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domingo, 15 de mayo de 2016

DOMINGO DE PENTECOSTÉS





Evangelio (S. Juan, 14). Dijo Jesús a sus discípu­los: Si alguno me ama, observará mi doctrina; y mi Pa­dre le amará, y vendremos a él y haremos mansión den­tro de él. El que no me ama, no practica mi doctrina. Y la doctrina que habéis oído, no es solamente mía, sino del Padre que me ha enviado. Estas cosas os he dicho es­tando aún con vosotros. Mas el Consolador, el Espíritu Santo, que mi Padre enviará en mi nombre, os lo enseña­rá todo, y os recordará cuantas cosas os tengo dichas. La paz os dejo, mi paz os doy: no os la doy yo cómo la da el mundo. No se turbe vuestro corazón, ni se atemorice. Habéis oído que os he dicho: Me voy, y vuelvo a vos­otros. Si me amaseis, os alegraríais sin duda de que voy al Padre; porque el Padre es mayor que yo. Y os lo digo ahora antes que suceda, para que cuando sucediere, os confirméis en la Fe. Ya no hablaré muchas cosas con vosotros, porque viene el príncipe de este mundo (el de­monio); pero en Mi nada tiene. Mas para que el mun­do sepa que amo al Padre, obro según el mandato que me ha dado el Padre (yendo a la muerte de la cruz).

LECCIONES DEL EVANGELIO

1.—La fuerza de la verdadera caridad: Hace ob­servar la palabra, o sea, los mandamientos y voluntad de Nuestro Señor y nos da el ser amados del Padre Celestial en tal forma que hace que el Padre y el Hijo y, con ellos el Espíritu Santo, que es el Amor increa­do del Padre y del Hijo, vengan a nuestras almas y hagan de ellas su morada y su templo, donde el Padre nos comunique por medio del Hijo y del Espíritu Santo, su vida divina, en la medida de que somos capaces en nuestra vida mortal, y al mismo tiempo las tres divinas personas reciban de nuestras almas el culto de adoración, de gratitud y de amor que merecen. El amor a Jesús hace que, como lo decía a los Apóstoles, llevemos con alegría las tristezas de su ausencia, sabiendo que todo lo hace por nuestro bien, y todas las tribulaciones que nos sobrevengan por su causa: el que ama tiene gusto en sufrir por quien ama. Más aún, ese amor tiene la virtud de convertir en bien todo lo que nos suceda en la vida: “Todo coopera al bien para los que aman a Dios”, dice S. Pablo. Todo puede ser una ofrenda de nuestro amor filial al Padre que tenemos en el Cielo.

2.—La acción del Espíritu Santo sobre los Após­toles de Cristo: Además del amor o caridad que difunde en ellos como en todo cristiano que lo recibe, con la gracia de Dios — ya sea en los Sacramentos o en el ejercicio de la oración y buenas obras—, el Espíritu Santo desciende, según la promesa de Cristo, a enseñarles y recordarles todo lo que el mismo Jesús les había enseñado. Esa acción está simbolizada con aquellas lenguas de fuego que posaron sobre todos los que estaban orando y esperando su venida. En esas lenguas estaba representado el fuego de la caridad y la luz de la doctrina, al mismo tiempo que la fuerza comunicada a los Apóstoles por esa luz y por ese amor y que ellos, ignorantes y pobres hombres del pueblo, tanto necesitaban para cumplir su misión de hacer con su palabra conocer y adorar al Divino Redentor y llevar al mundo entero los beneficios de la Redención.

3.— La Paz dejada por Cristo a los suyos: No es la paz del mundo, que consiste en condescender con lo bueno y con lo malo y evitar toda lucha. Esta paz del mundo no tranquiliza las conciencias ni lleva el orden ni la paz, sino el desorden y la desventura a los hoga­res, a la sociedad y a las naciones: lo estamos viendo y sintiendo. En cambio, la paz de Cristo es la que ante todo y sobre todo nos reconcilia y une con Dios, fuente de todo bien. Con ella, aún en medio de las luchas y persecuciones, el alma está tranquila, reina el orden y la felicidad en los hogares y pueden ser felices las so­ciedades y naciones.
Amemos, por tanto, a Dios, porque El nos ha ama­do primero; amémoslo, porque ese amor nos hará vi­vir en la más íntima y feliz unión con las tres divinas personas, participando de su vida divina, de su luz y de su fuerza para el bien; amémoslo, porque ése es nues­tro dichoso destino en el tiempo y en la eternidad, y ese amor endulzará nuestras penas y santificará nues­tras obras y ¡nos hará ser amados del Padre de infini­ta bondad y misericordia!

Mons. José María Caro Rodríguez,
Arzobispo de Santiago de Chile.
“Homilías Dominicales”, Editorial Difusión Chilena, 1943.