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lunes, 25 de noviembre de 2013

HERMANN COHEN, APOSTOL DE LA EUCARISTIA


Hermann Cohen, apóstol de la Eucaristía
Por Charles Sylvayn



                       Muerte de la señora de Cohen

La señora de Cohen falleció el 13 de diciembre de 1855, mientras el padre Hermann predicaba el adviento en Lion. Él mismo refiere la noticia a su amigo De Cuers:

«Dios acaba de descargar un terrible golpe sobre mi corazón. Mi pobre madre ha muerto... ¡y yo quedo en la incertidumbre! Sin embargo, tanto se ha rogado que debemos esperar que entre su alma y Dios algo habrá ocurrido en esos últimos instantes que nosotros no conocemos.

«He recibido orden de ir a París a consolar a la familia»...

Fácil será imaginarse el dolor del padre Hermann al enterarse de la muerte de su madre. Había rogado tanto y tanto había hecho rogar por su conversión...

«Yo tengo también madre -exclamaba un día, después de hablar de Mónica conversando, la víspera de su muerte, con su hijo Agustín-. La he dejado para seguir a Jesucristo, y ya no me llama su buen hijo. Sus cabellos están encanecidos, ya se le surca la frente, y tengo miedo de verla morir. ¡Oh, no! No quisiera que muriese antes de que amara a Jesucristo, y desde hace muchos años espero para mi madre lo que Mónica esperaba para Agustín. Y¿quién sabe si Dios no ha ligado la gracia de su conversión al fruto que sacáis de mis palabras?»

No obstante, si su dolor fue muy profundo, su esperanza en la bondad infinita de Dios no desfalleció ni un momento. La noche del mismo día en que recibió esta penosa noticia, debía predicar. Después de haber rogado y llorado mucho, subió al púlpito como de ordinario, conmoviendo a todos con un sermón sobre la muerte.

Algún tiempo después, confiaba al santo Cura de Ars las inquietudes que sentía sobre la muerte de su pobre madre, muerta sin la gracia del bautismo.

«Tenga esperanza, le respondió el hombre de Dios, y espere. Usted recibirá un día, en la fiesta de la Inmaculada Concepción, una carta que le traerá un gran consuelo».

Estas palabras proféticas estaban casi olvidadas, cuando el 8 de diciembre de 1861, seis años después de la muerte de su madre, un Padre de la Compañía de Jesús entregaba al padre Hermann una carta. Estaba escrita por una venerable sierva de Dios, que murió más tarde con fama de santidad y que era conocida por sus numerosos escritos sobre temas de espiritualidad, especialmente por su Eucaristía meditada, que alcanzó numerosas ediciones. La carta decía así:

«El 18 de octubre, después de la santa comunión, me hallaba en uno de esos instantes de unión íntima con Nuestro Señor, en los que me hace sentir su presencia en el sacramento de su amor de manera tan grata, que la fe ya no me parece necesaria para creer en ella. Al cabo de un rato, hizo que oyera su voz y se dignó darme algunas explicaciones relativas a una conversación que yo había tenido la víspera. Me acordé entonces de que, en dicha conversación, una de mis amigas me había manifestado su extrañeza de que Nuestro Señor, que había prometido otorgar todo a la oración, hubiese permanecido sordo, sin embargo, a las que el Rdo. padre Hermann le había dirigido tantas veces para obtener la conversión de su madre. Su sorpresa iba casi hasta el descontento, y me costó trabajo hacerle comprender que debíamos adorar la justicia de Dios y no tratar de penetrar sus secretos. Me atreví a preguntar a mi buen Jesús cómo era posible que, siendo la bondad misma, hubiera podido resistir a los ruegos del padre Hermann y no hubiese concedido la conversión de su madre.

«Ésta fue su respuesta:

«¿Por qué Ana quiere siempre sondear los secretos de mi justicia y trata de penetrar los misterios que no puede comprender? Dile que no debo la gracia a nadie, que la doy a quien me place, y que al obrar así no dejo de ser justo ni ceso de ser la justicia misma. Pero ha de saber también que, antes de faltar a las promesas que tengo hechas a la oración, trastornaré el cielo y la tierra, y que todo ruego que busca mi gloria y la salvación de las almas, siempre es oído favorablemente, cuando va acompañado de las cualidades necesarias».

«Luego añadió: "Y para probaros esta verdad, quiero enterarte de lo que ocurrió cuando la muerte de la madre del padre Hermann". Mi buen Jesús me iluminó entonces con un rayo de su luz divina y me dio a conocer, o mejor, me hizo ver en Él lo que voy a procurar contar.

«En los últimos momentos de la madre del padre Hermann, cuando estaba a punto de exhalar el último suspiro y que parecía estar privada de conocimiento, casi sin vida, María, nuestra buena Madre, se presentó ante su divino Hijo y, postrándose a sus pies, le dijo: "Gracia, piedad, Hijo mío, por esta alma que va a perecer. Un instante más y estará perdida, perdida para siempre. Haz, te lo ruego, por la madre de mi siervo Hermann, lo que quisieras que él hiciera por la tuya, si ésta estuviese en su lugar y tú estuvieras en el suyo. El alma de su madre es su bien más querido. Mil veces me la ha dedicado, y la ha confiado a mi amor, a la solicitud de mi corazón. ¿Podré soportar que perezca? No, no; esta alma me pertenece, la quiero, la reclamo como herencia, como el precio de tu sangre y de mis dolores al pie de tu cruz".

«Apenas la excelsa suplicante había acabado de hablar, cuando una gracia fuerte, poderosa, brotó del manantial de todas las gracias, del corazón adorable de nuestro Jesús, y fue a iluminar el alma de la pobre judía moribunda, triunfando instantáneamente de su obstinación y resistencia. Esta alma se volvió inmediatamente con amorosa confianza hacia Aquél cuya misericordia la perseguía hasta en los brazos de la muerte, y le dijo: "¡Oh Jesús, Dios de los cristianos, Dios que mi hijo adora! Yo creo, yo espero en ti ¡ten piedad de mí".

«En este grito, oído de Dios solo y que partía de las más íntimas profundidades del corazón de la moribunda, estaba encerrado el arrepentimiento sincero de su obstinación y de sus culpas, el deseo del bautismo, la voluntad expresa de recibirlo y de vivir según las reglas y los preceptos de nuestra santa religión, en el caso de que hubiera podido volver a la vida. Este impulso de fe y de esperanza en Jesús fue el último sentimiento de su alma. En el instante en que ella subía hacia el trono de la divina misericordia, los débiles lazos que la retenían a su envoltura mortal se rompieron y caía a los pies de Aquél que había sido su salvador antes de erigírsele en juez.

«Después de haberme mostrado todas estas cosas, Nuestro Señor añadió: "comunica todo esto al padre Hermann; es un consuelo que quiero otorgar a sus prolongadas penas, para que bendiga y haga bendecir por todas partes la bondad del corazón de mi Madre y el poder que ejerce sobre el mío».

Esta carta, verdaderamente sorprendente e imprevisible, había sido anunciada al padre Hermann con toda precisión por el santo Cura de Ars con seis años de antelación.