domingo, 15 de febrero de 2015

LA ESPIRITUALIDAD BÍBLICA TRANSMITIDA POR MONS. DR. JUAN STRAUBINGER





B


BIBLIA:
La Biblia está hecha por Dios, como definió el Concilio Tridentino, para que sepamos lo que es El, lo que El ha hecho, lo que El nos dio, lo que El promete, lo que El enseña y lo que a El le agrada. De ahí que en el interesarnos por todo ello está la mejor prueba de nuestra rectitud. La avidez y curiosidad con que lo hagamos será la medida de nuestra fe, y de nuestro amor, y también la garantía de nuestra esperanza.
(Prólogo a la tercera edición del Nuevo Testamento).
¿Dónde hallamos tan saludables orientaciones para nuestra actitud frente a la vida? En el libro de Dios, que se llama Biblia o Sagrada Escritura. También los mahometanos creen tener un libro divino, el Corán, que ellos toman como base de todas las ciencias, no solamente de la religión, de modo que en los países mahometanos el Corán es el centro de los estudios universitarios. Se narra que el Califa Amr, después de la conquista de Alejandría, quemó la célebre biblioteca que allí había, diciendo: "Si los libros de esta biblioteca concuerdan con el Corán, no son necesarios, y si no concuerdan son malos. En todo caso conviene quemarlos”. Si los cristianos tuvieran este mismo criterio, por lo menos en cuanto a los libros malos, se reducirían algunas bibliotecas a un mínimum de su existencia, y habría menos gastos y menos peligros para las almas. Pero, los cristianos somos muy tolerantes, tal vez demasiado tolerantes.
Aun para nosotros la Sagrada Escritura debería ser el libro de la vida, porque el que habla en él es el mismo Dios. Dios pudo habernos hablado por medio de la pintura o de la música. Si así fuese, nuestro interés debería estar en todo lo que se refiere a esas artes y las leyes que las gobiernan, debido a que de ellas se habría valido Dios para expresar sus pensamientos. Puesto que Dios ha visto como medio apropiado las palabras, debemos interesarnos por esas palabras depositadas en la Sagrada Escritura y estudiarlas aún en sus matices para descubrir en ellas todo cuanto rinda plenamente y destaque al máximum la fuerza de cada expresión. Esto significa adaptarse el hombre a Dios y no querer adaptarlo a El a nosotros, cosa en que incurrimos quizás más a menudo de lo que suponemos. De ahí que S. S. Pío XII, el "Papa Bíblico", en la Encíclica "Divino Afflante Spiritu" insista tanto sobre el estudio de la Biblia. Hay para esto, según Pío XII, dos motivos fundamentales. El primero es que el creciente dominio de los idiomas y ciencias auxiliares ha permitido conocer mejor el texto, y en consecuencia el sentido de las Sagradas Escrituras. El segundo es que Dios va dando sus luces en la medida en que El quiere ("prout vult") por lo cual, dice el Papa, lo que no entendemos nosotros, pueden verlo nuestros sucesores. Y aún sabemos que hay cosas que sólo "se entenderán en los últimos tiempos", como dice el profeta Jeremías (XXX, 24).
(…)
En primer lugar han de dedicarse al estudio de la Biblia los que tienen la obligación de predicar la Palabra de Dios. Para mostrar la obligación de los ministros de Dios de estudiar la Sagrada Escritura, además de los innumerables textos bíblicos, patrísticos y pontificios (cf. nuestro libro “La Iglesia y la Biblia”, Guadalupe, Buenos Aires), podemos invocar el Catecismo de los Párrocos, según el cual se requiere de cada uno de ellos que sepa no sólo aquello que pertenece al uso y administración de los sacramentos, sino también que esté tan instruido en la ciencia de las Escrituras Sagradas que pueda enseñar al pueblo” (II, 7, 32).
Al pie de este pasaje se hallan las tres notas siguientes: la primera es de San Pedro Damián contra los que, insistiendo temerariamente en el culto de los sacrificios, ignoran el modo cómo debe venerarse debidamente a Dios"; la segunda, de San Jerónimo, dice: “Si ignora la Ley, él mismo demuestra que no es sacerdote del Señor. Pues es propio del sacerdote saber la Ley, y cuando es preguntado, responder sobre la Ley"; la tercera, de Tomás de Kempis, afirma que el que no conoce las Escrituras es “muchas veces causa de error para sí y para los otros. Pues el clérigo sin libros sagrados es como soldado sin armas, caballo sin freno, nave sin remos, escritor sin pluma, ave sin alas, subida sin escalera, artesano sin instrumentos, rector sin reglas, herrero sin martillo, sastre sin hilo, saetero sin saetas, peregrino sin báculo, ciego sin guía, mesa sin manjares, pozo sin agua, río sin peces, huerto sin flores, bolsa sin dinero, viña sin racimos”.
