domingo, 3 de mayo de 2015

LA ESPIRITUALIDAD BÍBLICA TRANSMITIDA POR MONS. DR. JUAN STRAUBINGER


P


PADRE:
Como un padre que se apiada de sus hijos
Así Yahvé se compadece de los que le temen
(S. 102, 13).
Aquí el retrato de Dios asume toda su plenitud, y se nos descubre el secreto más íntimo, como preludiando la suprema revelación de Jesucristo: Dios nos ama porque es Padre y como un Padre (cfr. S. 17,20, pasaje cuya paternidad nadie disputa a David). El que esto cree, entiende todo. En el N.T. hallamos la total explicación del misterio de la paternidad divina, que no procede de la simple creación, como en todos los demás seres, sino de la regeneración que el Espíritu Santo realiza en nosotros por la gracia en virtud de los méritos de Cristo (Jn. 1,12; Gal. 4,4-7; Ef. 1,5 y nota; I Juan 3,2; Col. 2,12).
(Coment. al S. 102,13).
El seno del Padre es la meta que debemos alcanzar, Jesús es el camino para llegar hasta allí, siendo a la vez el maestro que nos enseña a o apartarnos del camino y la vida para adelantar en él. Como se expresó en la condenación del quietismo, la pura contemplación del Padre es imposible si se prescinde de la revelación de Cristo y de su mediación.
(Coment. a Jn. 14,6).
Recordemos siempre esta preocupación de Jesús: el amor a su Padre. En ese amor, que corresponde al amor del Padre por El, se encierra todo el misterio íntimo de Dios. Y Jesús quiere que nosotros conozcamos, es decir, estudiemos, ese amor que El tiene a su Padre, para que podamos imitarlo; y no vacila, con tal de mostrarnos ese amor, en afrontar, como aquí nos dice, al príncipe de este mundo, y nos revela de paso que ese caudillo, tan seductor y atrayente, es el mismo Satanás. Jesús lo afrontará esta vez, no como divino príncipe omnipotente, sino como víctima aparentemente vencida por el maligno que lo lleva al Calvario. Pero El halla su máxima felicidad en esa humillación voluntaria, porque su inmolación es la prueba suprema de su amor al Padre, esto es, la mayor gloria que puede darle, y que consiste en cargar con nuestras culpas para poder llevarnos, limpios por su sangre, a la casa del Padre que le había encomendado a El la hazaña de salvarnos. Véase 10,17 y nota.
(Coment. a Jn. 14,31).
Aquí vemos compendiada la misión de Cristo: dar a conocer a los hombres el amor del Padre que los quiere por hijos, a fin de que, por la fe en este amor y en el mensaje que Jesús trajo a la tierra, puedan poseer el Espíritu de adopción, que habitará en ellos con el Padre y el Hijo. La caridad más grande del Corazón de Cristo ha sido sin duda alguna este deseo de que su Padre nos amase tanto como a El. Lo natural en el hombre es la envidia y el deseo de conservar sus privilegios. Y más aún en materia de amor, en que queremos ser los únicos. Jesús, al contrario de nosotros, se empeña en dilapidar el tesoro de la divinidad que trae a manos llenas (Juan 17,22), y nos invita a vivir de El, por la fe (Juan 1,16; 15,1 ss.) y por la Eucaristía (Juan 6,58), esa plenitud de vida divina, como El la vive del Padre. Todo está en creer que El no nos engaña (Juan 6,29).
(Coment. a Juan 17,26)
La sociedad humana tal cual El la quiso en el pueblo escogido, era esencialmente patriarcal. La dignidad paternal, no sólo se funda en el sumo derecho natural de haber dado gratis la vida y su subsistencia, sino que también es así una imagen y representación de la Paternidad divina (Ef. 3,15) creadora, conservadora, amante y misericordiosa (S. 102, 13). Jesús, salvación dada por el mismo Padre, se nos ofrece a cada paso de su Evangelio, como modelo de Hijo de ese Padre, al cual se complace en estar sometido (Juan 4,34; 12,49; 14,28; I Cor. 15,28). Luego nos lo da por Padre nuestro (Juan 1,12 s.; 20,17); y entonces el Padre nos da el mismo Espíritu de Jesús para que podamos amarlo como Él lo amó (Gál. 4,6).
(Coment. a Ecle. 3,7).
Si preguntamos quién es el Padre Celestial, cualquiera nos dirá que es Dios, porque Dios es nuestro Padre.
Si volvemos a preguntar quién es ese Dios, no faltarán quienes nos digan que es Jesucristo, pero algunos dirán sin duda que es la Santísima Trinidad.
¿La Santísima Trinidad sería entonces nuestro Padre? ¿Ese Padre a quien Jesús nos enseñó a adorar "en espíritu y en verdad"? ¿Ese Padre a quien nos enseñó a dirigir el Padrenuestro? Ese Padre a quien El llamó "mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios", ¿sería la Santísima Trinidad? ¿Entonces Jesús sería el Hijo de la Santísima Trinidad?
Entonces, ¿la Misa y las oraciones de la Iglesia se equivocan cuando se dirigen al Padre, primera Persona de la Trinidad? Pues casi todas terminan pidiéndole "por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo".
¿Podría haber una ignorancia más grande que la de decir que Jesús es Hijo de la Trinidad? Tal fue exactamente la herejía del P. Harduin y su discípulo el P. Berruyer, que refutó tan claramente San Alfonso de Ligorio.
El mal viene de ignorar el Evangelio, pues cualquiera que lo ha leído, aunque sea una sola vez, no puede dejar de admirar la insistencia de Jesús en hablar de su Padre, del Padre que lo envió, es decir de esa Primera Persona, cuya gloria es para Cristo una obsesión constante. De ahí que defina los tiempos mesiánicos como aquéllos en que se va a "adorar al Padre en espíritu y en verdad, porque tales son los adoradores que el Padre quiere" (Juan IV, 23 s.).
"Mi comida es hacer la voluntad de mi Padre (Juan IV, 34); "vuestro Padre Celestial es misericordioso" (Luc. VI, 56); "el Padre hace salir el sol sobre buenos y malos" (Mat. V, 45); "tanto amó Dios (Padre) al mundo, que le dio su Hijo" (Juan III, 16); "mi Padre es quien os da el verdadero Pan del Cielo" (Juan VI, 32); "si vosotros siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre Celestial dará cosas buenas a quienes se las pidan?" (Mat. VII, 11); "todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, Yo lo haré" (Juan XIV, 15). "Yo me voy al Padre (Juan XVI, 11); como mi Padre me amó a Mí, así Yo os he amado a vosotros" (Juan XV, 9); "Yo vivo por el Padre, y (así) el que me come vive por Mí" (Juan VI, 58); “el mismo Padre os ama" (Juan VI, 27); "Yo te alabo, Padre y Señor del Cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes y las revelaste a los pequeños"... (Luc. X, 21).


