domingo, 26 de abril de 2015

LA ESPIRITUALIDAD BÍBLICA TRANSMITIDA POR MONS. DR. JUAN STRAUBINGER



O


ORACIÓN:
Nos parece que ante la Majestad de Dios necesitásemos quien nos introdujese y recomendase, temerosos de hablar con Él. David, con esta actitud infantil que siempre tiene ante Dios, nos recuerda que Él es nuestro Creador y Padre y el único que conoce nuestros pensamientos (S. 43,22; 138,2 ss., etc.). ¿Con quién podríamos tener mayor intimidad? Jesús, nuestro Mediador (Juan 14,6; Hech. 4,12; I Tim. 2,5), nos confirma mil veces este carácter paternal de Dios y nos dice que para orar privadamente, como “Él ve en lo secreto”, no lo hagamos “en las esquinas de las calles”, sino “al contrario, cuando quieras orar, entra en tu aposento, corre el cerrojo de la puerta y ora a tu Padre que está en lo secreto” (Mat. 6,5 ss.). Esta devoción al Padre “fue la de Jesús” (Mons. Guerry), y si al principio nos cuesta un esfuerzo de fe es porque, como observa Dom Olphe Galliard y confirma Mons. Landrieux, pocos tienen la ventaja de una formación bíblica recibida desde la infancia. Eres Tú quien conoces, etc.: Es decir, que en vano nos agitaríamos en el momento de la preocupación (cf. Ecli. 2,3). No sabríamos descubrir el camino conveniente, en tanto que nuestro Padre lo conoce muy bien y está deseando enseñárnoslo, esperando sólo que sin reservas, como hijos pequeños, nos confiemos a Él aunque no lo veamos materialmente. En esto está el valor de la fe, como lo enseña Jesús (Juan 20,29) y S. Pablo (Hebr. 11,1). Cf. Rom. 1,17 y nota.
(Coment. a S. 141,4).
Y además el Espíritu ayuda a nuestra flaqueza.
Con esta palabra apostólica consuélense los que se lamentan de no poder orar con la perfección necesaria. ¡El Espíritu ora en nosotros! Como dicen los místicos, la oración es tanto más perfecta cuanto más parte tiene en ella Dios y menos el hombre. Es decir que para nosotros es una actividad más bien receptiva y muy poco compatible con la distracción, pues ella está hecha precisamente de atención a lo que Dios obra en nosotros con su actividad divina fecundante. Esa atención no acusa modificaciones sensibles sino que es nuestro acto de fe vuelto hacia las realidades inefables de misericordia, de amor, de perdón, de redención  de gracia que el Esposo obra en nosotros apenas se lo permitimos, pues sabemos que Él siempre está dispuesto, ya sea que lo busquemos –en cuyo caso no rechaza a nadie (Juan 6,37)- o que simplemente lo dejemos entrar, porque Él siempre está llamando a la puerta (Apoc. 3,20), y aun cuando no le abramos, atisba El por lo menos por las celosías. (Cant. 2,9). Cuanto más sabemos y creemos esto, más aumenta nuestra amorosa confianza y más se despierta nuestra atención a las realidades espirituales, hasta hallarse casi constantemente vuelta hacia el mundo interior, no ciertamente el mundo de la introspección psicológica (cfr. I Cor. 2,14 y nota) sino a la contemplación de Jesús “autor y consumador de nuestra fe” (Hebr. 12,2; S. 118,37 y nota). Nuestra vida se vuelve entonces un acto cuasi permanente de esa “fe que es la vida del justo” (1,17), animada por la caridad (Gál. 5,6) y sostenida por la esperanza (5,5; Fil. 