domingo, 8 de marzo de 2015

LA ESPIRITUALIDAD BÍBLICA TRANSMITIDA POR MONS. DR. JUAN STRAUBINGER



E


ENEMIGOS:
¿Acaso no debo odiar, Yahvé, a los que te odian,
y aborrecer a los que contra Ti se enaltecen?
Por lo mismo que amamos y buscamos a los amigos de nuestro Padre celestial (cf. S. 118,63 y nota), también execramos a sus enemigos (Apoc. 2,6). Pero no como odia el mundo, sino al contrario, deseándoles el mayor bien, pues sabemos que eso es lo que nuestro Padre desea. Cf. S. 25,5; 118,158; Ex. 18,23; Mat. 5,44 s.; Juan 15,8. Si bien se ve aquí, pues, un sentimiento distinto de cuando se trata de los enemigos nuestros –en cuyo caso el perdón y el amor se imponen siempre (Mat. 5, 43-48; 18,21 ss.)- no hemos de sentirnos autorizados a usar de la violencia aun con los enemigos de Dios, pues Él es el único dueño y juez de las almas (Deut. 32,35; Hebr. 10,30). David se limita a plantear el caso delante de Dios (v. 19) para que sea Él quien resuelva. Por lo demás, no se trata aquí de simples pecadores –a quienes debemos compadecer pensando que bien podríamos ser nosotros peores que ellos- sino de los que, como Caifás, erguidos contra todas las leyes de Dios, aún pretenden hablar en su Nombre (v.20) y condenan por blasfemia a Cristo y a sus discípulos (Mat.26,63 ss.; Hech. 4,1 ss.). Cf. S. 118,53 y nota.
(Coment. a S. 138,21).
Líbrame, Yahvé, del hombre malo;
defiéndeme del hombre violento.
David, figura de Cristo, perseguido por sus enemigos deslenguados, sin duda en tiempo de Saúl, pide a Yahvé tome su defensa y aplique el castigo que merecen. Es una oración preciosa en las persecuciones que el discípulo de Cristo ha de sufrir en este siglo malo (Gál. 1,4) en que, como otro Saúl, difunde terror Satanás (cf. Juan 14,30). El ideal pagano diría “Sé hombre” y defiéndete tú contra tus enemigos. El creyente, desde el Antiguo Testamento, recurre a Dios, conociendo la propia debilidad, y Jesús lo confirma enseñando: “No resistáis al malvado” (Mat. 5,39 ss.; I Cor.6,7), porque Dios se encarga de ello (Rom. 12,19).
(Coment. a S. 139,1).