El que hubiera reflexionado una sola vez sobre estas y otras mil palabras de Jesús, ¿podría decir que ese Padre, ese Dios a quien Jesús llama su Padre, es la Trinidad y no la Primera Persona? A esta divina Persona, cuyo gloria es la preocupación de Jesús, se dirige El en su Oración Sacerdotal para darle cuenta de que ha cumplido su voluntad manifestando a los hombres su Nombre de Padre. Y concluye insistiendo en que nos hará conocer más y más a ese Padre, que nos ama a nosotros como a Él lo amó.
A Él se dirige Jesús en la Cruz al decirle: "Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" A Él la última palabra: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu". A Él se refiere la sentencia que oiremos de Jesús como Juez de las naciones: "Venid, benditos de mi Padre”. A Él reverencia el mismo Verbo Encarnado cuando dice “mi Padre es mayor que Yo" (Juan XIV, 28), lo cual se explica perfectamente, pues si la Segunda Persona tiene la plenitud de la Divinidad, lo mismo que la Primera, siempre será cierto que la recibe de Ésta, es decir del Padre (así como el Espíritu Santo la recibe del Padre y del Hijo), en tanto que el Padre que la comunica, no la recibe de nadie. De ahí que Jesús, aunque "Dios le puso todas las cosas en su mano" y "no (le) comunicó su Espíritu con escasa medida" (Juan V, 54-55) y "le dió el tener la vida en Sí mismo" (Juan V, 26), mantiene siempre esa devoción por la Persona del Padre (como lo hace todo buen hijo aunque sea adulto y tan rico y poderoso como su padre); y esa devoción, y amor, y celo por la gloria de su Padre, es lo que llena su vida entera, desde que a los 12 años se queda en el Templo, aún a trueque de dejar a su Madre en la angustia, para “estar en las cosas de su Padre" (Luc. II, 49).
Desde entonces y sin perjuicio de dejar perfectamente definida la propia divinidad del Hijo ("mi Padre y Yo somos uno”, Juan X, 50) y el misterio de la circuminsesión (“mi Padre es en Mí y Yo soy en mi Padre", Juan XIV, 10), Jesús va ahondando ese concepto del Padre, y lo llama siempre Dios por antonomasia, como veremos también que se hace en todo el Nuevo Testamento.
En cuanto al Antiguo Testamento, en el cual el misterio de las Tres divinas Personas está latente, Jesús lo dice de una manera terminante: “es mi Padre el que me glorifica: Aquel que decís vosotros que es vuestro Dios” (Juan VIII, 54). Lo mismo hace S. Pedro al hablar del “Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob y Dios de nuestros padres”, para referirse a la Persona del Padre, que “glorificó a su Hijo Jesús” (Heb. III, 13). Por donde se ve claramente que en el Antiguo Testamento Dios es también el Padre, Yahvé, el que se reveló a Moisés en la zarza, Aquel de quien dice David las palabras que el mismo Jesús citó a los judíos como prueba definitiva de su propia divinidad: "Dijo Yahvé a mi Señor, siéntate a mi diestra” (Mat. XXII, 44; Salmo, CIX, 1).
En esta misma frase se ve cómo el Padre, que da al Hijo la vida, es también quien le da toda gloria, así como fue El quien lo envió al mundo para que hiciera la voluntad paterna: “He aquí que vengo... debo hacer tu voluntad” (Salmo XXXIX, 8-9).
Por su parte, San Pablo acentúa este mismo concepto. Empieza por decirnos que, así como nosotros somos de Cristo, Cristo es de Dios su Padre (I Cor. III, 23). Más adelante dice: “Sin embargo, para nosotros no hay más que un solo Dios, que es el Padre, del cual tienen el ser todas las cosas y que nos ha hecho para El; y un solo Señor, Jesucristo, por medio de quien han sido hechas todas las cosas, y por El somos nosotros” (I Cor. VIII, 6). Después en la misma epístola nos dice que el fin último de todas las cosas será “cuando el Hijo entregue el Reino a su Dios y Padre, habiendo destruido todo imperio y toda potestad y toda dominación” (I Cor. XV, 24).
Entretanto “debe reinar hasta ponerle (el Padre) todos los enemigos bajo sus pies” (I Cor. XV, 25) “porque todas las cosas las sujetó bajo sus pies” (I Cor. XV, 26).
Mas cuando dice: “todas las cosas están sujetas a Él, sin duda queda exceptuado Aquel que se las sujetó todas. Y cuando ya todas las cosas estuvieren sujetas a Él, entonces el Hijo mismo quedará sujeto al (Padre) que se las sujetó todas, a fin de que Dios sea todo en todas las cosas” (I Cor. XV, 27-28).
Esto es tan terminante, que nos asombraría quizá si no fuera el Espíritu Santo quien lo dice. A tal punto, que la herejía de los arrianos, viendo que el Verbo se muestra tan sometido al Padre, se atrevió a sostener que la Persona de Cristo era simple creatura como nosotros, sin comprender que, si Cristo tiene naturaleza humana, no tiene dos personas, sino una única Persona que es la divina del Verbo, la cual, como dice el Credo, no ha sido hecha a la manera de las creaturas, sino engendrada, y es por lo tanto consustancial a Dios Padre de quien procede, siendo esta procesión (generación) desde la eternidad, por lo cual el Hijo o Verbo no es menos eterno que el Padre: “Tú eres mi hijo, Yo te he engendrado hoy" (Salmo II, 7).
Nada más expresivo que esta asociación del pretérito: "Yo te he engendrado”, y del presente "hoy". El pretérito significa que la generación de que se trata está ya consumada; el presente denota que es permanente, acto eterno, que no tiene pasado ni presente, ni hoy ni mañana (cf. Sal. CIX, 5).
Bien vemos entonces por qué Jesús dice "mi Padre es mayor que Yo" (Juan XIV, 28), sin perjuicio de decir también que Él es Uno con el Padre (Juan X, 30). Y vemos también que no conviene decir que en aquella frase habló Jesús como persona humana, puesto que, como hemos visto, no hay en Jesús dos Personas, sino una sola, y Esta es divina.
Jesús vino, pues, a revelarnos el Nombre de Padre que tiene la Primera Persona, cuyo conocimiento es, por consiguiente, fundamental en la doctrina cristiana. Y de tal manera nos quiere llevar a ese conocimiento y amor de la Primera Persona, que dice claramente: "Si me conocierais a Mí, conoceríais también a mi Padre” (Juan XIV, 7). Esto lo dice porque El, Jesús, "resplandor de la gloria del Padre y figura de su sustancia" (Hebr. I, 3) es el espejo purísimo en cuya faz vemos reflejarse las mismas perfecciones del Padre; y también porque el divino Hijo habló tanto de su Padre, tanto lo alabó, tanto se humilló (Fil. II, 8) para darle al Padre toda la gloria; tanto insistió en que Él era Enviado que nada hacía sin el Padre… que realmente es imposible conocer, por poco que fuera, a semejante fiel Enviado, sin conocer a aquella Primera Persona que lo envió y a quien Él tanto se empeñó por dar a conocer a los hombres.
No conocer al Padre de Jesús, es, pues, el mayor desaire que podría hacerse a Jesús, la mayor prueba de no haber prestado atención a sus palabras, sobre todo al Evangelio de San Juan, que es el menos conocido.
EI mismo Jesús explica que “la vida eterna consiste en conocer al Padre y a Jesucristo como enviado por el Padre” (Juan XVII, 5), es decir, en saber que ese Padre Dios fue capaz de amarnos hasta darnos su Hijo como Víctima, además de dárnoslo como Mediador, Maestro, Amigo, Hermano, Alimento...
Ahora bien, si la vida eterna estriba en ese conocimiento del Padre, parece que la falta de ese conocimiento debe ser muy grave. Veamos lo que enseña sobre ello Jesús. Al anunciar a sus verdaderos discípulos la persecución, no sólo por parte de los incrédulos sino también por parte de los que pretenden agradar a Dios, les dice: "Tiempo llegará en que cualquiera que os quite la vida, creerá ofrecer con ello un homenaje a Dios". E inmediatamente nos da la explicación de esta aberración tan monstruosa: "Y esto harán porque no conocen al Padre, ni a Mí”. Y añade todavía, como para prevenir a los que vivieren en esos malos tiempos: "Os lo he dicho para que, cuando llegue ese tiempo, os acordéis de que Yo os lo he dicho" (Juan XVI, 1-5).
Apresurémonos, pues, a sacar la saludable consecuencia de estas lecciones de Jesús: la necesidad urgente de conocer al Padre, y esto, mediante el Único que puede revelárnoslo porque es el Único que lo conoce: "A Dios nadie lo ha visto nunca. Su Hijo Unigénito que está en el Seno del Padre, Ese es quien le dio a conocer. Así dijo el Evangelista Juan (Juan I, 18), y Cristo mismo confirma: "Nadie conoce... al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quisiere revelarlo” (Luc. X, 22). "Nadie viene al Padre sino por Mí" (Juan XIV, 6).
Esta doctrina básica de toda espiritualidad auténticamente cristiana, está sintetizada por San Juan, el discípulo amado, quien en su gran Epístola nos dice que nos ha dado a conocer (en su Evangelio) la Vida que estaba en el Padre y vino a nosotros”, para que vuestra unión (ut societas vestra) sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo (I Juan I, 2 y 5).
¿Y el Espíritu Santo? dirá alguno. El Espíritu Santo es precisamente quien nos está llevando al conocimiento y amor del Padre y del Hijo, pues Él es el Amor que une a Ambos en la misma Esencia. Pero no es la Esencia distinta de las tres Personas lo que se adora, sino las Personas. Así lo define una importantísima decisión del IV Concilio de Letrán para prevenirnos de que la Divinidad no existe sino en las Personas y en cada una de Ellas, y que por lo tanto hemos de adorar y glorificar al Padre, al Hijo, y al Espíritu Santo (la Iglesia oriental dice: "al Padre por el Hijo en el Espíritu Santo").
Pretender adorar a un Dios que no fuese el Padre, ni el Hijo, ni el Espíritu Santo, sería, declara el Concilio, introducir una como "cuaternidad", atribuyendo personalidad a la esencia divina (Denzinger 432). ¿No es acaso éste el vago concepto deísta que muchos tienen cuando dicen Dios, o "el Señor", o Nuestro Señor, o Dios nuestro Señor, sin saber si hablan de Cristo o del Padre; o cuando oran sin pensar a qué Persona se están dirigiendo?
Concluyamos recordando la gravedad que atribuía a esto San Cirilo de Jerusalén al decir que el Anticristo es la apostasía, y que ésta consiste en abandonar la verdadera fe confundiendo el Padre con el Hijo (Cyrillus Hieros. Catech. 15).
(Espiritualidad Bíblica, 1949).


