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viernes, 9 de enero de 2015

DE LA BLASFEMIA - POR SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO





Cum ergo videritis abominationem desolationis.
Cuando veréis la abominación desoladora.
(Matth. XXIV. 15)

Dios abomina todos los pecados; pero, especialmente, el de la blasfemia; porque, aunque todos ofenden a Dios, y ceden en deshonra del Señor, como dice el Apóstol: Per prœvaricationem legis Deus inhonoras. (Rom. II, 23). Sin embargo, si bien los demás pecados le deshonran indirectamente, quebrantando su ley, la blasfemia le deshonra directamente, maldiciendo su santo nombre. Nihil ita exacerbat Deum, sicut quando nomen ejus blasphematur. Permitidme, pues, amados cristianos, que os haga ver en este día:

Punto 1. CUAN GRANDE ES EL PECADO DE LA BLASFEMIA.

Punto2. CON CUÁNTO RIGOR LE CASTIGA EL SEÑOR.

Punto 1

CUAN GRANDE PECADO ES LA BLASFEMIA

1. ¿Qué cosa es blasfemia? Es un dicho injurioso a Dios: Est contumeliosa in Deum locutio; así la definen los doctores. ¡Pero Dios mío! ¿Con quién se las ha el hombre cuando blasfema? Se la ha directamente con el mismo Dios: Contra Omnipotentem roboratus est. (Job. XV, 25). Y ¿cómo, -dice San Efrén- no temes, ¡oh blasfemo! que baje el fuego del Cielo y te devore? ¿Que se abra bajo tus plantas la tierra y se te trague? Los demonios tiemblan al oír el nombre de Cristo, exclama San Gregorio Nacianceno, y ¿cómo no temblamos nosotros de injuriarle? El vengativo se las ha con un igual suyo; más el que blasfema, quiere vengarse de Dios mismo, que hace o permite aquella cosa que disgusta al hombre blasfemo. Hay una gran diferencia ente ofender al retrato del rey y ofender a su misma persona. El que ofende al hombre, ofende a la imagen de Dios; pero el blasfemo ofende al mismo Dios, dice San Atanasio: Qui blasphemat, contra ipsam Deidate agit. El que quebranta la ley del rey, peca; pero el que ofende a la misma persona del rey, comete delito de lesa majestad, que es castigado con mayores castigos, y no puede ser indultado. ¿Qué diremos, pues, del blasfemo, que injuria a la majestad divina? Decía en su cántico Ana la profetisa: Si un hombre peca contra otro, se puede alcanzar de Dios el perdón, más si peca contra Dios, ¿quién rogará por él? (I. Reg. II, 25). Con efecto, es tan enorme el pecado de blasfemia, que parece que ni los mismos santos están dispuestos a interceder a favor de un blasfemo.

2. Además: las bocas sacrílegas blasfeman contra un Dios que las sostiene. Con razón exclama San Juan Crisóstomo: Tu Deo benefacienti tibi, et tui curam agenti maledicis? ¿Tú te atreves a maldecir a Dios, que te llenó de beneficios y te conserva? Señal es que ya está uno de tus pies en el Infierno, y que si Dios no te conservase la vida por su divina misericordia, estarías ya condenado para siempre; y en lugar de darle gracias, le maldices al propio tiempo que Él te está llenando de beneficios. De esto se queja por David (Psal. LIV, 13), diciendo: En verdad, que si me hubiese llenado de maldiciones un enemigo mío, hubieralo sufrido con paciencia; pero tú me maldices al mismo tiempo que yo te estoy bendiciendo. ¡Oh lengua diabólica! exclama San Bernardo de Sena, ¿qué cosa te irrita hasta el punto de blasfemar  de tu Dios, que te creó y redimió con su sangre? Algunos blasfeman hasta de Jesucristo, que murió por su amor en una cruz; siendo así que, aunque no estuviésemos condenados a morir, deberíamos desear morir por amor a Jesucristo, para mostrar, de algún modo, nuestro agradecimiento a un Dios que dio su vida por nosotros. Digo de algún modo, porque no hay comparación entre la muerte de una vil criatura y la de un Dios; y, sin embargo, tú, pecador, tú, blasfemo, en lugar de amarle y bendecirle, le maldices, como dice San Agustín: Los judíos azotaron a Jesucristo, pero no le azotan menos los malos cristianos con sus blasfemias. Otros han blasfemado contra la Santísima Virgen María, Madre de Dios, que tanto nos ama, y que siempre está rogando por nosotros: sin embargo, alguno de esos hombres malvados han sido castigados terriblemente por Dios. Refiere Surio (en el día 7 de agosto) que un impío blasfemó de la Virgen, y en seguida hirió con un puñal su santísima imagen que estaba en una iglesia; pero, al punto que salió de allí, cayó un rayo y le redujo a cenizas. El infame Nestorio, que había blasfemado también y movido a otros a blasfemar de María santísima, diciendo que no era verdadera Madre de Dios, murió desesperado con la lengua comida de gusanos.

