Páginas

lunes, 28 de octubre de 2013

LA ACCIÓN




Los guerreros lucharán, y Dios dará la victoria.

Es odioso el engaño de ese pietismo, que se cree sobrenatural, porque está desencarnado, en el que la oración lejos de esclarecer, lejos de fortificar la acción se convierte en argumento de negligencia, de pasividad, de inconsecuencia. Actitud que tiene tanto éxito porque favorece una tendencia natural a la pereza, al esfuerzo efímero quizá, pero elemental, superficial, sin resultados duraderos y serios. Sobrenaturalismo siempre dependiente de lo que es camino extraordinario en la piedad. Espera en un milagro, en la realización de una profecía según la cual todo se arreglará algún día por simple intervención divina, sin que haya necesidad de entremezclarse en ello. Pero ¿quién tomará a esta caricatura por la piedad verdadera, de la que los santos han ardido? Esta piedad que le valió al doctor de Poitiers la respuesta de Juana:—“Decís que Dios quiere librar al pueblo de Francia de sus calamidades; pues si lo quiere, no le será necesario poner en movimiento a los guerreros”. —“En nombre de Dios—respondió la joven—los guerreros lucharán y Dios dará la victoria”.

 Esta es, en efecto, la respuesta más ortodoxa tanto en la esfera natural como en la sobrenatural.

Orar, como si nuestra acción debiera ser inútil, y actuar, como si nuestra oración pudiera serlo también.

¿No es monstruoso que una cierta rectitud doctrinal pueda no incitarnos a la acción?

Se ha dicho: “El mundo cristiano se presenta como el defensor de una mística verdadera pero que ya no la vive; frente a un adversario que es promotor de una mística falsa, pero vivida, servida intensamente”.

¿Hay perversión más sutil y más grave, que la de una ortodoxia del pensamiento satisfecha de sí misma, pero indiferente a la infecundidad de lo verdadero, al triunfo del mal?

Una ortodoxia completamente cerebral y especulativa no es suficiente. Es necesario, para ser realmente, vitalmente ortodoxo, no solamente la ortodoxia de la inteligencia; sino, si se pudiera decir, la ortodoxia de la voluntad. La cual se manifiesta ante todo por una facultad normal de entusiasmo y de indignación. Y, ciertamente, no por esta actitud de soberana indiferencia, que algunos quisieran llamar prudencia y dominio de sí mismos.

“La frecuencia, el poderío del crimen, escribe el Cardenal Ottaviani, han embotado, desgraciadamente, a la sensibilidad cristiana, aun entre los cristianos. No solamente como hombres, sino como cristianos, ya no reaccionan, ya no vibran. ¿Cómo pueden sentirse cristianos, si son insensibles a las heridas hechas al cristianismo?

“... Da escalofríos pensar en todos esos cristianos que están encarcelados con sus pastores... se creería que íbamos a asistir a una protesta semejante al rugido del océano, a un levantamiento de la humanidad, a un clamor de reprobación semejante a un grito de lamentación que no se puede refrenar. Nada de eso. Cierta prensa totalmente absorbida por las vicisitudes de la vida de los campeones, de los actores, por las crónicas de sucesos, ignora lo que todo el mundo sabe: que hay multitud de hombres en prisión o en trabajos forzados, muchos ferozmente atenazados, que no pueden salir, ni siquiera por dos días, de su país y de su casa...“

“Todo se puede, menos vivir en este estado de insensibilidad. Porque la vida se prueba por la sensación del dolor, por la vivacidad (la palabra es sugestiva) con que se reacciona a la herida, con prontitud y la potencia de la reacción. En la podredumbre y en la descomposición ya no se reacciona”.

Dios no niega al impío el triunfo de su trabajo.

No hay ninguna organización, ningún partido, ningún clan, ninguna secta, que no tenga hoy un plan que proponer, y que no se afane en hacerlo aceptar. Sólo los cristianos vamos a remolque, osando considerar como rasgos de virtud el hecho de adoptar más bien las tesis del enemigo, en vez de proclamar “triunfalmente” las nuestras.