ESPERANZA:
La esperanza, que resulta de la prueba, es una virtud teologal, fruto de la fe viva animada por caridad (Gál. 5,6). El que cree y ama, espera con vehemente deseo los bienes que Cristo nos promete, y tiene, pues, en la esperanza el supremo sostén de su optimismo. “La gloria que espero, dice S. Francisco de Asís, es tan grande, que todas las enfermedades, todas las mortificaciones, todas las humillaciones, todas las penas, me llenan de alegría”.
(Coment. a Rom. 4,4).
En el mundo moderno hay muchos seudo profetas, ocultistas, astrólogos y espiritistas, que hacen de la profecía un arte como Simón Mago y engañan a la gente crédula e incauta. En sus ‘profecías’ se ocupan con preferencia de la suerte del mundo, su próximo porvenir y su fin, y no les falta auditorio; con lo cual se cumple lo que Jesucristo y los Apóstoles señalaron como característica de la falsa profecía, mientras los verdaderos profetas siempre serán una voz en el desierto, es decir, desoídos, despreciados y perseguidos, y ninguno de ellos se hará multimillonario como aquel astrólogo de París, del cual dijeron los diarios que supo explotar con la misma habilidad la superstición y los bolsillos de sus clientes.
El mejor medio para librarse de estos seudo profetas consiste en leer la Sagrada Escritura, especialmente el Nuevo Testamento y las profecías del Antiguo, donde hay muchísimos vaticinios auténticos, escritos bajo la inspiración divina y destinados a mantener la fe hasta los últimos tiempos; vaticinios tan olvidados, que los mismos judíos que actualmente vuelven al país de sus padres, no saben que con ello dan cumplimiento a las profecías del Antiguo Testamento.
Por eso dice el Eclesiástico: “El sabio se dedica al estudio de los Profetas” (Ecli XXXIX, 1), lo cual equivale a decir que los que no se dedican al estudio de las profecías divinas, no son sabios, sino necios que caen en las redes de los falsos profetas, astrólogos y demás explotadores de la credulidad humana.
Entre las profecías del Nuevo Testamento la que más nos interesa es la que San Pablo llama “la bienaventurada esperanza” (Tito II, 13). Todos sabemos que hay una felicidad eterna que anhelamos en nuestras oraciones. Pero aquí se trata de una cosa en que muy pocos piensan y que en general no es objeto de nuestras plegarias.
¿Qué es, pues, la “bienaventurada esperanza” con lo que San Pablo consuela a su discípulo Tito? El padre Bover, S.J., lo explica bien, diciendo que éste término equivale a la “manifestación de la Gloria de Jesucristo en su segundo advenimiento”.
Esta dichosa esperanza es el compendio de ambos Testamentos, la suprema culminación del Plan de Dios, el público y definitivo triunfo de Su Hijo, nuestro divino Caudillo. Tal es el deseo, el suspiro de la Iglesia, con que termina toda la Biblia y que puede cumplirse cuando menos pensamos (Apoc. XXII, 20).
La Segunda Venida de Cristo tiene en el Nuevo Testamento el nombre de “Parusía”, palabra griega que originariamente significa “presencia”. El término se usaba en la época helenística para anunciar la visita del Emperador a una ciudad. De ahí que los hagiógrafos lo emplearan para denominar la venida del gran Rey Jesucristo.
No hay duda de que los primeros cristianos esperaban ese gran acontecimiento para un tiempo muy temprano; tan temprano que en Tesalónica algunos ya no se dedicaban a trabajar y otros estaban muy preocupados por la suerte de los muertos, que tal vez no pudiesen ver la vuelta de Cristo. San Pablo se ve obligado a consolarlos, diciendo que “los vivientes que quedamos hasta la Parusía del Señor, no nos adelantaremos a los que murieron…, porque los muertos en Cristo resucitarán primero” (1 Tes. IV, 15-16).
También San Pedro consuela a los que se cansaban de esperar y decían: “¿Dónde está la promesa de su Parusía?” (2 Ped. III, 4). Les explica que “para el Señor un día es como mil años y mil años son como un día” (2 Ped. III, 8) y que por lo tanto la palabra “pronto” que Jesús usó en el anuncio de Su Segundo Advenimiento (Jn. XVI, 16), ha de tomarse en sentido lato. En lo cual se ve cómo también San Pedro insiste sobre la “bienaventurada esperanza” de la Parusías, lo mismo que San Pablo. A éste le da el Príncipe de los Apóstoles el título de “nuestro amado hermano Pablo” y confirma que escribió sobre nuestro tema en todas sus cartas.
De veras, la espera es larga. Han pasado ya en verdad dos mil años y la profecía no se ha cumplido aún. Entretanto hemos tomado gusto en las cosas del mundo, de tal manera que para muchos la “dichosa esperanza” ha perdido su primitivo fervor. Hasta las antiguas “anáforas” (oración que se reza en el Canon de la Misa inmediatamente después de la Consagración) mencionaban la Parusía; costumbre que se ha mantenido en las Iglesias Orientales.
También en los escritos de los Padres Apostólicos brilla la fe en la Segunda Venida de Cristo como fundamento de la piedad, y los Padres posteriores son igualmente testigos de esa fe y esperanza, la cual, como dice De Maistre, fue la inagotable fuente de energía de los primeros cristianos en medio de las persecuciones. Los devocionario modernos, en cambio, explotan muy poco tan fecunda idea.
“Si presentáramos el misterio de la Iglesia en esta trabazón, llenándolo con el espíritu de espera del fin, desterraríamos el peligro en el que, a menudo, va a parar nuestro pensamiento sobre la Iglesia, y acerca del cual San Pedro advertía a los fieles en su segunda Epístola, al hablar de aquellos que tienen “por retardo” (2 Ped. III, 9) la indecible paciencia de Dios, y cuando habla de los que comienzan a burlarse de la espera cristiana, “porque todo vuelve a ser como era desde el principio de la Creación” (2 Ped. III, 4). Jamás ha sido la Iglesia un cómodo instalarse sobre la tierra. Jamás, tampoco, una de las tantas formas de religión, la cual nos ayuda a explicar el fin de la vida terrena y cotidiana, corresponde a nuestras “necesidades” y nos provee de los consuelos de la Santa Religión al fin de nuestra existencia...”
“Debemos hacer más viva la renuncia a Satanás y a sus pompas, que tan importante sitio tenían en la predicación cristiana” (Rahner, Teología Kerigmática).
¿Cuándo aparecerá Cristo de nuevo? No sabemos el día ni la hora (Mt. XXIV, 36 y 42; XXV, 13; Mc. XIII, 32). Nadie puede calcular el día de Su Retorno; al contrario, todos los cálculos fallarán, porque El mismo dice: “A la hora que no pensáis vendrá el Hijo del Hombre” (Mt. XXIV, 44). En muchos otros pasajes de la Sagrada Escritura se nos enseña que Cristo vendrá tan sorprendentemente como un ladrón (1 Tes. V, 2; 2 Ped. III, 10; Apoc. III, 3; XVI, 15, etc.). San Pablo inculca aún más este punto, diciendo: “Cuando todos digan que hay paz y seguridad” (1 Tes. V, 3); y en el mismo capítulo nos advierte gravemente: “No despreciéis las profecías” (1 Tes. V, 20).
Se ha tentado de referir la muerte de cada uno lo que el Nuevo Testamento dice de la Parusía, especialmente lo que predice Jesús en San Lucas: “En aquella noche (de Su Venida) dos hombres estarán reclinados a un misma mesa; el uno será tomado, el otro dejado. Dos mujeres estarán moliendo juntas; la una será tomada, la otra dejada. Estarán dos en el campo; el uno será tomado, el otro dejado” (XVII, 34ss.). Tal identificación de la muerte con la Venida de Cristo no es propia ni del Evangelio ni de las Cartas de los Apóstoles. No quitemos a los Misterios su contenido, y no confundamos a Cristo con un verdugo o sepulturero.
Los que no creen en la posibilidad de una pronta Venida de Cristo, se excusan diciendo que no se han cumplido todavía todas las profecías que han de cumplirse antes de Su Advenimiento: la predicación del Evangelio en todo el mundo, la Apostasía de las masas, la aparición del Anticristo, la conversión de los Judíos, las guerras y terremotos, etc. Es interesante que las primeras generaciones cristianas, que conocían muy bien esas profecías, las consideraban como cumplidas ya en aquel tiempo y esperaban ansiosamente la Parusía del Señor. ¿No dice el mismo San Pablo que ya en su época el Evangelio fue predicado a toda la creación debajo del Cielo? (Col. I, 23). El Apóstol San Juan nos revela que los Anticristos siempre están entre nosotros (1 Jn. II, 18), y la Apostasía de las masas es tan conocida que no necesitamos describirla.
No tan visible es la conversión de Israel, pero también para ella la Providencia ha preparado los caminos, y es muy posible que se realice de un modo inopinado. ¿Quién sabe si no hay profecías que tan sólo se cumplirán en el día de la Parusía? Y si ese día no es un día de 24 horas, sino uno de aquellos de que habla San Pedro (2 Ped. III, 8), caben en él todas las profecías que no se han cumplido anteriormente. Esto quiere decir que todas las opiniones privadas sobre el orden de las postrimerías son muy arriesgadas.
Nuestra actitud frente a la Parusía debe ser la que recomienda el mismo Señor en Mt. XXIV, 44; XXV, 13; Mc. XIII, 33-36: “Velad”, para que aquel gran Día no os sorprenda como un ladrón. Y más aún, debemos amar la Venida de Cristo, como nos exhorta San Pablo en la segunda Carta a Timoteo (IV, 8).
¿Nos parece acaso extraño amar y anhelar la llegada de nuestro Rey y Señor? He aquí la piedra de toque de nuestro amor a Cristo. No desear Su Venida es propio de aquellos que le tienen miedo, porque no aprecian lo que significa Su Parusía para nuestra alma y nuestro cuerpo. Pues en aquel día no sólo aparecerá la Gloria de Cristo, sino también la nuestra. Unidos a Él (Jn. XIV, 3; Apo. XIX, 6ss.), asemejados a Él (Rom. VIII, 29; Filip. III, 20; 1 Jn. III, 2) entraremos con Él en la Jerusalén Celestial donde Él mismo será la lumbrera (Apoc. XXI y XXII). Y para que no olvidemos tan consoladora Profecía, nos la recuerda Cristo en Mateo: “Mirad que os lo he predicho” (XXIV, 25).
(Espiritualidad Bíblica, Ed. Plantín, Bs. As. 1949).