3Quis loquitur blasphemias? (Luc. V, 21). Y ¿quién es el blasfemo? Un cristiano, uno que ha recibido el santo Bautismo, por el cual quedó consagrada su lengua. Se pone dice un santo doctor, sal bendecida en la lengua del que va a ser bautizado, para que la legua del cristiano quede consagrada y se acostumbre a bendecir a Dios. Y ¿es posible, que esta misma lengua se convierta después en una espada que traspase el corazón de Dios? pregunta San Bernardino: Lingua blasphemantis efficitur quasi gladius cor Dei penetrans? (Tom. 4 ser. 33). Luego añade el mismo Santo, que ningún pecado contiene tanta malicia como la blasfemia. Y antes que él lo dijo San Juan Crisóstomo con distintas palabras: Nullem hoc peccato deterius, nam in eo accesio est omnium malorum et omne supplicium. Del mismo modo se explicó San Jerónimo, diciendo que: Cualquier otro pecado es leve, comparado con la blasfemia. Y aquí debemos advertir, que la blasfemia contra los santos y los cosas santas, como la misa, los sacramentos, los misterios, etc., son de la misma especie que las blasfemias contra Dios, que es la fuente de la santidad.




4. Decimos, pues, con San Jerónimo, que la blasfemia es un pecado más grave que el hurto y que el adulterio, porque como todos los otros pecados como dice San Bernardino, dimanan, o de la fragilidad, o de la ignorancia; pero el pecado de la blasfemia proviene de la propia malicia. Porque, en efecto procede de una mala voluntad y de cierto odio concebido contra Dios; y así, el blasfemo se hace semejante a los réprobos, los cuales, como dice Santo Tomás, no blasfeman con la boca, porque no tienen cuerpo; pero blasfeman con el corazón, maldiciendo la divina justicia que los castiga. Y añade el santo Doctor: que es creíble, que después de la resurrección, así como los Santos en el Cielo alabarán a Dios también con la voz, así los réprobos en el Infierno le blasfemarán igualmente con ella. Con razón, pues, llama un autor a la blasfemia, lenguaje del Infierno, diciendo que: el demonio habla por la boca de los blasfemos, así como Dios habla por la boca de los santos. Cuando San Pedro negaba a Jesucristo en el palacio de Caifás, jurando que no le conocía, le dijeron los judíos que su acento descubría que era discípulo suyo, porque pronunciaba lo mismo que su Maestro. (Matth XXVI, 73). Lo mismo podemos decir del blasfemo: Tú eres del Infierno, y verdadero discípulo de Lucifer, porque hablas el lenguaje de los condenados. Escribe San Antonio, que los condenados en el Infierno no se ocupan en otra cosa que en blasfemar y maldecir a Dios. Y en prueba de esto, aduce el texto del Apocalipsis: Y se despedazaron las lenguas en el exceso de su dolor, y blasfemaron del Dios del Cielo. (Apoc. XVI, 10 et 11). San Antonio, en fin, añade que el que tiene el vicio de blasfemar, pertenece, aún en ésta vida, a la clase de los réprobos, cuyas funciones desempeña.