PALABRA DE DIOS:
“…a la verdad que una sola cosa es necesaria”.
Es éste otro de los puntos fundamentales de la Revelación cristiana, y harto difícil de comprender para el que no se hace “pequeño”. Dios no necesita de nosotros ni de nuestras obras (Salmo 15,2), y éstas valen en proporción al amor que las inspira (I Cor. 13). Jesucristo es “el que habla” (Juan 4,26; 9, 37), y el primer homenaje que le debemos es escucharlo (Mat. 17,5; Juan 6,29). Sólo así podremos servirle dignamente (II Tim. 3,16).
(Coment. a Luc. 10,42).
“Esta idea de que la fe en la Palabra de Jesús hace limpio, es expresada aún más claramente por San Pedro al hablar de los gentiles que creyeron: “por su fe Dios purificó sus corazones (Hech. 15,9)” (P. Joilon). Limpios significa aquí lo mismo que “podados”; por donde vemos que el que cultiva con amor la Palabra de Dios, puede librarse también de la poda de la tribulación (v.2).
(Coment. a Jn. 15,3).
La Palabra de Dios no está encadenada: ¡Supremo consuelo del alma apostólica! Podrán hacerme cuanto quieran –lo cual será un gran honor para mí (Hech. 5,41; I Pedr. 2,19-25; 4,12 ss., etc)- pero las verdades que yo he dicho según la Palabra de Dios, ya están obrando en el fondo de los espíritus (cfr. 3,16 s.; Hebr. 4,12), como la semilla viva del Evangelio (Mat. 13), y nada ni nadie podrá impedir que esa palabra “corra y sea glorificada” (II Tes. 3,1 y nota) ni separar las almas del amor de Cristo (Rom. 8,35 ss.; Juan 10, 28 y 29).
(Coment. a II Tim. 2,9).
Debe habitar en nosotros la palabra de Dios con opulencia.
(Coment. a Efesios 5,12).
Si vivimos relegando la palabra de Dios, Él retirará un día esa palabra, como aquel médico que, habiendo preparado con gran trabajo un precioso remedio para los leprosos de su hospital, observó que todos lo elogiaban con grandes expresiones de gratitud...pero luego cada uno se buscaba un remedio propio, despreciando el único eficaz, que con tanto amor les había preparado. El médico, herido en su corazón, retiró entonces aquel bálsamo despreciado. Y los enfermos murieron todos. Tal es la conminación que aquí hace Dios, como en el Salmo 80,13:

“Por eso los entregué
a la dureza de su corazón:
a que anduvieran según sus apetitos”.

En ella vemos el más trágico fin de una cultura que pretende hallar soluciones a los problemas del mundo sin contar con la actividad de Dios, esto es mirándolo como un hombre del mundo y negando a su providencia la intervención activísima y constante que Él se reservó cuando nos dijo, por boca de su Cristo, que ni un pájaro, ni un cabello nuestro cae sin obra Suya (Mat. 10,30; Luc. 12,7), y que no será nuestro brazo, sino Su gratuita liberalidad la que nos dará “por añadidura” (Mat.6,33) también las soluciones de orden temporal si buscamos antes, para nuestra alma y la del prójimo el reino de Dios y la justicia y santidad que de Él viene y que se funda, como dice S. Jerónimo, “en la predicación de las Escrituras que conduce a la vida”. De ahí la necesidad absoluta de la predicación cristiana”.
(Coment. a Amós VIII, 11).
Al que siente incapaz de dar fruto, Dios le asegura aquí la fecundidad con una sola condición: meditar constantemente las divinas palabras, las cuales son más dulces que la miel (S. 118,103) y nos capacitan para toda obra buena (II Tim. 3, 16-17).
(Coment. a S. 1,3).


