domingo, 17 de mayo de 2015

LA ESPIRITUALIDAD BÍBLICA TRANSMITIDA POR MONS. DR. JUAN STRAUBINGER



S


SABIDURÍA:
La sabiduría, dice Santo Tomás, consiste en el conocimiento de Dios: no basta saber que Él existe; hay que conocerlo, saber cómo es. Jesús va hasta decir que en ese conocimiento está la vida eterna (Juan 17,3).
Conoceremos a Dios estudiando lo que Él ha hablado. Así como conocemos a los hombres estudiando los pensamientos y afectos que han expresado, porque “de la abundancia del corazón habla la boca” (Mat. 12,34), así sucede con mayor razón respecto de Dios que, siendo puro Espíritu (Juan 4,24), trasciende todo concepto propio de nuestra inteligencia, y, siendo infinito, supera todas las cosas humanas (Gál. 1, 11-12).
La plenitud de esa sabiduría está en llegar así, a través del conocimiento intelectual de la Revelación, a conocer espiritual y experimentalmente a Dios, según la definición que San Juan nos ha dado de Él. Esa definición nos revela algo superior a cuanto pudimos haber imaginado: nos revela que Dios es el amor (I Juan 4,16).
(Introducción al Libro de los Salmos).
Como fruto de ella (la sabiduría) podemos decir que, al hacernos sentir así la suavidad de Dios, nos da el deseo de su amor que nos lleva a buscarlo apasionadamente, como el que descubre el tesoro escondido (Is. 45,3) y la perla preciosa del Evangelio (Mat. 13). He aquí el gran secreto, de incomparable trascendencia: La moral es la ciencia de lo que debemos hacer. La sabiduría es el arte de hacerlo sin esfuerzo y con gusto, como todo el que obra impelido por el amor (Kempis, III,5).
El mismo Kempis nos dice cómo este sabor de Dios, que la sabiduría proporciona, excede a todo deleite (III, 34), y cómo las propias Palabras de Cristo tienen un maná escondido y exceden a las palabras de todos los santos (I 1,4). ¿Podrá alguien decir luego que es una ociosidad estudiar así estos secretos de la Biblia? Cada uno puede hacer la experiencia, y preguntarse si, mientras está con su mente ocupada en estas cosas, podría dar cabida a la inclinación de pecar. ¿No basta, entonces, para reconocer que éste es el remedio por excelencia para nuestras almas? ¿No es el que la madre usa por instinto, al ocupar la atención del niño con algún objeto llamativo para desviarlo de ver lo que no le conviene? Y así es como la Sabiduría lleva a la humildad, pues el que esto experimenta comprende bien que, si se libró del pecado, no fue por méritos propios sino por virtud de la Palabra divina que le conquistó el corazón.
Tal es exactamente lo que enseña, desde el Salmo 1° (v.1-3), el Profeta David, a quien Dios puso “a fin de llenar de sabiduría a nuestros corazones” (Ecli. 45,31): El contacto asiduo con las Palabras divinas asegura el fruto de nuestra vida. (Cfr. También Prov. 4,23; 22,17; Ecli. 1,18; 30,24; 37,21; 39,6; Luc. 6,45; Mat. 15,19; Hebr. 13,9).
(Introducción al Libro de la Sabiduría).
La sabiduría se muestra en el perfecto conocimiento de la voluntad de Dios y en el cumplimiento de lo que le agrada (1,34, 2,19; 4,15 y notas). Es la que lleva al amor, como lo explica Jesús en Juan 14,21: “Quien ha recibido mis mandamientos y los observa, ése es el que me ama”. Véase 27,10 y nota y la admirable luz que Jesús da en Juan 7,17.
(Coment. a Ecle. 21,12).
La primera lección que nos da la Sabiduría es reconocer a Dios como nuestro bienhechor habitual, base de nuestra amistad con Él: pensar bien de Él, sin lo cual no podemos amarlo.
