momentos al simple devaneo del niño. Pero un gran crítico literario debe distinguirlos; y aquí le falló a Taine su crítica, a causa de su rígido espíritu de sistema, de su ignorancia filosófica y de sus prejuicios vehementes de hombre «positivo».

Que la escolástica haya disputado cuestiones meramente académicas o de puro virtuosismo dialéctico o conceptual, es obvio; no hay ciencia alguna en estado floreciente que no se vaya algo «en vicio», sin contar las cuestiones sistemáticas o técnicas (como la fijación del vocabulario), que no interesan al de afuera, pero son necesarias adentro, como el afilar un obrero la herramienta. La socorrida cuestión de Si infinitos ángeles caben en la punta de un alfiler, citada comúnmente como ejemplo de ridículo bizantinismo, envuelve en sí nada menos que el problema metafísico del espacio, puesto en solfa y como en juego. Debe recordarse que aquellas mentes medievales eran sanas y juveniles, y no un vitriólico pedante cansado de la vida como Taine. Sin embargo, Santo Tomás es entre todos los escolásticos el más sobrio y serio, y menos amigo de hacer parábolas como la del “asno de Buridán”. ¡Quién le iba a decir a él cuando reprendía a Platón de tener mala manera de enseñarporque habla demasiado alegóricamente, que andando los siglos le iban a dirigir a él la misma reprensión aunque con diferente causa!

En el prólogo del tomito IV de esta traducción veremos un ejemplo de este modo concreto de tratar los problemas filosóficos en la sorprendente cuestión De si en el estado de natura íntegra nacerían solamente varones. En esta duda más bien chusca está encerrada la difícil cuestión de la diferencia caracterológica de los sexos, debatida hoy, por ejemplo, por Ludwig Klages en Grundlagen der Charakterkunde, cap. VI.

La última razón de esta forma juvenil y poética de discurrir, no es solamente la frescura de la mente medieval (pues bien en abstracto discurre Tomás en sus magnos comentarios a Aristóteles) sino el hecho de que la Teología es concreta y en la Suma los problemas filosóficos están ordenados a los teológicos (6).

IV. – LO QUE NO ES LA OBRA

Santo Tomás es un hombre a quien se le puede pedir mucho; pero siendo nada más que hombre no se le puede pedir todo. No se le puede pedir, por ejemplo, que sea infalible; no se le puede pedir que resuelva explícitamente los problemas que en su tiempo no existían; no se le puede pedir la misma certeza en todas sus conclusiones, la misma suprema elegancia intelectual en todas sus cuestiones. Creyó, por ejemplo, que lo que es hoy el Dogma de la Concepción sin Mancha era una opinión solamente, y la menos probable, o por lo menos no lo vió claramente (ver S. Th., III, c. 27); falla que Dios permitió quizá para que no presuma un hombre, aunque sea un águila del pensamiento, contener él solo el depósito de la revelación divina, que está prometido solamente al Cuerpo Total de la Iglesia viviente y perpetua.