5.  A la malicia de la blasfemia, debemos añadir el escándalo, que, de ordinario, causa este infame pecado por cuanto suele siempre cometerse externamente y en presencia de otros. San Pablo reprendía a los judíos, cuyos pecados daban motivo a que los gentiles blasfemasen de Dios y se burlasen de su Ley. ¿Cuánto, pues, más culpables son los cristianos que inducen a los demás a imitar sus blasfemias? Pero ¿cómo sucede, pregunto yo, que en ciertas provincias no se oye blasfemar a ninguno, o se oye raras veces; y en otras, al contrario, reina escandalosamente la blasfemia, de manera, que se puede decir de ellas lo que decía Dios por Isaías: Todo el día sin cesar está blasfemándose mi Nombre?. Por las plazas, por las casas, por las ciudades, y por las aldeas, no se oye otras cosas que blasfemias. ¿En qué consiste esto? Consiste en que los unos aprenden de los otros; los hijos de los padres, los criados de los amos, los jóvenes de los ancianos. Especialmente en ciertas familias, parece que el vicio de la blasfemia pasa por herencia de padres a hijos: el padre es blasfemo y por esto lo son después los hijos, los nietos y todos sus descendientes. ¡Oh padre maldito, causa de tanto mal, que en vez de enseñar a tus hijos a bendecir a Dios, les enseñas a blasfemar de Dios y de sus Santos! Dirá alguno: Yo los reprendo cuando los oigo blasfemar. ¿Pero de que sirven esas tus reprensiones, si tú mismo les das el mal ejemplo con la boca? Por el amor de Dios y por el de tus hijos mismos, no blasfemes en adelante, ¡oh padre de familia! y guárdate de blasfemar, especialmente delante de tus hijos, repréndelos con aspereza, como encarga San Juan Crisóstomo, diciendo: Castiga su boca, y santifica tu mano con este castigo. Hay algunos padres que castigan bárbaramente a sus hijos, si no hacen al punto lo que les mandan; empero, si les oyen blasfemar de los Santos, o se ríen, o no los reprenden. San Gregorio refiere: que un niño de cinco años, hijo de un noble romano, acostumbraba a poner en ridículo el nombre de Dios, y que el padre no le reprendía. Un día que se vio el niño asaltado por ciertos hombres negros, y, espantado, corrió a los brazos de su padre; pero aquellos hombres negros eran demonios salidos del Infierno, le mataron entre los brazos del padre, y se lo llevaron al abismo.

Punto 2

CON CUANTO RIGOR CASTIGA DIOS EL PECADO DE LA BLASFEMIA

6. Dice Isaías: ¡Ay de la gente pecadora que blasfema del Santo de Israel! ¡Ay de los blasfemos, que serán eternamente infelices! porque, según Tobías, todos los que blasfeman serán condenados. (Tob. XIII, 16). Y por boca de Job dice Dios: Si imitas el habla de los blasfemos, serán tus propias palabras y no yo, las que te condenarán. (Job. XV, 5 et 6). Dirá pues el Señor al tiempo de condenarle: No soy yo quien te condena al Infierno, sino tu misma boca, con la que te atreviste a maldecirme a mí y a mis Santos. Los infelices blasfemos seguirán blasfemando en el Infierno para mayor tormento suyo; porque  las mismas blasfemias les recordarán sin cesar, que por este pecado se perdieron para siempre.

