La noticia fue revelada por el
Padre Girouard, en su sermón del 2 de junio de 2012.
Este sacerdote canadiense,
resistente al viento de adhesión que barre a la FSSPX, nos ha dado cuenta de un
hecho importante explicando la nueva actitud de Menzingen respecto a la Roma
conciliar. ¿De qué se trata?
En octubre de 2012, nuestro
sacerdote se plantó con su Superior, el Padre Wegner, al ver a la Fraternidad
disminuir, incluso abandonar la lucha contra el Vaticano II y contra los
errores que de él salieron. Cuál no sería su estupefacción cuando el Superior
le respondió en sustancia: Sí, Padre, es verdad. ¡Pero es algo bueno! Yo
también soy un poco responsable de eso. Entonces el Padre Wegner explica:
“Cuando estuve en Holanda como Superior de Distrito, me encontré a alguien, me
convertí en amigo del Presidente de una compañía... le pedí que se encargara de
la Fraternidad y que hiciera la marca de la Fraternidad, porque esa compañía
está especializada en el branding”.
Una palabra de explicación
sobre este vocabulario bárbaro. ¿Para qué sirve el branding? Este término, tomado de la ganadería, designa en primer
lugar la acción de marcar con hierro rojo a los animales, a fin de dar a
conocer quién es su propietario. Aplicado a una empresa, el branding se considera para ayudar a
posicionarse en el mercado, a hacer valer más su especificidad y a distinguirse
de sus competidores. Esta operación, que se supone hace la gestión de la marca,
consiste en evaluar el delta entre una institución tal y como desea comparecer
ante el público y cómo es percibida. Esto supone una encuesta de opinión entre
sus clientes y no clientes, de los puntos fuertes y débiles, para evaluar la
imagen de marca. Luego se deciden los cambios que se deben realizar en la
institución para hacer coincidir su imagen con lo que se desea.
Enseguida el Padre Wegner hace
de intermediario con Monseñor Fellay quien otorga su consentimiento para la
consultoría. Repitiendo como un loro las declaraciones de la opinión, el
empresario escribió su reporte sobre la FSSPX. Según él, la Fraternidad erraba
desde sus inicios… Su imagen de marca es tan negativa, que el público jamás
será atraído. Ella está destinada al estancamiento, incluso al declive. El
argumento de la consultora, según el Padre Girouard, es más o menos el
siguiente: “La iglesia del Vaticano II es como un hombre viejo muriendo,
como morir en plena calle. Ellos están perdiendo sus seminarios, sus
monasterios, venden sus iglesias, ¡es una iglesia que está muriendo! Y usted se
ve muy mal cuando continúa luchando contra esa Iglesia. Lo hace ver muy cruel,
o como exagerado, o como que está pateando a alguien que está muriendo. Su
nueva imagen de marca tiene que cambiar completamente. Debe dejar de
argumentar, debe dejar de luchar, en vez de eso, debe ir por el lado positivo,
mostrar la belleza de la liturgia tradicional, la belleza de la teología
tradicional, y de ese modo la gente no lo verá como cruel, o amargado, o
cosas así”.
Este dominio de la consultoría,
lo podemos observar, evoluciona por construcción, al nivel de la opinión, al
nivel del sentido, de las vivencias de unos y otros. La subjetividad hace las
veces de realidad infranqueable. La Fraternidad quiso mirarse en el espejo de
la opinión. ¿Por qué razones? ¿Por inquietud? ¿Por preocupación pastoral? ¿Para
mejor convertir a las almas? ¿No sabe que es la Gracia quien convierte, que la
santidad atrae la Gracia y no todas estas historias de imagen de marca? San
Pablo, Santo Domingo o San Francisco Javier ¿se preocupaban de su imagen de
marca? El espíritu mundano se manifiesta frecuentemente en no poder soportar
ser desdeñados por el mundo. Desgraciadamente, Monseñor Fellay escuchó las
sirenas de la fama. ¿Se preguntó sobre la pertinencia de los métodos de una
sociedad de consultoría encargada de evaluar una marca en el mercado, antes de
aplicarlos a la sociedad de sacerdotes de la cual es responsable? Sea
como sea, Menzingen se vio embarcada en los caminos de la subjetividad en donde
la percepción de los demás es más importante de lo que se es, donde la opinión
del público juega un papel más determinante que lo que se hace. La misa de siempre,
los sacramentos, la Gracia que fluye del Sacrificio de la Cruz, la lucha
contra el modernismo, son reevaluados en términos de lo que la gente diga.