3,20s.; I Tes. 4,16; 5,8; Tito 2,13; I Juan 3,3). Nuestro mayor empeño entonces lejos de llevarnos en la oración a una gárrula e importuna actividad, está precisamente en no poner límites a cuanto Dios quiera obrar en nuestra alma (II Cor. 5,13 y nota), aunque a veces no lo percibamos. Para ello no hay nada que ayude tanto como el trato continuo con la Escritura, pues si en esa oración escuchamos constantemente a Dios, no es que se trate de nuevas o milagrosas revelaciones individuales, sino que se actualizan en nuestra mente o en nuestra memoria las palabras que el Espíritu Santo “nos habló por los profetas” y por Jesús (Juan 14,26 y nota; Hebr. 1,1 s.) adquiriendo sentidos cada vez más claros, más atrayentes y más profundos, en esa rumia que es lo que David llama la bienaventuranza del que día y noche medita la Palabra de Dios (S. 1,1 ss.). No era otra la vida de oración de la Virgen María, según nos lo indica por dos veces S. Lucas en 2,19 y 51, y una vez el mismo Jesús (Luc. 11,28 y nota), y según lo revela ella misma en su himno el Magníficat (Luc. 1,47 ss.), pues está hecho todo con palabras de la Escritura que Ella recordó en ese momento, por obra del Espíritu Santo.
(Coment. a Rom. 8,26).
Al considerar las características de la piedad cristiana hemos de recordar en primer término que no oramos solos, ni como individuos aislados, ni sólo como representantes de una comunidad o de un pueblo, sino como miembros de un Cuerpo Místico, cuya cabeza es Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre. "Per Christum Dominum nostrum" -por Jesucristo, nuestro Señor- elevamos nuestras oraciones a Dios, y en esto se distingue fundamentalmente la oración cristiana de las preces formuladas por los adeptos de otras religiones.
No es nuestro "yo" el que da valor a la oración, sino la unión del "yo" humano con el divino Mediador, que se hizo sustituto nuestro ante el Padre. Por eso dice El mismo, según San Juan XV, 5: "Sin Mí nada podéis hacer"; y San Pablo agrega que el que nos anima y capacita para pronunciar el nombre del divino Sustituto es el Espíritu Santo, quien es a la vez el glorificador de Jesús (cf. Juan XVI, 14): "Nadie puede decir que Jesús es el Señor sino por el Espíritu Santo" (I Cor. XII, 5). Es pues, por Jesucristo y su Santo Espíritu, que dirigimos nuestras oraciones al Padre, como el mismo Apóstol lo expresa en la Carta a los Romanos: "No sabemos qué hemos de pedir en nuestras oraciones, ni cómo conviene hacerlo; el mismo Espíritu hace nuestras peticiones con gemidos que son inexplicables" (Rom. VIII, 26).
Es ésta una gran luz para los flacos en la fe y en la confianza, que no creen en la eficacia de la oración o se creen incapaces de orar sin distracción. ¡Cristo y el Espíritu Santo nos ayudan! Y sus acentos dan gracia a nuestro balbuceo ante el Padre. Todo al revés del mezquino concepto que tal vez nos hemos formado de la parte divina en nuestros actos de piedad, como si Dios, después de la creación del mundo, se hubiese entregado a la pasividad, para que la actividad humana se manifieste sin trabas. En realidad es la oración tanto más perfecta cuanto más parte tiene en ella Dios y menos el hombre.

