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miércoles, 13 de mayo de 2015

LA ESPADA DE BERNARDO O LOS RIESGOS DEL FALSO CELO



Mons. Bernardo Fellay.


“Cismáticos-exponentes del celo amargo”.

Usted insista una y otra vez con ese latiguillo, no se canse de repetirlo, no afloje en su reiteración, no desista de usarlo, ubíquelo en cuanta nota, artículo, comentario o sermón dedicado a la Resistencia se oriente, y ya verá cómo va horadando las mentes cansadas de pensar por sí mismas, que buscan una respuesta simple y sencilla a todo el asunto de la crisis en la Fraternidad.

Repita: “Cismáticos-exponentes del celo amargo”-“Cismáticos-exponentes del celo amargo”-“Cismáticos-exponentes del celo amargo”-“Cismáticos-exponentes del celo amargo” -“Cismáticos-exponentes del celo amargo”.

Fíjese usted qué buen efecto han tenido otras aplicaciones de variantes ideológicas muy socorridas: “antisemita-neonazi”, “pelagianos”, “ultratradicionalistas”, “negacionista”, “derechista”, “lefebvriano”, etc.

No, no son herramientas nada desdeñables para los cabecillas de la Revolución, se encuentren operando donde se encontraren. La mayoría se acomoda fácilmente a estas consignas que resuelven fácil y rápidamente (instantáneamente) cualquier conflicto que la verdad pudiera suscitar en cabezas no dispuestas a realizar un gran esfuerzo por conquistarla. Nunca faltan los fatuos que se conforman con consignas o slogans que sustituyen como por arte de magia todo razonamiento. Es como aquel maquinismo del que hablaba el Padre Castellani (cit. en su biografía): “una “mecanización” sociológica de los grandes organismos espirituales, semejante a la arterioesclerosis: la máquina sustituye a la mente y los automatismos a las inteligencias; fenómeno general del mundo contemporáneo”.

Nunca faltan los que se valen de una verdad para mentir. Por ejemplo, condenar algo execrable como el celo amargo, para disimular su propia falta de celo auténtico por la verdad. O reducir a un problema psicológico o temperamental, un problema doctrinal.

Claro, el diablo hace de las suyas y hoy tiene puestos sus mayores empeños en destruir mediante la confusión y la discordia las numéricamente pequeñas fuerzas de la Tradición.

El latiguillo favorito de los liberales es el del viejo y querido “celo amargo”, siempre a mano para combatir a cualquiera que con o sin razones obstaculiza, critica o se opone a sus transacciones diplomáticas con los enemigos.

La existencia de verdaderos poseídos por tal celo amargo cuyo espíritu se ha tornado cismático, les sirve de pretexto para meter en la misma bolsa todo aquello que resulta irritante para sus operaciones cambiarias, pues las denuncias contra sus acciones no las pueden rebatir con argumentos de peso. Entonces sale de la vieja galera la tan útil herramienta que les permite evadir toda contienda en términos razonables: “cismáticos-exponentes del celo amargo”.  

Si la Neo-FSSPX ha llegado a tal situación, es porque no se entendió a tiempo que debía despojarse de una influencia liberal nefasta (claro, con el pretexto de no caer en el “celo amargo”) y entonces unas pocas manzanas podridas contagiaron su pudrición a una gran parte del cajón. Indudablemente que un árbol para mantenerse sano y dar buenos frutos debe ser podado periódicamente con la firmeza de la verdad que no transige, y regado con el agua de la caridad que sabe esperar. Debe ser fumigado contra las plagas que lo parasitan. Nada de esto ha ocurrido. Pero veamos mejor el problema que significan estos católicos liberales que han infestado a la Fraternidad, en las siguientes palabras del Padre Félix Sardá y Salvany  (de su gran libro que, aunque elogiado, es siempre dejado de lado por el “establishment” liberal fellecista):

“La verdad tiene una fuerza propia que comunica a sus amigos y defensores. No son éstos los que se la dan a ella; es ella quien a ellos se la presta. Mas a condición de que sea ella realmente la defendida. Donde el defensor, so capa de defender mejor la verdad, empieza por mutilarla y encogerla o atenuarla a su antojo, no es ya tal verdad lo que defiende, sino una invención suya, criatura humana de más o menos buen parecer, pero que nada tiene que ver con aquella otra hija del cielo.