También el laico, especialmente el culto, si sigue las normas del Magisterio de la Iglesia, leyendo ediciones provistas de notas explicativas, encontrará en la Biblia lo que se llama “la alegría intelectual del estudio”. Esto es precisamente lo que en la Biblia se satisface hasta un grado de plenitud inimaginable en ciencia alguna. Porque en toda otra materia se necesita siempre completar la investigación de tal autor con el testimonio de tal otro y con las opiniones de un tercero o las constancias de aquella otra fuente, etc. En la Biblia, fuera de les textos discutidos en su versión o interpretación, que son, prácticamente hablando, unos pocos, uno puede nadar en el océano de la armonía intelectual y del goce de la verdad plena, que jamás se halla entre los hombres. Y cuando quiere efectuar una comprobación, ni siquiera necesita salir del mismo Libro, pues basta con pasar al Antiguo Testamento y ver, por ejemplo, dicha por Isaías, o por David, o por Moisés, tal o cual cosa que Jesús, o San Pablo, citaron o interpretaron al cabo de ocho o diez o quince siglos. ¡Oh! ¿Quién podría describir la alegría intelectual de la Biblia para el que de veras busca en ella la verdad? Puestos en contacto dos o más textos de la Escritura, se iluminan recíprocamente produciéndose entre ellos una divina armonía, simbolizada quizá -"per ea quae facta sunt”- por la combinación de las notas musicales o la de los colores, que nos hace descubrir un esplendor nuevo, por el cual ella penetra más hondamente en el espíritu (véase Ecli. XXIII, 32 ss)
Frente a la sabiduría de la Biblia no hay complejos, porque en ella habla Dios que conoce “lo íntimo del corazón" (Salmo XLV, 22). Ella descubre nuestros complejos y los resuelve de un modo definitivo. Ella escudriña el corazón para indicar a cada cual su camino (Jer. XVII, 10). Ella sabe nuestros íntimos pensamientos (Jer. XX, 12); pone a prueba los corazones (I Par. XXIX, 17; Jer. XII, 3); los pesa (Prov. XXI, 2) y luego los inclina a la solución que les conviene (ibid.1): los ilumina como luz que resplandece entre tinieblas (II Cor. IV, 6); los alimenta (Salmo XXVI, 14) y termina su obra renovándola por completo (Salmo L, 12) y dándoles firmeza definitiva (I Tes. III, 13).
Una sola cosa exige este gran maestro, lo mismo que exige todo psicoanalista: sinceridad. Esto le basta. Y hay más aún: así como, según el refrán, el que se excusa se acusa, así también -lo que es mejor—, frente a la Biblia el que se acusa se excusa.
Si alguna vez no encontramos soluciones y consuelo en la Escritura, es porque buscamos estar satisfechos de nosotros mismos y "quedar bien" con nuestro amor propio. En este caso nunca quedamos satisfechos, pues siempre vemos asomar nuestras miserias y errores. En cuanto confesamos eso, en cuanto nos resignamos a saber que no somos buenos, nos vuelve a la alegría, como se ve en el Salmo XXXI, 4 ss.
(Espiritualidad Bíblica, Bs. As., 1949)
Los Sumos Pontífices no se cansan de recomendar el Evangelio como mejor alimento espiritual. Pío X aconseja a todos la lectura diaria de la Sagrada Escritura; Benedicto XV quiere lo mismo cuando recomienda el Evangelio a las familias; Pío XI dice con la claridad que le es propia, las insignes palabras: “Fuera del Santo Evangelio no hay otro libro que pudiera hablar al alma con tanta luz de verdad, con tanta fuerza de ejemplos y con tanta intimidad”.
Siguiendo las huellas de los Sumos Pontífices, los Pastores de la Iglesia en la Argentina, no dejan de acentuar el valor trascendental de la lectura de la divina Palabra para la vida espiritual. El Emmo. Cardenal Primado de la Argentina, Monseñor Dr. Santiago Luis Copello escribe en el Prólogo del Evangelio concordado, editado en la Casa del Catequista en 1940, estas inolvidables palabras:
“En estas sagradas páginas el cristiano encuentra siempre el alimento espiritual que su alma necesita. Ahí el cristiano humilde templa su fe, aumenta su caridad y fortalece su esperanza, asegurando su eterna salvación con todas y cada una de las acciones de su vida, realizadas conforme a esas hermosas enseñanzas evangélicas”.
Y el Excmo. Arzobispo de La Plata, Monseñor Dr. Juan P. Chimento, en el Prólogo de la segunda edición del Nuevo Testamento editado por la Imprenta Guadalupe, expone lo mismo cuando escribe:
“Sin desconocer los méritos de las obras ascéticas, cuyos quilates están definitivamente consagrados por los más prestigiosos maestros de la vida sobrenatural, es evidente que nunca pueden ser puestas en parangón con el mensaje celestial que hallamos en las Sagradas Escrituras. Entre éste y aquellas media la distancia infinita que va de la palabra humana a la palabra divina”.
También los Santos que conocían por experiencia la eficacia de esta lectura para la vida espiritual, se han expresado del mismo modo. Oigamos la voz de la Santa moderna, Santa Teresita, cuya espiritualidad es eminentemente bíblica: “A veces cuando leo ciertos tratados en los que el camino de la perfección se presenta sembrado de mil obstáculos, mi pobre pequeñito espíritu se fatiga muy pronto; cierro el libro que me rompe la cabeza y me seca el corazón y tomo la Sagrada Escritura. Entonces todo me parece luminoso; una sola palabra descubre a mi alma horizontes infinitos, la perfección me parece fácil, veo que basta reconocer su nada y abandonarse como un niño a los brazos de Dios” (Carta VI a los Misioneros).
¡Ojalá que sigamos el ejemplo de esta Santa! Tomemos la Sagrada Escritura cuando se nos seque la cabeza, nos flaquee el corazón. ¡Sea nuestra piedad siempre tan evangélica como la de Santa Teresita!
(La Biblia y la Parroquia, Revista Bíblica).


