domingo, 12 de abril de 2015

LA ESPIRITUALIDAD BÍBLICA TRANSMITIDA POR MONS. DR. JUAN STRAUBINGER


J



JERARQUÍA:
La sagrada misión de la Jerarquía consiste ante todo en transmitir fielmente y plenamente a la grey de Cristo las palabras de la Verdad eterna (Mat. 28,20; Hech. 3,22; Mal. 2,7 ss.). “Este sustantivo viene de “hierarches” =guarda, custodio de un santuario o de cosas sagradas. “Jerarquía, “Hierarchía” es el oficio de un “hierarches”, de un “custodio de cosas sagradas”…La palabra no figura entre los clásicos griegos, pero se la encuentra en inscripciones. Su uso corriente se debe a los escritos de Dionisio Seudo-Areopagita, presumiblemente de la época de Justiniano” (S. Huber). San Pablo insiste en el carácter esencialmente sobrenatural de la función sacerdotal (cfr. II Tim. 2,4 y nota) y el Papa Pío XI quiso extenderlo aún a las actividades de la Acción Católica, que son consideradas como participación en el apostolado jerárquico, al alejarlas de toda intervención de orden meramente político o temporal.
(Coment. a I Tim. 3,15).


JESÚS:
"Todo lo atraeré a Mí" (Juan XII, 52). Cuando Jesús dice esta Palabra no parece significar que después de su muerte todos se convertirán a Él. Bien tristemente vemos que no fue así, ni lo es hoy, ni lo será cuando Él venga (Mat. XIII, 30 y 41; XXIV, 24; Luc. XVIII, 8).
Al decir, pues, Jesús: “Cuando Yo haya sido levantado en alto, todo (no todos) lo atraeré a Mí”, quiere significar que, consumado el misterio oculto desde todos los siglos" (Ef. III, 9), con su Pasión, Muerte y Resurrección, Él será “el centro hacia el cual convergen todos los misterios de ambos Testamentos”.
Desde entonces, toda posible fe es necesariamente fe en Jesús (I Juan V, 10), y por eso los judíos, al no creer en El, que, según Hech. III, 26, había resucitado ante todo para ellos, quedaron desde entonces con un velo que les impide entender aún el Antiguo Testamento (II Cor. III, 14 s.) y que sólo se levantará cuando se conviertan a Él (ibíd. v. 16; Mat. XXIII, 39).
¿Cómo podría en efecto entenderse el Antiguo Testamento sin Jesús, siendo el Mesías el fin hacia el cual se encamina toda la Ley (Torah), todos los Profetas (Nebiyim) y todos los Hagiógrafos (Ketubim)?
Oigamos cómo les habla Jesús: "Si creyeseis a Moisés me creeríais también a Mí, pues de Mí escribió él. Pero si no creéis a sus escritos ¿cómo creeréis a mis palabras?" (Juan V, 45 s.). "Abraham vuestro padre se alborozó por ver mi día; y lo vio y se llenó de gozo”. (Juan VIII, 56). Y San Juan por su parte añade: "Isaías dijo esto cuando vio Su gloria, y de Él habló” (Juan XII, 41).
Jesús confirma todo esto de muchas maneras y especialmente cuando a los discípulos de Emaús, “comenzando por Moisés y por todos los profetas, les hizo hermenéutica de lo que en todas las Escrituras había acerca de El" (Luc. XXIV, 27). Y también cuando dijo a los Once, aún después de su Resurrección: “Es necesario que todo lo que está escrito acerca de Mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos se cumpla" (Luc. XXIV, 44). Y fue entonces cuando "les abrió la inteligencia para que comprendieran las Escrituras (ibíd. v. 45)
Esto, que les dijo antes de su Ascensión, lo había prevenido desde los primeros días, casi al comenzar el Sermón de la Montaña: “No vayáis a pensar que he venido a abolir la Ley y los Profetas. Yo no he venido para abolir sino para dar cumplimiento. En verdad os digo, hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota, ni un ápice de la Ley pasará sin que todo se haya cumplido” (Mat. V, 17 s.). Es decir que El no aboliría nada, sino que en Él se cumpliría todo, como antes vimos en Luc. XXIV, 44: los misterios dolorosos, que ya pasaron, y los gloriosos que aún esperamos para su Parusía. Todo, esto es: “nova et vetera” (Mat. XIII, 52), o sea, todo lo que los Profetas narraron sobre Él y que San Pedro llama “Sus padecimientos y posteriores glorias” (I Ped. I, 11).