Esto sucede hoy día a muchos hermanos nuestros, víctimas (algunos inconscientes) del maldito resabio liberal. Creen con cierta buena fe defender y propagar el Catolicismo; pero a fuerza de acomodarlo a su estrechez de miras y a su poquedad de ánimo, para hacerlo (dicen) más aceptable al enemigo a quien desean convencer, no reparan que no defienden ya el Catolicismo, sino una cierta cosa particular suya, que ellos llaman buenamente así, como pudieran llamarla con otro nombre. Pobres ilusos que, al empezar el combate, y para mejor ganarse al enemigo, han empezado por mojar la pólvora y por quitarle el filo y la punta a la espada, sin advertir que espada sin punta y sin filo no es espada, sino hierro viejo, y que la pólvora con agua no lanzará el proyectil. Sus periódicos, libros y discursos, barnizados de catolicismo, pero sin el espíritu y vida de él, son en el combate de la propaganda lo que la espada de Bernardo y la carabina de Ambrosio, que tan famosas ha hecho por ahí el modismo popular para representar toda clase de armas que no pinchan ni cortan.

¡Ah! no, no, amigos míos; preferible es a un ejército de esos una sola compañía, un solo pelotón de bien armados soldados que sepan bien lo que defienden y contra quién lo defienden y con qué verdaderas armas lo deben defender. Denos Dios de esos, que son los que han hecho siempre y han de hacer en adelante algo por la gloria de su Nombre, y quédese el diablo con los otros, que como verdadero desecho se los regalamos.

Lo cual sube de punto si se considera que no sólo es inútil para el buen combate cristiano tal haz de falsos auxiliares, sino que es embarazosa y casi siempre favorable al enemigo. Asociación católica que debe andar con esos lastres, lleva en sí lo suficiente para que no pueda hacer con libertad movimiento alguno. Ellos matarán a la postre con su inercia toda viril energía; ellos apocarán a los más magnánimos y reblandecerán a los más vigorosos; ellos tendrán en zozobra al corazón fiel, temeroso siempre, y con razón, de tales huéspedes, que son bajo cierto punto de vista amigos de sus enemigos. Y, ¿no será triste que, en vez de tener tal asociación un solo enemigo franco y bien definido a quien combatir, haya de gastar parte de su propio caudal de fuerzas en combatir, o por lo menos en tener a raya, a enemigos intestinos que destrozan o perturban por lo menos su propio seno? Bien lo ha dicho La Civiltá Cattolica en unos famosos artículos.

"Sin esa precaución, dice, correrían peligro ciertísimo no solamente de convertirse tales asociaciones (las católicas) en campo de escandalosas discordias, mas también de degenerar en breve de los sanos principios, con grave ruina propia y gravísimo daño de la Religión."

Por lo cual concluiremos nosotros este capítulo trasladando aquí aquellas otras tan terminantes y decisivas palabras del mismo periódico, que para todo espíritu católico deben ser de grandísima, por no decir de inapelable autoridad. Son las siguientes:

"Con sabio acuerdo las asociaciones católicas de ninguna cosa anduvieron tan solicitas como de excluir de su seno, no sólo a todo aquel que profesase abiertamente las máximas del Liberalismo, si que a aquellos que, forjándose la ilusión de poder conciliar el Liberalismo con el Catolicismo, son conocidos con el nombre de católicos liberales".

R.P. Félix Sardá y Salvany, El liberalismo es pecado. Cap. XXXVII.