viernes, 10 de octubre de 2014

PANFLETO POR CHARLES MAURRÁS – POR IGNACIO B. ANZOÁTEGUI





Hoy más que nunca es preciso distinguir entre franceses y franceses, entre pequeños franceses y franceses europe­os, entre la petite France y Francia la bien guarnida, entre la Francia boulevardera y la del camino que acerca dos castillos, entre la cocotte aseñorada y la verdadera señora.
Hasta hace poco tiempo se llamaba a Francia — tomada en su to­talidad— la hija dilecta de la Iglesia. Pero ésa era una patraña de los francmasones: un slogan sacrílego creado para promover en la socie­dad de consumo el negocio de los films-cochons simultáneamente con el de los souvenirs de Lourdes.
Es incontable lo que podría hablarse en apasionada alabanza de la Francia señorial —con Clodoveo y Carlomagno a la cabeza— y en desolada diatriba de la Francia tilinga — representada ejemplarmen­te por Francisco I, el gran traidor de la Cristiandad, y Armando Richelieu, que era una midinette investida de pompa cardenalicia — .
Quizá sea Francia la nación europea en la que con más variada y rápida fortuna se hayan enfrentado las fuerzas del bien y del mal. Quizá por ser ella el nudo vial de Europa debió prestar su territorio para que dentro de sus límites se tendiera la tela de justar de los desencuentros mundiales. Porque es más lo que ha recibido que lo que ha creado; más lo que ha transformado que lo que ha producido; más lo que ha presentado en sociedad que lo que ha parido. Y es de tanto presentar y presentarse en sociedad, de tanto oficiar de animadora, que su aspiración máxima fue la de estar siempre de moda. De ahí el aire pompier que le persigue como una maldición; de ahí el mohín de frivolidad que ronda en torno de su vida política; de ahí la trivialidad de su vida intelectual.
La Francia de hoy debe ser rescatada de la Francia de ayer. Lo proclamó ya Psichari convocando a Somatén: «Luchemos contra nuestros padres al lado de nuestros antepasados». Nuestros padres se llaman Víctor Hugo, Zola, Gambetta, Jaurés o Combes: toda la morralla del tremendismo comecuras, comecuras de esos curas que se dejaban comer por la morralla en nombre de un ecumenismo suicida o de una cobardía infrahumana. Nuestros antepasados se llaman Rabelais, Villon, Montaigne, Jean Chouan, o Pétain: los hombres leales al reclamo de la Francia hecha de alegría y de heroísmo y de estado de gracia. Porque el hombre auténtico sabía eso de estar en gracia de Dios, y eso otro de estar en desgracia de Dios, eso de convivir la paz con la propia conciencia y eso otro de vivir tirándole los trastos a la cabeza a la desesperación de conciencia. Y además sabía que dentro de la integralidad de Francia coexistían, como todavía coexisten, la pequeña Francia jabonándole el piso a la grande Francia, y la grande Francia empeñada en jabonarle la cabeza a la pequeña Francia. Un juego de sístole y diástole entre la grandeza y la pequeñez, entre Juana de Arco la Doncella y Mariana la del gorro frigio derrocado en el fandango de la celebración de la Bastilla. Un juego sí, pero un juego de guerra, un juego a muerte donde se disputaba y se disputa, por parte de cada Francia, el derecho a la supervivencia. Porque, no obstante el hecho de la coexistencia física, ambas partes saben que son moralmente incompatibles, que quien está con una de ellas está contra la otra. La pequeña Francia, sin embargo, no deja por eso de cultivar el deporte de la componenda, atenta siempre a la oportunidad de arrimar a su ascua la sardina de cualquier oportunismo. (Sirva de ejemplo para esto la conducta de Paul Claudel, quien, tras escribir una oda en alabanza del Mariscal, no tuvo empacho en pedir perdón por haberla escrito, después de la caída de Vichy).
Como en otros tiempos Dios suscitó a Carlos Martel para salvar a Francia de la invasión agarena, así Dios en nuestro tiempo suscitó a Charles Maurrás para salvarla del agusanamiento que devoraba sus entrañas.
Varios siglos de postración moral precedían y predecían su caída. Mientras las naciones de Europa —unas más y otras menos- andaban a los tumbos, Francia se tumbaba. Por cierto que no lo hacía sobre un lecho de laureles sino sobre el lecho de un hotel a tantos francos las dos horas. O acaso sobre un canapé de mármol elegido por Paulina, la hermana semidesnuda del Usurpador.
Aquella Francia era la que no podía ser Francia: apenas quizás el trágico remedo de una nación que se empeñaba a cada vuelta en perderse sin remedio.
Pero a la vuelta de cada vuelta estaba Dios esperándola para ofrecerle una posibilidad de restauración: la posibilidad más que de salvarse, de ser salvada.
