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jueves, 13 de febrero de 2014

CHESTERTON Y NUESTROS TIEMPOS





Son estos tiempos más que propicios para provocar el desquicio de los hombres éticos que aspiran a la certeza de la victoria, o a la victoria personal de tener la certeza de porqué ocurren todas las cosas que les preocupan. Sus mentes estrechas se abandonan a la lógica inefable y mórbida, o a los sentimientos dominantes y hostiles a todo raciocinio. Impermeables a la paradoja, no comprenden que “la verdadera dificultad con este mundo nuestro, no es que sea un mundo irrazonable ni que sea un mundo razonable. La dificultad más común, es que es aproximadamente razonable; pero no del todo. La vida no es ilógica; pero es una trampa para los lógicos” (Chesterton).

Pueden algunos restringir su libertad por una obediencia que prescinde de la razón y no se fundamenta en la realidad sino en sus fantasías. Otros pueden restringir su libertad al encerrarse en razonamientos cuya lógica es que la realidad coincida con tales circulares razonamientos. Unos y otros siguen una fácil, pura y sencilla línea de sentimientos o razonamientos impermeables a las paradojas del Cristianismo. Pero esa línea se cierra en un círculo o demasiado amplio o demasiado estrecho. En cualquier caso, es un círculo y no la paradoja dolorosa de la cruz.

Ante este panorama de confusiones prosaicas y realidades apoyadas en engañosas soflamas, es siempre oportuno refrescar la mente con el sentido común de un maestro de la ortodoxia, el gran Chesterton. Aquí algunas citas de su libro “Ortodoxia”.


“La imaginación no provoca la locura. Para ser exacto, lo que fomenta la locura es la razón. Los poetas no enloquecen; los jugadores de ajedrez sí. Los matemáticos y los cajeros, se vuelven locos; pero rara vez enloquecen los artistas que crean. Como podrá verse, en ninguna forma ataco la lógica: digo solamente que el peligro de la locura reside en la lógica; no en la imaginación. La paternidad artística es tan saludable como la física”.

“En todas partes, vemos que el hombre no enloquece por soñar. Los críticos son mucho más locos que los poetas. Homero, es bastante tranquilo y completo; son sus críticos que lo destrozan en jirones de extravagancia. Shakespeare, fue perfectamente él mismo; sólo algunos de sus críticos descubren que Shakespeare fue otro. Y San Juan Evangelista, no obstante haber visto en su visión muchos monstruos extraños, no vio criatura alguna tan salvaje como uno de sus comentaristas. El hecho general es claro. La poesía es cuerda, porque flota sin esfuerzo en un mar infinito; la razón pretende cruzar el mar infinito y hacerlo así finito. El resultado es la exterminación mental; como lo fue la extenuación física para el señor Holbein. Aceptarlo todo, es un ejercicio; entenderlo todo, es un esfuerzo. Lo único que desea el poeta, es exaltación y expansión, un mundo para explayarse.
El poeta sólo pretende entrar su cabeza en el cielo.
El lógico es el que pretende hacer entrar el cielo en su cabeza. Y es su cabeza la que revienta”.
“Si ustedes discuten con un loco, es muy probable que lleven la peor parte en la discusión; porque en muchas formas, la mente del loco es más ágil y rápida, al no hallarse trabada por todas las cosas que lleva aparejadas el buen discernimiento. No lo detiene el sentido del humor o de la caridad o las ya enmudecidas certezas de la experiencia, El loco es más lógico, por carecer de ciertas afecciones de la cordura. La frase común que se aplica a la insania, desde este punto de vista es errónea. El loco no es el hombre que ha perdido la razón. Loco es el hombre que ha perdido todo, menos la razón.
Las explicaciones que un loco da sobre algo son completas y con frecuencia, en un sentido estrictamente racional, hasta son satisfactorias. O para hablar con más precisión, la explicación del insano si bien no es concluyente, es por lo menos irrefutable; y esto puede observarse en los dos o tres casos más comunes de locura”




“Ahora, hablando externa y empíricamente, podemos decir que la más consistente e inconfundible seña de locura, es esta combinación entre la integridad lógica y la contracción espiritual. La teoría del lunático, explica un vasto número de cosas, pero no explica esas cosas en forma vasta. Quiero decir que si ustedes, o yo lidiáramos con una mente que se vuelve mórbida, lo indicado sería, no tanto ofrecerle argumentos como darle aire, para convencerla de que existe algo más limpio y fresco, fuera de la sofocación de un único argumento”