BONDAD:
Triste es para el orgullo convencerse de que no somos ni podemos ser por nosotros mismos más que sarmientos secos. Pero el conocimiento de esta verdad es condición previa para toda auténtica vida espiritual (cfr. 2,24 y nota). De aquí deducía un ilustre prelado americano que la bondad no consiste en ser bueno, pues esto es imposible, porque separados de Mí “no podéis hacer nada”. La bondad consiste en confesarse impotente y buscar a Jesús para que de El nos venga la capacidad de cumplir la voluntad del Padre como El lo hizo.
(Coment. a Jn. 15,6)
La bondad consiste en confesarse impotente y buscar a Jesús, para que de Él nos venga la capacidad de cumplir la voluntad del Padre como Él lo hizo.
(Comentario a Jn. 15, 6).
La Bondad de Dios, siendo perfecta, no puede ser condescendencia, sino perdón. La bondad de los hombres sí está a menudo en condescender, renunciando a la voluntad propia por ceder a la ajena (Mat. V, 41). Pero si Dios renunciara a su voluntad, —que quiere siempre nuestro verdadero bien con una sabiduría tan infinita, como es su amor- por condescender con los caídos hijos de Adán, sería como reconocer que El había estado equivocado. ¡Y luego lloraríamos con lágrimas de sangre nuestro horrible triunfo sobre El!
(Espiritualidad Bíblica, Bs. As., 1949)


BUENA FE:
Piedra de toque de la buena fe. Si tengo verdadero deseo de cumplir lo que dice el Evangelio, ya me preocuparé de conocerlo y recordarlo. Sin esto ¿cómo lo podría cumplir? Cf. II Tes. 1,8; 2,10-12; en cambio, la Palabra de Dios conservada en el corazón, nos da la fuerza para no pecar (S. 1,2-3; 118, 5-6, 11 y 104; Luc. 2,51; 11,28; Rom. 1,16; I Cor. 15,1 s.; II Tim. 3,16 s.; Col. 3,16; Hebr. 4,12; Sant. 1,21,etc.).

(Coment. al Salmo102,18).