ESPÍRITU SANTO:
Es el mismo Espíritu Santo quien nos hace descubrir al Padre, en el rostro de Cristo, que es su perfecta imagen (v. 4). Por esto dice San Juan que el que niega al Hijo tampoco tiene al Padre (I Juan 2,23), y que todo el que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, en Dios permanece y Dios en él (I Juan 4,15). El cristiano, una vez adquirida esta luz, se hace a su vez luz en las tinieblas para manifestar a otros la gloria de Dios. Es lo que Jesús enseña en el Evangelio. Véase Luc. 11,34 ss.; Ef. 5,8 s.
(Coment a II Cor. 4,6).
El Espíritu Santo, que es el Espíritu del Padre y también el Espíritu del Hijo, nos hace sentirnos, como Jesús, hijos del Padre (cfr. 4,6, Rom. 8,14 s.; Juan 20,17) y serlo de verdad, como nacidos de Dios (cfr. 3,26; Juan 1,12 s.; I Juan 3,1), permaneciendo en nosotros la semilla de Dios, por la cual, dice resueltamente San Juan, un tal hombre “no hace pecado” (I Juan 3,9; 5,18). De ahí que el que escucha la Palabra de Jesús y cree a Aquel que Dios ha enviado, “tiene la vida eterna y no viene a juicio, sino que ha pasado ya de muerte a vida” (Juan 5,24; 12,47). Las leyes son para los delincuentes, dice San Pablo (3,19; I Tim. 1,9) y ya lo había dicho David (S. 24,8). Esto es, para el hombre simplemente natural, que no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios (I Cor. 2,14). Los creyentes “no estamos bajo la Ley sino bajo la Gracia” (Rom. 7,14 ss.)
(Coment. a Gal. 5,18).