Lo que se llama « value
based management » o « gestión basada en los valores”
Monseñor Fellay quiere desde
hace bastante tiempo un acercamiento con Roma. Lo que él desea va en el mismo
sentido que las conclusiones de la sociedad de consultoría: hacer callar las
críticas y concentrarse en lo positivo: la liturgia, la doctrina. La consultoría
no fue por lo tanto, el elemento disparador, sino que sirvió de confirmación.
La “ciencia de la gestión” no hizo sino corroborar los análisis del prelado: un
cambio de rumbo es necesario. Pero el cambio de rumbo representa más que un
simple ajuste. Conlleva un verdadero desarme espiritual, una abdicación, una
actitud de aceptación o de indiferencia hacia lo que la Fraternidad ha
combatido desde hace más de 40 años…
Detengámonos en el plan de
diagnóstico de empresa escogido por Monseñor Fellay. ¿Qué dicen de éstos los
gerentes? Según el plan de la psicología de grupo, proponen un análisis
apropiado para fabricar un modelo manipulador donde se distingue la cultura de
la ética. Yvon Pesqueux y Yvan Biefenot analizan la cultura corporativa y la
ética empresarial. Nada más legítimo en apariencia. Según nuestros dos autores,
la cultura y la ética ciertamente hacen referencia a un modelo de creencias y
de valores, pero uno no se puede confundir con el otro. La cultura atañe a los
datos sociológicos por los cuales cada quien se identifica. Ella supone una
estabilidad, una tradición constitutiva del cimiento social. El fondo común de
las relaciones entre las partes que forman parte de esta misma cultura, permite
el reconocimiento mutuo y la solidaridad. En periodos de crisis, algunos
valores enterrados salen de nuevo a la superficie y aseguran una mejor unidad
de las conciencias y de las costumbres. La cultura da a la empresa su
especificidad, su forma, su esencia.
¿En qué consiste la
manipulación? En esto: "la ética" se sitúa más en la preocupación de
la vida cotidiana y de la supervivencia. Concierne a la estrategia y la
táctica. La ética cubre el campo práctico de la acción. La ética puede entrar
en conflicto con la cultura. ¿Cómo se presenta tal eventualidad? La ruptura
viene del exterior, de la adversidad, del mundo que se mueve y que le plantea a
la institución la cuestión de su supervivencia. El mundo de los negocios piensa
que, para tener una cultura, primero hay que existir. Estando persuadido que la
existencia precede a la esencia, la empresa prefiere "la ética"
tornada hacia el futuro, a la "cultura" acusada de rigidez y de
inadaptación. No hay que buscar en otro lugar la razón de las
reestructuraciones permanentes, de la desaparición de los oficios, de la
mentalidad evolucionista enamorada por principio de todo lo que es nuevo.
Oponer la cultura de una institución a la ética de su acción, es considerar a
la cultura actualmente como privada de fundamento racional. Se la priva
arbitrariamente de otras justificaciones más que sentimentales, concediendo las
virtudes salvíficas a la ética, completamente tornada hacia la vida y hacia la
excelencia… Para la manipulación.
Sin embargo, los consultores de
empresa lo saben: imponer la preponderancia de la presunta “ética” sobre la
cultura, no es una operación que se desarrolle como un río tranquilo. La
naturaleza reacciona. Es a la cultura que están apegados la mayor parte de los
asalariados. ¿Por qué razón? Porque la cultura representa la ley y esta ley es conocida.
No pasa lo mismo para la ética, entrada en conflicto con la cultura por causa
del tradicionalismo.