El comprender bien estas cosas puede servirnos aún para un posible apostolado entre los judíos, cuya oportunidad quizá se acerca, pues éste es, lo sabemos por experiencia, el argumento que más satisface a los que de entre ellos conservan espíritu bíblico y religioso, a saber: de cómo la esperanza cristiana se confunde con la de Israel, pues Aquel que ellos esperan en primer Advenimiento es el mismo que nosotros esperamos en su Retorno.
Pero hay más. Las palabras citadas, con que Jesús ha confirmado todo el Antiguo Testamento como endosándolo con su firma, tienen la virtud de convertirlo todo en Evangelio a los ojos del cristiano, el cual descubre así una importancia antes insospechada en esos viejos y misteriosos libros que sólo parecerían interesar a la remota historia de un pueblo que fue.
Y de este modo se resuelven para nosotros, con una eficacia definitiva, todos los problemas que plantea la crítica racionalista y que serían graves si los tomásemos en el terreno puramente racional. Porque ¿quién podría garantizarnos que los escribas de la Sinagoga conservaron fielmente las Escrituras durante quince siglos? Y aún así, ¿cómo explicamos que Moisés supiese y narrase con tanto detalle, no ya sólo las cosas de Abraham y los patriarcas, ocurridas cinco siglos antes, sino aún las de Adán y la Creación, sucedidas millares de años atrás?
Los problemas que nunca podrían tener solución plenamente satisfactoria para el ánimo, mientras tuviésemos que atenernos a testimonios de hombres, Jesús nos los resuelve con infinita suavidad para nuestro espíritu, como diciéndonos con su autoridad divina —única, absolutamente definitiva- todo eso es verdad; más aún, es una verdad que tiene que ver conmigo, por lo cual Yo mismo doy testimonio de ello. Y os lo doy para vuestra entera satisfacción, pues claro está que el testimonio mío es mucho más fácil de creer que el de Moisés.
En efecto, Jesús ha dejado constancia de que Él no pretendió ser creído gratuitamente, sino que vino y habló como nadie (Juan XV, 22; VII, 46), e hizo obras que nadie hizo (Juan XV, 24; X, 57 s.), y desafió a que alguien lo descubriese en falta (Juan VIII, 46), y habló con autoridad propia, y no aprendida como los demás (Mat. VII, 28 s.).
Se explica así que para creerle a Él baste la rectitud, pues Él no sólo se presentó como el Mesías y el Hijo de Dios, -con una audacia divina que nadie más ha tenido en la historia— sino también como la Luz venida al mundo con tal certeza que nadie pudiese rechazarla sino por ciego amor a las propias obras malas (Juan III, 19, s.). Y, consecuente con esto, nos ofreció, más allá de todo testimonio extrínseco, un testimonio interior nuestro que es un desafío a cualquier racionalismo y que encierra toda la apologética del Evangelio, al formular la asombrosa promesa de que todo el que virtualmente esté dispuesto a someterse con sinceridad a Dios, reconocerá por las solas palabras de Jesús, que ellas vienen del Dios verdadero: "Si alguno quiere cumplir la voluntad de Dios, conocerá si esta doctrina viene de Dios, o si Yo hablo por mi propia cuenta" (Juan VII, 17).