(Coment. al Salmo 56, 3)
Dios ama a los que la aman: He aquí el secreto para ser predilecto del Padre: amar la sabiduría, lo cual es lo mismo que amar al Hijo (Juan 16,27), pues Jesús es la Sabiduría (1,1 y nota).
(Coment. a Ecle. 4,15).
He aquí el concepto que Dios tiene del verdadero sabio, bien diferente del que tiene el mundo. Según el griego se ve aún más claramente. Es aquel que medita las Sagradas Escrituras y dedica su tiempo al estudio de los Profetas. Véase 7,40; 18,24; 34,8; S. 118,162; prov. 1,6 y notas; Is. 21,12; 34,16; Sab. 8,5; Est. 11,12; I Tes. 5,20; Apoc. 1,3, etc. San Ignacio mártir escribe a San Policarpo: “Pide que se te den a conocer las cosas invisibles”. Véase Is. 42,20 y nota.
(Coment. a Ecle. 39,1).
“Lo primero de que se asombra el que llega a recibir alguna luz de sabiduría, dice Garrigou-Lagrange hablando sobre Santo Tomás, es la suma simplicidad a que ella se reduce. Esto nos hace comprender por qué la Sabiduría divina se revela a los niños mientras escapa al esfuerzo especulativo de los sabios. Chesterton cuenta cómo, después de dar la vuelta al mundo para buscar la verdad, la halló en la iglesita que había en la esquina de su casa”.
(Prólogo a la tercera edición del Nuevo Testamento).
La sabiduría que imploró Salomón se sintetiza en el "saber que ella trabaja con nosotros a fin de que sepamos lo que a Dios agrada" (Sab. IX, 10). Al iniciar nuestro empeño por buscarla, nos consuela el saber de antemano que la conseguiremos, porque "el que la necesita no tiene más que pedirla a Aquel que da copiosamente, sin zaherir a nadie” (Sant. I, 5). Porque “todo el que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama se le abrirá” (Luc. XI, 10).
Más aún, la sabiduría “se anticipa a aquellos que la codician, poniéndoseles ella misma delante”. Por tanto, quien la buscare “no tendrá que fatigarse, pues la hallará sentada en su misma puerta” (Sab. VI, 14-15). Y esto es porque el Divino Padre, que es bueno, "dará el buen espíritu a quien se lo pida", así como nosotros, “que somos malos, sabemos dar cosas buenas a nuestros hijos, y no les damos una piedra cuando nos piden un pan” (Luc. XI, 11-13).
Por donde se ve que el desear la sabiduría es ya la seguridad de alcanzarla, y esto lo expone la Biblia en forma de sorites, en un pasaje maravilloso que es quizá la única argumentación silogística en el Antiguo Testamento (más marcadamente que en Rom. V, 2-5 y I Pedr. I, 5-7) y que denuncia la procedencia alejandrina del autor del Libro de la Sabiduría.
Dice éste, en efecto: "El principio de la sabiduría es el muy sincero deseo de instrucción; la premura de instrucción, es amor; el amor es ya guardar sus leyes; la atención prestada a esas leyes, es signo de incorrupción; la incorrupción (inmortalidad) da un lugar junto a Dios. Luego, el deseo de la sabiduría conduce al Reino eterno” (Sab. VI, 17-20).
Vemos, pues, que el desear la sabiduría es ya el comienzo de la misma. Y hay más: "No pudiendo obtenérsela sino como un don, es ya señal de sabiduría el saber de quién viene tal gracia" (Sab. VIII, 21). Y aquí hemos de señalar una característica que hemos expuesto en la Introducción al Libro de los Proverbios, donde decíamos: "Casi todos los pueblos antiguos han tenido su sabiduría, distinta de la ciencia, y síntesis de la experiencia que enseña a vivir con provecho para ser feliz. Aún hoy se escriben tratados sobre el secreto de triunfar en la vida, del éxito en los negocios, etc. Son sabidurías psicológicas, humanistas, y como tales, harto falibles. La sabiduría de Israel es toda divina, es decir revelada, por Dios, lo cual implica no sólo la infalibilidad, sino mucho más. Porque no es ya sólo dar fórmulas verdaderas en sí mismas, que pueden hacer del hombre el autor de su propia felicidad, a la manera estoica; sino que es como decir: Si tú me crees y te atienes a mis palabras, Yo tu Dios, que soy también tu amantísimo Padre, me obligo a hacerte feliz, comprometiendo en ello toda mi omnipotencia".