El entendimiento del hombre está unido a un cuerpo, que está en el espacio, y por ende en el tiempo; todo filósofo, por inmortal que sea, está tocado de temporalidad. No le pidamos a Santo Tomás que viva a la vez en el siglo XIII y en el siglo XXI Justamente es de todos los siglos porque vivió a fondo su siglo XIII –lo vivió intelectualmente, que es la más alta manera de vivir–; pero no es de todos los siglos de la misma manera. Su mente es tan arquitectónica, sus intuiciones tan profundas y penetrantes, su sistema tan vasto, coherente y flexible, que realmente fue en un momento toda la filosofía y será por todos los siglos el representante quizá más completo de la Philosophia Perennis, de tal modo que no parece posible surja en lo filosófico prolongación o progreso alguno, que no sea posible injertar o integrar en ella. Pero en él la filosofía no era una edición ne varietur, una Biblia protestante, un depósito muerto de verdades definitivamente formuladas, como la tabla de multiplicar: ¡era una vida! ¡Insistió tanto él mismo en la penuria de nuestros conceptos, la intrínseca cojera del pensar discursivo, advirtió tantas veces que el sistema, necesario a la ciencia humana, no es más que un sucedáneo de la Idea pura, de la intuición angélica imposible al hombre! Pero evidentemente, después de decir que el discurso es una condición peyorativa de la existencia corporal y espacial de nuestra mente, tiene que entregarse al discurso y a veces por cierto lo hace hasta el punto de pasarse un poco a la embriaguez dialéctica. Sería cerrar los ojos a la evidencia querer negar que aquí o allá confía demasiado en algunas fórmulas, que sustituye en la explicación de los textos el artificio lógico a la razón psicológica o histórica, que desdeña un poco la región baja de las ciencias medias en su volar acucioso al ideal helénico de la ciencia pura, que después de advertir que los misterios no se comprenden ni demuestran, se pone (comprendedor incorregible) a dar demostraciones de la Trinidad que no son sino semejanzas; o bien pruebas congruas de la Encarnación que son especie de poemas lógicos ad edificationem fidelium más aptos para la oración que para la apologética. El «intelectualismo» que le han incriminado Bergson y M. Seeberg no es un racionalismo, mil leguas de eso; pero su confianza absoluta de que la inteligencia y el ser son una cosa,  ens et verum convertuntur, de que no hay divorcio final entre la Vida y la Idea, le lleva a olvidarse a ratos de la oscuridad que infunde la materia a las cosas de este bajo mundo, a querer explicarlo todo, a racionalizar todas las enumeraciones, a poner a veces tranquilamente y sin decir ¡ojo! un orden ficticio, de tipo artístico, en los puntos impenetrables al ordenar científico, llevado quizá de ese instinto de simetría que movía al arquitecto medieval a poner estatuas donde no eran necesarias ni casi posibles. Estaba seguro de que la Inteligencia era la causa de todas las cosas y por tanto ¡todo tenía que tener explicación! «Era necesario que Cristo naciese de mujer y sin padre: porque Adán nació sin padre ni madre, Eva nació de varón sin mujer, nosotros nacemos de varón y mujer, luego era conveniente ad decorum universi que un hombre naciese de mujer sin varón», ¡para agotar todas las generaciones posibles! Explicación de tipo meramente poético, donde la ciencia suprema, la Teología (como advirtió en la Prima Pars, c. 1, art. 9) toca con los pies la ciencia ínfima, la poesía, con la cual tiene de común el instrumento del símbolo.

Así como no se puede pedir a la Teología el método propio de las matemáticas, tampoco se puede pedir a Santo Tomás el aparato de la teología moderna. El teólogo medieval era un «comprendedor» apasionado, en tanto que el teólogo moderno parece más bien (no hablo de discípulos de Tomás como Billot) un «rememorador» minucioso y escrupuloso hasta el delirio, un custodio armado del hipogrifo del Dogma que jamás se le ocurre ponerle el freno para salir en él volando. El archivista ha matado al soñador y los tratados de Teología se parecen hoy mucho más a códigos que a poemas. Así, pues, no busquen en Santo Tomás, por ejemplo, las aparateras «notas» teológicas que prenunció Melchor Cano (De Locis) e introdujo la polémica con los jansenistas: «Esto es de fe y esto no es de fe; esto es de fe definida, de fe próxima a definirse, de fe por la Escritura, de fe por el magisterio común, de fe implícita; esto es conclusión teológica cierta, doctrina unánime de los doctores, sentencia común, probabilísima, más probable, probable, disputada». En la cuesti6n De si negar las Nociones (de la Trinidad) es herejía, el Santo Doctor advirtió en general que toda proposición negante lo que está de algún modo conexo racionalmente con el Dogma, se reduce también de algún modo a la herejía, salva siempre la intención subjetiva; pero él no se aflige por distinguir en su inmenso tratado las diversos grados de conexión de las verdades con la Revelación: amasa tranquilamente todo lo que él tiene por verdadero en un solo bloque, que sería imprudente tener por monolítico; yuxtapone al dogma, la conclusión, la congruidad, la alegoría y hasta la conjetura; y al lado del teorema metafísico de que en el Ángel la sustancia no se identifica con el acto intelectivo, estampa tranquilamente el loguema poético de que los querubines fueron creados en el Cielo Empíreo, confiando quizá demasiado en el criterio de su lector, incluso del lector de su tiempo.

Menos todavía se le puede pedir a Santo Tomás que haga un tratado magistral tan accesible como una novela, o que informe teológicamente a un sujeto impreparado. Es superfluo advertir aquí que la Suma es una obra científica, por más que el interés transcendente de sus cuestiones, sus vínculos con todo lo que hay de más humano, la modestia de su vestidura terminológica y el milagro de la claridad a que la llevó el genio del Aquinense puedan inducir en error a los incautos: porque, como notó Vázquez de Mella, la profundidad del pensamiento tomista no está tanto en las líneas cuanto en los blancos que hay entre ellas; quiere decir, en lo que suponen las líneas para ser entendidas en toda su fuerza, que es nada menos que la familiaridad con la filosofía aristotélica (7) . De modo que dio más bien muestra de inteligencia aquella dama a quien Fray T. Pegues, o. p., prestó su traducción francesa de la Summa, la cual después de leer la Cuestión 3ª: De la simplicidad de Dios, se la devolvió diciéndole que tenía bastante: «porque si ésta es la simplicidad de Dios, ¿qué será su complicación?», –dijo con todo buen sentido la buena señora.