Todo el personal ve este cambio
con recelo. No solamente, como dicen frecuentemente, por apego perezoso a las
costumbres o por el miedo irracional a lo desconocido. Lo que suscita los
temores y las oposiciones del personal, es el desorden moral que engendra el
cambio de los fundamentos: el no reconocimiento de las virtudes adquiridas, el
cuestionamiento del mérito, el olvido de los servicios prestados, el abandono
de los valores en vigor hasta ese momento. Es la creación de una situación de
injusticia. Desde luego, la empresa corre el riesgo de pasar por cínica. De
allí el recurrir al término de ética. El vocabulario es importante porque
conjura la acusación de inmoralidad. Es por eso que una nueva jerarquía de
“valores” deberá acompañar el cambio. Es lo que se llama “gestión por los
valores”.
Consecuencias relacionales y
morales.
El cambio de cultura es, para
una empresa, una operación de alto riesgo. Los especialistas concuerdan en este
punto. Escuchemos lo que dicen los profesores del HEC de Montreal: “El cambio
cultural puede engendrar comportamientos agresivos y opuestos a la idea misma
de cambio. Muchos países y organizaciones lo han pasado por esta dolorosa
experiencia. Así, una de las razones más probables del gran derrumbamiento que
acabó con la sociedad Béatrice fue precisamente el cuestionamiento de la
cultura cuasi-espartana que reinaba allí hasta finales de los años 70 (Hafsi,
1980) Igualmente, las dificultades y los sobresaltos conocidos por muchos
países en vías de desarrollo pueden estar relacionados con la brutalidad de los
cambios culturales que se produjeron allí. (Kiggundu, Jorgensen & Hafsi,
1983)» Para enfrentar al descontento, la dirección procede entonces a algunas
mutaciones, favorece la promoción-recompensa de los dóciles, pone a otros en el
armario, incluso despide las cabezas "psico-rígidas" más fuertes de
las que se debe - muy de mala gana, créalo - separarse. Una mentalidad de
circunstancia, bastante neutra, hace su aparición. Toma el lugar de la
sabiduría. Enfrentados a la exclusión, la mayoría prefiere la institución,
cualquiera que sea. El número más grande no defiende la cultura ni la ética,
sino un convenio bastante flexible, sin olor ni sabor. Esto es más maligno, más
astuto.
Ya no se quejan de los
opositores sancionados: ellos recibieron lo que merecían. Se llega hasta
culparlos por criticar al jefe, por haber puesto en peligro la solidez de la
empresa. La existencia de la institución es más importante que su finalidad. La
existencia precede a la esencia. De allí una caída vertiginosa de la moralidad.
La falta de solidaridad de los miembros de la empresa plantea rápidamente un
problema. La competencia interna de los asalariados reemplaza el deseo de hacer
las cosas bien; no aporta comúnmente ninguna plusvalía, sino al contrario
retención de información y bloqueos diversos. La inversión personal de cada uno
se resiente.
El mundo de la religión y el
mundo de los negocios.
Lo que presenta un riesgo
importante para la empresa, no tiene ningún sentido para una institución
religiosa católica cuyo fundamento es la Fe católica. Por diversas razones,
siendo la principal que lo sobrenatural no está fundado sobre los mismos
principios que el mundo natural. Desarrollemos esta constatación más en
detalle. Las conclusiones de la consultora holandesa son relativas al
comportamiento de los no clientes de la Fraternidad San Pío X, ya que a los que
siguen esta institución no les repugnan las críticas a la Roma conciliar.
Cuando se trata de ganar
participación de mercado, es decir, cuando se quiere convertir a los no
clientes, Peter Drucker en su libro “Gestión para Resultados”, siempre de
actualidad, plantea primero el dogma de que el cliente no compra un producto,
sino una satisfacción (¡siempre este subjetivismo!).
El autor incita a plantear
varias preguntas, de las cuales las más importantes son las siguientes: ¿Quién
es el no cliente, qué lo hace potencialmente parte del objetivo? ¿Por qué
razones no da el paso? Y como consecuencia: “¿Qué hay que modificar para llegar
a producir las satisfacciones que espera el cliente?”