EUCARISTÍA:
“¡He aquí algo que puede ser definitivo para curarnos de todo amor efímero! Dios quiere lo que es y no parece: la Eucaristía. El hombre, a la inversa, quiere lo que parece y no es (cfr. Mat. 15,8). Por eso busca tanto las obras exteriores, sin comprender que Dios no las necesita y que ellas valen sólo en proporción del amor que las inspira. Como por desgracia no es normal que tengamos siempre ese amor en nosotros, debemos previamente preparar el espíritu por la meditación y la oración, que aumentan la fe y la caridad. Entonces todo lo que hagamos inspirados por ese amor tendrá la certeza de ser agradable a Dios. De ahí la lección fundamental de los Proverbios (4,23): “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón”. Porque del estado de éste depende el valor de todo lo que hagamos”.
(Comentario a II Cor. 4, 18).


EVANGELIO:
El creer a las palabras del Evangelio nos llena de gozo y es una feliz señal de predestinación, pues “el Evangelio es una fuerza divina” que se encarga de salvar, con su eficacia transformadora de las almas, a los que creen en él (Rom. 1,16; Juan 12,36 y 48 y notas). Porque, como hace notar S. Agustín, Dios ha colocado la justificación no en la ley, sino en la fe en Jesucristo…; ha prometido a la justicia de la fe, esto es, a sus justos según la fe, la salvación y la vida eterna. Vemos también que no hemos de inquietarnos si no todos creen a nuestra predicación. Así le ocurrió al mismo señor Jesús y así lo mostró El en la gran Parábola del Sembrador (Mat. 13).Véase Rom. 10,16; Marc. 1,15; II Tes. 1,8; I Pedro 4,17.
(Coment. a Hech. 1348).
El Primado de la Argentina ha recordado este carácter de la Palabra como remedio, acentuándolo fuertemente, en forma de condición sine qua non: “Volver a la lectura y a la meditación constante del Santo Evangelio, para luego, por medio de las obras, poner en práctica esa doctrina, será el único remedio para tantos males que afligen a la humanidad” (Card. Copello).
(Coment. a Sab. 16,12).
Santifícalos en la verdad.
“Vemos aquí hasta qué punto el conocimiento y amor del Evangelio influye en nuestra vida espiritual. Jesús habría podido decirle que nos santificase en la caridad, que es el supremo mandamiento. Pero El sabe muy bien que ese amor viene del conocimiento (v.3). De ahí que en el plan divino se nos envió primero al Verbo, o sea la Palabra, que es la luz; y luego, como fruto de El, al Espíritu Santo que es el fuego, el amor”. Cfr. S. 42,3.
(Coment. a Jn. 17,17).