Esto decíamos para señalar el carácter y el valor eminentemente religioso de los Proverbios, aun cuando ellos no tratan de la vida futura sino de la presente, ni hablan de premios o sanciones eternos sino temporales. Cuánto más no ha de aplicarse tal visión cuando se estudia la sapiencia según el Libro de la Sabiduría, donde se la presenta, no ya como virtud de orden práctico que desciende al detalle de los problemas temporales, ni tampoco —según hace el Eclesiastés—, como un concepto general y antihumanista de la vida en sí misma, sino como una sabiduría toda espiritual y sobrenatural, verdadero secreto revelado por Dios.
Esa sabiduría es tal que “juntamente con ella nos vienen todos los bienes, y recibimos por su medio innumerables riquezas” (Sab. VII, 11). Y por ella nos vienen también "las grandes virtudes, por ser ella la que enseña la templanza, la prudencia, la justicia y la fortaleza, que son las cosas más útiles a los hombres en esta vida (Sab. VIII, 7).
Resulta, pues, evidente que conocer el modo de llegar a la sabiduría, es tener la receta infalible para librarnos de toda imperfección que pueda hacernos olvidar lo que agrada al Padre y alejarnos de la perfecta unión con El, la cual se mantiene conservando la paz. Esa es la paz que Jesús deseaba y comunicaba, al saludar a todos invariablemente con la fórmula hebrea: "La paz sea con vosotros", o "La paz sea en esta casa"; o al empezar el mayor de sus discursos (Juan 14, 1 s.) diciendo a los suyos: "No se turbe vuestro corazón".
Esa paz prometió Cristo como un don genuinamente suyo y procedente de El, pues que El se presentó como la Sabiduría encarnada: "La paz os dejo, mi paz os doy... Que vuestro corazón no se turbe ni tema" (Juan XIV, 27).
Así se manifiesta que Jesús consideraba la paz como de una importancia espiritual absolutamente básica, condición previa para todo lo demás. El, que no vino a destruir el Antiguo Testamento sino a confirmarlo y perfeccionarlo, acentuaba así la norma que los Proverbios nos dejaron como suma enseñanza: "sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él manan las fuentes de la vida" (Prov. IV, 23).
Para mejor apreciar el valor de la sabiduría, conviene presentarla en claroscuro o contraste con la ordinaria condición de los mortales, que el hijo de Sirac en el divino libro del "Eclesiástico" nos señala con estas palabras: “Una molestia grande es innata a todos los hombres y un pesado yugo abruma a los hijos de Adán, desde el día en que salen del vientre materno, hasta el día de su entierro en el seno común de la madre” (Ecli. XL, 1).
El miedo es la característica de ese estado de naturaleza caída en que nos encontramos normalmente. No se trata del miedo excepcional, característico de la mala conciencia que, como dice Moisés, huye sin que nadie persiga (Lev. XXVI, 17), y, como dice David, tiembla de terror donde no hay motivo (Salmo LII, 6). Se trata del miedo en su acepción más lata, y de él poseemos una definición admirable que nos da el Sabio del Antiguo Testamento.
El Libro de la Sabiduría, según la Vulgata, nos dice que “no es otra cosa el miedo sino el pensar que está uno destituido de todo auxilio” (Sab. XVII, 17). El texto griego (v. 12) define el miedo como "el abandono de los recursos que nos daría la reflexión”, cosa que, según sabemos, puede llegar hasta el terror pánico que casi enloquece.
En contraste con tal situación de ánimo, el Salmista nos muestra, como propia del sabio, esta característica: "No temblará las malas noticias". Y agrega que su corazón es inconmovible y no temerá ante sus enemigos, antes bien los despreciará hasta que los vea abatidos (Salmo CXI, 7-8).
