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domingo, 8 de diciembre de 2013

SERMÓN DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN - R.P. RENÉ TRINCADO



A partir de Adán y Eva, el pecado original abre en cada alma y en cada cuerpo humano, una espantosa y sangrante herida. Enseña la Iglesia que por el pecado de los primeros padres "fue cambiado en peor el hombre entero, es decir, en cuanto al cuerpo y al alma" (Concilio II de Orange). Las funestas llagas que ha dejado en nosotros el pecado original son profundas y numerosísimas, y todos las experimentamos cada día de nuestras enfermas vidas.

El primer efecto de este pecado es la privación de la justicia original (…) De este primer efecto se siguió quedar el hombre enfermo en cuanto a todas las facultades de alma y cuerpo; y en primer lugar en cuanto al entendimiento y voluntad. (…) La ignorancia aun de las cosas necesarias a la conservación de la vida, la fatuidad y rudeza de entendimiento, la dificultad en adquirir los conocimientos, la debilidad y inestabilidad del ánimo, el continuo vagar de la mente, el atender a cosas vanas (…) con preferencia a las útiles, importantes, y aun necesarias, son otras tantas enfermedades de nuestros entendimientos infectos del pecado original.

No son menos (…) las dolencias que por él padece nuestra voluntad. El amor desordenado de nosotros mismos [egoísmo], y del que nacen las preocupaciones inútiles; los temores, las envidias, los pleitos, riñas, contiendas, discordias, asechanzas, guerras, y vanos temores: la dificultad en abrazar lo bueno, y apartarnos de lo malo: la inconstancia con que nos hacemos a nosotros mismos una guerra interna, queriendo una cosa y luego queriendo otra, la debilidad del libre albedrío para seguir lo bueno; son todos efectos del pecado original, y enfermedades que con él contrajo nuestra voluntad.

También la parte sensitiva (…) recibió heridas (…), siendo la principal aquella inclinación al pecado, que nos quedó para el combate (…) y por la cual la parte inferior se rebela de continuo contra la superior, la carne contra el espíritu, haciéndonos sentir en cada momento aquella ley que decía S. Pablo era repugnante a la de su mente, y que quería reducirlo al cautiverio de la ley del pecado.

En cuanto al cuerpo son igualmente innumerables las desdichas y miserias en que incurrimos por el pecado original. Por él nos vemos sujetos al hambre, a la desnudez, a las enfermedades, dolores, tristezas, y (…) a la más terrible entre las cosas terribles, que es la muerte, pago del pecado. ("Comp. Mor. Salmatic." V, 3).

Explica Santo Tomás de Aquino que esta enfermedad terrible y múltiple que es el pecado original en nosotros, además del sufrimiento y de la sujeción a la muerte -las dos llagas que afectan al cuerpo- ha causado cuatro heridas en el alma, opuestas cada una a las cuatro virtudes cardinales: 1) la herida de ignorancia, es decir, la dificultad para conocer la verdad, contra a la prudencia; 2) la herida de malicia, esto es, la debilitación de nuestra voluntad, opuesta a la justicia; 3) la herida de debilidad, es decir, la cobardía para hacer el bien y resistir al mal, contraria a la fortaleza; y 4) la herida de concupiscencia, esto es, el deseo desordenado de satisfacer a los sentidos contra los dictados de la razón, opuesta a la templanza (“Suma Teol.” I-II c. 85 a. 3).

Como aquél desdichado de la parábola del buen samaritano, todos los hijos de hombre y mujer venimos al mundo medio muertos, llenos de llagas y enfermos por causa del pecado original. Todos, desde Adán y Eva y hasta el fin de mundo. Todos con una sola excepción: la santísima Virgen María. Ninguna de estas heridas, ninguna de estas miserias del cuerpo y del alma padeció la Santísima Virgen, porque ella nunca contrajo el pecado original.

En el Evangelio de la gran fiesta que hoy celebramos, leemos que el arcángel Gabriel dice a la S.V. María ciertas palabras que vamos a explicar brevemente:

Salve, llena de gracia, empieza diciendo el ángel. Llena de gracia: si la gracia se da a los demás con cierta medida, a la escogida desde todos los siglos para ser Madre de Dios se le ha dado en toda su plenitud. Está llena de la gracia santificante, de los dones del Espíritu Santo, de todas las virtudes. Todo en ella agrada a Dios. Su concepción fue inmaculada. Este es el dogma que festejamos. Esto significa que ella fue preservada inmune de toda mancha (“mácula”) de la culpa original en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Cristo. Llena de gracia desde siempre y para siempre, Ella fue, es y será toda hermosa, toda pura, adornada de todas las virtudes y de todos los dones divinos.

El Señor es contigo. Dios está en ella desde el primer momento, desde la concepción y para toda la eternidad; no como en nuestro caso, pues nacemos separados de Dios y enemigos suyos por causa del pecado original, y desde que llegamos al uso de razón, muchas veces, por el pecado mortal, nos hacemos esclavos del demonio y expulsamos a Dios de nuestras almas.

Bendita tú entre las mujeres. Porque así como la mujer fue causa del primer pecado, y por él, de todos los pecados y sus maldiciones hasta el fin del mundo; la Virgen María es causa de todas gracias y bendiciones que recaen sobre los hombres por los merecimientos de su divino Hijo. Nueva Eva, María vence al demonio que venció a Eva. Lo que Eva perdió por desobedecer, María lo recuperó mediante la perfecta obediencia de su respuesta: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra (Lc. 1, 38).

Estimados fieles: todos nosotros nacimos manchados con el pecado original, por eso somos inclinados al mal y -de hecho- pecadores, erramos y padecemos muchas debilidades y miserias. Esta terrible e inexorable realidad debe ser siempre un motivo de humildad para nosotros. Por pura misericordia, con preferencia a millones de personas, fuimos arrancados de la esclavitud del demonio mediante el santo Bautismo. Por él, de hijos de ira hemos pasado a ser hijos de Dios. Pero cabe preguntarnos si hemos sido fieles a la gracia y a las promesas de nuestro Bautismo, a la vestidura de inocencia que con él se nos dio.

La Santísima Virgen María, habiendo sido preservada de todo pecado y propensión al mal, gozaba de una perfecta paz; siendo impecable, aún así vigilaba y oraba sin cesar.  Nosotros, que somos pecadores, que estamos fuertemente inclinados a muchos males, que vivimos rodeados de enemigos en un mundo que se ha olvidado de Dios y que cada día demuestra mayor odio a su Creador y Salvador, ¿vigilamos (estamos atentos) a nuestra alma, a los enemigos de ésta y a Dios? Porque para conservar o recobrar la pureza bautismal es necesario combatir sin descanso, huyendo de las ocasiones de pecado, de la sensualidad, de la vanidad, de la superficialidad, de la curiosidad, de la ociosidad, de las pasiones descontroladas, de la ignorancia, etc.

Ella vigilaba y oraba sin cesar. ¿Libramos a diario el combate por nuestras almas mediante la oración? En este día bendito, tomemos la resolución irrevocable de empuñar el arma invencible del Rosario, para que por la intercesión incesante de la Virgen María, Dios quite de nuestras almas todas esas manchas o máculas, esas inmundicias que las hacen indignas de la condición de templos del Espíritu Santo.

Y nunca olvidemos que María Inmaculada, pese a la distancia inmensa que hay entre su santidad y nuestra indigencia, además de ser la Madre de Dios, es nuestra Madre. Pidámosle que nos acoja bajo su manto maternal y que nos conduzca al Cielo, para el cual fuimos creados y donde queremos vivir eternamente con Ella en la presencia de Dios.