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jueves, 4 de junio de 2020

DECLARACIÓN DEL INSTITUTO DE FILOSOFÍA PRÁCTICA ACERCA DE LA PANDEMIA ¿DE CORONAVIRUS O DE MIEDO?





“Tres son los azotes con los que castiga Dios: guerra, peste y hambre”,
 San Bernardino de Siena

“¿Prefieres asentarte en el vicio, y ni la experiencia te persuade todavía a huir de la peste? Pues peste es la corrupción de la inteligencia mucho más que una infección”,
Marco Aurelio

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Hasta ahora, de los grupos afines solo contamos con la Declaración de la Academia del Plata, aparecida este mes. Comenzaremos la nuestra con una breve glosa de la misma que señala una verdad elemental: nuestro país ya estaba mal antes del virus debido a un largo proceso de decadencia y alude a la “grieta”, que más que económica, es cultural y religiosa, donde se enfrentan dos concepciones del hombre y del mundo.

La primera es “creacionista” y entiende que hombre y mundo son creaciones divinas y que esa creación es finalista. La segunda “se agota en la inmanencia”. Como consecuencia, la primera considera que existe una naturaleza, regla y medida de nuestra conducta; la segunda, a la cual el bien y el mal le son ajenos, predica una libertad negativa “cuyo fundamento no está en el orden y mucho menos en la verdad, sino en la misma libertad”.

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El Decamerón de Bocaccio comienza con palabras terribles motivadas por la Peste Negra que asoló a Europa a mediados del siglo XIV: “con tanto espanto había entrado esta tribulación en el pecho de los hombres y de las mujeres que un hermano abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces la mujer a su marido y lo que mayor cosa es, y casi increíble, los padres y las madres a sus hijos, como si no fueran suyos”.

Para quienes respetamos la historia y no tenemos el complejo de descubridor, las pestes no son algo nuevo. En Grecia, las pestes, los terremotos y las inundaciones se consideraban castigos divinos, sanciones terribles a la desmesura de los humanos, en especial de los gobernantes. Así lo podemos observar en Hesíodo, el poeta de la vida campesina y en las tragedias tebanas de Sófocles; pues, como escribió Werner Jaeger, “en la poesía griega se encuentra como en germen la filosofía griega”.

Pero también este castigo por los pecados de los hombres aparece en el Antiguo Testamento, como se lee en el Levítico, donde Yahvé castiga las infidelidades de su pueblo y lo amenaza: “Si despreciáis mis preceptos y rechazáis mis normas… Yo enviaré la peste en medio de vosotros” (26, 25).

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Pero el corona virus actual tiene una característica muy especial: parece que no es natural, sino artificial, inventado en un laboratorio de una tiranía corrupta, la de China, que suma lo peor del capitalismo con lo peor del comunismo marxista, con la bendición del Vaticano y del obispo Sánchez Sorondopara quien estamos ante un régimen que, más allá de las apariencias, concreta hoy la Doctrina Social de la Iglesia, aunque a costa de la desaparición de la Iglesia. Curiosa Doctrina Social de la Iglesia sin Iglesia, pues la verdadera, la clandestina, la que no es un apéndice del gobierno, traicionada por el Vaticano, está desapareciendo, pero hoy todo es posible.

Es posible, aunque esté controvertida, la opinión de un profesor japonés de fisiología y medicina, el profesor Dr. Tasuku Honjo, que causó sensación en los medios al decir que el virus corona no es natural. “Si fuera natural, no habría afectado a todo el mundo así. Porque, dependiendo de la naturaleza, la temperatura es diferente en diferentes países; si fuera natural, solo habría afectado a países con la misma temperatura que China; en cambio, se extiende a un país como Suiza, de la misma manera que se extiende a zonas desérticas, mientras que, si fuera natural, se habría extendido en lugares fríos, pero habría muerto en lugares cálidos.”