¿Es esto el valor estoico? No, pues no se funda en la propia suficiencia, siempre harto falible, sino en la seguridad de una indefectible protección. El miedo es, pues, contra la fe, esa fe de la cual sabemos que es la vida del justo, como expresa el Apóstol de los gentiles en la Epístola a los Romanos (I, 17).
Otro aspecto de la sabiduría considerada como serenidad, estriba en su carácter universalista (podría decirse totalista), que no se altera, de alegría ni de tristeza, por acontecimientos cuyo interés sólo es parcial. Su aspiración no tiene límites, busca lo supremo porque vive en lo absoluto.
Así, pues, cuando las propias obras parecen prosperar, ella no se entrega a la complacencia, según suele hacerlo el hombre natural, en tanto sufre la humanidad entera. Ni tampoco se aflige demasiado al ver que desborda lo que San Pablo llamó "el misterio de iniquidad” (II Tes. II, 7), por lo mismo que lo tiene ya previsto según las profecías.
A este respecto, el Salmo XXXVI de David ofrece una gran luz, que se aclara aún más si consultamos el original hebreo. En efecto se nos exhorta a no envidiar a los que obran la iniquidad, aunque nos parezca que los vemos triunfar, porque pronto se marchitarán y secarán como el heno. El texto hebreo precisa más el concepto, diciendo: “No te acalores a causa de los malos”. Y lo mismo más adelante (v. 8), en lugar de: “No quieras ser émulo en hacer el mal”, el hebreo dice: “No te irrites, pues sería para mal”. De ahí que S. Isidoro de Sevilla recomiende la lectura y meditación de este Salmo como medicina contra las murmuraciones y contra las inquietudes del alma.
Vemos, pues, que aún la santa indignación que nos lleva a alarmamos ante la maldad triunfante, es atemperada por la sabiduría.
Muchos otros Salmos, p. ej. el XLVIII , y especialmente el LXXII explican igualmente el problema del mal que se impone y de la prosperidad que suele gozar el malvado, para enseñarnos a no turbamos y a no temer. Por lo que hace a esta actitud valiente del sabio frente al mal, y aún a la persecución propia, pueden verse muchas otras sentencias —cuya exposición aquí nos llevaría muy lejos,— en los Salmos III, 7; XXII, 4; XXVI, 1; LV, 5; CXVII, 6; Mat. X, 28; Rom. VIII, 31, etc.
Pero hay todavía otra enseñanza muy profunda de la Sabiduría, para utilidad de todo hombre deseoso de cumplir esa misión que a todos nos alcanza, de difundir la verdad y el bien entre sus semejantes. Hallamos esa lección en la fórmula lapidaria de San Lucas: "Semen est verbum Dei": la Palabra de Dios es semilla.
Quiere decir que el sembrador ha de contentarse con dejar caer la semilla. ¿Quién pensaría en golpear la tierra para apresurar la germinación? La vida en germen, la planta, no está en la tierra, sino en el grano, y de ahí el valor inmenso de la palabra, valor que depende de su calidad. Pero la tierra no puede ser forzada, y si ella no es propicia, en vano pretenderíamos cosechar.
Se revela aquí otro aspecto interesante y eminentemente práctico de la sabiduría considerada como serenidad, porque aquí ella nos dice que, aún en la materia más importante, como es el celo por la verdad, no hemos de querer hacer violencia. Cuando los fariseos se escandalizan de su desnuda sinceridad, Jesús, lejos de discutir con ellos, dice a los suyos: “Dejadlos: son ciegos que guían a ciegos" (Mat. XV, 14). Y cuando El envía sus discípulos a evangelizar “como corderos entre lobos", y les anuncia la persecución como un sello de autenticidad, no les manda imponerse, ni discutir, sino al contrario: "Si no os reciben y no escuchan vuestras palabras, salíos de aquella casa y de aquella ciudad, sacudiendo el polvo de vuestros pies” (Mateo X, 14).