7. Mas los blasfemos, no solamente serán castigados en el Infierno, sino también en éste mundo. En la ley antigua eran condenados a muerte por estas palabras: El que blasfemare el nombre del Señor, muera apedreado por todo el pueblo.(Lev. XXIV, 16). También en la ley nueva eran condenados a muerte, después del emperador Justiniano. San Luis, rey de Francia, los castigaba, haciéndoles agujerear la lengua, y marcar la frente con hierro candente; y si alguno, después de este castigo volvía a blasfemar, mandó que muriera irremisiblemente ajusticiado. Cierto autor refiere, que la ley civil les privaba del derecho de poder ser testigos en tela de juicio; y por la constitución de Gregorio XIV, quedaban excluidos del derecho de sepultura. Y todavía se queja y se lamenta el blasfemo de lo que le sucede: “Yo no sé en qué consiste, dice, pero me veo siempre en la mayor miseria. Alguna excomunión ha caído sobre mi casa”. La verdadera excomunión es la maldita blasfemia que siempre tiene en la boca: ésta es la que te hace estar siempre pobre y maldecido de Dios. 




8. ¡Cuántos ejemplos pudiera yo citaros de hombres blasfemos que han tenido una muerte desastrada! Cuenta el P. Segneri (Tom. 1, pág. 8), que dos hombres que habían blasfemado de la sangre de Jesucristo en la Gascuña, fueron muertos en una riña poco después, y despedazados por los perros. Un habitante de Méjico, reprendido por sus blasfemias, respondió: “En adelante he de blasfemar más”; pero aquella misma noche su lengua quedó pegada al paladar, y murió el infeliz sin dar señales de arrepentimiento. Omito otros muchos casos terribles por no molestar, y que podréis leer en el libro Contra la blasfemia del Padre Sarnelli.

9. Para concluir, decidme, blasfemos que me escucháis ¿qué utilidad sacáis es esta detestable costumbre? Ella no os proporciona placer alguno, porque como dice el cardenal Belarmino, es un pecado sin placer. Ella no os enriquece, porque las riquezas huyen de los blasfemos. Tampoco os acarrea honor, porque cuando blasfemáis, llenáis de horror a cuantos oyen, aún a aquellos mismos que tienen la misma costumbre de vosotros, pues todos os llaman boca de condenados. Decidme, pues, ¿por qué blasfemáis? -Padre es una costumbre. ¿Y creéis que la costumbre os excusará delante de Dios? Si un hijo apalease a su padre, y le dijese después: Padre mío, perdonadme, porque esto es una costumbre, ¿os parece que su padre le excusaría? Decís que blasfemáis por la cólera que os excitan los hijos, la mujer o el amo. Más ¿es cosa justa que descarguéis contra Dios y sus Santos, la cólera que aquellos causaron? Pero el demonio me tienta, añade el blasfemo. Si el demonio te tienta, haz lo que hacía cierto joven, que viéndose tentado de la blasfemia, fue a pedir consejo al abad Pemene, quien le dijo: que cuando el demonio le volviese a tentar le respondiera: ¿Y para que he de blasfemar de aquel Dios que me crio y me hizo tanto bien? Yo quiero alabarle y bendecirle sin cesar. Y con esta medicina, el demonio dejó de tentarle. Cuando sientas algún rapto de cólera, ¿no puedes desahogarte con otras palabras que no sean blasfemias? Por ejemplo Maldito sea el pecado; Señor, ayudadme; Virgen María dadme paciencia. Y si hasta ahora has tenido el vicio de blasfemar, desde hoy en adelante, renueva cada día, al tiempo de levantarte, el propósito de hacerte violencia para no blasfemar, y además, rezarás a María Santísima tres Aves Marías, para que te ayude a conseguir la gracia de resistir a las tentaciones de blasfemia que te asalte. Sí católicos, detestad este vicio, que os conduce al Infierno, y os hace ingratos contra el mismo Creador, que os dio la vida, y contra Jesucristo, que os redimió con su preciosa sangre. De este modo evitaréis la mala muerte que os espera si continuáis blasfemando, y disfrutaréis de la gloria de Dios por toda la eternidad. Amén.