Pero Tomás de Aquino no fue un filósofo solamente y si fue un gran filósofo era porque estaba por encima de su misma filosofía. No fue un solitario como Kant, ni un catedrático como Suárez, ni un reformador vagabundo como Descartes, ni un diletante de genio como Leibnitz: fue una especie de atleta intelectual, miembro de una orden naciente, metido en el vivo foco de la vida religiosa, política y social (que entonces eran una) de uno de los siglos más hervorosos que han sido: por lo tanto, en su obra maestra, pese a lo que pueda parecer, no hay nada de académico, nada de pura técnica y virtuosismo, nada de repuesto o de sobra, ni mucho menos los abismos de ignorancia que creyó ver, a través de la suya propia, el pobre Taine. Él sabe ser tan sutil como Escoto, pero no busca la sutileza por la sutileza; él es tan ecléctico como Suárez, pero tiene demasiada sangre para no preferir a los sabios resúmenes o tibios compromisos el avalance del propio pensar personal. En su catedral no hay criptas ni recovas y hasta el último capitel está sosteniendo algo; no hay adornos, contrapuertas ni falsas ventanas. Por cada artículo se entra a alguna parte, y detrás de muchos de ellos está guardando una Melisinda el Caballero de las Armas Verdes, hacha de todos los Taines y los Viejos Verdes, sólo superable por la divina obstinación del Enamorado.

Leonardo Castellani, S. J.  (Mar del Plata, Febrero de 1944, en el Instituto Peralta Ramos.)

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NOTAS
1) Santo Tomás puso a la Summa un prólogo de 22 líneas, explicando su propósito. No es lícito pues ponerle otro prólogo, a no ser que sea un mero comentario o paráfrasis de la media página del maestro. Eso nada más quieren ser estas 22 páginas.
2) Le Triomphe de Saint Thomas d’Aquin, «Revue des Jeunes», Paris, 1922.
3) Ver De si la doctrina sacra es argumentada, I, c. 1, a. 8.
4) In 4 Libros Sententiarum Commentarium.
5) «Vous vous croyez au bout de la sottise humaine? Attendez encore….», (Histoire de La Litterature Anglaise, c. III, § VIII, pág. 225 de la edic. de 1866). Taine se hace allí una mezcolanza con toda la Edad Media bajo la etiqueta equívoca de “escolástica”, mezcla de Sto. Tomás con Abelardo, Pedro Lombardo, Escoto, Roscelin, Bacon, Raimundo Lulio, Occam y aun con San Ignacio y Sta. Teresa, a quienes califica de «Edad Media que revienta espléndida y demente». Diderot, a quien é1 moteja cruelmente de superficial en la France Contemporaine, tomo I, no escribió páginas más frívolas ni botaratescas.
6) Ver De si la ciencia sagrada debe usar de metáforas y símbolos – respuesta afirmativa, en 1ª, q. 1, art. 9. Es curioso que donde tropieza un gran crítico literario como Taine, ve claro y hace justicia a la Escolástica un pedagogo protestante, el doctor Phil. – Paul Monroe, profesor en la sección Magisterio de la Columbia University de Nueva York. Mejor fundado que Taine en Filosofía, percibe detrás de las cuestiones «pueriles» de la Escolástica: 1º, las más profundas inquisiciones acerca del ser, de la naturaleza de la realidad y del espíritu, de la esencia de lo divino; 2º, un propósito pedagógico de llegar con claridad a todas las mentes, aun a riesgo de exponerse al ridículo. En su clásico:  Brief Course in the History of Education, dice así el profesor Monroe:
«Hence such trivial or even sacrilegious questions as those which are so often quoted as indicative of the puerility and utter worthlessness of scholastic learning, in reality deal with subjects regarded as of vital importance in our own times, “How many angels can stand on the point of a needle?”, “Can God make two hills without the intervening valley?”, “What happens when a mouse eats the consecrated host?” – all such questions conceal beneath their simple form the most profound inquiries concerning the relation of the finite to the infinite, the attributes of the infinite, the nature of reality. Give them a form that only the trained metaphysician can understand, and they constitutes the profoundities of modern thought; give them such form as the untrained adult or the youth just beginning his course of scholastic studies can comprehend and handle, and they form the alleged “monstrosities” of the Schoolmen.» (LC.)
7) Familiaridad que puede adquirirse meditando la Summa tan bien en cierto modo como leyendo a Aristóteles y mejor que leyendo manualitos.