Agreguemos, para terminar, un capítulo más íntimo. El que se refiere a la felicidad interna, cuya perennidad nos garantiza la Sabiduría.
Empieza por la paz inconmovible de la conciencia, y nos dice: “Si ves que has sido fiel, don de Dios es esa fidelidad que te llena de gozo. No te gloríes”. "Después que hubiereis hecho todas las cosas que se os han mandado (por Dios), habéis de decir: “siervos inútiles somos" (Luc. XVII, 10).
Si ves que has sido infiel, y estás de ello pesaroso, también es don de Dios esa contrición que te pone tan cerca de El como cuando eras fiel, porque el corazón contrito es el sacrificio grato a Dios (Salmo L). Lo es por razón de amor paternal, pues El sabe esa gran paradoja de que ama menos aquél a quien menos se le perdona" (Luc. VII, 47).
Sapientia sapida scientia, dice S. Bernardo, esto es: la sabiduría es ciencia sabrosa, que entraña a un tiempo el saber y el sabor. Es decir que probarla es adoptarla pero también que nadie la querrá mientras no la guste; porque ni puede amarse lo que no se conoce, ni tampoco se puede dejar de amar aquello que se conoce como soberanamente amable.
Hay, pues, que buscarla, porque, “si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídasela a Dios, que a todos da copiosamente sin zaherir a nadie" (Sant. I, 5). Más aún, la sabiduría, "se anticipa a aquellos que la codician, poniéndoseles ella misma delante”. Por lo tanto, quien la buscare, "no tendrá que fatigarse, pues la hallará sentada en su misma puerta" (Sab. VI, 14-15). Y esto es porque el Divino Padre, que es bueno, dará el buen espíritu a quien se lo pida (Luc. XI, 15).
(Espiritualidad Bíblica, Editorial Plantín, Buenos Aires, 1949).



SACRIFICIOS:
Contra el culto meramente técnico y exterior se pronuncia la Sagrada Escritura muchas veces, p. ej. I Rey. 15,22; S. 39,7; 49,13 ss.; 50,18; Jer. 6,20; Os. 6,6; Am. 5,21 ss.; Miq. 6,6; Mat. 9,13. El profeta quiere decir: de nada sirven los sacrificios sin la recta intención y sin la contrición del corazón. S. Agustín y S. Jerónimo observan que los sacrificios de animales tenían valor en cuanto figuraban los sacrificios espirituales y verdaderos, y apartaban al pueblo de la idolatría. Cf. 58,1 ss.; 66,2.
(Coment. a Is. 1,11).
Los sacrificios del corazón son las alabanzas de Dios y el amor al prójimo.
(Coment. al S. 49,1)


SAGRADA ESCRITURA:
Los discípulos de San Pablo se alimentaban con la Sagrada Escritura para poder luego transmitirla a los fieles: es el mismo programa que Santo Tomás expresa en su fórmula: “Contemplata aliis tradere”. Cuando oramos, dice San Agustín, hablamos a Dios, mas cuando leemos la Sagrada Escritura, Dios nos habla a nosotros. Si el discípulo se encuentra en presencia del maestro, ¿se pondrá a hablar todo el tiempo o le convendrá escuchar? Bello programa para un culto eucarístico-bíblico que dijese como Samuel: “Hablad Señor, que vuestro siervo escucha” (I Rey. 3,10), y se dedicase como María (Luc. 10,39 ss.) a oír hablar a Jesús (Mat. 17,5), que nos ofrece las Palabras del Padre (Juan 15, 15), para santificarnos (Juan 17,17) y darnos paz (S. 84,9), mostrándonos su Corazón (Luc. 6,45) como a los que lo oyeron en su tiempo (Luc. 10,24), pues para eso dice San Juan que escribió su Evangelio (cfr. I Juan 1,3 s.)
(Coment. a I Tim. 4,13).