PARUSÍA:
Santo Tomás concluye su himno Pange Lingua pidiendo igualmente a Jesús: “que, viendo revelada tu faz, sea yo feliz al contemplar tu gloria” (cfr. Juan 17,24 y nota). Así David consiente en no ser feliz hasta ver el rostro del Salvador. Desprecia esos bienes que a veces son prodigados a los hombres mundanos que confían en este siglo enemigo de Dios (v.14), y es como si le dijera a Cristo: no son tus dones lo que yo deseo, eres Tú (cfr. S. 26,8). Como David, todos los que amamos a Jesús seremos saciados cuando aparezca en su gloria triunfante (cf. Apoc. 19,11 ss.; 22,12; I Tes. 4,16-17; Marc. 9,1). Según el Catecismo del Concilio de Trento, debemos anhelarlo como los Patriarcas suspiraban por la primera venida. Digámosle, pues, constantemente la oración con que termina toda la Biblia y que es como su coronamiento y su fruto: “¡Ven, oh Señor Jesús!” (Apoc. 22,20 y nota; cf. Is. 64,1).
(Coment. a S. 16,15).
La otra mitad, o sea la segunda venida del Mesías triunfante, es nuestra esperanza, y no tenemos duda alguna de que cuando ambos pueblos, judío y gentil, estudien las profecías maravillosas de los Videntes del Antiguo Testamento y de San Pablo, se realizará el anhelo que Cristo expresó a su Padre cuando le dijo: "Ut omnes unum sint... que todos sean una misma cosa" (Juan 17, 21), y éste será el fruto por excelencia de su Pasión, como lo expresa San Pablo cuando dice a los de Éfeso y en ellos a todos los gentiles: “Acordaos, digo, que en aquel tiempo estabais sin Cristo, estando extrañados de la ciudadanía de Israel y siendo extranjeros con respecto a los pactos de la promesa; no teniendo esperanza y sin Dios en el mundo. Ahora empero, en Cristo Jesús, vosotros que en un tiempo estabais lejos de Dios, habéis sido acercados a Él en virtud de la sangre de Cristo. Porque Él es nuestra paz, el cual de dos pueblos ha hecho uno solo, derribando la pared intermedia que los separaba” (Ef. 2, 12-14).
(Ester y el misterio del pueblo judío, Bs. As., 1943).


PECADO ORIGINAL:
Cuando aún no estamos familiarizados con el lenguaje del Divino Maestro y de la Biblia en general, sorprende hallar constantemente cierto pesimismo, que parece excesivo, sobre la maldad del hombre. Porque pensamos que han de ser muy raras las personas que obran por amor al mal. Nuestra sorpresa viene de ignorar el inmenso alcance que tiene el primero de los dogmas bíblicos: el pecado original. La Iglesia lo ha definido en términos clarísimos (Cfr. Denz. 174-200). Nuestra formación, con mezcla de humanismo orgulloso y de sentimentalismo materialista, nos lleva a confundir el orden natural con el sobrenatural, y a pensar que es caritativo creer en la bondad del hombre, siendo así que en tal creencia consiste la herejía pelagiana, que es la misma de Jean Jacques Rousseau, origen de tantos males contemporáneos No es que el hombre se levante cada día pensando en hacer el mal por puro gusto. Es que el hombre, no sólo está naturalmente entregado a su propia inclinación depravada (que no se borró con el Bautismo), sino que, a menos de cumplir con los postulados del Evangelio, queda abandonado a la influencia del Maligno, que lo engaña y lo mueve al mal con apariencia de bien. Es el misterio de iniquidad que S. Pablo explica en II Tes. 2,6. De ahí que todos necesitamos nacer de nuevo (3,3 ss.) y renovarnos constantemente en el espíritu por el contacto con la divina Persona del único salvador, Jesús, mediante el don que El nos hace de su Palabra y de su Cuerpo y Sangre. De ahí la necesidad constante de vigilar y orar para no entrar en tentación, pues apenas entrados, somos vencidos. Jesús nos da así una lección de inmenso valor para el saludable conocimiento y desconfianza de nosotros mismos y de los demás, y muestra los abismos de la humana ceguera e iniquidad, que son enigmas impenetrables para pensadores y sociólogos de nuestros días y que en el Evangelio están explicados con claridad transparente. Al que ha entendido esto, la humildad se le hace luminosa, deseable y fácil. Véase el Magníficat (Luc. 1,46 ss.) y el Salmo 50 y sus notas.
(Coment. a Jn. 24,24).


PEQUEÑEZ:
Lejos de olvidarse de lo pequeño, como los hombres, Dios parece ostentar la más sorprendente predilección hacia todo lo que es tenido por insignificante (cf. S.112,6 ss.) Y lo mismo se dice de la sabiduría (Prov. 9,4). Es ésta ciertamente una de las cosas que nos hacen a Dios más incomprensible y paradójico a nuestra vista mientras no lleguemos, por un contacto permanente con el Evangelio, a aprender el total menosprecio de los “valores” mundanos. Jesús lo proclama de un modo llamativo en Luc. 16,15, el texto que ha sido llamado “tumba del humanismo”. Conclusión: que Él es inefablemente bondadoso con nuestras miserias e implacablemente riguroso con la menor suficiencia por parte del hombre. Cf. S. 144,19; Juan 2,24 y notas. “¡Feliz de Ud. que es miserable y se siente miserable! Si fuera “virtuoso” o “importante” no sería elegido del Dios de la compasión. La cuestión es aprender a no sorprendernos en nuestro amor propio al encontrarnos miserables. Eso se aprende en la Escritura, pues ella nos enseña que todos lo somos, con la diferencia de que muchos no lo confiesan por soberbia y otros no lo saben por falta de conocimiento de la Revelación” (de una carta de dirección espiritual).
(Coment. a S. 146, 9).
Los que aman tu auxilio: Los pequeños, que no se sienten humillados de recurrir a Ti, ni se sienten capaces de vivir sin tu socorro. Es la bienaventuranza de los pobres en el espíritu (Mat. 5, 3 y nota). Nos pasamos la vida escondiéndonos delante de Dios con el peor de los complejos de inferioridad. ¡Qué alivio cuando nos damos cuenta de que Él es el único con el cual podemos desnudarnos enteramente dejando caer hasta el último velo de nuestra intimidad sin peligro de escandalizarlo ni sorprenderlo, antes bien con la seguridad de complacerlo, como al buen médico de nuestra infancia a quien descubríamos sinceramente nuestro mal, seguros de que lo curaría! Si nos acostumbramos a hacer de Dios nuestro confesor, decía un misionero, llegaremos a entender la alegría que le produce nuestra sinceridad, cualesquiera sean nuestras culpas (Luc. 15,7) y comprenderemos que el peor disgusto para el Padre del hijo pródigo sería el pretender que no tenemos fealdades, pues Él sabe que eso no es verdad. Cf. S. 31,5; 50, 8 y notas. Enfermos curados podemos ser todos, y aun mejor que sanos (Luc. 7,47 y nota). Pero sanos no podemos nacer ninguno (Luc. 5,31 s.; 13,1 ss.). ¿No es acaso indispensable a todos nacer de nuevo? (Juan 3,3). Cf. Ef. 4,23 ss.; Col. 3,10.
(Coment. a S. 69, 5).


