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viernes, 18 de enero de 2013

UNA LIBERTAD LIBERAL


MOTU PROPRIO "SUMMORUM PONTIFICUM",  CONCILIACIÓN DE LOS OPUESTOS O LA TOLERANCIA LIBERAL


El Novus Ordo celebrado por el Papa Benedicto XVI. Nótese que el Cristo detrás de la mesa no tiene cruz: símbolo exacto de lo que es la Misa Nueva, o mejor dicho, de lo que no es: un sacrificio.


Forma extraordinaria del rito romano, según el Papa. Los fieles pueden ir tanto a uno como al otro. "Se'igual", diría Minguito Tinguitella en la Argentina.


Que el liberalismo ha penetrado el pensamiento de muchísimos tradicionalistas –sin que éstos se den cuenta- nos lo confirma el seguir escuchando en distintas conversaciones, y por parte de gente que se supone bien formada, la defensa del Motu proprio del Papa sobre la Misa tradicional y la actitud de aceptación de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Es un tema sumamente importante sobre el que no se reflexiona bastante. ¿Pero acaso hay algo sobre lo que se reflexione bastante, cuando de unos años a esta parte se ha impuesto la actitud de obediencia ciega y “que las autoridades piensen por nosotros”, o, siguiendo a Chesterton, “saquémonos el sombrero y la cabeza”, no vaya a ser que caigamos en el celo amargo “radiocristiandánico”?

 Hay allí una concesión asumida en el terreno de la verdad sustentada en  “la imposibilidad de que el Papa dé más de lo que dio”, es decir, si el Papa es liberal y pone en pie de igualdad o da el mismo valor a una Misa católica y una Misa protestante o bastarda inventada por masones, hay que aceptarlo porque la mitad del decreto es bueno y ha concedido la libertad (¿Estaba presa? ¿Cómo entonces desde hace cuarenta años nosotros los tradicionalistas asistimos a esa misa con entera libertad?) a la Misa tradicional. Este razonamiento desliga el bien del mal, la verdad del error, como si en esta batalla pudieran discriminarse y pudiera hacerse el bien sin combatir el error. Lo decía San Jerónimo: “Si no odiamos el mal no podremos obrar el bien” (Carta a Rústico, Belén, 411). El truco liberal es conducir la mirada hacia el bien (“miremos lo que nos une, no lo que nos separa”) y disminuir entonces el mal. Así se ve  la mitad de la realidad.

Pero el mal igualado al bien no disminuye el mal, sino que disminuye el bien. Es la aceptación del mal menor donde no puede ser aceptado: en los principios. Contra esto se arguye que liberando la Misa tradicional ésta de a poco irá ocupando cada vez más lugar y al fin terminará por desplazar a la Misa nueva. Otra falacia liberal. Alguien entonces podría razonar así: “Es como si el señor del kiosco hubiera sacado la “Iesus Christus” que tenía escondida y la pone en exhibición en su kiosco, colocándola a la vista junto a la “Criterio”. Es cierto que el kiosco vende basura, pero por lo menos ahora alguien podrá leer algo bueno”. Eso, le respondemos, plantea tres problemas: primero, por una “Iesus Christus” (digamos de las de antes), hay cien “Criterio” o “30 giorni” (revistas liberales). Segundo, si el kiosquero vende una “Iesus Christus” por cada cien de las otras, sencillamente va a terminar por volver a guardar la “Iesus Christus” donde nadie la vea, porque no es negocio: ya no le interesa venderla. Tercero: si aceptamos que el Papa pueda actuar como un kiosquero, estamos fritos. Porque el Papa, la Iglesia, debe enseñar la Verdad, debe transmitir intacto el depósito recibido en toda su integridad. Y en eso no se puede negociar. Aunque todo el mundo le reclamara la “30 giorni”, él tendría que decir: “No tengo eso, no vendo porquerías”. Por eso, y más tratándose de una cuestión tan grave como es el Santo Sacrificio de la Misa, el centro de la vida cristiana, el Papa no puede actuar como un tendero o como un político, como interpretó bien Mons. Fellay en su carta de agradecimiento del Motu proprio. Porque ahí se dice que el Papa- y se lo dice comprendiéndolo o como disculpándolo, no en un tono condenatorio sino diplomático- que el Papa afirma la existencia de un solo rito en dos formas iguales en derecho, para no chocar con las Conferencias episcopales. Lo que debe decirse es que el Papa debe hacer las cosas para no chocar con Jesucristo, con la voluntad de Dios y con la Tradición católica, aunque eso le cueste la vida. Si le pedimos al Papa “el mal menor”, entonces estamos sonados.