La contestación del etíope es una refutación elocuente a los que creen que la Sagrada Escritura es siempre clara, y que cualquier persona puede interpretarla. Por eso el Señor envía a Felipe, como dice S. Jerónimo, para que descubra al eunuco a Jesús, que se le ocultaba bajo los velos de la letra. “Los cristianos, dice San Ireneo, deben escuchar la explicación de la Sagrada Escritura que les da la Iglesia, la cual recibió de los Apóstoles el patrimonio de la verdad”. Cfr. El decreto del Concilio tridentino Ses. IV del 3 de Abril de 1546 (Ench. Bibl. Núm 47).
(Coment. a Hech. 8,31).
Y tus oráculos me alegran tanto
como quien halla copioso botín.
Es éste un llamado a que estudiemos la Biblia entera, “cuya conversación no tiene amargura, ni tedio su trato, sino consuelo y alegría” (Sab. 8,16), sin excluir las profecías donde se hallan esas divinas promesas que nos llenan de anticipada felicidad en la esperanza (cf. Prov. 10,28 y nota). S. Pablo nos exhorta a no despreciar ese estudio (I Tes. 5,20), que es propio de los que quieren ser sabios (Ecli. 39,1; cf. Is. 34,16; Mat. 13,52; I Pedro 1,10 ss.; Apoc. 1,3, etc.). El fruto de esto será infaliblemente el que vemos en el v. 163. Cf. S.1,1 ss.
(Coment. a S. 118,162).


SALVACIÓN:
La salvación sólo es posible por la fe en Jesucristo, nuestro único Mediador, quien haciéndose víctima en la cruz, nos redimió y nos mereció la gracia de la justicia y salvación. No hay ninguna nación que en esto sea privilegiada.
(Coment. a Rom. 3,22).


SANTO ABANDONO:
El santo abandono o la santa indiferencia no es otra cosa que “el ejercicio perfecto de las tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, juntas en una” (Garrigou-Lagrange), es el dejarse guiar por la divina Providencia, abandonando los propios juicios y deseos. (…) Hay que hacer abandono de sí mismo con ese espíritu de fe que cree con S. Pablo “que todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios” (Rom. 8,28.) El Apóstol de los Gentiles no se cansa de pintar como modelo al patriarca Abrahán, el cual, “habiendo esperado contra la esperanza, creyó que vendría a ser padre de muchas generaciones” (Rom. 4,18), a pesar de no tener hijo, porque “consideraba dentro de sí mismo que Dios podría resucitarlo después de muerto” (Heb. 11,19), para cumplir la promesa de que de él saldría numerosa descendencia.
El abandono es, pues, fe y confianza; es confianza filial en el amor del Padre, del cual “viene toda dádiva preciosa y todo don perfecto” (Sant. 1,17); es fe solidísima que cree posible hasta las cosas increíbles; es la esperanza que espera lo imposible sin quejarse nunca, aunque nos parezca que no se cumple lo que esperábamos.
(Job, un libro de consuelo, Ed. Guadalupe)


SECRETO (para ser predilecto del Padre):
He aquí el secreto para ser predilecto del Padre: amar la sabiduría, lo cual es lo mismo que amar al Hijo (Juan 16,27), pues Jesús es la Sabiduría (1,1 y nota).
(Coment. a Eclesiástico 4,15).


SECRETO (para no ofender a Dios jamás):
Dentro de mi corazón deposito tus palabras,
Para no pecar contra Ti.
(S. 118,11)
S. Pablo confirma esta virtud de la Palabra que nos salva (Rom. 1,16), nos prepara para toda obra buena (II Tim. 3,16 ss.) y que por eso debe permanecer en nosotros “opulentamente” (Col. 3,16 texto griego).


SILENCIO:
En el silencio se halla la paz (Is. 32,17) y se purifica el alma. El solitario, dice S. Bernardo, está al abrigo de las turbaciones, de las agitaciones, de las sugestiones diabólicas, de los tormentos y deseos de la carne, y de los turbulentos ruidos del mundo.
(Coment. a Lam. 3,28).