Estas preguntas, y el
pensamiento profano que conlleva, han infestado a Menzingen.
Sabemos que los “no clientes”
de la FSSPX temen el cisma. Ellos aman la liturgia tradicional, pero estiman
que la Fraternidad está, si no fuera de la Iglesia, al menos en desobediencia a
las autoridades legítimas. Lo que ellos quieren es el certificado de conformidad,
debidamente emitido por las autoridades competentes. Según ellos, la autoridad
visible tiene razón.
La teología se detiene allí.
Ellos ya no se interrogan sobre la Fe de la Iglesia: el Papa basta para hacer
lo verdadero, lo que él dice, lo que él hace. ¿Hay que dar un ejemplo? Hasta Pío
XII, la Iglesia se esforzaba en poner en guardia en contra de las falsas
religiones. Actualmente, las reuniones de Asís, impensables bajo el gobierno
del Pastor Angélico, pasan por bellos gestos de caridad. La gran mayoría lo
acepta sin rechistar: la estructura siempre tiene razón. Pueblos, ¡aplaudan!
Sin embargo, por razones de fe, no puede casarse la libertad religiosa con el
Credo católico, ni la libertad humana por encima de la Revelación, ni
admitir varias "verdades" diferentes, etc. En una palabra, es
imposible aceptar el magisterio de la Roma actual. Por lo tanto, no podemos
responder a las expectativas de los "no clientes" sin llegar a ser
como ellos, es decir, sin llegar a ser positivistas, siguiendo incondicionalmente
la estructura visible de la "iglesia" sin preguntarse si se
mantiene fiel a su finalidad.
Conclusión
Las mismas causas producen los
mismos efectos, el trastorno de la Fraternidad es patente. Monseñor Williamson
fue expulsado, los oponentes son demonizados. La mayor ventaja de Monseñor
Fellay es que puede cambiar a uno, sancionar a otro, impedir la publicación de
tal artículo o favorecer la promoción de tal sacerdote particularmente dócil.
De la motivación fundada sobre la Fe y el celo ardiente por la defensa de la
Fe, se pasa gradualmente a la motivación fundada en el miedo.
Todo comenzó por la búsqueda
del Reinado de Nuestro Señor Jesucristo; ahora todo continúa por la aplicación
del branding y del flaqueo que
implica. Muchos sacerdotes se callan esperando ver lo que sucederá. Otros
subrayan su ortodoxia por las críticas que dirigen a sus antiguos cofrades
(como el padre Laisney que se encargó de “refutar” al padre Chazal; o el Padre
Bouchacourt abucheando a Monseñor Williamson por haberse atrevido a ir a Brasil
a confirmar en una congregación no formando parte de la FSSPX).
Recemos por todos estos
sacerdotes. Convenimos que este artículo no responde exhaustivamente a las
preguntas que plantea el recurrir al branding
para definir la estrategia de la FSSPX. El Padre Girouard se dio cuenta
inmediatamente de lo ridículo y lamentable de este asunto. “¡Y decir que a
nosotros se nos acusa de falta de espíritu sobrenatural!” dice el Padre con
asombro. Ciertamente, para orientar a la Fraternidad, ¿no hubiera sido más
juicioso recurrir al pensamiento de su fundador, Monseñor Lefebvre? “¡Ningún
compromiso con el modernismo! ¡Todo por Cristo Rey!”. Algún día Monseñor Fellay
se dará cuenta que arruinó la obra de Monseñor Lefebvre prefiriendo las sirenas
de la ética de los negocios al impulso sobrenatural del misionero empujado por
el amor de Cristo Rey, otorgando más importancia a la preocupación mundana de
“parecer” o del “qué dirán” olvidando “la locura de la Cruz”. Él recordara tal
vez la advertencia de Cristo (Mateo 10,22): “Ustedes serán odiados por todos a
causa de mi Nombre”. En cuanto a nosotros, preferimos esta bienaventuranza, a
la gestión de mi marca de fábrica.
Hugo Clémenti