Y agrega: “He realizado 40 años de investigación sobre animales y virus. No es natural. Está fabricado y el virus es completamente artificial. He estado trabajando durante 4 años en el laboratorio de Wuhan en China. Conozco bien a todo el personal de este laboratorio. Los llamé a todos después del accidente de Corona, pero todos sus teléfonos han estado muertos por 3 meses. Ahora se entiende que todos estos técnicos de laboratorio están muertos. Porque en China hoy se mata a mansalva y tiene el récord de la pena de muerte en el mundo. Como no publica estadísticas, es difícil precisar su número, que sería de alrededor cinco mil, lo cual es una enormidad comparando con los Estados Unidos, donde no llegan al centenar.”

El científico japonés concluye: “basado en todo mi conocimiento e investigación hasta la fecha, puedo decir esto con 100% de confianza de que Corona no es natural. No vino de los murciélagos. China lo hizo. Si lo que digo hoy resulta ser falso ahora o incluso después de mi muerte, el gobierno puede retirar mi Premio Nobel, pero China está mintiendo y esta verdad algún día se revelará a todos”.

Coincide con el nipón, el también Premio Nobel, Luc Montagnier, descubridor del virus de Sida, quien afirma que el Corona es artificial, una operación de ingeniería genética.

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El virus es como un espejo, ha dicho con razón el profesor Frank Snowden, pues muestra la realidad que tiene delante, “a todos nos desnuda, al tiempo que cuestiona cómo estamos viviendo”.

La peste llega a nuestra doliente Argentina, castigada “de antemano: déficit habitacional, infraestructura sanitaria insuficiente, falta de reservas y de crédito para el aumento del gasto que la pandemia exige. Este paisaje refleja la magnitud de la deuda que tienen los políticos con un pueblo que, una y otra vez, los vuelve a votar, luego de haber sido traicionado tantas veces.”

“Pero, nuestra clase política odia el espejo. No quiere ver esa deuda que el pueblo le reclama… y se aferra a sus privilegios… Señalar que un senador cuesta diez veces más de lo que cuesta en España, según ilustra Roberto Cachanosky, es cuidar la política… Tampoco el presidente asume esa deuda… el presidente debe abandonar la política facciosa y el cálculo mezquino… Tal vez debe dejar de ser lo que era” (Héctor Guyot, “Como todos, el Presidente debe cambiar”, La Nación, 4/4/2020).

Sin embargo, el presidente no cambia y en lugar de consolidar a la multitud en “la unidad de la paz”, primer elemento del bien común político, profundiza la grieta, muestra al camionero Hugo Moyano como “ejemplar” mientras llama “miserables” a los empresarios a quienes insta a “ganar menos” (Pablo Sirvén “La endiablada semana de Alberto Fernández, La Nación, 5/4/2020).

Si quisiera cambiar, lo primero que tendría que hacer es despedir a su ministro de Salud, el infatigable abortista Ginés González García, quien, mostrando su carencia de prudencia política, cuya parte más importante es el ver lejos, el anticiparse a los sucesos y poder operar sobre los mismos, hace unos meses pronosticó: “Hay una muy baja probabilidad de que llegue al país el coronavirus, es un virus circunscripto a China, que hizo cosas excepcionales, como tener en cuarentena a 50 millones de personas” (Jorge Rosales, “La goleada de Bolsonaro” en La Nación, 22/3/2020).

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El INFIP es laico, no depende de ninguna autoridad eclesiástica, pero la mayoría de quienes lo integramos somos católicos; por eso debemos preguntarnos ¿cómo reaccionó la Iglesia en tiempos anteriores castigados por pestes y cómo reacciona hoy?
El siglo VI fue azotado por la peste bubónica y una de sus víctimas fue el Papa Pelagio II; su sucesor, Gregorio Magno, hizo un firme llamado a la penitencia con un vibrante sermón: “Mirad a vuestro alrededor y ved la espada de Dios desenvainada sobre todo el pueblo. La muerte nos arrebata repentinamente del mundo sin concedernos un instante de tregua. ¡Cuántos están en poder del mal a nuestro alrededor sin poder pensar siquiera en la penitencia!” (Citado por nuestro amigo Jorge Martínez en su excelente artículo “Pestes, historia y literatura” publicado en La Prensa, el 22/3/2020.
En el siglo XIX Buenos Aires fue azotada por la fiebre amarilla, en la cual murieron 14.000 de sus 180.000 habitantes. Y en el siglo pasado la gripe española hizo estragos en nuestro país entre 1918 y 1920.