Esta experiencia, —que vemos realizada en el mismo Evangelio por los samaritanos de Sicar, que no necesitaron más testimonio que las palabras de Jesús (Juan IV, 42),- podemos realizarla todos si vivimos en contacto con las divinas palabras del Evangelio. Y a través de él veremos que crece nuestra admiración y nuestra fe, no sólo en lo que solíamos mirar como contenido del mensaje neotestamentario, sino también, con igual intensidad, en todos los Libros del Antiguo Testamento, puesto que Jesús, centro de todos ellos, se hizo garante de su autenticidad e inspiración, enseñándonos a mirarlos como, si El mismo los hubiera escrito.
Sólo en este limitado sentido nos propusimos tratar el tema que anuncia nuestro título: "Jesús, centro de la Biblia". Pues el señalar en detalle las figuras y profecías que anuncian al Mesías en todo el Antiguo Testamento, es asunto para llenar gruesos volúmenes, que por cierto existen, por lo menos en algunas lenguas.
Concluimos, pues, repitiendo que Jesús es la solución de todos los problemas. Porque si alguien dice que es difícil creer en el Génesis, que lo encuentra ingenuo o duda de la información de Moisés, no podrá, después de lo que hemos visto, decir que es difícil creerle a Cristo. Y es el Señor Jesús quien nos certifica la verdad de todo el Antiguo Testamento, no sólo citándolo a cada paso, sino también diciéndonos expresamente: "Escudriñad las Escrituras" (Juan V, 39) "Ellas dan testimonio de Mí" (ibíd.). "La Escritura no puede ser anulada" (Juan X, 35). Con lo cual el divino Profeta hizo también suyo lo que decían los Proverbios: “Toda Palabra de Dios está como acrisolada al fuego; es un escudo para los que en El confían. No añadas una tilde a sus palabras; de lo contrario serás redargüido y convencido de falsario” (Prov. XXX, 50).
(Espiritualidad Bíblica, Ed. Plantín, Bs. As., 1949)
Para entrar a fondo en el misterio de Jesús conviene mirarlo tal como El se presentó al principio: simplemente como un hombre -el Hijo del hombre—, enviado para buscar la gloria del que lo envió, dando a los hombres noticia de que Dios tiene corazón de Padre, es decir de amor y misericordia. Ya nos revelará El, al final, el complemento de ese mismo misterio, haciéndonos saber, por los Apóstoles del N. T., que El mismo con su Redención nos convirtió, de simples creaturas que éramos, en hijos verdaderos de ese Padre, exactamente lo mismo que El. Y esto bastará para que nuestra gratitud le entregue a ese Bienhechor cada latido de nuestro corazón. Pero al principio, antes que la gratitud hemos de buscar la admiración y simpatía, pues el hombre es más capaz de ser ingrato cuando no admira ni ama.
Jesús rebosaba de agradecimiento hacia su Padre, que eternamente le da el Ser de Hijo divino. Quería que nosotros también supiésemos las maravillas de ese Padre, para hacerlo amar por nosotros como El lo ama. Desde luego nos hace saber su característica en tal empresa: “Yo no busco mi gloria” (Juan VIII, 50). Es decir, sólo me interesa que vosotros conozcáis, para admirarlo y amarlo, a Ese que me envió. Por eso no le importa a Jesús cuando lo insultan o desprecian a Él. Lo único que quiere es que presten atención a sus palabras para que puedan comprender esas revelaciones que viene a hacer sobre su Padre, para que podamos creerlas, pues son demasiado admirables y asombrosas para creer que son ciertas si no las escuchamos como niños que todo lo creen a su padre, sin ponerlo en duda ni pretender juzgarlo.
De ahí que, para mostrar de antemano su veracidad y su derecho a ser creído así, por su sola palabra, Jesús hace toda clase de milagros, muestra el cumplimiento de las profecías en El y en su precursor que lo anuncia, e invoca el testimonio visible del Padre en el Bautismo, en el Tabor y en su propia Resurrección que de antemano anuncia, y el testimonio invisible pero interior del Espíritu Santo, el “lumen cordium”, que nos hará comprender que su doctrina es de Dios si la escuchamos dispuestos a aceptarla sin doblez (Juan VII, 17). Si le creemos, nos hará beber de la fuente de aguas vivas (Juan IV, 10), y nos inundará con los ríos de esa agua que brota del corazón de aquel Hombre maravilloso (Juan VII, 58 s.), que habló como nadie habló jamás según confesaron sus propios perseguidores (Juan VII, 46).