SOBERBIA:
(El pecado de Adán y Eva) procedió de la soberbia de querer ser como Dios, según le prometía la mentira de Satanás (Gén. 3). A esta soberbia precedió (v.22) el apartarse de Dios (v.14) o sea el pensar mal de Él por falta de fe y confianza (Sab. 1,1), prefiriendo creer a una víbora que acusaba calumniosamente al Creador, y admitiendo la posibilidad de que El, a quien todo le debían, fuese capaz de engañarnos. San Pedro confirma esto enseñándonos que a Satanás se le resiste “fuertes en la fe” (I Pedr. 5,8 s.). En cuanto a los pecados actuales de concupiscencia, no nacen ordinariamente de la soberbia la cual es más grave que ellos. La prueba está en la benignidad con que Jesús los perdonaba, en tanto que era implacable con los fariseos, pues sabemos que “Dios resiste a los soberbios” (Sant. 4,6; I Pedr. 5,5). El texto griego del v. 15 dice, a la inversa, que los pecados son el principio de la soberbia sin duda porque el alma empedernida en ellos, no queriendo ni pensar en convertirse (S. 35,4), rechaza la luz, según enseña el Señor en Juan 3,19 y termina defendiendo su conducta (S. 140,4).
(Coment. a Ecle. 10,14).
Hay una revelación sorprendente que Dios nos hace en la Sagrada Escritura. Él, que ama a los pobres más que a nadie, nos hace saber que lo primero que Él odia es el pobre soberbio (Ecli. 25, 3 s.). Y esto se entiende por lo que venimos estudiando: en el rico se explica fácilmente el extravío, y de ahí que le sea difícil la salvación (Mat. 19, 24). Pero cuando un pobre, malgrado sus pruebas, continúa soberbio, muestra con ello una rebeldía verdaderamente obstinada. Quiere decir, pues, que ni aún el dolor es remedio eficaz cuando la soberbia se entroniza en el corazón. Esa misma prueba que arranca gemidos de contrición al rey David, lleva a Saúl a arrojarse sobre su espada, por no querer hacerse pequeño ante Dios.
Es Dios mismo quien explica cómo la soberbia es la causa del dolor, de modo que no podemos dudar. "¡Ay de vosotros los que os tenéis por sabios en vuestros ojos, y por prudentes en vuestro interior!" (Is. 5, 21.).
"Tú te has tenido por seguro en tu malicia, y dijiste: No hay quien me vea. Ese tu saber y ciencia te sedujeron, cuando dijiste en tu corazón: Yo soy, y fuera de mí no hay otro. Caerá sobre ti la desgracia, y no sabrás de dónde nace; y se desplomará sobre ti una calamidad, que no podrás alejar con víctimas de expiación" (ibíd. 47, 10 s.).
¡Y con qué paterna solicitud Dios lo expresa! Como diciendo: Yo no quisiera que sufrieses, pero nada puedo hacer, porque tú en tu soberbia te sientes suficiente y no quieres aceptar mi remedio. Yo soy el Médico que todos necesitan, porque "sin Mí nada podéis hacer" (Juan 15, 5). "Y vosotros no queréis venir a Mí para tener vida" (Juan 5, 40).
¿Acaso esta desgarradora queja del Corazón de Jesús no nos muestra idénticos sentimientos en el Corazón del Padre? De ahí que no hayamos de confiar demasiado en el dolor por sí mismo, sino pedir ante todo al divino Padre, sin cuya fuerza nada podemos, la rectitud del corazón:
"Crea en mí, Señor, un corazón limpio, y renueva en mis entrañas el espíritu de rectitud" (Salmo 50, 12)
(Job, un libro de consuelo. Ed. Guadalupe. Bs. As., 1945)
La otra trampa del diablo es la soberbia, que quita al hombre la humildad ante Dios y la confianza en su ayuda. Un famoso poeta inglés dice que el hombre digno de ese nombre, es el que tiene una sonrisa en los labios cuando todo anda muy mal. Pero esa doctrina estoica no repara en que tal sonrisa puede ser también de orgullo, en cuyo caso sería como un desafío que dijese a Dios: "No has de doblegarme". ¿Dónde quedaría entonces toda la doctrina bíblica sobre las pruebas que Dios manda para humillarnos saludablemente, sea corrigiéndonos, como a Israel, o santificándonos, como a Job?