Mons. Lefebvre aclara bien el error de esta especulación propia de los liberales: Si continuáis la lectura de las actas de los Papas una después de la otra, veréis que todos han dicho lo mismo sobre las libertades nuevas nacidas del liberalismo. La libertad de conciencia y de cultos, la libertad de prensa, la libertad de enseñanza, son libertades envenenadas, falsas libertades. Porque el error es siempre más fácil de difundir que la verdad, es más fácil de propagar el mal que el bien. Es más fácil decir a la gente: “podéis tener varias mujeres”, que decirles “no tendréis más que una durante toda la vida”; ¡es más fácil en consecuencia establecer el divorcio como “contrapeso” del matrimonio! Igualmente, dejad indiferentemente a lo verdadero y a lo falso la libertad de obrar públicamente y con seguridad habéis favorecido el error a costa de la verdad.

Actualmente les agrada decir que la verdad hace el camino por su sola fuerza intrínseca y que para triunfar, no tiene necesidad de la protección intempestiva y molesta del Estado y sus leyes. El favoritismo del Estado hacia la verdad es inmediatamente tachado de injusticia, como si la justicia consistiese en mantener equilibrada la balanza entre lo verdadero y lo falso, la virtud y el vicio...Es falso: la primera justicia hacia los espíritus es favorecerles el acceso a la verdad y precaverlos del error. Es también la primera caridad: “veritatem facietes in caritate”: En la caridad, hagamos la verdad. El equilibrismo entre todas las opiniones, la tolerancia de todos  los comportamientos, el pluralismo moral o religioso, son la nota característica de una sociedad en plena descomposición, sociedad liberal querida por la masonería.” (Le destronaron. Del liberalismo a la apostasía. La tragedia conciliar).

La libertad que otorga el Motu proprio sobre la Misa es una libertad liberal, una libertad envenenada, que al equiparar la verdad con el error hace disminuir el valor de la verdad. Es como darle la libertad al inocente…pero también al asesino. Si el inocente no se cuida el asesino será capaz de matarle. La “libertad” de la Misa tradicional es como un padre que da libertad a sus hijos para comer de un pastel que estaba bien guardado y muy pocos disfrutaban, pero deja a su lado un pastel envenenado que los llevará a la muerte eterna. ¿Puede tolerarse eso, en nombre de la libertad para el pastel bueno? Sí, si se es o se actúa como un liberal.

Lo que nuestros amigos resabiados de liberalismo no comprenden  es que enseñar la verdad y condenar el error van juntos. Si el Papa reconoció “el derecho inalienable de todo sacerdote a celebrar la Misa tradicional sin tener que recurrir a ninguna autorización especial” (editorial del P. Bouchacourt), no condenó la Misa nueva que se opone radicalmente a la Misa tradicional, misa aquella que además goza de todas las facilidades y cuya imposición no puede ser disminuida por un decreto que además la sostiene como la “forma ordinaria” del rito. Si el Papa tuviese la fe católica hubiese dicho “Misa tradicional para todos”, pero también “Misa Nueva para nadie”. Porque la Iglesia debe permitir pero también impedir: impedir el mal, el error que combate aquello que debe permitir.

Por otra parte, si el Papa dice y da la impresión de que ambas formas del rito son igual de válidos, entonces ¿qué sentido puede tener para el que va al Novus Ordo cambiarse a la Misa tradicional? Se queda con la que conoce antes que tener que “aprender latín”. Y se queda con ésta porque no comprende todo el drama del combate doctrinal y litúrgico. Por el contrario, se acercarán muchos a la “forma extraordinaria del rito romano”, sin el debido discernimiento, buscando sólo la exterioridad, la belleza estética del culto (como pasa incluso con homosexuales dentro de la Iglesia), de manera que no podrán obtener todos los frutos que obtendrían si tuvieren la debida preparación e instrucción. Por otra parte, con el Motu proprio, ¿a qué acercarse a las Misas de la Fraternidad San Pío X, si puede el fiel de la Iglesia conciliar acercarse a la de una Iglesia de la diócesis? De esta forma se disminuye el sentido del combate total de la FSSPX, reduciéndolo todo –para los de afuera- a la Misa.


También se puede argumentar, en defensa de Benedicto, que actuó prudencialmente aplicando la tolerancia católica temporalmente, para evitar un mal mayor, esto es, una gran división interna en la Iglesia. Pero que esto no es así queda claro cuando el Papa no se limitó en su decreto a reconocer la no abrogación de la Misa tradicional, sino que además le otorgó todos los derechos (derechos inmerecidos) a la Misa Nueva, es decir, al error. El Papa decreta la coexistencia de la verdad y el error. Su decreto es revolucionario.      