Por eso, habiendo dado así previamente esas pruebas de que Dios estaba con Él, Jesús no se preocupaba ya de buscar “testimonios de hombres” para apoyar sus palabras (Juan V, 34), como hacían los escribas y fariseos, sino que hablaba como quien tiene autoridad (Mat. VII, 29). Es decir que enseñaba como Maestro por excelencia, esto es, como uno que sabe más que el discípulo y tiene derecho a ser creído por su sola palabra. Poco a poco va mostrando que El es el Maestro único, la Sabiduría encarnada, hasta que dice claramente que después de El no hay que llamar maestro a nadie más, sino que todos somos hermanos y que sus discípulos han de enseñar a todas las naciones, pero no verdades propias, que son tan mezquinas, sino las mismas cosas que El enseñó (Mat. XXVIII, 20).
Pero esas cosas que El enseñó no eran de El sino de su Padre (Juan XII, 49 s.). Jesús quiere anunciar a su Padre como el Bautista lo anunció a Él, es decir, en forma que el heraldo disminuya para que crezca el anunciado (Juan III, 30). Yo no quiero mi gloria… no busco gloria de hombres... Yo glorifico a mi Padre y vosotros me insultáis (Juan VIII, 49).
(Espiritualidad Bíblica, Bs. As., 1949)
¡Cuán falso es el concepto de quienes ven en Jesucristo una figura romántica! Léanse dos veces estas cortantes sentencias. Por desgracia un arte falso y que no se inspira en la Sagrada Escritura, representa a veces a Jesús en una atmósfera de sentimentalismo, deformando así la devoción de muchos cristianos.
(Coment. a Luc. 12,49).
Está sentado a la diestra de Dios: Jesús, terminada así su misión de maestro y su epopeya de víctima redentora, inicia aquí la plenitud de su misión esencialmente sacerdotal, intercediendo sin cesar por nosotros ante el divino Padre, a quien presenta sus llagadas manos, desbordantes de sus méritos infinitos (S. 109, 1 y 4; Hebr. 5,6; 7,25; Rom. 8,34) hasta que llegue la hora en que el Padre le cumpla la promesa de ponerle a sus enemigos por tarima de sus pies (I Cor. 15,25; Hebr. 1,13; 10,13; Ecli. 24,14 y nota).
(Coment. a Marc. 16,19).


JUSTICIA:
Santo Tomás observa que Dios no obra jamás contra la justicia, pero sí más allá de la justicia, a causa de la misericordia, que es inseparable de El. Cfr. Denz. 1014.
(Coment. a Lam. 3,36).
En el Nuevo Testamento justicia es la santidad que Dios nos da mediante la fe en su Hijo Jesucristo (Rom. 3,25 s.; Mat. 6,33). Jesús es llamado el Justo, y no practicó la justicia en el sentido pagano de dar a cada uno lo suyo, sino que Él pagó “lo que no había robado” (S. 68,5) y estableció la ley de caridad que debemos practicar a imitación suya, perdonando al prójimo cuantas veces nos ofendiere (Mat. 18,22). Esta ley es obligatoria, pues si no la cumplimos no seremos perdonados por Dios, sin lo cual todos estamos seguros de ir al infierno (Mat. 6,15; Sant. 2,13). “El párroco deberá recordar a los fieles cuánto sobrepuja la bondad y misericordia de Dios a la justicia” (Cat. Rom. III,cap. 2,36). (…) Entre los groseros errores de Miguel Bayo (de Bay) que la Sede apostólica condenó por boca del Papa Pío V, está el que dice que las obras buenas de los justos no recibirán más premio que el que merezcan según la justicia (Denz. 1014).
(Coment. a S. 32,5).