PERSECUCIÓN:
Será motivo de gloria para los discípulos ser objeto de odio y de persecución por causa del nombre de Jesús, y una ocasión para afirmar su amor al Padre que lo envió (véase 16,3). “Líbreme Dios”, dice San Pablo, “de gloriarme en otra cosa que en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gál. 6,14).
(Coment. a Jn. 15,21).
No os escandalicéis: al ver que la persecución viene a veces de donde menos podía esperarse. Jesús nos previene para que no incurramos en el escándalo de que habla en Mat. 13,21.
(Coment. a Jn. 16,1).
La prueba máxima que está anunciada a los creyentes es la persecución, por la confesión del Evangelio. Por eso, mártir quiere decir testigo. Es lo que más cuesta a muchos, pues preferirían sufrir dolores físicos a sufrir en su amor propio el desprecio y la burla. Para aquel que se hace pequeño y confía en Dios, esa prueba se reduce a casi nada, pues, como dice Santo Tomás, el segundo fruto de la Palabra divina, después de darnos la fe, es darnos también el desprecio del mundo, por donde resulta que nuestro corazón, ya no se aflige, y más bien se goza, ante la insensata burla de los hombres. Entonces comprendemos que el yugo de Jesús es suave (Mat. 11,30), tan suave, que nos alivia en vez de pesar (ibíd., 29).
(Job, un libro de consuelo, Ed. Guadalupe)
Notemos que la gloria, exteriormente, consiste en el elogio, el honor, la admiración. Eso es lo que Jesús busca todo entero para el Padre; eso quiere que busquemos todos siguiéndolo a Él. La gloria es el extremo opuesto de la humildad. Y ambas cosas son correlativas. Para poder glorificar al Padre, Jesús recogía para Sí mismo humillaciones y desprecio, y así hemos de hacer nosotros inevitablemente; pues, como tanto lo previno El a sus discípulos, es imposible que el mundo nos acepte y comprenda (Juan XV ,18 s.), porque el mundo busca su propia gloria y no podrá soportar que se le diga que no tiene derecho a ser glorificado, y que tal derecho es exclusivo de Aquel a quien Jesús predicó.
En cuanto nosotros seamos fieles en buscar gloria sólo para el Padre, recibiremos para nosotros descrédito, burla y persecución como la que sufrió Jesús. El que en vez de esto tuviera triunfos debería temblar, porque Jesús dijo rotundamente: "¡Ay de vosotros cuando os aplaudan!” (Luc. VI, 26). ¡Dichosos cuando os persigan y desprecien por Mí! ¡Saltad de gozo! (Luc. VI, 22). Vemos así, al pasar, que el seguir a Cristo no es algo que nos recomiende, como tal vez suele creerse, al respeto, confianza, elogio y simpatía, como un testimonio de buena conciencia. Es todo lo contrario, porque “no es el servidor más que su Señor" (Juan XV, 20), por lo cual está escrito de los discípulos lo mismo que de Él: "Fue contado entre los criminales" (Is. LIII, 12; Marc. XV, 28).
(Espiritualidad Bíblica, Bs. As., 1949)
Para ponernos en guardia y quitarnos ilusiones, se nos revela aquí una verdad muy importante. No nos libraremos de que nos odien, y en eso estará el sello anunciado por Jesús a sus verdaderos discípulos (v.32; S. 34,16; Juan 15,19, 16,1 ss.; 17,14; Hech. 7,54; Mat. 5,10; Marc. 10,30; II Cor. 4,9; II Tim. 3,12; Luc. 19,14; 21,17; I Juan 3,13, etc.).
(Coment. a S. 36,12).
Sufrir con gozo las persecuciones sólo es propio del que desprecia al mundo, es decir, del discípulo de Cristo. “El Cristianismo ha sido el primero en ofrecer al mundo el ejemplo de un dolor alegre y jubiloso” (Mons. Keppler). Jesús nos llama “dichosos” y nos invita a brincar de gozo cuando nos maldijeren y persiguieren y dijeren todo mal contra nosotros a causa de El (Mat. 5,11).
(Coment. a Hech. 5,41).


POBRES DE ESPÍRITU:
Los pobres de espíritu son los que no teniendo apego a las riquezas (aun cuando sean materialmente ricos), ni confiando en sus propias fuerzas, tienen, como dice San Crisóstomo, la actitud de un mendigo que siempre está implorando la limosna de la gracia.
(Coment. a Mt. 5,3).