Así que la Fraternidad dijo: “La libertad de la Misa tradicional es un bien muy grande”. Pero no dijo: “La libertad de la Misa Nueva es un mal muy grande, o se está con una Misa o se está con la otra, no con las dos. Por lo tanto este decreto es inaceptable”.

En cambio, se afirmó que el acto de Benedicto XVI, pese a los errores contenidos en su decreto, era un acto de “coraje real” (sic). ¿Hay que tener coraje para engañar o hay que tener coraje para afirmar íntegra la verdad? ¿Hay que tener coraje para ser mártir como todos los primeros Papas o para sumarse al envión del Nuevo Orden Mundial? “Mi mayor ambición fue siempre decir la verdad a medias”, dice un personaje que en una película simboliza al demonio (The Lightship, Jerzy Skolimovsky, 1986).

Se afirmó que fue un acto de “coraje real” porque se ha querido hacer creer –o se ha creído- que Benedicto XVI no es un Papa progresista, sino “restaurador”, puesto que los progresistas lo atacan. Con un razonamiento tan infantil podría sostenerse también la defensa de Mauricio Macri, porque los progresistas e izquierdistas lo atacan. Eso es una falacia absoluta, puesto que los que atacan al Papa son los “ultraprogresistas”, y Benedicto, como alguna vez se definió a sí mismo, es “un progresista equilibrado” (Informe sobre la Fe, pág. 22). Un progresista que está por una “evolución tranquila de la doctrina” (Id. P. 23) y “sin nostalgias de un ayer irremediablemente pasado” (Id. P. 24). Y, como dice un excelente artículo de la revista “Sí, sí, no, no”, “si bien él no ama el progresismo de punta, tampoco ama la Tradición católica: “Debemos permanecer fieles al hoy de la Iglesia; no al ayer o al mañana” (Id. P. 37).

Por si algún distraído quiere creer que eso fue el pasado y como Papa Ratzinger ha cambiado de parecer, le recordamos que el Papa ha dado el visto bueno a la reedición de todas sus obras, y es Gerhard Ludwig Müller, obispo de Ratisbona, actual Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (el cargo que antes ocupara Ratzinger con Juan Pablo II), el editor de sus obras completas. Müller, se sabe, es favorable a diversas herejías y  ha dicho que los que afirman que el Vaticano II significa una ruptura con la Tradición aplican una “interpretación herética”.

Agreguemos sobre el Motu proprio que “siendo el derecho una noción moral, se ordena enteramente al fin y al bien. Por lo tanto no se puede de ninguna manera reconocer el mismo derecho moral o civil al error y a la verdad, al bien y al mal (como lo hace la declaración de los derechos del hombre)”. (P. G. Devillers, La ideología de los derechos humanos y libertad religiosa. Nueva teología y nueva moral). Significativo resulta comprobar, en la mención de este texto que se refiere a la ideología de los Derechos Humanos, que la misma se ha impuesto en la Iglesia oficial a través del modernismo del Vaticano II y que para existir requiere de una “conciliación de los opuestos” o “reconciliación de los contrarios”, que los documentos del Vaticano II han promovido en especial con el ecumenismo. Lo mismo viene a buscar el Papa con la Tradición católica (asistir a la Misa tradicional es un “Derecho Humano”, podrían decir), sólo que para esta conciliación una de las dos concepciones, la verdaderamente católica, tiene que contaminarse de liberalismo para poder pactar. Ya la aceptación del Motu proprio y el “levantamiento de las excomuniones” funcionaron como “caballos de troya” para ablandar el “integrismo” mediante razonamientos falsos y concesiones al error. ¿No puede afirmarse acaso que Benedicto le aplicó una hábil dialéctica marxista –que aún no termina de dar resultados, es cierto- a la FSSPX? “La presente situación puede considerarse una confrontación de las dos concepciones vigentes de los derechos humanos (es decir, la capitalista y la soviética)…estas dos concepciones vigentes son, en cierto modo, complementarias y, en cierto modo también, opuestas. Una de las tareas principales que tenemos por delante en el futuro inmediato es el encontrar claramente algún denominador común para el desarrollo futuro de las dos tendencias o, en términos de dialéctica marxista, lograr la reconciliación de los dos contrarios en una síntesis superior”.(“Memorandum y Cuestionario acerca de las Bases Teóricas de los Derechos del Hombre”, París, 1947. Cit. por Arnold J. Lien, “Los derechos del hombre” por E.H. Carr, Benedetto Croce, Mahatma Gandhi, Aldous Huxley, Salvador de Madariaga, Jacques Maritain, Teilhard de Chardin y otros, Barcelona, 1975).