No intentamos exponer, o hacer prevalecer, o defender, lo que nosotros consideramos como la Verdad; confiando, como los otros, en aquello que puede conseguir la adhesión de las masas, atraer la opinión. “Actuamos como si no creyéramos más que en las campañas de prensa, en los carteles de las paredes, en las reuniones brillantes o alborotadas, en las hojas sueltas, en los párrafos de elocuencia, en los slogans, en las consignas”. En una palabra, en todo lo que pueda ser un accesorio de trabajo sin ser realmente trabajo, sin ser la acción seriamente conducida y pensada.

De esta manera nos perdemos en fórmulas, en recetas y en apaños. Campañas a plazo corto, clamores sin eco. Esperando la salvación del éxito de alguna operación precipitada. Fundando todas nuestras esperanzas en el primero o en el último que llega. Empíricos a plazo corto, pero a quienes ninguna experiencia enseña.

¿“Revoltosos”...? los que profesamos el orden y el método.

¿Perezosos...? los que canonizamos el celo y el trabajo.

¿Apasionados sin límite, en cuanto pretendemos actuar...? los que proclamamos “querer siempre conservar la razón”.

Y ¿menos confiados, que los materialistas, en las fuerzas intelectuales y espirituales...? los que las invocamos sin cesar. Hasta el extremo, de reconocer que, si mañana la Revolución venciese, ese triunfo seria de una gran justicia. Porque, desde hace doscientos cincuenta y ocho años (Escrito en 1956 con referencia a 1717, fecha del gran desarrollo de la Masonería moderna), desde cuando estas olas de asaltos se suceden y se renuevan, incansablemente ingeniosas, siempre más hábiles, más eficaces, se puede decir que la Revolución ha merecido su conquista del mundo. Sus adeptos han sabido batirse; han sabido sostenerse; han sabido entregarse por entero, han abierto sus bolsas tanto como fuera necesario. El aparato impresionante de las instituciones seculares, así como la potencia material de las instituciones cristianas no les ha descorazonado. A pesar de su pequeño número y de su debilidad, al menos inicial, no han retrocedido.

E igualmente en 1903. Los sostenedores del movimiento de Lenin eran diecisiete. Sesenta años más tarde el aparato comunista en el mundo emplea dos millones aproximadamente de comités; células, círculos, asociaciones. Cada año se gastan dos mil millones de dólares; cada año se filman doscientas grandes películas (sin contar los millares de pequeñas); cada año se imprimen ciento veinte millones de libros (sin contar los folletos o libelos); cada año veinte mil propagandistas viajan por el mundo, quinientos mil agentes se afanan...; finalmente, cada semana se organizan ciento treinta mil horas de propaganda radiofónica...

... Para el triunfo de la Revolución universal.

Lejos, pues, de manifestar una ausencia de la justicia divina, los progresos constantes de la subversión expresan, por el contrario, magistralmente, cómo Dios sabe respetar el determinismo de su obra no negando al impío el fruto normal de su trabajo.

Porque si es cierto, como está escrito en el salmo CXI, que el “deseo de los pecadores perecerá—desiderium peccatorum peribit”—, no se ve por qué este indefectible castigo divino debería corresponder al retorno victorioso de un ejército que no ha combatido, de “hijos de la luz” que no han alumbrado. Retorno victorioso, que sería el insolente triunfo de estos pretendidos “ buenos
”, de los que San Pío X no temía afirmar, que por su pereza, por su cobardía, son más que todos los otros, el nervio del reino de Satán.

Sobresaltos como de dolor de muelas: “el que saca su espada...”

Esta insensibilidad, este miedo, esta deserción de los cristianos, son, ciertamente, el peor de los males. Por la inacción, que éstos implican ante todo. Por los accesos de exasperación desastrosos, que en las horas más dolorosas, tanta inercia no deja de provocar.

Sobresaltos como de dolor de muelas, según dijo Saint-Exupéry en alguna parte. Rabietas de niños, que querrían curarlo todo, restaurarlo todo en un instante. Pero para retornar mejor a la apatía inicial, por estar furiosos de que haya sido perturbada por la conmoción de las estructuras sociales. Enojo del dormilón, al que no deja descansar el grifo que gotea. Se levanta de un salto, para poder volver más rápida-mente a la cama a continuar el sueño.

