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lunes, 16 de diciembre de 2013

EL LIBERALISMO Y SU CONTAGIO




El reciente y escandaloso episodio del Padre Bouchacourt con su entrevista al diario Clarín, donde manifestó un nunca desmentido NEGACIONISMO tan grato a los oídos de la Sinagoga de Satanás como también a los de los romanos como Francisco, no ha sido, según puede verse, ni tan escandaloso ni tan ingrato a los oídos de los fieles tradicionalistas de la Argentina, país donde este Superior de Distrito reside. Y decimos “según puede verse” porque, más allá de algún enojo o indignación en el fuero íntimo (que sin duda los hubo), y más allá de algún intento de reclamo de explicaciones para el P. Bouchacourt (que éste no ha dado, o por lo menos no directamente ni públicamente como correspondía), no ha habido ninguna reacción pública, ninguna reacción condigna con la gravedad del hecho, ninguna manifestación del santo furor que debería haber causado que el jefe de sus sacerdotes reniegue de la verdad para congraciarse con el mundo y los acérrimos enemigos de Cristo. No hubo –a excepción de una carta abierta con 4 firmas- la ¿esperada? reacción de quienes se dicen seguidores de Mons. Lefebvre. En otros tiempos, en aquellos tiempos en que el valeroso obispo daba el ejemplo y era seguido por sus subordinados, si un Superior de Distrito hubiese dicho las barbaridades que dijo Bouchacourt, se hubiera producido una revuelta. Las voces a lo alto y masivamente habrían reclamado explicaciones o una destitución que no se habría hecho esperar, porque de lo que se trata y está en juego es la fe y el honor de Cristo y la Santa Iglesia. Pero hoy, ¿dónde están hoy los combativos tradicionalistas? Está muy claro: cunde el ejemplo liberal acomodaticio de Mons. Fellay, Mons. Tissier, Mons. De Galarreta y los que les siguen. Entonces, ¿cómo va a haber reacción pública? ¡A ver si nos expulsan! ¡A ver si nos quedamos sin los sacramentos!, es lo que se escucha.

Perfecto. ¿Los sacramentos les impiden la defensa pública de la fe? Entonces coinciden con uno de los sacerdotes claudicantes y acuerdistas de Bs. As., que nos dijo que el levantamiento de las falsas e inexistentes excomuniones (asumiendo entonces que eran válidas) era bueno porque de esa forma más gente podría acercarse a la Fraternidad a recibir los sacramentos. Esto es poner el carro delante del caballo. ¿Qué es antes, los Sacramentos o la Fe?

Y entonces, queridos y ateridos fieles, entonces, ¿cómo criticar a Mons. Fellay por hacer una declaración doctrinal diplomática y conciliadora con los errores modernistas, cuando él argumentó a sus sacerdotes que lo hacía para evitar que la FSSPX fuera “excomulgada” y así muchos fieles dejaran de recibir los sacramentos? ¿Son los sacramentos, entonces, un medio de extorsión, en vez de un medio de salvación? ¿Son liberadores, o son la excusa para encadenar a los fieles al error? ¿Hay que callar la verdad para poder recibir los sacramentos?

Pero entonces, si los sacramentos no les sirven para tener la valentía de defender públicamente la verdad cuando deben hacerlo (y no estamos hablando de defenderla ante ajusticiadores de la antigua Roma, sino ¡ante Bouchacourt!), ¿de qué les sirven? ¿No es esto un querer interesadamente a Dios, esto es, quererlo por lo que nos da, y no por lo que Él ES?

Habrá otros que, seguramente, no tienen infundado temor de quedarse solos, de perder las habituales amistades y compañías, y por eso, preferirán disimular o aguantarlo todo, en desmedro de la fe. Habrá que recordarles a Santa Teresa cuando dijo: “Prefiero la verdad en soledad al error en compañía”. O a San Atanasio, en su célebre sentencia: “Si el mundo va contra la verdad, entonces Atanasio va contra el mundo”. “Bueno, pero yo no soy San Atanasio”. No, querido, vos no sos cristiano.

Hemos visto entonces cómo de manera sutil, una vez que los Superiores (Mons. Fellay) dejan de confesar clara y valientemente la fe en público, luego los siguen los inferiores (P. Bouchacourt) y luego, como contagio, los sacerdotes y fieles, no reaccionando varonilmente cuando se manosea la verdad. ¿Es que acaso ya no aman la verdad al punto de defenderla cuando ésta es atacada? He aquí unas palabras para hacer propias y tener siempre presentes:

“Retirarse ante el enemigo o callar cuando por todas partes se levanta un incesante clamoreo para oprimir la verdad, es actitud propia o de hombres cobardes o de hombres inseguros de la verdad que profesan. La cobardía y la duda son contrarias a la salvación del individuo y a la seguridad del Bien Común, y provechosas únicamente para los enemigos del cristianismo, porque la cobardía de los buenos fomenta la audacia de los malos. El cristiano ha nacido para la lucha” (S.S. León XIII).

Del maldito y cobarde liberalismo, ¡líbranos Señor!


Flavio Mateos