Veamos otro texto interesante sobre la manera que tienen los liberales de conceder la “libertad”: “El régimen americano concede la libertad a todos los cultos, con tal que no perturben el orden público [Nota Syllabus: dada la exigua cantidad de fieles que acuden a la Misa tradicional, y las trabas impuestas por los obispos, Roma comprendió que la libertad de esta misa no iba a perturbar el “orden público” del Vaticano II]. La Iglesia no se queja por supuesto del beneficio que supone esta libertad, libertad que le es negada en otros países. Lo que recuerda León XIII a los americanos es que este sistema, incluso si permite la acción de la Iglesia, se queda en un mal menor. En realidad el Estado no puede poner todas las religiones al mismo nivel, tal como ocurre en los Estados Unidos. Debe conceder un trato de privilegio y proteger solamente a la verdadera religión. Las otras religiones pueden ser toleradas en función de determinadas circunstancias pero en realidad nunca disfrutarán sus derechos.[Nota Syllabus: la Misa Nueva no puede disfrutar de derechos, pero ni siquiera debe ser tolerada] Esta es la enseñanza constante de la Iglesia desde los orígenes, que Pío XII resumió en 1953 de esta forma: “Todo lo que no responde a la verdad y a la ley moral no tiene objetivamente ningún derecho a la existencia, ni a la propaganda, ni a la acción” (“La subversión que llegó de la América sajona”, tomado de la revista Savoir et servir Nº 56 y Iesus Christus Nº 48, Noviembre–Diciembre de 1996).

Tras estas palabras de Pío XII, ahora nos recordamos de la admisión de Mons. De Galarreta de que el decreto sobre las “excomuniones” no responde a la verdad…pero se aceptó con gratitud y alegría. Contagio liberal.

Sigue diciendo el artículo que los liberales “acceden en acordar la libertad a los católicos pero siempre que éstos no la utilicen para el triunfo de los principios católicos: “Somos liberales y les ofrecemos la libertad en nombre de nuestros principios. A cambio, su deber es respetar esta libertad que se les ofrece. No tienen ningún derecho si pretenden utilizarla para imponer sus principios que se oponen a los liberales”. (Idem).

Los liberales “quieren sobre todo transformar a los católicos en liberales, y es con esta intención que otorgan a los católicos una cierta libertad, no para que practiquen tranquilamente su catolicismo sino porque esperan que, insertos en un sistema liberal, se liberalizarán poco a poco. Si los católicos resisten, entonces se emplea contra ellos el arma psicológica, o bien se les acusa de maquiavelismo, de ingratitud o de doblez”. (Id.).

“Ante estas amenazas, que encubren a su vez la idea de persecución, la mayoría de los católicos flaquea y, luego de empezar por engrosar las filas de eso que se llama “católicos liberales”, tras muchas concesiones y renuncias, terminan apostatando completamente”. (Id.).

Recapitulando, se comprende entonces que el error inicial de la FSSPX fue dejar de ser antiliberal y subestimar al enemigo, cayendo en su trampa dialéctica por confiar en la propia astucia, recubierta con una piedad mal entendida y casi olvidándose de las enseñanzas evangélicas. El gran error fue hacer a Roma –a la Roma modernista, a una Roma que Mons. Lefebvre llamó apóstata y anticristo- hacerle esas dos peticiones. Porque no puede pedírsele a un estafador, a un corruptor –y la Roma conciliar corrompió la doctrina católica y estafa a los fieles ¿hace falta decirlo?-, no puede pedírsele que dé algo limpio, algo sano, algo católico, porque éste sólo puede dar cosas falsas, estropeadas, manoseadas, imperfectas, como las que dio. Lo que debió pedir la Fraternidad es, como quería Monseñor Lefebvre, una profesión de fe, católica, antimodernista. Ello hubiera sido un signo verdadero de conversión, no la entrega de cosas que pueden manipularse de muchas formas. Porque para actuar como católico se debe pensar como católico. Y el primer paso es asumir esa fe entera públicamente, primer paso en el camino de la verdad, único camino que conduce a la libertad. Pero, eso sí: Nuestro Señor dijo “la verdad os hará libres”, no dijo “la verdad a medias os hará libres”.