“Y atendiendo a aquellos cuya morbosidad tiene un dejo de manía, la ciencia moderna se preocupa de la lógica, mucho menos que un derviche en pleno baile. En esos casos, no es suficiente que el hombre desgraciado desee la verdad; debe desear la salud. Nada puede salvarlo excepto una ciega ansiedad de normalidad. Ningún hombre debe creerse a salvo del desequilibrio mental; porque es el órgano que actúa el pensamiento el que se vuelve enfermo; ingobernable, como si fuera independiente. Sólo puede salvarlo la voluntad o la fe. Desde que empieza a actuar su razón, actúa en la antigua ruta circular; girará en torno de su círculo lógico, igual que un hombre en un coche de tercera clase de Juner Circle, girará en torno de Juner Circle, hasta que realice el voluntario, vigoroso y místico acto, de bajarse en Gower Street. Aquí, la decisión lo es todo; una puerta debe cerrarse para siempre. Cada remedio, es un remedio desesperado. Cada cura, es una cura milagrosa. Curar a un hombre no es discutir con un filósofo, es arrojar un demonio. Y por apaciblemente que trabajen en el asunto los doctores y los filósofos, su actitud es profundamente incomprensiva. Su actitud es ésta: que el hombre debe dejar de pensar, si quiere seguir viviendo. Tal tratamiento, es una amputación intelectual.
Si tu cabeza te perturba, córtatela; porque es mejor entrar al Reino de los Cielos no solamente como un niño sino como un imbécil, que ser arrojado con la inteligencia al infierno. . . o a "Hanwell".
Tal es el loco de los experimentos. Por lo general es un razonador; y con frecuencia un razonador acertado. Sin duda se le podrá derrotar en un terreno puramente racional planteándole su caso con lógica.
Pero se le puede plantear con mayor precisión en términos más generales y aún más estéticos. Está encerrado en la pulcra y lúcida prisión de una sola idea; se ha aguzado hasta un penoso extremo. Carece de la indecisión del sano y de su complejidad. Ahora, según expliqué en la introducción, me propongo ofrecer en estos primeros capítulos, no tanto el diagrama de una doctrina, cuanto algunas imágenes de un punto de vista. Y he sido extenso describiendo mi visión del maniático, por esta razón: porque así como me impresiona el maniático, así me impresionan muchos pensadores modernos”.
“En todos se manifiesta esa combinación que hemos notado: la combinación de una razón expansiva y extenuante, con un sentido común contraído y restringido. Son universales en cuanto se aferran a una explicación razonable y la llevan hasta muy lejos. Pero una muestra, puede prolongarse hasta siempre y ser no obstante, una pequeña muestra. En un tablero de ajedrez, ven el blanco sobre el negro; si el universo entero está pavimentado como el tablero, siempre siguen viendo el blanco sobre el negro. Como el lunático, no pueden alterar su punto de vista; no pueden hacer un esfuerzo mental y repentinamente verlo negro sobre blanco”.
“Mi sensación de que la felicidad pendía del hilo loco de una condición, adquirió un significado cuando todo se hubo dicho: significaba toda la doctrina de la Caída. Aún aquellos vagos e informes monstruos, esas nociones que no pude describir, y menos defender, aun esas entraron tranquilamente en sus lugares, como cariátides colosales de una creencia. La imaginación de que el cosmos no era vasto y vacío sino pequeño y confortable, ahora tenía un significado; porque cualquier obra de arte puede ser pequeña para la mirada del artista; para Dios, las estrellas sólo pueden ser pequeñas y queridas como diamantes. Y mi instinto de que, de alguna forma, el bien no era puramente un instrumento para ser usado sino una reliquia para ser guardada, como los bienes del barco de Crusoe, aún eso, era un desesperado asirse de algo originariamente correcto, porque conforme al Cristianismo, éramos de verdad sobrevivientes de un naufragio, tripulación de un barco de oro que se hundió antes de comenzar el mundo”.

“El Cristianismo intervino como antes.
Sorpresivamente intervino con una espada y separó el crimen del criminal. Al criminal debemos perdonarle setenta veces siete. El crimen no debemos perdonarlo en absoluto. No basta que el esclavo que roba vino inspirara en parte ira y en parte bondad.  Debíamos estar más furiosos que antes contra el robo y no obstante más buenos que antes con el ladrón. Había lugar para una ira y para un amor desenfrenados. Y cuanto más pensaba en el Cristianismo, más cuenta me daba de que habiendo establecido una regla y un orden, el principal objeto de ese orden, era dar lugar a que se desenfrenaran todas las cosas buenas.
La libertad mental y emotiva, no eran tan sencillas como aparentaban. En realidad requerían un equilibrio de leyes y condiciones tan estricto como el de la libertad social y política. El vulgar anarquista asceta se larga a sentir libremente cualquier cosa y termina al fin golpeándose contra una paradoja que le impide seguir sintiendo nada. Se evade de las limitaciones del hogar para entregarse a la poesía. Pero cuando deja de sentir las limitaciones del hogar, deja de sentir “La Odisea”. Está libre de prejuicios nacionales y fuera del patriotismo”.

“Los que dicen que el Cristianismo descubrió la misericordia, menosprecian al Cristianismo; cualquiera podría descubrir la misericordia.
De hecho, todos la descubrieron. Pero descubrir un procedimiento que permitiera ser misericordioso y al mismo tiempo severo, era anticiparse a una extraña necesidad de la naturaleza humana”.