Pocas veces se ha visto al Buen Pastor tan encaprichado en rescatar a la más frívola de las ovejas de su rebaño, a la más despistada de todas ellas.
No se trataba, por cierto, de la oveja preferida sino de la oveja necesitada. Y si en el panorama histórico de Francia floreció en algunas épocas una multitud de santos, no significaba eso que ella los produjera, sino que Francia los necesitaba para cubrir las brechas abiertas por los falsos pastores entregadores del redil. No nacían ellos de las reservas francesas sino del divino empecinamiento de Dios, alerta siempre a no dejarse mojar la oreja por el Enemigo.
Y así, entre las escuadras de santos —ya bastante diezmadas por entonces— se alzó la figura de Charles Maurrás, que si no era santo profesional, lo era vocacional, acaso suplente de santo; o quizá, sino santo de altar y novena, brazo armado de la santidad, terrorista de la verdad revelada.
Maurrás sale a pelear en las peores circunstancias imaginables, cuando la anti-Francia liberal ocupaba todas las posiciones rodeada de las máximas garantías que a su vez avalaban el dinero, el oficialismo y la idiotez.
No era éste el caso de salir a apechugar borrascas a golpes de remo y enviones de vela, sino el de salir a desafiar a la calma chicha y el de romperse los dedos de las manos abofeteándola para despertarla del marasmo y convocarle a la pelea. Porque aquella calma era la paz de la ciénaga, la de la digestión lenta y culpable, la de la sobremesa ahíta que sólo se consuela desabrochándose los dos botones altos del pantalón.
Contra ese estado de cosas salió a pelear Maurrás. No contra gigantes sino contra cabezudos: contra los sempiternos fantoches del circo comarcal.
Y ahí fue donde lució más claro su espíritu de servicio. Porque es fácil luchar de hombre a hombre. Lo difícil es luchar de hombre a sombra, de hombre a fantasmón. Ahí, en esa lucha, fue donde Maurrás se jugó entero, incluso aparentemente su alma, desterrada no por un Pontífice sino por el miedo de un Pontífice a quien la Masonería hizo víctima de un chantaje. Digo que aparentemente se jugó su alma, porque su alma no estaba realmente en juego, porque ella se hallaba por encima del dictamen de los monsignori de turno, porque Dios no había puesto el cúmplase a la sentencia papal.
Contados son los hombres que como Maurrás supieron, ante la ofensiva vaticana, resistir a la tentación de cortar relaciones con el Espíritu Santo. Es que él comprendió, entre los pocos, que aquel pichón de paloma no era el Espíritu, sino un pichón de tiro al pichón, un pájaro nacido para el torpe simulacro del sacrificio.
En ocasión de fundar su Iglesia prometió Cristo que las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. Pero nada anunció sobre los dolores de cabeza que le proporcionarían las puertas del clero.
El clero debe en principio ser respetado por los fieles. Pero no debe el clero tirar demasiado la rienda de la fidelidad: porque no le es permitido poner a la feligresía en la necesidad de morder el freno y llevarse las puertas por delante.
En 1927 la grande Francia se vio constreñida a esa tentación, se vio tentada a rebelarse no contra un exceso de autoridad sino contra un vacío de autoridad, no contra una demasía sino contra una dejación. Y era que a la Iglesia oficialista le había entrado la flojera.
Maurrás, más papista que el Papa —como debe serlo cualquier cristiano digno de este nombre— capea el temporal. Recogido a sus cuarteles, deja pasar la comparsa de barba y mandil que celebra el triunfo de la pata hendida y de la pintiparada cornamenta liberal. El carbonarismo ha vencido en las lides oficinescas. Pero falta aún que Francia, la grande Francia, la Francia del Silencio, diga su nueva palabra. Y esa nueva palabra, esa palabra antigua, es la que, cargada de tradición y de púrpura, sale de la boca de Maurrás. Es el mensaje que un francés que tiene lo que hay que tener y tiene lo que hay que decir dirige a la Francia inmortal y moribunda. Atrás quedaron las orgías de verdugos y papanatas de la revolución; pero la Francia oficial sigue festejando las efemérides de esas orgías y financiando franelas bailables en las aceras de los 14 de julio. De ahí surge, de cuerpo entero, la figura de Maurrás indispensable, alto panfletista de la excelencia de Francia y alférez mayor de su grandeza. De ahí surge, de aquella anemia colectiva, de aquella acumulación de reveses morales, para plantarse delante de su patria y enseñarle las primeras letras de ese mínimum de seriedad política que toda patria necesita. Porque sin seriedad política no hay patria, ni siquiera sociedad; apenas si habrá algo así como una especie de sociedad anónima de irresponsabilidad ilimitada, que generalmente recibe el nombre de democracia.