POSTRIMERÍAS:
Sucesión de los acontecimientos novísimos: Con los medios que están a nuestro alcance humano, no es del todo imposible establecer la sucesión de las postrimerías. Seguimos en la exposición de tan delicada materia, no el propio juicio, sino, en los párrafos descollantes, al más autorizado de los teólogos que trataron el tema: el Cardenal Luis Billot, el que dedica a esta cuestión gran parte de su libro "La Parousie".
Según Billot, el estado del mundo actual se acerca cada vez más al que nos describen Jesús y los Apóstoles para los últimos tiempos. (Claro está que las exposiciones que siguen han de entenderse dentro del marco que pone a los últimos acontecimientos el mismo Señor: "En orden al día y a la hora nadie lo sabe, ni aun los Ángeles, sino sólo el Padre" (Mat. 24, 36) y S. Pablo: "Como el ladrón de noche, así vendrá el día del Señor" (I Tes. 5, 2). "Velad, pues, ya que no sabéis ni el día ni la hora" (Mat. 25, 13).
1) El Evangelio del Reino ha sido predicado en todos los países del mundo, hasta entre los negros y esquimales. Así se ha cumplido lo que dice el Señor en Mat. 24, 14: “Entre tanto se predicará este Evangelio del Reino en todo el mundo, en testimonio para todas las naciones; y entonces vendrá el fin”. Nótese que la profecía del Señor no dice que todos los hombres aceptarán el Evangelio sino tan sólo que les será predicado. Porque bien sabe Él que habrá poca fe en el tiempo de su Retorno. Dice Él mismo: "Pero cuando viniere el Hijo del hombre, ¿os parece que hallará fe sobre la tierra?” (Luc. 18, 8).
2) La apostasía de las masas en casi todos los pueblos cristianos —esta llaga, la más grande que jamás sufrió la Iglesia; este desastre espiritual, más atroz que todas las herejías juntas, — es la segunda señal del acercamiento de los últimos tiempos: "Aparecerá un gran número de falsos profetas que pervertirán a muchas gentes. Porque abundará la maldad, se enfriará la caridad de muchos"  (Mat. 24, 11 y 12). Véase también II Tes. 2, 3.
Son tan conocidas estas señales de la apostasía que no necesitamos describirlas. Baste decir que no hay que pensar para ello sólo en remotos países, sino también en aquellos en que vivimos.
3) El mundo está, pues, a punto de iniciar la gran rebelión del Anticristo contra Dios de la que hablan San Pablo y San Juan. El Doctor de los gentiles escribe sobre esto a los Tesalonicenses: “Entonces (cuando venga la apostasía) se dejará ver aquel perverso (el Anticristo), a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca, y destruirá con el resplandor de su Venida. Aquél vendrá con el poder de Satanás, con toda suerte de milagros, de señales y prodigios falsos y con todas las ilusiones que conducen a la iniquidad a aquellos que se perderán por no haber recibido y amado la verdad a fin de salvarse. Por eso les enviará Dios el artificio del error para que crean a la mentira; para que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la maldad” (II Tes. 2, 8-11). Ver Dan. 7, 25 s.; Apoc. 13, 5.
Billot observa acertadamente que esta fase de los acontecimientos apocalípticos no pudo verificarse hasta hoy, porque faltaban las condiciones técnicas. Un "dueño del mundo”, como va a ser el Anticristo, necesita absoluta centralización y monopolización de todas las fuerzas técnicas en una sola mano. ¿Quién niega que la guerra mundial nos ha mostrado y sigue mostrándonos cuán cerca está el mundo de este fin fatal de las invenciones humanas?
4) Entonces, y sólo entonces, vendrá la renovación y conversión de Israel de que hemos tratado en el capítulo III. Billot cree que también para esta vuelta de Israel, la Providencia está preparando los caminos, y menciona como uno de los indicios, el movimiento sionista entre los judíos, cuyo fin es organizar la repatriación del pueblo hebreo en el país de sus padres.
La conversión de Israel será la coronación de la Nueva Alianza (ver Hebr. 8, 8 ss. y 10, 16, donde S. Pablo interpreta a Jeremías 31, 31 ss). La reprobación de Israel fue ocasión de nuestra admisión al Reino; pero una vez obtenido el perdón, ese pueblo entrará de nuevo en la posesión de las promesas y formará parte del Reino de Cristo, como se ve en la Carta a los Romanos (c. 11). Este será el momento en que veremos el cumplimiento de todos aquellos vaticinios de los Profetas sobre la salvación de Israel, que ahora tan difícilmente comprendemos; y Cristo será reconocido verdadero Rey por su pueblo, lo que no hicieron en su primera venida.
5) Si seguimos al Vidente de Patmos (Apoc. 20, 7-10) habrá al fin un combate apocalíptico entre las fuerzas de Gog y Magog contra los "santos" y la "ciudad amada". Gog y Magog son nombres que se encuentran ya en las profecías de Ezequiel (caps. 38 y 39). Su significado es oscuro, pero lo cierto es que el Profeta los toma como representantes de todos los enemigos de Dios, lo mismo que San Juan, por lo cual no han de confundirse con el Anticristo como persona.
Conclusión: El docto Cardenal Billot, muerto hace algunos años, no presenció la persecución actual de los judíos, la cual, por encima del resentimiento racial y de la lucha económica que tal vez haya contribuido en un principio, ha tomado proporciones y formas nunca vistas. Dios visita a su pueblo, quiere curarlo en su eterna misericordia.
“Pero, ¿quién hay entre vosotros que escuche y atienda, y piense en lo que ha de venir? ¿Quién ha abandonado a Jacob e Israel para que sea presa de los que le han saqueado? ¿No es el mismo Señor contra quien hemos pecado no queriendo seguir sus caminos, ni obedecer su ley? Por eso ha descargado Él sobre éste (pueblo) su terrible indignación y le hace una guerra atroz, y le ha pegado fuego por todos sus costados, y no cayó (Israel) en la cuenta; le ha entregado a las llamas, y no ha entrado en conocimiento (de sus culpas)” (Isaías 42, 23-25). Ver Deut. 32, 6 y 29 s.
No te hagas sordo, oh Israel, en el día en que el Señor tu Dios te busque mediante la tribulación, porque Él es también quien te consuela, como dijo por boca del Profeta:
“Consuélate, oh pueblo mío, consuélate: dice vuestro Dios: Habladle al corazón a Jerusalén, alentadla, pues se acabó su aflicción; está perdonada su maldad; ha recibido de la mano del Señor el doble por todos sus pecados" (Is. 40, 1-2).
(Ester y el misterio del pueblo judío, Bs. As., 1943).


PREFERENCIA DE DIOS (por los pequeños y desvalidos):
Ejemplos de la preferencia de Dios hacia los pequeños y desvalidos son incontables en la Sagrada Escritura. David fue llamado al trono desde los rebaños (I Rey. 16,1 ss.); Sara, madre de Isaac; Ana, madre de Samuel; Isabel, madre del Bautista, fueron fecundadas no obstante su esterilidad, la cual era reputada castigo de Dios y exponía al desprecio (I Rey. 2,5). Por su parte Jesús, espejo perfectísimo del Padre (Hebr. 1, 2, s.) fue llamado “signo de contradicción” (Luc. 2,34) porque muestra esas mismas características que el Padre, y todo su Evangelio es una constante ostentación de tal conducta que el mundo halla paradojal hasta el extremo y que según S. Pablo parecía –y sigue pareciendo- escandalosa a los ritualistas judíos y loca a los racionalistas gentiles. En sólo S. Lucas podemos ver, con inmenso provecho de nuestra alma, incontables pruebas que están enumeradas en nuestra nota a Luc. 7, 23.
(Coment. a S. 112, 7 ss.)


PRESENCIA DE DIOS:
Casi siempre vivimos en un estado de fe imperfecta, como diciéndonos: si yo lo tuviera delante al Padre celestial o a Jesús, le diría tal y tal cosa. Olvidamos que el Padre y el Hijo no son como los hombres ausentes que hay que ir a buscar sino que están en nuestro interior (vv. 20 y 23), lo mismo que el Espíritu (v. 26; 16,13; Luc. 11,13). Nada consuela tanto como el cultivo suavísimo de esta presencia de Dios permanente en nosotros, que nos está mirando, sin cansarse, con ojos de amor como los padres contemplan a su hijo en la cuna (S. 138,1; Sant. 7,10 y notas). Y nada santifica tanto como el conocimiento vivo de esta verdad que “nos corrobora por el espíritu en el hombre interior” (Ef. 3,16) como templos vivos de Dios (Ef. 2,21 s.) Estará en vosotros: Entendamos bien esto: “El Espíritu Santo estará en nosotros como un viento que sopla permanentemente para mantener levantada una hoja seca, que sin Él cae. De modo que a un tiempo somos y no somos. En cuanto ese viento va realizando eso en nosotros, somos agradables a Dios, sin dejar empero de ser por nosotros mismos lo que somos, es decir, “siervos inútiles” (Luc. 17,10). Si no fuese así, caeríamos fatalmente (a causa de la corrupción que heredamos de Adán) en continuos actos de soberbia y presunción, que no sólo quitaría todo valor a nuestras acciones delante de Dios, sino que sería ante Él una blasfemia contra la fe, es decir, una rivalidad que pretendería sustituir la Gracia por esa ilusoria suficiencia propia que sólo buscar quitar a Dios la gloria de ser el que nos salva.
(Coment. a Jn. 14, 17).