“Se quiere combatir el mal en donde se manifiesta”, observaba Goethe. “Y nadie se inquieta por saber de dónde sale o desde dónde ejerce su acción. Por ello es difícil deliberar con la multitud, que juzga los negocios a la ligera, extendiendo raramente sus miradas al día de mañana”.

 De ahí la brusquedad de las reacciones: precipitadas, violentas, “dinamiteras”...

De esta forma, los que nunca han hecho nada, los que nunca han reaccionado, o muy poco, ante el progreso del mal, los que lo han, probablemente, favorecido en su principio, aceptado en sus primeros pasos, se sublevan bruscamente, estimando intolerable que el incendio que han visto encender, sin intervenir, amenace en ese momento su confortable embobamiento.

Imagen evangélica, siempre actual, del sueño, del que los mejores apóstoles no consiguen salir, mientras Jesús está en agonía y Judas arrastra ya a sus hombres.

Es amargo el despertar que provoca la irrupción de estos últimos. Alguien se exaspera. Y saca la espada.

Pero ¿Qué hay de asombroso de que en estas condiciones el Maestro repudiase su uso? Asimismo, el símbolo de la oreja cortada no está probablemente bastante meditado. Cuando no se ha cumplido nada de lo que se debería haber hecho en orden a la vigilancia espiritual y doctrinal ¿no es normal que el recurso a la espada de la fuerza bruta, intempestivamente desenvainada tenga por único resultado el... suprimir aquello, con lo que los hombres se oyen y se entienden?

 Cuando la preparación de las almas y de las inteligencias no ha sido suficientemente realizada, es normal y, en cierto sentido, es justo, que la violencia de reacciones demasiado tardías produzca su propio castigo. Quien se sirve, así, de la espada perecerá por la espada. Es sabio que Dios abandone a la lógica de su ciclo mortífero, a una fuerza tan manifiestamente falta de preparación espiritual e intelectual suficiente.

Añadamos que en la hora del poder de las tinieblas la única fuerza de las armas no bastaría. Porque son los tiempos en los que nada está suficientemente aclarado. Ya que lo que importa a la gloria de Dios, a la mayor fecundidad de una victoria del bien, es menos la intervención represiva de una fuerza bruta, que pusiera todo en orden en un instante (¡esta fuerza sería la de las "doce legiones de ángeles"!), que el testimonio, el apostolado de una verdad justificada, defendida en el plano que en principio es el suyo: el del combate espiritual, el de la conquista, el de la edificación, el de la instrucción de las almas.

Y es el colmo ver la Revolución dedicada con tanto esmero a ganar los cerebros, a obtener la adhesión de las inteligencias, mientras que los pretendidos fieles de la Verdad se molestan tan poco en aprenderla inicialmente ellos mismos, para extenderla a continuación. Fieles mucho más prontos a esperar en la fuerza, que en esta lucha del espíritu.

Ahora bien, Dios, que es precisamente espíritu y verdad, no puede permitir que sus fieles triunfen de esta forma.

Con un esfuerzo incansable de intoxicación espiritual e intelectual la Revolución ha conquistado el mundo.

Y respecto a esta acción ¿qué hemos hecho?

“¿Nuestros adversarios nos han respondido?”, observaba Jaurés en la tribuna de la Cámara cuando se discutía la “ley de separación”. “¿Nos han opuesto doctrina a doctrina e ideal a ideal? ¿Han tenido el valor de levantar contra el pensamiento de la Revolución el entero pensamiento católico? ¡No! Lo han eludido. Han disputado sobre detalles de organización. No han afirmado netamente el principio, que es como el alma de la Iglesia...”

Mientras la noción de eficacia—de una eficacia profunda, durable—no se alíe en nuestros espíritus a la noción de Verdad, tanto que, para ser eficaz, creamos preferible dejar lo Verdadero de lado, confiando más en el engaño o en la fuerza, perderemos el derecho de quejarnos de impotencia, de esterilidad crónicas.



Jean Ousset, La acción.