Esto era lo que Maurrás sabía. Y sabía que él tenía la responsabilidad del que conoce una verdad de la que debe hacer partícipes a sus hermanos de destino. Sabía que callar puede ser una de las tantas maneras de traicionar, de meterse debajo de la cama para no comprometerse.
El Político que en él había le impelía al heroísmo. Porque la política no es componenda ni enjuague, sino caridad. Y la caridad que no quema y se quema no es caridad ni es nada: es simple beneficencia con cara de vieja vegetariana.
Maurrás podía haberse quedado en teorizante de la forma monárquica de gobierno; pero él era también un apóstol y, como tal, no podía permanecer plácidamente sentado mientras se desmoronaba esa Francia suya que se emperraba en apresurar su propio desmoronamiento. Necesitaba cada día armar la de San Quintín, imponer a palos el orden francés, para que cada noche no se reprisara la noche de San Bartolomé. Necesitaba restablecer la paz por la violencia, rescatar para los espíritus el santo beneficio de la inquietud. Necesitaba todo eso porque a él Francia le dolía. Como Apóstol, debía llevar su predicación hasta los extremos, gritar su verdad a sangre y fuego y hacer de cada amanecer una algarada. Por eso pretendió anularle el espíritu pequeño-burgués, saliéndole al cruce de la mano de un cura de sotana blanca que se titulaba Vicario de Cristo y que casualmente residía en Roma. Hasta que otro cura de sotana blanca — éste sí Vicario de Cristo— le reincorporó a la iglesia con los honores propios de su rango y estado.
La Monarquía no es para Maurrás una fórmula cualquiera extraída al azar del vademécum político. Es la forma natural de gobierno de la sociedad humana, cuyo primer rey se llama Adán, padre y señor de los suyos por derecho divino. Adán, germen y modelo de las leyes de la herencia recibe su autoridad de Dios, no en un domingo de elecciones sino en el primer viernes de la Creación. La recibe con su nacimiento, por el solo hecho de nacer ya padre de la familia humana, como el rey recibe la suya con el hecho de nacer hijo de rey y, si es posible, en la cama de la reina, para ahorrar discusiones y malos entendidos.
Todo lo que se aparta del orden natural de las cosas es antinatural, tanto en lo genético cuanto en lo político. Así, el político que asciende al poder sin el suficiente título genético no dejará nunca de ser un gobernante antinatural: un gobernante por inseminación artificial.
El derecho de mandar, mejor dicho, el de servir al pueblo conduciéndolo, no puede originarse en el pueblo mismo, en una coincidencia de iguales, puesto que, siendo desiguales todos los hombres, resultaría monstruoso querer imaginar una coincidencia de desiguales. Y es en este absurdo donde se funda la democracia electoral, cualquiera sea el mamarracho de sistema con que pretenda convalidarse.
El poder, pues, no proviene del pueblo, que, por su propia constitución, es incapaz de lograr en sí la unanimidad indispensable para conferirlo. Proviene de un ser superior a las personas humanas: alguien a quien algunos tirifilos llaman el Ser Supremo o el Gran Arquitecto y a quien nosotros llamamos orgullosamente Dios Nuestro Señor.
Paladín de la monarquía hereditaria, Maurrás no es el monaguillo turiferario de una dinastía señalada. Es el paladín de los derechos de Dios para señalar dinastías y gobiernos: de ese Dios a quien los demócratas invitan a no meterse en lo que no le importa, mientras los pobres ciudadanos eligen a sus gobernantes en la promiscuidad del cuarto oscuro, o mejor dicho, se resignan a tener que elegir.
Porque al pueblo no le interesa votar. Prefiere que le den el candidato preelegido: es por eso que casi sin excepción, triunfa el caballo del comisario. Y cuando quiere votar, no lo hace para elegir el bien mayor, sino para asegurarse el mal menor, para ponerse a cubierto del mal mayor. Y es que en los gobiernos democráticos el pueblo vive bajo el temor de ser estafado. Por eso, para consolarse, el régimen tiene montado un sistema de estafas de corta duración, a las que se le da el nombre de períodos presidenciales.
Poeta de la política, Maurrás no puede transar con esa deformación del espíritu; porque si cualquier persona se aviene a transar con cualquier cosa que en aquel instante le conviene, hay una persona que no puede hacerlo: esa persona es el poeta, el poeta, dueño y sujeto de la belleza, a quien se debe escudero y enseñorea caballero andante y enamorado. Y, Maurrás lo sabe, la única forma de gobierno bella y limpia es la monarquía. Porque la política, en la alta aceptación de la palabra, no es la mezquina y cochambrosa ciencia de lo posible, sino la generosa administración de la belleza.



Publicado originalmente en la revista «Cabildo», 1a Época, Nro. 7, 1° de Noviembre de 1973.