PROFECÍA:
Es propio de la profecía el que abarque a veces dos perspectivas, y dos modos de cumplirse, una figurada y otra real. Así. p. ej., el vaticinio de Jesucristo en Mat. 24 tiene dos aspectos, siendo el primero (la destrucción de Jerusalén) la figura del segundo (el fin del mundo). Muchas profecías resultan puros enigmas, si el expositor no se atiene a este principio exegético que le permite ver en el cumplimiento de una profecía la figura de un acontecimiento futuro.
Sin embargo, la interpretación de uno que otro texto no deja de ser oscura, aunque explotemos todos los recursos de la hermenéutica. Quedan envueltas en el misterio precisamente aquellas cosas que más busca la curiosidad humana.
(Ester y el Misterio del Pueblo Judío)


PROMESA DE DIOS:
Una promesa de Dios es un cheque a nuestra orden, contra un banco que no ha fallado nunca. Sólo hay que endosar el cheque poniéndole la firma de nuestra fe, y reclamar el pago con la oración. En la fecha debida, Dios paga sin falta (Núm. 23,19).
(Coment. a S. 120,5).
Promete el Salvador que será oída la oración que hagamos en su nombre. La promesa de Jesús se cumple siempre cuando confiados en los méritos de Jesucristo y animados por su espíritu nos dirigimos al Padre. Es la oración dominical la que mejor nos enseña el recto espíritu y, por eso, garantiza los mejores frutos.
(Coment. a Jn. 14,13).
Nada podéis hacer. A explicar este gran misterio dedica especialmente San Pablo su admirable Epístola a los Gálatas, a quienes llama “insensatos” (Gál. 3,1) porque querían, como judaizantes, salvarse por el solo cumplimiento de la Ley, sin aplicarse los méritos del Redentor mediante la fe en El. La Alianza a base de la Ley dada a Moisés no podía salvar. Sólo podía hacerlo la Promesa del Mesías hecha a Abrahán; pues el hombre que se somete a la Ley, queda obligado a cumplir toda la Ley, y como nadie es capaz de hacerlo, perece. En cambio Cristo vino para salvar gratuitamente, por la donación de sus propios méritos, que se aplican a los que creen en esa redención gratuita, los cuales reciben, mediante esa fe (Ef. 2,8 s.), el Espíritu Santo, que es el Espíritu del mismo Jesús (Gál. 4,6), y nos hace hijos del Padre como El (Juan 1,12), prodigándonos su gracia y sus dones que nos capacitan para cumplir el Evangelio, y derramando en nuestros corazones la caridad (Rom. 5,5), que es la plenitud de esa Ley (Rom. 13,10; Gál. 5,14).
(Coment. a Jn. 15,5).
Tal es, pues, la condición para gozar de todas las maravillosas promesas de Cristo: creerle a Él, dar crédito a sus palabras, honrarlo no dudando de su veracidad. Lo menos que se requiere para que un médico pueda curarnos es tenerle fe. No olvidemos que dudar de quien tanto promete, es como llamarlo impostor. Dudar de la Palabra del Hijo es tratar de mentirosos, dice San Juan, a Él y al padre que lo envió y dio testimonio de Él (I Juan 5,10). Por eso, “el que no le cree al Hijo, no verá la vida, y la ira del Padre permanecerá sobre él” (Juan 3,36).
Para tal problema, el más arduo de todos, también tiene Jesús la solución, puesto que esa fe que se nos pide como condición para colmarnos de bienes, es un don del mismo Dios (Filip. 1,29), de ese “Padre de las luces”, de quien “procede todo don perfecto” (Sant. 1,17), pues que nada tiene el hombre que no le sea dado del cielo (Juan 3,27).
Esta fe, tan deseable como instrumento de todas las bendiciones, nos será dada gratis, si la queremos, como se da gratis la sabiduría (Sant. 1,5). Para ello, se nos enseña en el Evangelio la fórmula del alma deseosa, que sabiamente desconfía de sí misma: “Señor, auméntanos la fe” (Luc. 17,5): “Creo, señor, ayuda Tú mi incredulidad” (Marc. 9,23).
(Job, un libro de consuelo, Ed. Guadalupe)


PRUEBAS:
El oro necesita ser acrisolado. Muchas tribulaciones les vendrán a los justos (precisamente por serlo), pues Jesús enseña que el mundo no podrá soportar a los verdaderos discípulos (Jn. 15, 18). Pero Jesús nos descubre que en ello hay una bienaventuranza como para saltar de gozo (Luc. 6, 22) y que es la peor calamidad el ser aplaudido por los hombres (Luc. 6, 26). Y nos recuerda para firme confianza que Él es el vencedor del mundo (Jn. 16,33).
(Coment. al Salmo 33, 20)