En el Rostro de Cristo nunca se nos muestra esa sonrisa, sino las lágrimas por la ciudad culpable (Luc. XIX, 41), y aun por el amigo muerto (Juan XI, 35 y 38), o bien el silencio humilde ante los jueces. Es que El no nos quiere héroes imperturbables, que luego fallan (cf. Juan XIII, 37 s), sino pequeños como niños (Mat. XVIII, 1 ss). El mismo nos da ejemplo de esa infancia espiritual delante de su Padre. Por eso, lejos de ver a Job alardear de fuerte, lo vemos lamentarse como un débil, y Dios no se lo reprocha. De ahí que David anuncie mil años antes, las quejas de Cristo en su Pasión, y le haga decir – ¡a Él!-: “El oprobio ha quebrantado mi corazón y desfallezco" (Sal. LXVIII, 21).
Creemos, pues, que en el dolor nadie puede reír sinceramente si no se lo da Dios en forma extraordinaria, como a ciertos mártires. Aquella otra sonrisa que no es de El, quita al hombre el fruto de la prueba y le da la triste compensación del amor propio satisfecho.
(Espiritualidad Bíblica, 1949).


SOLEDAD:
Basta saber que Jesús cultivaba la soledad, para comprender que es bueno hacer lo mismo, y que en ello se encuentra un tesoro. No solamente en su Cuaresma del desierto (Mat. 4,1 ss.; Luc. 4,1 ss.), ni solamente antes de elegir sus discípulos, sino de un modo habitual buscaba la soledad del monte (Mat. 14,23), o de la noche (Luc. 6,12; Juan 8,1 s.), o de Getsemaní para ponerse en oración, y así nos enseña a que lo imitemos, exhortándonos a orar en la soledad, y en el secreto del aposento (Mat. 66,5 ss.). Todas las biografías de hombres de pensamiento nos muestran que amaron la soledad, el silencio, el campo y allí concibieron sus más grandes ideas. ¿Cuánto más será así cuando no se trata de puros conceptos terrenales o ensueños de poetas, sino de la realidad toda interior que se pasa entre el alma y Dios? Cuando vemos un paisaje, o sentimos una emoción, o se nos ocurre alguna idea, quisiéramos compartirla con los amigos como un desahogo sentimental. El día que nuestra fe llegue a ser bastante viva para recordar que Jesús junto con el Padre (Juan 14,23) y el Espíritu Santo (Juan 14,16) habita siempre en los corazones de los que creen (Ef. 3,17) y que, por tanto, siempre la soledad significa que somos dos con El, y que por lo tanto no estamos solos sino que podemos tener una conversación activísima, entonces amaremos ese trato con El, real y durable. Y es allí donde Él nos indica las cosas de caridad y apostolado que desea realicemos luego con los demás, ya sea por escrito o de obra o de palabra cuando llegue el momento. Nadie puede sin peligro aparecer, dice Kempis, sino aquel que antes ha preferido estar escondido. Cfr. Cant. 1,8 y nota.
(Coment. a Luc. 9,18).
Ansia de soledad y silencio, lejos de los horrores de la ciudad (cfr. Ecl. 7,16 y nota); envidiable vocación que nos brinda la mejor parte, la de María, la que nadie nos disputará, porque el mundo prefiere la ciudad, inventada por Caín (Gén. 4,17). En el retiro nos habla Dios al corazón (Cant. 1,8; 8,5; Os. 2,14) y su palabra nos da el Espíritu “que siempre está pronto” (Mat. 26,41; II Tim. 3,16 s.) y que produce fruto infaliblemente (S. 1, 1-3). He aquí la escondida senda de los sabios. Cfr. Eccli. 39, 1-3.
(Coment. a S. 54,7).