Como Instituto de Filosofía Práctica aconsejamos ante la situación el ejercicio de la prudencia, la primera de las virtudes cardinales con todas sus partes de la dimensión cognoscitiva: memoria, docilidad, intelección de lo concreto, razón “industriosa” y sagacidad, la antigua solercia, y de su dimensión imperativa, la más importante: providencia, circunspección y cautela. Porque esta virtud no se reduce a la cautela, ya que, como escribió humorísticamente el Padre Leonardo Castellani, para prevenirnos de tantos cautelosos en exceso, con referencia al político: su primera virtud debe ser la prudencia, la segunda, la imprudencia.

En marzo de este año un obispo francés entendemos que dio en la tecla acerca de cuál debe ser nuestra actitud ante la pandemia con un valeroso comunicado que hubiéramos querido ver, aunque fuera en uno solo de nuestros apichonados pastores vernáculos: Escribe el actual obispo de Ars-Belley. Pascal Roland: “Más que a la epidemia de coronavirus ¡debemos temer a la epidemia del miedo! Me niego a ceder al pánico colectivo y no tengo la intención de emitir instrucciones para mi diócesis. ¿Dejarán de reunirse los cristianos para rezar? ¿Renunciarán a ayudar a sus semejantes? Aparte de las medidas de prudencia para no contagiar a otros cuando se está enfermo, no es oportuno agregar más”. “Recordemos que en situaciones mucho más graves y cuando los medios sanitarios no eran los actuales, los cristianos rezaban en forma colectiva, ayudaban a los enfermos, asistían a los moribundos y sepultaban a los muertos. Los discípulos de Cristo no se apartaron de Dios ni se escondieron de sus semejantes”.

“¿No resulta revelador de nuestra relación distorsionada con la realidad de la muerte el pánico colectivo que presenciamos? ¿No manifiesta la ansiedad que provoca la pérdida de Dios? Queremos ocultar que somos mortales y cerrándonos a la dimensión espiritual de nuestro ser, perdemos terreno. Debido a los progresos técnicos ¡pretendemos dominarlo todo y ocultamos que no somos dueños de la vida!”

“Esta epidemia nos recuerda afortunadamente nuestra fragilidad humana, que todos somos vulnerables. ¡Parece que hemos perdido la cabeza! Vivimos en la mentira. ¿Por qué enfocar la cuestión solo en el coronavirus?”

“Alejada de mí la idea de cerrar iglesias, suprimir misas… porque una iglesia no es un lugar de riesgo, sino un lugar de salvación, de esperanza. ¿Deberíamos sellar a piedra y lodo nuestras casas? ¿Deberíamos saquear los supermercados y acumular reservas? ¡No! Porque un cristiano es consciente de que es mortal, pero sabe en quien ha puesto su confianza: cree en Jesús”.

“Un cristiano no se expone innecesariamente, pero tampoco trata de preservarse. Siguiendo a su Maestro y Señor crucificado, aprende a entregarse a sus hermanos más frágiles desde la perspectiva de la eternidad”.

Este es un obispo. Como expresara Teodosio el Grande, rodeado de prelados adulones, respecto a San Ambrosio que lo excomulgara y lo obligara a meses de penitencia con motivo de la masacre de Tesalónica: “conozco uno solo que merece el nombre de obispo: es Ambrosio”. No tenemos nada que agregar, sino solo, en esta época de pigmeos, rendir homenaje a tres grandes: San Ambrosio, Teodosio y monseñor Pascal Roland.

Buenos Aires, mayo 26 de 2020.

Juan Antonio Vergara del Carril                            Bernardino Montejano
Secretario                                                          Presidente