Orar con Cristo es, por consiguiente, como dijimos en la nota al versículo citado ("Las Cartas de San Pablo", edic. Plantín, pág. 38), "una actividad más bien receptiva, pero incompatible con la distracción, pues, está hecha precisamente de atención a lo que Dios obra en nosotros con su actividad divina fecundante. Esa atención no acusa modificaciones sensibles, sino que es nuestro acto de fe vuelto hacia las realidades inefables de misericordia, de amor, de perdón, de redención y de gracia que el Esposo obra en nosotros apenas se lo permitimos, pues sabemos que El siempre está dispuesto, ya sea que lo busquemos -en cuyo caso no rechaza a nadie (Juan VI, 57),--, o que simplemente le dejemos entrar, porque El siempre está llamando a la puerta (Apoc. III, 20); y aun cuando no le abramos, atisba El por las celosías (Cant. II, 9), y aun nos persigue como un "lebrel del cielo". Cuanto más sabemos esto más aumenta nuestra confianza y más se despierta nuestra atención a la realidad espiritual de la oración".
Orar con Cristo no sólo significa estar unido con El místicamente, sino también seguir, por decirlo así, su método. Si Jesús es nuestro Maestro, ¿nos habrá acaso dejado sin instrucciones sobre el elemento más vital de la piedad? ¿Cómo practicaba El la oración? ¿Tenemos ejemplos de su oración? Sí, los tenemos. Y lo más interesante es que la primera oración de Jesús no está en el Evangelio, sino en el Salterio, lo cual nos muestra una vez más la unión de los dos Testamentos, el Antiguo y el Nuevo, que se completan mutuamente y se arrojan luz el uno sobre el otro.
Esa primera oración de Cristo se halla en el Salmo LIX, vers. 7 y 8, y para que no dudemos de su autenticidad, el Espíritu Santo la hizo citar por San Pablo en la Carta a los Hebreos, donde leemos: "Por lo cual dice Jesús al entrar en el mundo: Sacrificio y oblación Tú (oh Dios), no los quisiste, pero un cuerpo me has preparado. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: He aquí que vengo; así está escrito de Mi en el rollo del Libro, para que haga, oh Dios, Tu Voluntad" (Hebr. X, 5-7).
El Apóstol ve en esta oración la de Cristo con motivo de su entrada en el mundo, o sea en aquel momento en que se materializó su existencia humana en el seno purísimo de la Virgen, y en que su alma, bajo los irresistibles impulsos del Espíritu Santo, ofreció al Padre ese santísimo cuerpo que había recibido para el cumplimiento de su misión redentora.
¿No es notable y digno de la mayor atención que la primera oración de Jesús sea una palabra del Salterio? Si el Hijo de Dios, el "hombre" más inspirado que jamás viviera en la tierra, al elevar su corazón al Padre, ha recurrido a la Escritura como fuente de las palabras más dignas del Altísimo, ¿cuán mal parados quedamos entonces nosotros al pretender crear fórmulas mejores y más acertadas? Del ejemplo que nos ha sido dado por Cristo, hemos de sacar la enseñanza de que hemos de obrar como Él, y no confiar en nuestra propia inspiración, sino dejarnos conducir por las Sagradas Escrituras, por la Palabra de Dios y las fuentes sobrenaturales, como lo hace la Iglesia al formular las oraciones del Misal y Ritual. Imitemos a Cristo y a la Iglesia, bebamos en el manantial inagotable de la Biblia, donde encontramos siempre la mejor inspiración y la expresión más sublime y más adecuada para lo que deseamos decir, pues ese mismo Espíritu que inspiró el Libro Sagrado, inspira también al que ora rectamente, como vemos en Rom. VIII, 26.
No fue solamente la primera oración la que el Hijo del hombre sacó del Salterio; también sus últimas palabras proceden de ese mismo libro divino. Cuando su cuerpo se desangraba bajo horribles tormentos físicos y su alma cargada con los pecados de la humanidad (II Cor. V, 21) apuraba la última gota del cáliz de la amargura, no encontraba palabras más apropiadas para expresar su dolor que las del salmista: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?" (Sal. XXI, 2; cf. Mat. XXVII, 46; Marc. XV, 34). Y en su último aliento escuchamos igualmente palabras de la Sagrada Escritura, pues de los Salmos fueron las que pronunciara al expirar, diciendo con esa amorosa y confiada entrega que hemos de aprender de Él: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Sal. L, 6; cf. Luc. XXIII, 46).
Como Jesucristo, así también su santísima Madre usaba como "devocionario" la Escritura, especialmente los Salmos. El Magnificat de la Virgen (Luc. I, 46 ss.) es un tejido de textos bíblicos, lo mismo que el Cántico de Zacarías (Luc. I, 68 ss.). Esto prueba hasta qué punto aquellos santos se habían compenetrado de la Palabra de Dios, y cómo sabían aprovecharla para sus oraciones e himnos eucarísticos. También San Esteban concluye su glorioso martirio con una palabra de la Escritura (Hech. VII, 59).
¿Es extraño que los apóstoles, que tantas veces presenciaron la oración de Jesús, le pidieran que les enseñase a orar? (Luc. XI, 1). Y El les enseñó el Padrenuestro, la oración que en su sola estructura contiene ya toda la substancia de ambos Testamentos.
Por todo esto vemos la inmensa importancia que en la oración de Jesús y de sus discípulos tiene la Biblia, sin la cual no entenderíamos sus oraciones, como tampoco las de la Iglesia, las cuales rebosan de reminiscencias, ideas y citas literales del Libro sagrado, que no revelan su verdadero sentido sino a los que conocen los textos aludidos, al igual que las vidrieras góticas con sus figuras y escenas sólo son comprendidas por los que conocen los originales bíblicos que ellas representan.
Usando la Sagrada Escritura como texto de su oración Jesús nos ha mostrado también de una manera práctica las íntimas relaciones entre la Antigua y la Nueva Alianza, que hoy todavía son tan estrechas, que un libro del Antiguo Testamento, el Salterio, es la oración oficial de la Iglesia y de todos los sacerdotes del orbe católico.
Orar con Jesús es, pues, no solamente orar en unión con Él y con la Iglesia, su cuerpo, sino también en cuanto es posible, con las mismas palabras que El consagró en los días de su vida terrena cuando de sus labios brotaron las oraciones del Libro eterno.
(Espiritualidad Bíblica, Ed. Plantín, Bs. As., 1949)


ORDEN ECONÓMICO DEL CRISTIANISMO:
Todo el orden económico del cristianismo está resumido en esta solemne promesa de Jesús: “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas se os darán por añadidura”. Su conocimiento y aceptación bastaría para dar solución satisfactoria a todos los problemas sociales.

(Coment. a Mt. 6, 33).