PUEBLO JUDÍO:
Si Ester pudo salvar a su pueblo, que estaba destinado a sucumbir, fue porque Dios lo salvó; y salvólo Dios porque ella y todo su pueblo se humillaron y confiaron única y exclusivamente en la ayuda del Todopoderoso. He aquí la clave para la comprensión de la historia del Antiguo Testamento y del pueblo judío en general: Dios lo bendice siempre que se hace pequeño delante de Él, como un hijo confiado; y lo rechaza cuando se olvida del pacto que hizo Él con sus padres en el Monte Sinaí.
Si partimos de esta idea básica, comprenderemos no sólo el pasado de ese pueblo, sino también y de la única manera posible, su porvenir. Éste es el punto que ha de ocuparnos aquí precisamente.
Por principio nos abstenemos de escribir sobre el problema judío desde los puntos de vista político, económico y racial. Esto ha sido hecho sobradamente por otros, y por cierto no siempre con resultado satisfactorio, precisamente porque muchos, sobre todo autores no católicos, no han tenido en cuenta lo esencial, que es propio de este pueblo: su misión, es decir, las promesas que Dios le ha hecho por conducto de los Profetas del Antiguo Testamento y por medio de los Apóstoles de la Nueva Alianza. Toda la literatura contra los judíos y sobre ellos ha sido escrita de balde, en cuanto no arranca del fundamento bíblico de tan intrincado problema.
La presente exposición limítase, por eso, intencionalmente a la pregunta: ¿Qué dice la Sagrada Escritura sobre el porvenir del pueblo israelita?
(…)
Prescindimos de muchas semejantes profecías encerradas en las Sagradas Escrituras, porque aquí no se trata de dar una exégesis de todos los textos, sino solamente destacar la idea dominante: la sentencia tremenda de la reprobación del pueblo judío por Dios, su dispersión entre otras naciones y los sufrimientos que ha de experimentar como consecuencia de la reprobación.
La incredulidad del pueblo escogido trajo en consecuencia, según nos enseña San Pablo, la admisión de otros pueblos elegidos por Dios; vaticinio éste común entre los Profetas y probado con toda exactitud por la historia. Vayan como ejemplos: Deut, 32, 20 y 21; Is. 65, 1 y 2; Rom. 11, 7 ss.; Ef. 2, 12 ss.
(…)
San Pablo no se cansa de destacar el significado místico de tan grande misterio. Cuídense los cristianos de Roma, — y con ellos nosotros todos- de engreírse por la vocación a la fe: no sea que se acarreen la misma suerte que los judíos. Leemos en la Epístola a los Romanos (11, 11-22):
“Mas, pregunto: ¿(Los judíos) están caídos para no salvarse jamás? No, por cierto. Sino que su caída ha venido a ser una ocasión de salud para los gentiles, a fin de que el ejemplo de los gentiles los excite a la emulación. Que si su delito ha venido a ser la riqueza del mundo, y el menoscabo de ellos el tesoro de los gentiles, ¿cuánto más lo será su plenitud? Con vosotros hablo, ¡oh gentiles!, ya que soy el Apóstol de los gentiles. He de honrar mi ministerio para ver si de algún modo puedo provocar a emulación a los de mi linaje (los judíos), y logro la salvación de algunos de ellos. Porque si el haber sido ellos desechados, ha sido la reconciliación del mundo, ¿qué será su restablecimiento sino resurrección de muerte a vida? Porque si las primicias son santas lo es también la masa; y si es santa la raíz, también las ramas. Que si algunas de las ramas han sido cortadas, y si tú (¡oh pueblo gentil!), que no eres más que un olivo silvestre, has sido injertado en lugar de ellas y hecho participante de la savia que sube de la raíz del olivo, no tienes de qué gloriarte contra las ramas. Y si te glorías, sábete que no sustentas tú a la raíz, sino la raíz a ti. Pero las ramas, dirás tú, han sido cortadas para ser yo ingerido. Bien está; por su incredulidad fueron cortadas. Tú empero, estás ahora firme por medio de la fe: mas no te engrías; antes bien, vive con temor. Porque si Dios no perdonó a las ramas naturales, debes temer que ni a ti tampoco te perdonará. Considera, pues, la bondad y la severidad de Dios; la severidad para con aquellos que cayeron, y la bondad de Dios para contigo si perseverares en el estado en que su bondad te ha puesto; de lo contrario tú también serás cortado”.
No es difícil explicar las palabras de San Pablo, con tal que uno tenga presente la idea fundamental de que Dios desechó al pueblo ingrato e incrédulo de Israel y admitió en su lugar a las naciones gentiles. Efectivamente, la caída (v. 11), el delito (v. 12), el menoscabo (v. 12) de los judíos ha venido a ser la riqueza del mundo (v. 12), en cuanto dio lugar a la conversión de los gentiles. Fracasada la misión entre sus connacionales, los Apóstoles se dirigieron a la gran masa de los pueblos no judíos, que no tardaron en llenar el vacío. Véase sobre el mismo tema el razonamiento del Apóstol en la Epístola a los Efesios (2, 12 y ss, y Mat. 10, 6; Luc. 24, 47; Hech. 3, 26; 13, 46).
Pero guárdense los gentiles de gloriarse de que ellos, el olivo silvestre (v. 17), hayan sido injertados a Cristo: la rama natural (v. 21) son los judíos, y aunque esa rama ha sido cortada por su incredulidad, poderoso es Dios para injertarla de nuevo (v. 23) con más razón que a la otra (v. 24), la cual, a su vez, será cortada si no es fiel (v. 22).
De ellos (los judíos) procedieron las primicias (v. 16) santificadas del cristianismo: los Apóstoles y primeros cristianos; por lo cual también el resto, la masa (v. 16) queda santificada y consagrada a Dios. La consagración definitiva se verificará en el restablecimiento (v. 15), la plenitud (v. 12.), esto es, la conversión de Israel.
(…)
A fin de no perdernos en investigaciones harto difíciles sobre el carácter de la restauración anunciada por los Profetas, recurrimos al mejor intérprete: San Pablo. El gran Apóstol no puede concluir el capítulo sobre la reprobación de su pueblo, sin añadir una de las más consoladoras promesas que jamás fue dada por Profeta alguno. Revela en el capítulo 11, vers. 25-32 de la Epístola a los Romanos, el siguiente misterio:
“Por tanto, no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, a fin de que no tengáis sentimientos presuntuosos de vosotros mismos: una parte de Israel ha caído en la obcecación, hasta tanto que la plenitud de las naciones haya entrado. Entonces salvarse ha todo Israel, según está escrito: Saldrá de Sión el Libertador, que desterrará de Jacob la impiedad. Y tendrá efecto la alianza que he hecho con ellos, en habiendo Yo borrado sus pecados. En orden al Evangelio son enemigos por ocasión de vosotros; mas con respecto a la elección, son muy amados a causa de sus padres, pues los dones y vocación de Dios son inmutables. Pues así como en otro tiempo vosotros no creíais en Dios, y al presente habéis alcanzado misericordia por ocasión de la incredulidad de ellos, así también los judíos están al presente sumergidos en la incredulidad para dar lugar a la misericordia que vosotros habéis alcanzado, a fin de que consigan también ellos misericordia. Porque Dios permitió que todos los hombres quedasen envueltos en la incredulidad para ejercitar su misericordia con todos”.
Antes de entrar en la interpretación de este texto maravilloso, hay que destacar que el Apóstol habla como persona inspirada que disfruta de la asistencia del Espíritu Santo. Él mismo lo dice expresamente en este caso, al comienzo de su tratado sobre la materia que estudiamos: "Digo la verdad en Cristo, no miento, dándome fe mi conciencia por el Espíritu Santo" (Rom. 9, 1).
El Doctor de los gentiles anuncia ni más ni menos que el “restablecimiento" de Israel” (v. 15). Reprobada por su incredulidad, no tropezó para que cayese definitivamente, sino para que pudiésemos entrar los gentiles (Rom. 11, 11 y 31); ni fue privada de las promesas de Dios, pues los dones y vocación de Dios son inmutables (v. 29) y los judíos, respecto a su elección, siguen siendo muy amados por causa de sus padres (v. 28).
Por cierto que los judíos están al presente sumergidos en la incredulidad (v. 31), pero el brazo del Omnipotente los alcanzará, para que consigan también ellos misericordia (v. 31), cuando la plenitud de las naciones haya entrado, es decir después de la vocación de los pueblos paganos al Evangelio.
Es tan grande el misterio de la salvación de Israel, que el Apóstol se pone de rodillas y termina su profecía en un himno majestuoso a la eterna Sabiduría y Misericordia (Rom. 11, 33-36):
¡Oh profundidad de los tesoros de la Sabiduría y de la Ciencia de Dios, cuán incomprensibles son sus juicios, cuán impenetrables sus caminos! Porque ¿quién ha conocido los designios del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién es el que le dio a Él primero alguna cosa, para que pretenda ser por ello recompensado? Porque de Él, y por Él y en Él son todas las cosas: a Él sea la gloria por siempre jamás. Amén.”
(…)
La idea de la incorporación de Israel a la verdadera grey, ocupa a San Pablo también en II Cor. 3, 13, donde compara la ceguera de ese pueblo con el velo que llevaba Moisés al hablar con los hombres después de haber hablado con Dios. Pero es, además, tema predilecto de San Pedro y Santiago. El Príncipe de los Apóstoles exhorta a los judíos a la contrición: entonces el Padre les enviará al mismo Jesucristo (Hech. 3, 20) y cumplirá todas las promesas que antiguamente hizo por boca de los Profetas, y serán restauradas todas las cosas.
(Ester y el misterio del pueblo judío, Bs. As., 1943).